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Señales. Epifanía del Señor
Meditación al Evangelio 5 de enero de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Hace unos días, se intentó reparar la horrible carretera llena de baches que une a dos pueblos. Desparramaron una capa de arena suelta por varios kilómetros para iniciar los trabajos y así la abandonaron con la intención de continuar después, pero ¡sin ninguna señal! La negra arena, la oscuridad, la lluvia y la neblina completaron el cuadro. Los vehículos entraban sin precaución y  pronto derrapaban y terminaban volteados, chocados o simplemente fuera de la carretera. Desgraciadamente hubo un muerto, muchos heridos y pérdidas materiales imposibles de contar. Se culpa a la velocidad o la imprudencia de los conductores, pero en el fondo, todos sabemos que en una carretera, como en la vida, sin señales es muy peligroso conducir. Ni se sabe a dónde se va, ni se perciben los peligros, ni se puede mantener el vehículo en el carril correcto. Sin señales no se puede navegar.

Aunque tradicionalmente celebramos la fiesta de la Epifanía o de los Santos Reyes, el día 6 de enero, litúrgicamente se celebra el primer domingo del año. El evangelio de este día nos señala con diversos signos la presencia de Cristo en medio de todos los pueblos. Mucho se ha discutido sobre la posibilidad de una estrella significativa, diferente y excepcional, o bien de la conjunción de un grupo de estrellas que pudieran llamar la atención de los magos del Oriente. Pero más importante que la estrella física es el significado que San Mateo quiere mostrarnos con esa estrella. Ya estaba anunciada una Luz para el pueblo de Israel, que en medio de las tinieblas caminaba y esperaba esa Luz que iluminara su camino. Ya se nos ha presentado el Mesías como la gran Luz que disipó las tinieblas de la noche, pero ahora, esta fiesta de la Epifanía viene a abrirnos nuevos horizontes y  manifestarnos que Jesús, el Emmanuel, no se encierra en las fronteras y en la mezquindad de un solo pueblo, sino ofrece su luz y su salvación a todos los hombres, sin distinción de razas, de lenguas o de ideologías. Es muy profundo el significado de esta fiesta porque no es sólo la iluminación sino la apertura a todos los pueblos.  Hoy nos haría mucho bien meditar este misterio porque el mundo camina en tinieblas y se  aferra a sus propios límites. Y hasta parece una contradicción: mientras más se globalizan las noticias y el mundo se convierte en una aldea, más se exacerban los individualismos, los egoísmos y se cierra el corazón para acoger a los demás.

Conforme a la narración de San Mateo se nos abre una ventana en el itinerario del discípulo que busca seguir a Jesús. Desde el primer fulgor de una estrella y el enamoramiento para seguirla, hasta el encuentro del Niño en brazos de su madre, se extiende un largo camino, interminable, duro, salpicado de dudas, silencios, oscuridades y adversidades. Por momentos la estrella no se divisa con claridad o definitivamente se pierde. Se pregunta en los sitios equivocados y se recibe la respuesta acertada. Un camino duro que requiere constancia, esfuerzo, dedicación y perseverancia. La estrella, después de haber hecho brotar la chispa y la inquietud en el corazón, parece desentenderse de ellos y sólo aparece hasta el final. Es el itinerario del discípulo que primeramente debe dejarse encender por la chispa de la ilusión, por la certeza de que el mundo soñado por Jesús es posible, pero que después no debe olvidar esa señal y, a pesar de las oscuridades, debe mantenerse en esperanza, con la ilusión de forjar esa nueva comunidad diseñada apenas por un niño, carne trémula y débil, pero que despierta los más grandes anhelos.   La búsqueda implica renuncias, perseverancia y muchas veces fracasos. Y hoy es díficl percibir los ideales, nos dejamos adormilar por los cantos de las sirenas del placer, de la comodidad y de la inconsciencia. Seguir una estrella exige pasión y entrega, capacidad para no desistir cuando las cosas no marchan, obstinación para no abandonar la empresa y refugiarse en la comodidad de las excusas. Para el verdadero cristiano sigue brillando la estrella, es la señal que nos levanta, que nos guía, que nos despierta y que nos lleva hasta el encuentro del Mesías hecho niño. Sin la señal de la esperanza, del amor y de la entrega constante, el discípulo se pierde y se desbarranca en las primeras dificultades. Pero nosotros tenemos una Estrella.

Es curioso lo que suscita esta estrella: mientras a unos magos que viven en la lejanía les despierta la esperanza, a Herodes con su corte y consejeros poderosos, que viven en la cercanía, les produce miedo e incomodidad. Es el niño que viene de lejos para meterse entre las vidas humanas para iluminar y llenar de alegría a los buscadores, pero también es el niño que causa preocupación y temor a los que ya se han instalado y viven en sus comodidades. Cristo constituye una amenaza para nuestro trono privado porque con su luz pone al descubierto nuestros sentimientos, nuestras ambiciones y muestras mezquindades. La presencia de un Dios que se manifiesta en la debilidad se percibe como un peligro y como una amenaza para un orden injustamente establecido. El amor de Dios hecho carne cuestiona todas las estructuras del hombre que se ha olvidado del amor y que sólo vive en su egoísmo. Se han olvidado los ideales y este Niño Dios nos viene a recordar que tenemos un destino más allá de las estrellas, pero que para lograrlo se necesita desperezarnos, lanzarnos a la aventura, dejar nuestras comodidades y nuestros límites y ponernos en marcha.

Epifanía es la manifestación de la Luz de Cristo a todos los hombres, pero también será un serio cuestionamiento a todas las cerrazones que hemos adquirido para sentirnos seguros. Mientras una estrella viene a romper las barreras de los países, de los idiomas, de las razas, el hombre moderno, que se dice abierto y pluricultural, cierra sus puertas a los migrantes, descalifica a los diferentes, mira como criminales a los que vienen de lejos y destruye a los que piensan distinto. La estrella de la Epifanía es un reclamo al cristiano de hoy para que se ponga en camino, para que abra sus horizontes y para que comparta la luz del Salvador y sus propios bienes con todos los hermanos.



Señor, Dios nuestro, que en este día diste a conocer  a todos los pueblos el nacimiento de tu Hijo, concédenos seguir los caminos de su estrella para que podamos construir un mundo sin fronteras donde todos seamos hermanos. Amén.







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