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Hermana Guadalupe
Si Dejo todo, dejo Todo


Por: Redacción | Fuente: Foundation EUK Mamie



Soy la Hna. María de Guadalupe. Nací en Argentina, en una ciudad que se llama Villa Mercedes, provincia de san Luis. Soy la mayor de cinco hermanos. Nací en una familia de una gran fe: una familia cristiana en la que aprendimos a vivir la fe de manera natural… Así como crecíamos físicamente, crecíamos en la fe. Para nosotros fue realmente tan natural, como todo lo demás que aprendíamos en casa, habituados a la misa diaria, con mis padres, al rosario diario en familia… Pero aún así, no es que yo ya pintaba para monja… ¡Para nada! No lo había pensado nunca. En realidad, no tenía tampoco referentes: no conocía religiosas. (…) Y la verdad es que la idea que tenía de las religiosas era bastante negativa… “Pero, ¿qué hacen las monjas?”, me decía. Y la verdad es que no se me ocurría… Decía: “Bueno, allí aburridísimas en el convento. Será que no les queda otra opción. No se pudo casar, pobre… al convento. Tuvo problemas o era muy fea, pobrecita, tan fea, tan fea, que se entró en el convento”. Bueno, esas son las ideas que tenía, y causa gracia ahora, pero… Es la idea que tiene mucha gente sobre la vida religiosa y sobre las monjas.

Llevaba una vida muy normal. Por supuesto, estaba en los grupos de la parroquia. Me gusta mucho la música, el canto, tenía el coro parroquial. Hacíamos misiones, trabajaba en Caritas, hacíamos campamentos... Pero llevaba una vida muy social también, muy activa, muchos amigos, me gustaba mucho salir. Por supuesto, la época en que -¡gracias a Dios!- me tocó vivir de juventud, con diversiones muy sanas, con mis amigos, con los amigos de la parroquia, del colegio… Tengo recuerdos muy hermosos de eso. Y, la verdad, es que con el temperamento que tenía, con mi forma de ser, pensaba que de ninguna manera podría encajar con ser monja, que para mí era una cosa, como digo, más bien estar calladita, triste, y aburrida. Pero bueno, terminé el colegio secundario y empecé la universidad. Empecé a estudiar Economía. Y yo me daba cuenta de que mi camino no estaba definido… Yo me daba cuenta de que estudiaba, me iban muy bien los estudios, todo bien en la parroquia, con mis amigos, ya tenía mi auto… Es decir, todo iba en teoría bien, pero era llegar a la noche, irme a dormir y pensar: “¿Esto es todo? ¿Esto va a ser siempre todo?”

 

Sentía el corazón inquieto y vacío de alguna manera, aún cuando eran todas cosas buenas las que hacía, pero no llenaban. Y cuando pensaba: “Bueno, yo voy a tener una familia, me voy a casar con una buena persona, voy a tener muchos hijos…” Y, la verdad es que me parecía poco. Me parecía que yo quería abrazar más: ¡a todo el mundo! No solamente a una familia, sino a todos, y no sabía cómo hacerlo. No sabía de qué se trataba todo este sentimiento que tenía. Entonces fue cuando me propuso el sacerdote de mi parroquia hacer un retiro, ejercicios espirituales ignacianos, que yo nunca había hecho. Yo también tenía ciertos prejuicios con estas cosas, porque decía: “Yo a estos retiros no voy, porque ya sé como es allí. Les llevan las chicas, y después, lavado de cerebro y salen todas monjas. Yo estoy muy bien así”. Pero bueno, tanto me insistió que finalmente el último día dije: “Bueno, voy porque realmente me cansó de tanto que me insistió. Voy a ir a los ejercicios espirituales, pero yo les advierto que, en el momento en que el sacerdote empiece a hablar de la vocación y de la vida consagrada, y empiece con su trabajito de… Yo me levanto y me voy”. Y me dice: “Bueno, como quieras, perfecto”.

 



