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Vientos que alivian
Entrará en nosotros como el día de Pentecostés.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Días y días de sol sin viento. El ambiente se hace cada vez más irrespirable. La contaminación sube a niveles de alarma. La gente siente la presión continua de un aire malsano.

De repente, llega el deseado cambio de clima. Un viento fresco, enérgico, limpia todo en pocos minutos. La ciudad adquiere un tono completamente renovado.

En las sociedades y en las personas a veces entra una especie de “aire” que asfixia mentes y corazones.

Puede tratarse de miedos ante situaciones reales, o de dolor por fracasos dañinos, o angustias ante un futuro cada vez más oscuro.

En esos momentos esperamos “vientos” que alivien, que refresquen, que permitan ver más allá de las dificultades y los problemas que nos oprimen.



Esos “vientos del alma” permiten ver las cosas en su justa medida. Porque aquella enfermedad no era un drama absoluto. Porque tras la crisis quedaba siempre abierta la puerta para pensar cómo ayudar a otros.

Necesitamos esos vientos que alivien. Necesitamos compañía, palabras, que permitan ver más allá de los dramas que nos angustian.

Tal vez seremos capaces de descubrir que ese viento ya está presente, desde la venida de Cristo, en la historia humana. Porque el Señor trajo al mundo un fuego y un agua que purifican, que dan vida, que rescatan.

Entonces ya no nos dejaremos oprimir ni por los males externos (la contaminación volverá a presentarse) ni por las penas interiores. Existe siempre, más dentro y más arriba, un Amor que salva.

Cuando la angustia se asome en nuestros corazones, basta con abrir las puertas a la acción divina. Entonces un aire fresco, un viento impetuoso, entrará en nosotros como el día de Pentecostés. Y veremos todo con ojos renovados...









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