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Como Elías y Eliseo, Jesús no ha sido enviado sólo a los judíos
Meditación al Evangelio 16 de marzo de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Es curioso comprobar como cada pueblo se asume como “el ombligo del mundo” y se siente la más importante de todas las naciones. Los mexicanos nos pintamos solos para  pensar que somos los mejores de todo el universo, o para echar bravuconadas sintiendo a todos los demás como enemigos. Pero este tipo de fanfarronadas también esconde una especie de complejo de inferioridad y  de desprecio a lo de casa, a lo nuestro y una exaltación a lo que viene de fuera.

Es triste comprobar nuestro malinchismo, despreciar nuestros valores y a los hombres y mujeres que obtienen éxito en los diferentes campos. Necesitamos reconocimientos extranjeros para aceptar que somos valiosos. Este nacionalismo agresivo y complejo malinchista, también se nota en nuestros hogares y es muy curioso. Por una parte sentimos que no hay nadie como nuestros hijos, padres o hermanos y disculpamos todos sus errores; pero por otra los consideramos incapaces de grandes logros y de sabiduría sobre todo en el plano religioso. “Nadie es profeta en su tierra” sentenciaba Jesús… y se constata con los padres de familia que no pueden dar un consejo a sus hijos; del buen catequista, que no es escuchado por su familia; de los hijos, que no son aceptados por sus padres como portadores de buenas nuevas.

La Palabra de Dios se hace cercana a través de los que conviven con nosotros y a pesar de las limitaciones físicas o intelectuales que tengan, Dios nos habla a través de ellos. Pero también cada uno de nosotros tiene que asumir su responsabilidad y profetismo en el lugar, en el tiempo y en las circunstancias en que está. No para encerrarse sino para asumir que el lugar original para vivir la Palabra es el entorno cercano.

Es conocido el dicho: “Candil de la calle y oscuridad de la casa” en alusión a nuestro pecado de omisión en relación a los nuestros. Seremos capaces de llevar una sonrisa a los demás para después mostrar el rostro adusto o indiferente ante los nuestros. La Palabra de Dios es para vivirse en casa, entre los tuyos. Escuchémonos como profetas, reconozcámonos como portadores de la Palabra. Escuchar y ser escuchado es un buen inicio para vivir la fraternidad.







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