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¿Qué quieres que haga por ti? – Señor, que vea
Meditación al Evangelio 18 de noviembre de 2019 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



El pasaje que nos presenta San Lucas en este día podría parecernos ya muy conocido e inducirnos a no darle toda su importancia. Aunque se pueden reflexionar muchos tópicos, hoy quisiera detenerme en unos aspectos que al iniciar esta semana nos ayudan a vivirla de un modo especial.

La primera enseñanza que nos ofrece este ciego, es que a pesar de su oscuridad es capaz de “oír” y “sentir” que es Jesús el que pasa. Esto sucede con frecuencia: quienes tienen todos sus sentidos viven la vida en una forma más descuidada. A quien le falta un sentido, aguza los demás sentidos.

Me temo que a muchos de nosotros, con todos nuestros sentidos, nos cuesta descubrir en nuestro mundo a este Jesús que pasa. La vida con su rutina y sus preocupaciones nos envuelve y no somos capaces de hacer silencio para descubrir a Jesús que pasa. Estamos igual que el pueblo de Israel según lo que nos cuenta la primera lectura: quisieron ser iguales a los otros pueblos, se prostituyeron, ocultaron sus señales de que pertenecían a un solo Dios y se postraron ante los ídolos.

Nosotros, para estar a tono con el mundo, nos hacemos sordos a la Palabra de Dios, no escuchamos sus pasos. Nos asimilamos al mundo, buscamos sus valores y ocultamos que fuimos bautizados, que somos parte del pueblo de Dios, que prometimos fidelidad y seguirlo siempre. Por el contrario, este ciego sabe reconocer quién es Jesús de Nazaret y le grita pidiendo compasión, y Jesús lo sana por la gran fe que ha demostrado.

Una vez más, Cristo acoge y reintegra a quien ha sido separado del pueblo, a quien estaba a la orilla del camino, al que sentado había perdido toda ilusión. Es la conducta continua del Maestro introducir en la comunidad a diferentes personas que habían sido relegadas por causa de sus enfermedades, de su posición social o aún de sus pecados. Sin embargo, Cristo siempre viene a integrar, a buscar y a liberar. Hoy tenemos que gritar fuertemente, incluso en medio de la oscuridad reinante, “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”.

La oración, nuestra plegaria, es el inicio del camino hacia la luz, es la conversión de cada corazón. Este día estemos atentos a Jesús que pasa y supliquemos que nos saque de nuestra oscuridad, que ilumine nuevos caminos y que enderece nuestros pasos para que nos conduzcan a la verdad y a la salvación.







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