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La Gran Revolución: el despertar de los bautizados
Esta acción no es otra que la Nueva Evangelización


Por: Josep Miró i Ardèvol | Fuente: ForumLibertas



11 JULIO, 2016

La Iglesia debe atender más y mejor a los bautizados en lugar de centrarse solo en los practicantes, porque en su “despertar” a la vida de la fe y en su participación eclesial, radica la Gran Revolución que nuestra sociedad necesita para salir de las múltiples crisis a las que nos estamos abocando, cumpliéndose así, una vez más, lo anunciado por San Pablo en Romanos (1,25-32)

El retorno de una parte importante de los católicos bautizados a la Iglesia sería verdaderamente revolucionario, y además en un doble plano. El de la comunidad de fe, porque revertiría su tendencia decreciente en todos los ámbitos. Y también sería una revolución en la sociedad porque se forjaría una nueva mentalidad mucho más acorde con la concepción cristiana. Cambiaríamos así el marco de referencia cultural profundamente adverso en el que vivimos.

El siglo XXI debe ser el de los bautizados. La gran mayoría de la población en nuestro país, y en muchos otros, se declara católico. Y allí donde no es así constituyen una minoría importante. Esto poco significa en la práctica, porque sus comportamientos, que son variables, de más a menos, se asemejan a la población religiosamente indiferente; mejor dicho, la inmensa mayoría de estos son bautizados, pero del momento que responden que son católicos cuando se les pregunta sobre cuál es su religión, significa que anida en ellos un signo, una cierta referencia de identidad. Hay que despertar esta conciencia dormida, y hacer crecer la semilla de la fe. Lo exige la naturaleza del sacramento recibido y nuestra fidelidad como seguidores de Jesucristo.

El sacramento del bautismo (1213-1274 CIC) no solo es la puerta que abre el acceso a los demás sacramentos, sino que por él pasamos a ser hijos de Dios y participes de su Iglesia (1213 CIC) Los bautizados “se han revestido de Cristo” (Ga3,27) y sobre ellos actúa la fuerza y la economía sacramental. Pero lo hace como infantes. Es solo una semilla que necesita que sea laborada para que crezca, que disponga de buena tierra, que las otras plantas no la ahoguen. Es necesario recuperarla, laborando, liberando en terreno para que crezca. No hacerlo así, no convertirlo en la primera prioridad, es obviar el reiterado mandato evangélico de ir a buscar a la oveja perdida. Y es además un error clamoroso. No hacerlo en la práctica, significa apostar por una Iglesia pasiva, que espera que la gente cruce su puerta.



Para que esta acción se realice, no como algo excepcional sino como tarea central y masiva, son necesarias dos cosas. La primera, que la Iglesia, es decir, todos nosotros, sea más consecuente entre el mandato de Jesucristo y su práctica, entre lo que se predica y lo que se hace. La segunda, que exista una organización y asignación de prioridades y medios acordes con la dimensión del fin perseguido.

Es una cuestión de fe, de confiar en la providencia, de esperanza en el resultado y rezar porque Dios lo puede todo, y al mismo tiempo actuar como si todo dependiera de nosotros. Y con esto no digo nada nuevo.

Esta acción no es otra que la Nueva Evangelización.  San Juan Pablo II llamó por primera vez a una “Nueva Evangelización” hace unos treinta años. Durante todo su pontificado, el Santo padre alentó a renovar esfuerzos por predicar el Evangelio de Jesucristo a todos los que buscaran la verdad.  ¿Qué tiene de “nuevo” esta “nueva evangelización”?  No existe novedad en su contenido. La palabra de Dios habla a los hombres de todos los tiempos. Sin embargo, el testimonio de Jesucristo que da la Iglesia debe adaptarse a la gente de nuestra época y lugar, debe comunicarse en la forma y el estilo acorde con los tiempos. Una de sus características es que esta evangelización tal y como fue planteada por San Juan Pablo II se dirige también a los que viven en culturas históricamente cristianas. Pueden ser cristianos bautizados que han oído de Cristo, pero para quienes la fe cristiana misma ha perdido su significado personal y su poder transformador. Ahora, trascurridas tres décadas de una tarea evangelizadora realizada de una manera insuficiente, es una prioridad esencial. La reducción de la Iglesia en nuestro país, y en Europa, su marginalidad creciente, es la consecuencia de no haber cumplido el mandato.

“La Iglesia existe para evangelizar”. Estas palabras del Papa Pablo VI nos recuerdan lo que es medular para la identidad y la misión de la Iglesia en el mundo.

El papa Francisco en el 2013, dirigiéndose a la plenaria del Dicasterio para la Nueva Evangelización, se refirió a la “nueva evangelización”, como un servicio entendido por él en tres puntos: primacía del testimonio, urgencia en el ir al encuentro, proyecto pastoral centrado en lo esencial. El testimonio, “especialmente en estos tiempos”, se necesita –dice- “testimonios creíbles” que “con la vida” “hagan visible el Evangelio”, y “despierten la atracción por Jesucristo, por la Belleza de Dios”.



Nuestra acción para el “Despertar” de los bautizados se basa en todo ello: testimonio, salir al encuentro, proyecto pastoral, visibilidad del evangelio, belleza de Dios y unas formas, un lenguaje que llegue al corazón.

Es también una cuestión de inteligencia, de habilidad, de comunicación, de salir de la parroquia para ir al encuentro de los bautizados, pero esto servirá de poco si no son visibles testimonios auténticos, primero con el ejemplo, y cuando convenga, con la palabra. Porque en nuestra sociedad desvinculada, en demasiadas ocasiones, el testimonio es incomprendido o manipulado por insuficiencia de la palabra. Ni el propio papa está libre de este riesgo, sobre todo cuando sus actos son recibidos en Europa, en Estados Unidos.







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