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Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel
Meditación al Evangelio 8 de julio de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Oseas, el profeta que en estos días estamos leyendo como primera lectura, nos sorprende con sus imágenes tan vivas para hablar del amor de Dios por su pueblo. En capítulos anteriores lo había comparado al fiel amor de un enamorado que va en busca de la esposa que se ha prostituido. Hoy encontramos la imagen de la vid frondosa que navega entre dos amores: su amor al dinero y su adoración a los ídolos paganos.

La insistencia de Oseas se manifiesta en las urgentes llamadas a la conversión y al cambio. “Siembren justicia y cosecharán misericordia”. Este mismo amor y predilección por el pueblo de Israel se manifiestan también en las primeras recomendaciones a los discípulos que son enviados: “Vayan primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Y no es que Jesús no quiera que su mensaje se abra a los horizontes universales de toda la humanidad. Al contrario, eso espera y desea. Pero siempre habrá esas ovejas que el Señor ama y a las que es fiel. Al escuchar hoy los nombres de los discípulos y contemplarlos recibiendo su misión, me quedaba pensando si también ahora no nos hace falta ir primero a los de casa. Sí a esos que han sido bautizados pero que se han quedado atorados entre el dinero y la superstición; esos que fácilmente pueden vivir entre la injusticia y el rosario; esos que con un ritual reciben el sacramento solamente para desacreditarlo después con sus acciones.

Se necesita evangelizar a los de casa. Cada uno de nosotros tendremos que ponernos en estado de alerta y mirar si en nuestro corazón no se han instalado esos demonios a los que Jesús pide expulsar; tendremos que reconsiderar si nuestro amor a Dios es fiel, o se ha mezclado con tintes idólatras y convenencieros. Tendremos que revisar si para nosotros tienen significado las palabras de Jesús que urgen a publicar que el Reino de los cielos está cerca. Sí, somos cristianos, pero no damos los verdaderos frutos que se esperarían de un discípulo.

Revisemos y corrijamos nuestras conductas. Que la expulsión de demonios impuros, la curación de enfermos y la sanación del corazón, junto con el mensaje evangélico, sea tarea para cada uno de nosotros.










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