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Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
Es el profeta de Nazaret que está entre nosotros.


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net



El Maestro había pasado la noche en Betania, alojado en la casa de Lázaro. La mañana había amanecido con una luz de primavera. Jesús y los suyos se disponían a salir hacia Jerusalén, que dista unos cinco kilómetros de Betania. Esta visita a la Ciudad Santa tenía unas características especiales que los discípulos no acertaban a comprender, pero el Maestro presentía todo lo que iba a suceder, sabía que era el comienzo del fin y que sus días estaban contados, pareciera que antes de que sucediera lo que tenía que suceder el Santo de Dios quería despedirse de los suyos, dejando constancia, aunque fuera por un día, de su reinado espiritual.

Se había corrido la voz de que el resucitador de Lázaro estaba en Betania, por lo que había mucha gente que le esperaba y cuando vieron que se dirigía hacía Jerusalén decidieron acompañarle por aquellos caminos serpenteantes y pedregosos; a medida que iban avanzando, el gentío era cada vez más numeroso, algunos iban delante, algunos iban detrás, unos le saludaban, otros tenían palabras de agradecimiento y los más, hasta los niños, le aclamaban y le vitoreaban diciendo ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo¡ ¡gloria en las alturas! Todo era alegría, todo era una fiesta. Al pasar por el caserío de Bestfajé había un asno atado y por indicación del Maestro los discípulos se lo trajeron. Antes de que se montara en él la gente se apresuró a enjaezarle con túnicas y mantas. Se cumplía así la profecía de Zacarías: “Alégrate hija de Sion; salta de gozo hija de Jerusalén; he aquí a tu Rey que se acerca a ti, el Justo, el Salvador. Pobre y humilde, avanza sentado sobre una asnillo”; las aclamaciones, los canticos, los vítores arreciaban, aparecen más niños y mayores portando ramas de olivo, de palmeras o sicomoros para esparcirlas en el suelo a su paso por allí. Todo el mundo gritaba jubiloso, todos parecían ebrios de alegría, todos menos el Maestro que parecía ajeno a lo que estaba pasando, como si la cosa no fuera con Él; pero al mismo tiempo se mostraba complacido por lo que veía a su alrededor, porque lo que ello significaba no era sino la glorificación del Padre en su persona.

Estaba escrito que esto tenía que suceder y él lo aceptaba complacido y de una u otra manera tenía que cumplirse, por eso cuando sus enemigos, que le tenían sometido a un estrecha vigilancia, le piden que mande callar a la turba y ponga fin a esta algarabía, Él  no hace caso de tal amonestación y con tono severo les contesta: “Os digo que si estos callaran gritarían las piedras”. En esta ocasión Jesús no se escabulle, ni desaparece ante la multitud enardecida que le proclama como su rey, sino que da muestras de que lo acepta como algo esperado, como si hubiera llegado la hora de que el hijo del hombre fuera glorificado y todos tenían que ser testigos de su realeza mesiánica.

La comitiva había dejado atrás el torrente Cedrón entre una gran polvareda. El cortejo se dirigía hacia la puerta en medio de un griterío cada vez más fuerte, que llegaba a oírse en el interior de las casas. ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? Se preguntaban las gentes desde las terrazas. Es el profeta de Nazaret que está entre nosotros y la gente sin pensarlo se echaba a la calle porque ellos también querían ser testigos de este acontecimiento. Cuando llegaron al templo Jesús se bajó de la borriquilla para orar y continuar allí su labor profética. Al caer la tarde el maestro con sus discípulos emprendieron el camino de regreso a Betania, donde habrían de pasar la noche. Desde el siglo IV la iglesia viene celebrando esta festividad porque también ella quiere ser partícipe del triunfo de Jesús.







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