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Noviazgo, amistad y apostasía
No puede ser amigo de un hombre quien ha sido infiel a Dios


Por: Emiliano Hernández | Fuente: Forum Libertas.com



A partir de la modernidad, la amistad ya no es concebida como una virtud sino como un sentimiento, el concepto de amistad se transforma en algo parecido a un afecto o una pasión, abandonándose con ello su sentido primigenio, que queda resumido en las sabias palabras de San Ambrosio: “No puede ser amigo de un hombre quien ha sido infiel a Dios” o en la afirmación, irrefutable al sano entendimiento, de San Agustín: “No puede existir pleno acuerdo sobre las cosas humanas entre dos amigos que están en desacuerdo sobre las cosas divinas… ya que el que no ama a Aquel que ha hecho al hombre no puede amar al hombre como conviene”.

No es de extrañar que, en base a este error conceptual, C. S. Lewis afirmara que la amistad entre hombres malos es perfectamente factible; máxime en unos tiempos como los actuales en los que el “homo sapiens” ha sido sustituido por el “homo sentimentalis”.

Si consideramos que la verdadera amistad se da sólo entre hombres virtuosos, es decir, éticos; y que el peor enemigo de la ética es el relativismo, podremos fácilmente colegir que hoy en día la práctica de la virtud de la amistad está gravemente amenazada.

Esta dificultad, incluso incapacidad, que nuestra sociedad encuentra en el discernimiento apropiado de la verdadera amistad está ocasionando problemas espirituales de importante calado, entre los cuales destaca sobremanera las disfunciones en el desarrollo de un correcto noviazgo y, por ende, en el afianzamiento de un sólido matrimonio; pues no se puede obviar el factor que la auténtica amistad ejerce en la armonía de toda relación conyugal.

Así pues, los católicos que perseveren en dar alas a este extendido sofisma se verán poderosamente arrastrados hacia una segura apostasía. Pues, tal y como señala Leo J. Trese: “A menudo la apostasía es consecuencia de un mal matrimonio. Comienza con uno de los cónyuges que se excomulga al casarse fuera de la Iglesia o con una persona que no practica. Al excluirse del flujo de la gracia divina, la fe del católico se agosta y muere, viéndose al final del proceso sin fe alguna”.



Amar implica asemejarse al ser amado, dejando siempre el primer lugar a Dios. Pero cuando el concepto puramente afectivo de la amistad se enseñorea en un matrimonio, sobreviene el peligro de desplazar de su sitio a Dios; empujando con ello al creyente a morder el polvo de la apostasía, la cual socavará paulatinamente la vida conyugal y comprometerá seriamente la vida eterna de ambos miembros de la pareja.

Tal y como amargamente reconoce Julia Flyte, en Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh: “Un ser humano no puede ser tan malvado como para situar a su amado a la altura de Dios”. La perseverancia en la oración de familiares y amigos lleva a Julia, la amante de Charles Ryder, a reconocer, finalmente, que no puede estar fuera del alcance de la misericordia de Dios y, en consecuencia, a romper su relación extra marital con su novio agnóstico.

Nosotros tampoco debemos desfallecer en la oración, pidiendo por todos aquellos familiares, amigos y conocidos que se encuentran en esta complicada situación, para que el amor de aquellos que empiezan su relación de noviazgo tenga su sustento y su raíz en el amor a Dios. Esto no implica ninguna actitud quietista. No significa, por ejemplo, dejar de lado la importante responsabilidad de los padres, que en muchas ocasiones se hacen cómplices de sus hijos, alegando que lo que verdaderamente importa es “que ellos sean felices” y que sus respectivas parejas sean o, al menos, parezcan ser “buenas personas”. Los padres no pueden hacer “la vista gorda” como si no pasara nada. Al contrario, deben aconsejar y corregir a sus hijos respecto de sus novios, en previsión de algún mal presente o futuro. Tal y como dice el Catecismo: deben ayudar con consejos juiciosos, en el momento en el que sus hijos se propongan fundar un hogar. Pues, todos sabemos, que “Hay algunos padres que observan, pero no se atreven a hablar, por no disgustarlos. Pero decidme, si vieseis caer en un lago profundo a un hijo vuestro y que se estaba ahogando, ¿no sería crueldad no librarle de la muerte por no asirle de los cabellos?” (San Alfonso María de Ligorio). Y no existe “lago más profundo” que el de la apostasía.







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