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¡Ya somos novios!
¡Ya somos novios!... ¡Hay que ver con qué calor sale de sus labios una expresión semejante!


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: es.catholic.net



Cuando hablamos de la familia tantas veces y se nos dan tantas conferencias sobre la vida matrimonial, nunca falta ni puede faltar una charla sobre el noviazgo, sobre ese tiempo idílico que precede a la celebración de la boda.

No creemos que haya momento más feliz en la vida de dos jóvenes que aquel en que él y ella, los dos juntos, pueden decir y se dicen: ¡Ya somos novios!... ¡Hay que ver con qué calor sale de sus labios una expresión semejante! ¡Hay que ver con qué cariño lo miramos todos nosotros! Nuestros corazones saben acompañar a esos dos corazones felices, y lo más importante es que el mismo Jesucristo se pone en medio de ellos para santificar desde el principio un amor tan bello, en espera de verlos a los dos delante de su Altar...

Pero tanto idilio corre el peligro serio de tomar el noviazgo como un entretenimiento o poco menos, sin dedicarle lo principal de todo y lo que es el fin del noviazgo, o sea, la preparación para el matrimonio.
Sin esta preparación, el noviazgo está de más.
Porque si la preparación no fuese necesaria, bastaría ir directamente al altar y ser esposos apenas conocido y declarado el amor.

El matrimonio, que compromete para toda la vida, exige la preparación de todo asunto importante, y, en este caso, la preparación debe ser mayor, desde el momento que el matrimonio es el asunto más importante de la vida. Si el equivocarse resultaría fatal, el acertar es la suerte más grande.

Esa preparación para el matrimonio tiene una doble dimensión: humana, cara la vida; y espiritual, cara a Dios.

Porque el matrimonio entraña dos cosas: es la solución normal de la vida del hombre y de la mujer, y Dios ha querido además que sea un Sacramento, un medio poderoso de santificación.

Por eso decimos que nos preparamos a él como hombres y como cristianos. De aquí, que quienes están más interesados en formar a los novios son los padres y la Iglesia. A los novios se les pide que correspondan vivamente a la solicitud de la familia y de la comunidad eclesial.

- Mamá, ¿y tú, qué preparación recibiste para casarte?

Esto le preguntó a su madre la hija atrevida y rebelde para reírse un poco de ella. En aquellos tiempos de la mamá iban al matrimonio sin preparación alguna, cuando no se impartían cursos ni se daban conferencias ni nadie hablaba a nadie sobre el asunto.
Pero la hija se llevó una buena lección, cuando oyó la contestación de la madre:
- ¿Qué preparación? Por desgracia, ninguna. Entonces no se nos decía nada. Tú no sabes la suerte que tenéis ahora. Si no aprovechas la gracia de Dios, es cosa tuya...

A esta solicitud que hoy se tiene con ellos, corresponden los novios informándose sobre el matrimonio en todos sus aspectos.
Piensan muchos que se trata solamente de saber las intimidades de la vida sexual. Y eso no es verdad. Eso pudo tener mucha importancia en aquellos tiempos ya idos cuando los niños venían de París o los traían las cigüeñas...

Hoy la información sexual está casi de más. Aunque no negamos que los novios están muy interesados en informarse sobre cuestiones morales de la vida sexual, ya que oyen opiniones tan divergentes sobre asuntos delicados.

Mucho más importante que la información sobre la sexualidad, es la formación en la vida afectiva.

Porque el amor tiene fases muy diferentes a lo largo de los años, y es aquí donde fallan tantos matrimonios, que empezaron muy bien y acabaron en tragedia.

Esta información y formación no la ofrecen las fatales revistas del corazón ni la enseñan las telenovelas, porque esas películas y esas revistas no suministran sino la desinformación y la deformación más lamentables.

Hay que recurrir a libros buenos y autorizados, igual que a conferencias especializadas, como se ofrecen muchas veces en las parroquias. Y no digamos ya del curso de preparación matrimonial que brinda la Iglesia a los novios.

Esos libros buenos y esos cursos impartidos por la Iglesia, aunque muchos los miran con recelo, son la fuente donde el cántaro se llena de agua fresca y pura, que se bebe sin recelo alguno.

Naturalmente, que esa formación espiritual impartida para el matrimonio es una ocasión magnífica para renovar los conocimientos de vida religiosa que tal vez van quedando ya un poco lejos, desde que se asistió de niños al Catecismo, o de adolescentes al curso de la Confirmación.

Esta formación e información para el matrimonio son como el bagaje y provisión para un viaje largo y complicado tal vez. Toda la prudencia es poca.

Bien formados de novios, los que serán pronto nuevos esposos mirarán con optimismo el porvenir. Las dificultades se vencerán con más facilidad y no se perderán esas ilusiones que ahora expresan con esas palabras encantadoras: ¡Ya somos novios!...

Un día las cambiarán por estas otras, que ojalá se las repitan muchas veces por muchos años:
- ¡Ya somos esposos desde hace un año..., desde hace diez..., desde hace veinticinco..., desde hace cincuenta!... ¡Qué bendición de Dios!

 

 

 

 

 



 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 







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