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San Juan11, 1- 45: "Yo soy la resurrección y la vida"

Cristo Nuestra Resurrección. 5° Domingo de Cuaresma
Meditación al Evangelio 29 de marzo de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Un olor insoportable fue lo que hizo que encontraran el cuerpo. Tenía varios días desaparecido, un “levantón”, pero ni una sola noticia, ni petición de rescate, ni señas de vida. Debajo de un puente que está a las orillas del pueblo encontraron el cadáver con evidentes muestras de tortura. “¡Apesta!”, fue la exclamación general de los curiosos que se atrevieron a acercarse para acompañar a los familiares. “¡Apesta!”, fueron las palabras que como una daga se clavaron en el corazón de sus seres más queridos y que día a día repiten con indignación ante la escasez de respuestas a sus múltiples preguntas. “¡Apesta!”, sigue siendo esa voz que recorre todos los lugares, y no se refieren ya sólo al cadáver de un hombre, una víctima más en esta guerra estúpida en la que no se sabe quién lucha contra quién. Es la conciencia colectiva de que la corrupción ha llegado a niveles insospechados y que está manchando los valores más sagrados de una sociedad que se encuentra desorientada, asustada y paralizada sin atreverse a intervenir, como si ya todo estuviera muerto.

Nada más apropiado para estos días que las lecturas de este quinto domingo de Cuaresma que nos sitúa en una lucha esperanzadora por la vida y en una fe que es capaz de esperar la resurrección de quien ya tiene tres días muerto. Los reclamos a Jesús por parte de Marta, podrían ser los reclamos que ahora muchos pretenden lanzar al cielo porque no se puede entender una cadena de males ante la mirada indiferente de Dios. La degradación, la impunidad, la pandemia que estamos padeciendo sólo se entiende ante la ausencia de Dios, ha sido la expresión de muchos. Pero no podemos reclamar la ausencia de un Dios que hemos expulsado de nuestras familias, de nuestras calles, de nuestros negocios y que lo hemos querido mantener recluido en sacristías, eventos sociales, y en dos o tres fiestas folclóricas que sirven más de pretextos para excesos que de una verdadera manifestación de nuestra relación personal con Dios. Nuestra primera actitud en este domingo sería la de darnos cuenta de que nuestra nación realmente se encuentra enferma. Y podemos insistirle a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Pero al mismo tiempo que nos urge aceptar  y manifestar la enfermedad debemos estar dispuestos también a aceptar la curación y las prescripciones que nos pueden llevar a la salvación.

Mucho se ha hablado de los muertos que se acumulan día tras día en los ámbitos del narcotráfico. Se han mencionado también las personas inocentes que como daños colaterales han perecido. Se ha hablado mucho de las incontables extorsiones, de los secuestros y de las drogas que pululan por doquier, pero se ha tomado menos en cuenta la corrupción que a diario invade todos los ámbitos de nuestra vida, que ha penetrado en las familias, en las instituciones y en todas las estructuras. Es una corrupción y hedor penetrante al que parece que nos hemos acostumbrado y del que solamente en ocasiones excepcionales somos conscientes. Hemos alejado a Dios de nuestras vidas y  hemos optado por otros valores: el placer, el dinero, la ambición, el poder. Pero cuando descubrimos que se han metido como una grave enfermedad en todo el cuerpo, nos asustamos y quisiéramos echar marcha atrás pero sin dejar de vivir en corrupción. Como quien quiere sanar a base de calmantes, sin aceptar una verdadera curación, un cambio radical de vida y una purificación de todo su ser. El llanto de María y sus desesperación bien pudiera representar el llanto de tantas madres y hermanas que lloran por el ser asesinado o desaparecido, por el hijo o la hija sumida en las drogas, por quien ha perdido el camino. Pero ese mismo llanto podría también hacernos vislumbrar un rayo de esperanza: junto a nosotros, en la misma lucha, con mucho mayor amor y con mucho más poder, camina Jesús. Para Él Lázaro es el amigo a quien tanto ama; para Él todos los que sufren y están atormentados son también su “amigo amado”.

El gran amor de Jesús lo hace presente en las situaciones más difíciles y complicadas. La muerte y la corrupción no lo logran mantenerlo lejano y su presencia nos llena de una sana esperanza. Ahora, igual que en aquel tiempo, nos ordena quitar la losa que tapa la vida y que confina a la oscuridad. Ahora también nos ordena creer y comprometernos con Él que es la vida. A pesar todos los obstáculos, la invitación de Jesús a creer, la invitación de Jesús a la verdadera vida, sigue en pie. Quizás también nosotros estemos tentados a decirle y a expresar nuestro pesimismo porque sentimos que ya nada puede hacerse, que no encontramos salidas. Que nuestro país huele a corrupción, huele a miedo, a terrorismo y droga, que nuestras familias no perciben el aroma de la armonía y del cariño, que todo, todo huele mal. Pero cuando todo huele mal, Jesús está ahí cerca del que tanto ama. No le importan sus olores, para Jesús sigue siendo el amigo: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. De la fe nos lanza a la acción; pero de una verdadera fe, la misma que ha exigido a Marta. No solamente creer teóricamente en la resurrección, sino experimentar vivamente que Jesús es la resurrección y la vida. Y no habla Jesús de una resurrección allá, lejana, al final, sino que nos manifiesta su compromiso por la vida ahora, aquí, en medio de todo. Para eso se requiere fe pero también poner a Jesús como fuente de nuestra vida, de nuestras  actividades y de nuestro interior.

Cuando el pueblo de Israel creía que todo estaba irremediablemente perdido, la palabra de Dios por medio de Ezequiel les habla de esperanza y les asegura la apertura de los sepulcros para que salgan de ellos y así conducirlos a nueva tierra. Ahora Jesús hace también realidad esas palabras. Sólo espera nuestra confesión confiada: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Una confesión que le permite actuar en nuestra vida. Hoy también podremos escuchar las palabras de Jesús, que llenas de amor pero también llenas de autoridad, resuenan con esperanza. También a nosotros nos dice: “Sal de ahí”. Podremos salir de la muerte y corrupción no basados en nuestras propias fuerzas, sino basados en su amor. Confiados en su palabra asumimos el compromiso de desatar, de quitar losas, de acrecentar la fe. “Desátenlo, para que pueda andar”. Es la tarea ingente que debemos asumir todos. La fe es el motor que nos moverá para, desde nuestra fe, comprometernos a crear un país mejor. Hay que desatar tantas cadenas de injusticia, hay que quitar tantas losas que oprimen, pero sobre todo necesitamos experimentar una fe viva en Cristo que es “la resurrección y la vida”.

En estos momentos nuestra responsabilidad, nuestra oportunidad de estar en familia, la renovación de nuestra fe en Dios, nuestra oración, nos harán salir de tan dolorosa situación.

Señor Jesús, el que amas está enfermo, ya ha perdido la esperanza, ya huele mal. Confiados en tu palabra, habiendo experimentado que tú eres la resurrección y la vida, te pedimos vengas en nuestra ayuda para que nos comprometamos en la búsqueda de la vida plena. Amén.







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