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¿Profeta yo?
Isaías, Ezquiel, Juan el Bautista y [inserta tu nombre aquí], los grandes profetas


Por: Pablo Vidal García | Fuente: Catholic.net




¿Yo profeta? ¿Pero cómo? Si yo soy laico, no puedo ser profeta… Pues déjame recordarte que no solo eres profeta, sino también eres ¡sacerdote y rey! Ya en otro artículo habíamos hablado sobre la triple función sacerdotal, profética y real que adquirimos en el Bautismo, enfocándonos a la parte sacerdotal  [¿Yo sacerdote?] Así que ahora analizaremos qué conlleva en nuestra vida diaria el ser también profetas.

Hoy en día al escuchar la palabra profeta podemos imaginarnos algo que nada tiene que ver con los profetas del Antiguo Testamento. Puede que venga a nuestra imaginación que el profeta es aquel que predice algo, casi como un adivino, y ciertamente nosotros no estamos llamados a ser adivinos. Los profetas del Antiguo Testamento, como los que sí estamos llamados a ser, aparecían en medio del pueblo de Israel con dos objetivos, anunciar y denunciar. Y nosotros estamos llamados a la misma tarea, anunciar y denunciar, nos lo dice claramente Pablo VI en Lumen Gentium: “El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre”. Analicemos entonces esta doble misión que tenemos como profetas.

Anunciar. Profeta significa “portavoz” y, por lo tanto, está claro que una de las cosas que debemos hacer como portavoces es dar el mensaje de alguien más. ¿Y como católicos, cuál es el mejor mensaje que podemos dar? Evidentemente ¡El Evangelio! Pero esto no significa que hay que salir a las calles y a las plazas con una Biblia en la mano y ponernos a leerla a cada persona que vaya pasando, como si estuviéramos dando las noticias. Significa más bien, que tenemos que llevar el Evangelio a todos los ámbitos de nuestra vida, tanto de palabra como de obra. El problema es que cómo vamos a hablar sobre algo que no conocemos a fondo. De ahí nace la importancia de conocer las Sagradas Escrituras, no tanto para poder repetirlas de memoria o poder dar de manera exacta una cita (cosa que a veces sí que puede resultar útil), sino para conocer sus enseñanzas, poder transmitirlas a los demás y poder vivirlas en nuestro día a día. Puede que eso de vivir las enseñanzas del Evangelio en la vida diaria suene muy elevado y complicado, pero te propongo algo muy aterrizado que puedes hacer. Cada semana toma un pasaje del Evangelio en el cual puedas ver una virtud de Cristo, léelo todas las mañanas y durante esos días trata de vivir esa virtud y de hablarle a los demás sobre ella. Verás que rápidamente esto se puede convertir en un gran hábito y poco a poco podrás ir anunciando la mejor noticia del mundo.

Denunciar. La función de los profetas también era la de denunciar al pueblo sus malas acciones. Eran enviados por Dios para advertirle a Israel que se estaban desviando del camino correcto. Cuánta falta hacen en nuestros días profetas de este tipo. Es por eso que cada uno de nosotros tiene también que ser capaz de, con su testimonio y su palabra, darle a entender al mundo cuando éste no va por el buen camino. Podemos pensar que ser como aquellos profetas del Antiguo Testamento implica decirle a todo un pueblo que corrija su modo de vivir, pero en la realidad, eso no es posible para todos. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es ir ayudando a los que tenemos cerca de nosotros a mejorar en algún aspecto de su vida en el que se están alejando de Dios. Mucha gente, desde nuestra familia hasta nuestros compañeros de escuela o de trabajo pueden agradecer un buen consejo, dado con caridad, o alguna palabra de aliento cuando se encuentran en una dificultad. Es ahí donde debemos ser profetas, mantenernos firmes en nuestros principios católicos y compartirlos con los demás.

Es muy probable que, si buscamos actuar como profetas, el mundo nos trate como tales. ¿Y cómo trataban a los profetas en la antigüedad? Muchas veces los repudiaban, no los escuchaban, los envidiaban y señalaban y a veces hasta los culpaban de los males. Pero no te desanimes, si algo de esto comienza a sucederte, puedes estar más seguro de que estás actuando como profeta. Si quieres leer algunas vidas extraordinarias de profetas para animarte, puedes buscar en el Antiguo Testamento las historias de Elías, Eliseo o Daniel, que se dedicaron a anunciar y denunciar y fueron perseguidos por eso, pero siempre confiaron en Dios y salieron de todos sus problemas.



Y no te olvides de seguir leyendo los artículos sobre qué significa que seamos sacerdotes y reyes, para que verdaderamente podamos entender estas funciones y vivir estas extraordinarias misiones que tenemos como bautizados.

 







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