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Un vicio monástico para la era de internet
Internet ha hecho de la curiosidad un nuevo vicio.


Por: Luis Pinto de Sá | Fuente: Análisis y Actualidad



El escritor italiano Umberto Eco pertenecía a una rara raza: un medievalista de erudición enciclopédica, un filósofo creativo y un escritor con talento. Impulsada por su reciente fallecimiento, su primera novela, El nombre de la rosa, ha vuelto a los escaparates de las librerías. La obra es una novela de misterio ambientada en una abadía benedictina italiana en el año 1327. Se inicia con la llegada al lugar de los hermanos Guillermo de Baskerville, un fraile franciscano, y Adso de Melk, un novicio benedictino y escribano de Guillermo. El propósito inicial de la pareja es participar en una disputa teológica que tiene lugar en la abadía. Pero el abad pronto recluta a Guillermo para otra tarea, que le viene como anillo al dedo a su aguda inteligencia: investigar una reciente serie de muertes sospechosas entre los monjes de la abadía.

El escenario está preparado, y lo que sigue es Eco en sus mejores debates arcanos sobre el problema medieval de los universales o la pobreza de Cristo, intercalados con monjes tirados por los balcones y envenenados por libros secretos. El personaje de Eco Guillermo de Baskerville es Guillermo de Ockham, Roger Bacon, y Sherlock Holmes, todo en uno (su procedencia es un homenaje a El sabueso de los Baskerville). Al igual que Ockham y Bacon, Guillermo encarna el nuevo espíritu proto-científico de finales de la Edad Media. Él es escrupulosamente atento, humilde ante la evidencia, despectivo ante la especulación infundada y con una curiosidad sin fin por su entorno. Su curiosidad desagrada, inevitablemente, a los poderes fácticos, y pronto nos damos cuenta de que las muertes son en sí mismas el castigo que encuentran los monjes excesivamente curiosos.

No hay quien pare a Guillermo, o al nuevo espíritu de la época. Guillermo supera a Adso, que elogia esta recién descubierta virtud de la curiosidad, “que yo una vez creí que era, más bien, una pasión del espíritu codicioso.” Eco cree que es este nuevo espíritu el que despierta a la Edad Media tardía de su sopor dogmático y sienta las bases de la incipiente revolución científica.

Eco no es el único que piensa esto. La palabra “curiosidad” tiene ahora connotaciones totalmente benignas. Apenas ya pensamos que la curiosidad sea un vicio más, a pesar de que las autoridades intelectuales de nuestra tradición desde Agustín y Jerónimo hasta Tomás de Aquino consideraban que eso era precisamente lo que era. Tal vez el hermano Adso y nosotros mismos no deberíamos descartar tan rápidamente las opiniones de nuestros mayores.

Para los escolásticos medievales, la curiositas (atengámonos al latín para evitar connotaciones contemporáneas) no se refería a los conocimientos en sí y por si mismos, sino más bien la búsqueda del conocimiento. Tomás de Aquino pensaba que el conocimiento es en sí y por sí mismo siempre bueno, ya que cualquier acto de conocer “alimenta” con la verdad el intelecto, lo que lleva al intelecto, y por lo tanto al alma, a acercarse más a la perfección. Sin embargo, santo Tomás pensaba que la búsqueda del conocimiento a veces podría ser moralmente mala, de la misma manera que el pan conserva su valor nutritivo, aunque sea injustamente engullido por un comensal glotón con el estómago lleno. La analogía es pertinente, pues el Aquinate creía en el apetito intelectual pero limitado. Después de todo, el glotón peca porque come más allá de la saciedad. Pero normalmente no solemos reconocer la existencia de un punto de saciedad intelectual más allá del cual no debamos pasar. ¿Cómo puede ser perseguido equivocada, incluso pecaminosamente, un conocimiento?



En la Suma Teológica, Santo Tomás apunta varias formas. Chismear, o esforzarse por conocer sobre los asuntos privados de los demás. También el hombre que busca el conocimiento sólo él o para enorgullecerse de lo que sabe también participa de la curiositas. Tomás de Aquino toma prestadas las duras palabras de san Jerónimo contra los que persiguen el conocimiento frívolamente, dejando de lado sus deberes: “vemos sacerdotes abandonando los evangelios y los profetas,leyendo obras de teatro y cantando las canciones de amor de idilios pastoriles.” También está el hombre que persigue lo que es muy superior a su entender, cae en el errores sistemáticos y, por tanto, no adquiere ningún conocimiento en absoluto. Por último, está el hombre que pierde de vista el fin último de la búsqueda de conocimiento, de hecho, de cualquier búsqueda, que es Dios.

La virtud que el Aquinate opone a la curiositas no es humildad, sino estudiosidad, es decir, el conocimiento bien procurado. Tampoco reprueba la observación empírica o incluso el estudio de temas difíciles, siempre y cuando uno posea la capacidad necesaria. Eco ataca a una mera caricatura.

La curiositas se entiende mejor en el contexto de la vida monástica medieval. Allí, decenas de hombres con acceso a vastas bibliotecas buscaban la perfección espiritual. Probablemente fueron tentados a serpentear pasando de un libro a otro en vez de centrarse en una tarea determinada; a ojear superficialmente los libros por encima de su comprensión sólo para que pudieran dar ante sus hermanos una imagen de gran entendimiento. Y el chisme es un problema perenne muy conocido en las comunidades religiosas. En resumen, los monjes probablemente se vieron tentados a perder de vista el objetivo final de sus esfuerzos, que no es la mera acumulación de datos o la capacidad de impresionar a los demás, sino más bien esa profunda comprensión estructurada que en definitiva es sinónimo del Logos, la Palabra creadora. Lejos de oponerse, la condena de la curiositas permite la investigación científica fundamental. Nos recuerda que la estudiosidad requiere la autodisciplina para excluir búsquedas frívolas (incluyendo la búsqueda de conocimientos frívolos); que la búsqueda del conocimiento está en su mejor momento cuando está motivada por un deseo genuino de la verdad, no de auto-engrandecimiento.

Debería quedar claro que hay un paralelismo entre el monasterio y la gran biblioteca con un mundo globalizado con acceso a Internet. El Aquinate pensó en la curiositas como causada en gran parte por la acedia, es decir, la pereza espiritual o la falta de propósito. ¿Quién de nosotros no ha desperdiciado horas en Wikipedia en lugar de completar la tarea que tenía de llevar a cabo? ¿Quién no está familiarizado con el fanfarrón que ha encontrado un par de cosas on line para impresionar a los demás en un encuentro? ¿Y quién no se ha sentido frustrado cuando ha sido enseñado por alguien que claramente pensó que entendía más de lo que había leído en línea?

En vez de ser un vestigio obsoleto de la Edad Media, el vicio de la curiositas está bien vivo. De hecho, podemos decir que Internet la ha hecho de nuevo un vicio determinante de nuestro tiempo. Adso no debería haber rechazado tan rápidamente la sabiduría de sus mayores.



 

 

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