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"Ustedes no son del mundo, pues, al elegirlos, yo los he separado del mundo"
Meditación al Evangelio 25 de mayo de 2019 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



¿Por qué dirá Jesús que el mundo odia a sus discípulos? A veces tendríamos la impresión que el verdadero discípulo de Jesús tendría que ser simpático con todos y que atraería hacia él las atenciones y una aceptación generalizada.

Pero frecuentemente no es así y baste ver cómo pasó con Jesús. No nos podemos explicar por qué siendo tan generoso, tan sabio y tan aceptado por las multitudes, en cambio produce inconformidades, discrepancias y hasta odio de muchos sobre todo de los dirigentes. Quizás la clave esté en esa distinción que con frecuencia hace San Juan entre el mundo y la pertenencia al Señor.

Cuando Juan habla en este sentido de “mundo”, no se refiere tanto a la madre naturaleza y a todas las bellezas que el Señor ha creado, sino más bien se refiere a una estructura que tiene sus valores, sus códigos, sus intereses… a un sistema que le ha llamado Juan Pablo II, “sistema de muerte”; o el Papa Francisco “mundanidad”. Y este sistema estaba presente en el tiempo de Jesús y hoy sigue estando presente en medio de nosotros.

No quiere Jesús que nos salgamos del mundo y que nos aislemos como si fuéramos una secta de privilegiados y nos consideráramos salvos. No, pero tampoco quiere que sus discípulos entren en ese sistema de ambición, de dinero y corrupción que lleva a la muerte. Y es tan fascinante este sistema que cuando menos lo pensamos ya estamos hablando en términos y propuestas conforme al mundo y no conforme al plan de Dios, y a veces en los proyectos más espirituales y evangelizadores.

El odio viene cuando no se acepta al otro por hermano. Si miramos a las personas diferentes como enemigos o como adversarios en nuestra lucha por los bienes materiales, se despierta la envidia y la ambición y no pensamos en que son hermanos nuestros, sino los miramos como rivales.

El verdadero discípulo tendrá que cuidarse de no ser odiado por su incongruencia o por no ser fiel al evangelio, por hablar una cosa y hacer otra; esto verdaderamente nos debe preocupar. Pero cuando tenemos adversidades por la búsqueda de la justicia, de la verdad o de la solidaridad, entonces suframos con alegría porque somos testigos del Evangelio.

Si nuestro Evangelio no provoca inquietud, si no despierta conciencias y no suscita conversiones y adversidades, tendríamos que revisar muy bien cuál evangelio estamos predicando.







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