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Dichosa la mujer que te llevó en su seno.- Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios
Meditación al Evangelio 12 de agosto de 2019 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Es tan corto el evangelio de este día que convendría que lo repitiéramos una y otra vez para profundizar su sentido. Nos presenta una escena que parecería cotidiana en la actividad evangelizadora y taumatúrgica de Jesús, donde muchas personas lo siguen y lo admiran tanto por su palabra como por sus milagros y brota espontanea la alabanza a la mamá.

También es común en nuestro pueblo encontrar exclamaciones como la del evangelio, y es verdad, la Virgen María merece todo nuestro reconocimiento por haber engendrado y dado a luz al Salvador, pero lo merece aún más, por su obediencia en la fe a la Palabra de Dios. No es suficiente para María ser mamá de Jesús, va mucho más allá hasta la escucha y el poner en práctica la Palabra.

Cada vez que aparece María en el Evangelio la encontramos con una disposición grande para escuchar la palabra. Desde el primer “fíat”, “hágase en mi según tu palabra”, hasta las últimas palabras de Jesús que se dirigen a ella: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Atenta a las necesidades del pueblo, recomienda a los que se han quedado sin vino: “Hagan todo lo que Él les diga”, porque ella misma estará siempre dispuesta a seguir sus enseñanzas.

María sabe que toda persona se realizará plenamente sólo cuando cumpla fielmente la palabra: “ser lo que Dios quiere que yo sea”. En nuestro tiempo hemos perdido el aprecio a la palabra de los hombres, tan desgastada está que ya nos es difícil creerla; pero ojalá no nos pase lo mismo con la Palabra de Dios, que busquemos el tiempo y el lugar propicio para escucharla, guardarla en el corazón, dejarla germinar y poder dar frutos de justicia, de amor y de paz. Parece una contradicción: abundan las palabras, se pierde su comprensión y su fiabilidad. Pierden fuerza y pasan desapercibidas.

El gran riesgo es que también pase desapercibida la Palabra hecha carne que viene a anunciarnos el gran amor de nuestro Padre Dios. Que seamos igual que nuestra Madre María que guardaba “todas estas cosas en su corazón”, que las meditaba y después las hacía vida. Bienaventurada, dichosa, la llama el Evangelio, que también nosotros encontremos nuestra felicidad en escuchar y cumplir la Palabra de Dios.







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