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Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo
Meditación al Evangelio 30 de abril de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Nada hay tan terrible como la muerte. Es uno de los miedos que atenazan al hombre mientras él busca olvidarse de que un día pondrá fin a su existencia. El hombre quisiera perdurar más allá de los límites que nos imponen los espacios del tiempo y del lugar.

Hoy encontramos este anhelo frustrado de los grandes hombres del Antiguo Testamento que los judíos miran como modelos… sin embargo murieron y no queda huella de ellos. Jesús por el contrario habla de inmortalidad, de vida eterna y plena. Pero no se trata de una evasión de la vida terrena o un desprecio al cuerpo, sino de darle su verdadera dimensión.

No podemos olvidarnos de la realidad temporal como si fuéramos ángeles y despreciáramos el cuerpo, pero tampoco podemos anclarnos y quedar esclavizados a una realidad temporal y material. Jesús nos enseña el camino de la fe ofreciéndose el mismo como el verdadero pan que ha bajado del cielo. Jesús mismo se nos propone como el único que nos puede dar esa vida plena pero nos dice que es un regalo que nos ofrece el Padre.

A veces queremos prolongar la vida con alimentos especiales, con dietas integrales, con vitaminas y refuerzos que prolonguen la vida… pero nos olvidamos de vivir cada momento a plenitud y con plena identificación con Jesús. Entonces, aunque prolonguemos nuestra vida, si no es vida vivida en plenitud y armonía con Jesús, con nosotros mismos y con los demás, parecería como una vida vegetativa. Y el verdadero discípulo de Jesús no puede vivir en estado vegetativo sino en constante relación.

La imagen de Jesús como pan está llena de implicaciones para el discípulo pues al mismo tiempo que nos hace entrar en una relación íntima con Él, también nos lanza a una relación de “pan compartido” para los demás. Los discípulos de Jesús debemos vivir como pan que comparte amor y vitalidad sobre todo con los que más sufren en nuestra sociedad, al dar vida también nosotros prolongamos la propia vida. Contemplemos a Jesús como pan que nos ofrece la resurrección y que vence la muerte.







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