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El dolor solo puede encontrar consuelo y reparación si existe un Dios bueno

Ante dramas incomprensibles, la Fe es posible
Parece imposible que coexistan un Dios bueno y las lágrimas desesperadas de un niño inocente.


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



El dolor del inocente provoca dudas y zozobras. ¿Por qué ese niño vio cómo asesinaban a sus abuelos? ¿Por qué esos padres no encontraron quien pudiese curar a su hijo enfermo? ¿Por qué ese matrimonio fracasó y provocó un daño enorme en los esposos y en toda la familia?

 

La lista de dramas humanos es casi interminable. Ante la misma, el corazón puede sentir cómo avanza la oscuridad, cómo resulta casi imposible admitir que el bien, la justicia y la belleza tengan un lugar en el universo humano.

 

Habrá quien también llegue a negar que Dios exista. Porque, como ha sido pensado por muchos, parece imposible que coexistan un Dios bueno y las lágrimas desesperadas de un niño inocente.



 

Otros buscarán respuestas en teorías científicas o filosóficas que expliquen el origen de instintos, de comportamientos, de luchas, de hechos determinísticos. La “historia” llega a ser vista como una apisonadora absurda ante la que no tiene sentido buscar consuelo para las víctimas.

 

Sin embargo, muchos hombres y mujeres mantienen viva su fe, sin que las heridas y los sufrimientos humanos sean un obstáculo insuperable para pronunciar las sencillas palabras que han animado a tantos seres humanos de casi todos los rincones del planeta: “creo, Señor”.

 



Porque precisamente esos creyentes saben que ciertas penas solo pueden encontrar consuelo y reparación si existe un Dios bueno, capaz de acoger las lágrimas, de reparar las injusticias, de consolar a los que quedan y de recibir en la otra vida a quienes han vivido según la belleza del Evangelio.

 

Su fe, ciertamente, no les cierra los ojos, ni les impide pasar por momentos de oscuridad. Pero algo les lleva a abrirse a Dios, a mirar al Crucifijo, a acoger la gran noticia: el Sepulcro está vacío, Cristo ha vencido el pecado y la muerte.

 

Entonces resulta posible ver de otra manera lo que parecía un drama incomprensible, precisamente porque la fe nos dice que ese dolor no ahoga, en el absurdo, una existencia humana. Tenemos un Padre que espera y acoge a cada uno de sus hijos.

 

Desde su abrazo, en el cielo, será posible verlo todo de un modo nuevo. El corazón, entonces, participará en la alegría que nace del perdón que une la misericordia y la justicia.

 

Una persona buena recibe, casi espontáneamente, amor. Sus méritos, su simpatía, su generosidad, su entrega a los otros, llevan a muchos a alabarla y a amarla. Una persona mala provoca condenas. Sus malas acciones, su egoísmo, su astucia, su corrupción, sus perezas, provocan, en muchos, rabia y juicios de rechazo.

 

Misteriosamente, Dios no sólo ama y se complace en los buenos, los generosos, los humildes, los pacientes, sino que también dirige una mirada llena de misericordia hacia los malos y pecadores.

 

El amor de Dios nos sorprende. Va más allá de nuestros parámetros. Incluso parece injusto, según aquel texto atribuido a san Agustín: “Si no fueses Dios, serías injusto, porque hemos pecado gravemente... y Tú Te has aplacado. Nosotros Te provocamos a la ira, y Tú en cambio nos conduces a la misericordia”.

 

¿Por qué ama así Dios? Solamente Él puede dar la respuesta. Mientras, los que nos reconocemos pecadores, los que aceptamos con pena que muchas veces hemos realizado el mal, descubrimos con esperanza que hay un Padre que busca mil maneras para atraernos hacia sí.

 

“Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer” dice Dios a través del profeta Oseas (Os 11,4).

 

Cristo llevó a su culmen la revelación de ese amor del Padre hacia los pecadores. Vino precisamente por ellos, por nosotros, por los que no fuimos capaces de ser justos (cf. Mt 9,13).

 

San Pablo comentaba, admirado, este gran misterio de la misericordia: “mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,6?9).

 

Así es el amor misericordioso de Dios. “No nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Sal 103,10?11). Nos ofrece, sencilla y humildemente, una mano para sacarnos del mal y para que podamos, ya desde ahora, acoger su ternura y empezar una vida nueva como hijos muy amados.







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