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La existencia de Dios y el sufrimiento humano
Reconocer que Dios existe y actúa en nuestra vida es una gracia.


Por: Celso Júlio da Silva LC | Fuente: Catholic.net



Papini en uno de sus escritos habla de un hombre que se halla en medio de la plaza de un pueblo. Quiere conocer algún sitio atractivo y empieza a caminar por una calle. Después de unos minutos caminando, llega al final de la calle y se encuentra con un gran hospital, blanco, lleno de enfermos, un lugar triste. Regresa a la plaza y decide tomar la calle opuesta. Al final de la segunda calle se depara con una fortaleza marrón, rejas en las ventanas, sucia, feo, era una cárcel. Regresa nuevamente a la plaza del pueblo y decide tomar otra calle. No pasa ni un minuto y la calle termina en un sitio lleno de piedras hincadas en el piso con inscripciones y nombres de muchas personas: un cementerio. Y concluye Papini: la vida del hombre sin Dios es como la de este personaje que percibe su vida sólo tiene un destino: la muerte. Sí. La muerte reflejada en un hospital, en una cárcel y en un cementerio. Los hombres más infelices siempre terminan en uno de estos sitios. En el cementerio, todos.

No estoy de acuerdo con la afirmación de que la muerte es el trágico fin del ser humano. Sin embargo, estoy de acuerdo que una vida sin Dios sólo conlleva tristeza y resulta en la muerte eterna del alma. Siempre en un nivel intelectual es fácil probar que Dios existe. Muchos pensadores cristianos y no ya lo han hecho. Santo Tomás de Aquino con las cinco vías, San Anselmo de Aosta con su único argumento. Pensadores como Pascal, Leibniz, etc. Pero en el fondo la aceptación por parte de un ateo de que Dios realmente existe siempre ha sido y será en la historia de la humanidad una gracia.

Aceptamos que existen tantas cosas que no vemos en esta vida haciendo simples analogías, comparaciones, e incluso haciendo actos de fe de algún modo. Creemos sin ver, sin tocar, sin oír. Y ha sido siempre un esfuerzo más grande para muchas mentes buscadores de la verdad probar que Dios no existe que probar que Dios existe. El que no acepta la gracia de creer que Dios existe y actúa en el mundo y en su vida es como el personaje de Papini que nunca encontrará la felicidad con sus propias fuerzas. Siempre terminará infeliz. La humildad de cualquier persona sensata e inteligente se asemeja a la de los niños. Como aquel rabino que, metiendo a prueba a un niño, le dijo que si probara dónde estaba Dios le daría una moneda. Delante de su propuesta el niño contestó: y yo te daré dos monedas si me muestras dónde Dios no está.

Al fin y al cabo llegamos siempre a una conclusión inevitable: Dios existe. Queramos o no. Un escritor húngaro cuenta que cierta vez estaban unos gemelos dentro del útero de la madre. Y uno dijo al otro: “fuera de estas paredes y de este mundo oscuro no hay nada. Jamás saldremos de aquí. No esperemos nada más que oscuridad y muerte”. El otro respondió: “te equivocas. Algún día vamos a salir de aquí. Afuera hay luz, hay una vida que nos espera. Hay una mamá que nos va a acoger y nos va a cuidar”. Y el otro riéndose con burla dijo: “bromeas. ¿Crees en eso? No hay nada fuera de esto. ¿A qué madre te refieres? ¿Dónde está que no la veo, que no la toco, que la escucho?”. Y el que creía respondió: “no necesitamos ver a nuestra madre. Fíjate que si estamos vivos aquí dentro es gracias a ese tubo que está conectado a nuestro ombligo. Nuestro alimento proviene de nuestra madre que nos ama y que nos acogerá. Y si todavía dudas, sería bueno que guardes silencio, levantes un poco el oído hacia arriba y escuche su voz, a veces ella habla y podemos escuchar su voz”.

Los gemelos representan el que cree y el que no cree en este mundo. Habrá un parto, habrá una muerte. Habrá una luz, la Vida Eterna. Afuera hay una madre, Dios existe. Y si estamos aquí ahora es porque esa madre nos alimenta, Dios nos da la vida y nos sostiene. Y Él nos espera después del parto, después de la muerte, nos va a cuidar y siempre nos ama. Y si alguno duda, guarda silencio, ora, levanta el oído de su alma y ponga atención, porque Dios habla. Sólo basta guardar silencio y escucharlo.



Sin embargo, los seres humanos no nos cuestionamos mucho la existencia de Dios más que cuando experimentamos el dolor físico o moral y también la muerte de una persona querida. El problema de Dios es en primer lugar el problema que cada uno se pone: el problema del mal. Cierta vez un joven me dijo que es fácil confundir la bondad de Dios con el mal del mundo. Pero Dios no quiere el mal, pero lo permite. Y Él es tan bueno que sabe sacar cosas buenas de tantos males. San Juan Pablo II en la Salvifici doloris afirma que a veces el dolor, el mal, la enfermedad, las contrariedades de la vida, hacen con que los seres humanos nos volvamos más solidarios y más sensibles. Esto pasa porque Dios quiso participar del abismo más profundo del sufrimiento humano que es la muerte y muerte de Cruz.

Cristo- escribió un poeta polaco- no vino al mundo para explicar el sufrimiento, sino para llenar el sufrimiento humano de su presencia. El dolor y la muerte son experiencias que todos los seres humanos, tarde o temprano, experimentan. El que no cree en Dios parece que, al experimentarlas, está bebiendo un veneno. El que cree en Dios y sabe que el mal no es la última palabra, tiene la certeza de que el dolor y la muerte son un remedio que nos salva, que nos sana, que nos conduce a nuestro destino: el cielo. Pues ¿Cuál es la prueba de que la bebida que alguien me está ofreciendo no está envenenada? ¡La prueba es si él toma primero delante de mí del mismo vaso! ¡Esto lo hizo Cristo! Tomó delante de los hombres y del mundo de la copa del mal más profundo para mostrarnos que el dolor y el sufrimiento no son venenos, sino caminos para llegar al Paraíso.

Querido lector, reconocer que Dios existe y actúa en nuestra vida no es sólo una consecuencia de un raciocinio lógico, sino una gracia. Y el mal que siempre nos hace cuestionar la existencia de Dios es solamente la llave para abrir la puerta de la verdadera felicidad. Algún ateo está leyendo esta reflexión y en el fondo de su corazón está pensando como escribía Chesterton: “Bienaventurados los que nada esperan porque no serán defraudados”. Pero no olvidemos que el mismo Chesterton se convirtió y él mismo responde al lector incrédulo: “Bienaventurados los que nada esperan porque se alegrarán con todas las cosas”. Quien cree vive feliz porque Dios está a su lado y cualquier sufrimiento con Dios se vuelve camino seguro y rápido para alcanzar nuestra meta: el cielo.







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