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La pureza es una conquista de Dios en nosotros.

Pureza, conquista y Don
Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amados… El corazón es la apertura de todo el ser a la existencia de los demás


Por: n/A | Fuente: amorynoviazgo1.blogspot.com



La castidad no es un asunto de represión de los sentimientos y tentaciones sexuales sino una integración exitosa del don de la sexualidad dentro de la persona entera. El contenido sexualmente explícito en blogs, mensajes, y fotos en las páginas webs sociales son también otro de los caminos que violan la castidad. La pornografía difama la intimidad del acto marital e injuria la dignidad de los que la ven y participan.


Muchos jóvenes tienen la ilusión de tener una familia numerosa pues ven lo bien que la han pasado con sus hermanos, pero a la hora de la tentación ceden sin mayor lucha y sin pensar en que pueden llegar a convertirse en padres... Pueden negar su paternidad y orillar a la mujer al aborto, a la soledad o a quedar herida en sus afectos. Por tanto, lo mejor es evitar la ocasión.


La pureza es una conquista de Dios en nosotros. El Papa Benedicto XVI, tratando el tema de la castidad, escribe: “Cuanta menos fe haya, más caídas habrá”.
La pureza de corazón determina la profundidad de las demás virtudes de la persona. La pureza es finura de alma, elegancia de espíritu, delicadeza de sentimientos, selección, elite. “La continencia voluntaria –dice Alexis Carrel- realiza y avalora la vida más que ningún otro esfuerzo moral o físico”.


Dice el Cura de Ars: “La pureza viene del cielo; hay que pedírsela a Dios. Si la pedimos, la obtendremos. ¡No hay nada más bello que un alma pura! Si lo entendiéramos, no podríamos perder la pureza (...). Hay que cerrar nuestro corazón al orgullo, a la sensualidad y a todas las otras pasiones (...). Hijos, no podemos comprender el poder que un alma limpia tiene sobre Dios: ella obtiene de él todo lo que quiere (...) Para conservar la pureza hay tres cosas: la presencia de Dios, la oración y los sacramentos (...). Cuando se ha conservado la inocencia, nos sentimos llevados por el amor de Dios, como el águila es portada por sus alas”.


Luego dice más adelante: “Un alma pura es como una bella perla. Mientras está escondida en una concha, en el fondo del mar, nadie piensa admirarla. Pero si la mostráis al sol, brilla y atrae las miradas. Así sucede con el alma pura, que está escondida a los ojos del mundo, pero que un día brillará ante los ángeles, al sol de la eternidad”.




Cree el pecador que, una vez cometido el pecado, todo ha terminado; y no es así. El acto culpable ha finalizado, pero sus consecuencias permanecen. Nuestros centros nerviosos son como una placa impresionable que guarda una huella. Por eso, una determinada persona puede suponer un peligro y otras no.


Ana Catalina Emmerick escribe: “Todo cuanto el hombre piensa, dice y hace tiene alguna vida y continúa viviendo como obra buena o mala. Lo malo hay que remediarlo con la confesión y la penitencia; de otro modo continuarán las consecuencias del pecado sin término” (tomo X, 478, n. 45).


El Señor nos dice. “Con amor eterno te amé” (Jeremías XXXI, 3). ¿Quién puede decir eso?... El Señor no quiere cosas de ti, te quiere a ti.


Últimas palabras de Jacinta, la pastorcita de Fátima:

    Los pecados que llevan más almas al infierno son los pecados de la carne.
    Vendrán modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor.
    Si los hombres supiesen lo que es la eternidad, harían todo para cambiar de vida.
    Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor y no hacen penitencia.
    Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor.




¿Por qué vives la pureza? Porque los puros verán a Dios, porque quiero ver el rostro de Dios. Y no sólo en la otra vida, sino en ésta. La pureza va de la mano de la humildad.
Juan Pablo II dice que la pureza no es sólo abstenerse de la impureza, o sea, la templanza, sino que al mismo tiempo abre también un camino a un descubrimiento cada vez más perfecto de la dignidad del cuerpo. (Enchiridion F, IV, p. 3082).


Luego, Juan Pablo II dijo en Francia: Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amados… El corazón es la apertura de todo el ser a la existencia de los demás, la capacidad de adivinarlos, de comprenderlos. Una sensibilidad así, auténtica y profunda, hace vulnerable. Por eso, algunos se sienten tentados a deshacerse de ella, encerrándose en sí mismos… Jóvenes de Francia: ¡Alzad más frecuentemente los ojos hacia Jesucristo! El es el Hombre que más ha amado, del modo más consciente, más voluntario, más gratuito… ¡Contemplad al Hombre-Dios, al hombre del corazón traspasado! ¡No tengáis miedo! “Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberar el amor de sus equívocos y de sus falsificaciones. Fue él quien transformó el corazón de Zaqueo, de la Samaritana y quien realiza, hoy todavía, por todo el mundo, parecidas conversiones. Me imagino que esta noche, Cristo murmura a cada uno y a cada una de entre vosotros: “¡Dame, hijo mío, tu corazón!”. Yo lo purificaré, yo lo fortaleceré, yo lo orientaré hacia cuantos lo necesitan: tu propia familia, tu comunidad, tu ambiente social… El amor exige ser compartido”.

 

Sin Dios el hombre pierde la clave de sí mismo, pierde la clave de su historia. Porque, desde la creación, lleva en sí la semejanza de Dios” (nn. 5 y 6).
Jacques Maritain afirmaba: “La educación nos debería de enseñar a vivir siempre enamorados, y de qué nos hemos de enamorar”. Para terminar recordemos lo que enseñaba San Juan Bosco: que la virtud que más brilla en el paraíso es la pureza.







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