Fui a los ejercicios. No me acuerdo si hicimos tres o cuatro días de ejercicios… Yo estaba sentada al final. Así… desafiante, esperando en qué momento el cura hablara algo y lanzara su dardo. Por supuesto, las meditaciones de los ejercicios según el programa de los ejercicios espirituales de san Ignacio. El primer día nada, segundo día y pensaba: “Bueno, aquí seguro, seguro que…” Y nada, ni una palabra de la vocación, pero ni una palabra. Ya me empecé a preocupar. Y el tercer día pensé: “No puede ser que no diga nada de la vocación. Tiene que hablar de la vocación”. Y yo estaba realmente molesta de que no hablara finalmente del tema. Entonces fue cuando llegaron los últimos puntos de meditación, que es la “Contemplación para alcanzar amor”. Cuando va a empezar el sacerdote la charla, yo dije: “Aquí se viene, en la última, porque es entonces cuando uno ya viene de tres días de rezar, y ya está: «Bueno, ¡qué hermoso esto!» Y allí ya: «Sácate, lo mejor para tu vida es que seas religiosa, y entonces la vida consagrada…» Y digo: Aquí viene seguro”. Y nada. Y yo entonces, ya realmente estaba desesperada, y me fui a capilla con el “Libro de los Ejercicios, y leí de la elección de estado, y cómo es esto de la vocación. Y me di cuenta de que yo misma estaba escapando, queriendo huir de lo que Dios en realidad me estaba pidiendo y que yo -en el fondo- estaba deseando tanto y tan ardientemente. Fue un instante que no voy a olvidar nunca, y tan íntimo y personal que ni siquiera puedo explicarlo. El llamado que Dios hace a la vida consagrada es distinto y único para cada uno, y es tan difícil hasta expresarlo. Pero yo, en ese momento, tuve una felicidad increíble, impresionante, y comprendí que mi camino era ese: que tenía que entregarme al Señor completamente y que iba a ser feliz. Entendí que allí se llenaba mi corazón, y que de esa manera iba a abrazar a todo el mundo. Salí de los ejercicios con una felicidad… Estaba tocando el cielo con las manos. Se reían, porque claro, de los veinticinco jóvenes que hicimos los ejercicios, la única que salió monja fui yo.

Y bueno, paso un tiempo, unos meses… Y esto también siempre se lo cuento a los jóvenes que están pensando o haciendo discernimiento sobre la llamado de Dios, de que hay que tener en cuenta que el diablo se juega en esos últimos momentos, antes de concretar la vocación, porque el diablo mejor que nosotros sabe el bien que puede hacer una consagrada en la Iglesia, en el mundo, y entonces saca toda la artillería en esos últimos momentos. Y yo recuerdo que vine tan contenta, tan consolada… Pero llegaron momentos de duda, y de: “Pero bueno, ¿y dejarlo todo? ¿Y la familia? ¿Y los estudios? ¿Y la parroquia?” Y bueno pero, …. Y entonces empecé a pensar en soluciones intermedias: “Bueno, hago más apostolado en la parroquia, voy a otro grupo parroquial, y después todos mis hijos van a los grupos parroquiales, y voy a ser una misionera laica viviendo en familia. Y tantas otras cosas que quería yo, como compensar un poco, como dejarle contento a Dios y no tener que hacer semejante entrega. Porque al momento de concretar el sí, se me hacía difícil.

 

Y entonces pensé en una trampa, pensé hacerle una trampa a Dios. Pensé: “Bueno, voy a hablar con mis padres y les voy a contar la noticia de que quiero ser religiosa. Me van a decir que no. Es lo más probable, que me digan que no, que no les parece. Aparte de que era una cosa como nueva en la familia. Y cuando me digan que no… “¿Qué voy hacer Señor? No me dejan, no me lo permiten mis padres. Yo quería realmente, pero no me lo permiten mis padres. ¡Qué lastima!” Así que, fui a hablar con mis padres y les dije: “Bueno, recuerden que hace unos meses hice unos ejercicios espirituales, y me he dado cuenta de una manera muy clara que Dios me llama a la vida consagrada, a ser religiosa”. Y mis padres dicen: “¡Ay, qué bendición de Dios!” Y yo dije: “Ay, se me acabaron las excusas”.

 



Bueno, y allí me di cuenta que: “Basta, basta de escapar. No puedo seguir  huyendo y escapando y llorando por cada pequeña mínima cosa que tengo que dejar”. Empecé a buscar una congregación. Recuerdo que visité muchísimas congregaciones, muchísimas… Entre ellas la congregación a la que pertenezco. Y una de las cosas que me llamó la atención, y por la cual me sentía realmente como en casa, y me dije: “Sí, este es mi lugar”, fue que me llamó mucho la atención la pobreza de las hermanas. Un lugar tan precario, tan simple, tan pobre, pasando tantas necesidades las hermanas de esta naciente congregación, y la alegría que tenían junto a esa pobreza.

 

Yo recuerdo que, al visitar conventos, yo pensaba: “No, yo no voy a dejar todo para tenerlo todo de nuevo, porque entonces para eso no lo dejo y sigo en mi casa. Si dejo todo, ¡dejo todo!”. Eso fue lo que pude experimentar realmente al entrar en la Congregación del Verbo Encarnado, el poder vivir eso, que han sido las gracias que el P. Carlos Buela, fundador de nuestra congregación, pidió y siempre pide para nosotros: “pobreza y la persecución”, que ciertamente hemos vivido y vivimos. Y, de regalo, viene la alegría, esa alegría que Dios nos da en la vida religiosa de una manera tan misteriosa.







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