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San Alberto Hurtado, su espiritualidad
Un camino para llegar a una plena comunión de amor con Dios a través de la colaboración con Jesús en su misión redentora


Por: P. Jaime Castellón S.J. | Fuente: Humanitas No. 39



El Padre Alberto Hurtado, S. J., es una de las personalidades más importantes de la historia de la Iglesia en Chile. Su paso entre nosotros dejó una huella indeleble, que sigue siendo visible en obras como el Hogar de Cristo y la Revista Mensaje; también en múltiples sacerdotes y laicos que decidieron entregar su vida al Señor por el testimonio de realización que encontraron en el P. Hurtado; en sus escritos, que siguen resonando con la misma fuerza que cuando salieron a la luz...

Pero su importancia radica sobre todo en que con su vida mostró un camino de comunión plena con Jesucristo, que sigue siendo válido en nuestro medio y en este tiempo. Su santidad es el mayor don que recibió de Dios y el mayor regalo que dejó a Chile y al mundo.

En el presente artículo recordaremos brevemente los hechos salientes de su vida y consideraremos después algunas características principales de su modo de ser seguidor de Jesucristo.

ANTECEDENTES BIOGRÁFICOS

Alberto Hurtado nació en Viña del Mar, el 22 de enero de 1901. Siendo un niño de apenas cuatro años perdió a su padre, y tuvo que vivir los años siguientes con su madre y su hermano menor en casas de familiares.



Su madre, Ana Cruchaga Tocornal, fue una mujer ejemplar. A pesar de su situación, se preocupó siempre de trabajar por los más desposeídos. Como dijo en su famoso discurso fúnebre por Alberto Hurtado su amigo de siempre, el Obispo Manuel Larraín, «fue en esa escuela donde el apóstol del mañana halló el sentido del pobre, que iluminó más tarde su vida».

Alberto estudió en el Colegio San Ignacio. Desde muy joven vivió una profunda familiaridad con Dios. Su director espiritual de juventud, el P. Fernando Vives, S. J., le ayudó a crecer también en sensibilidad social y a hacer de ello una dimensión central de su fe.

Al terminar su educación secundaria quiso ser jesuita, pero debió postergar su aspiración hasta que dejara en una situación económica más segura a su madre. Estudió Leyes en la Universidad Católica. Fue un estudiante destacado, y se entregó además a múltiples obras apostólicas y sociales. Se inscribió en el Partido Conservador, como un modo de luchar porque sus principios católicos se hicieran realidad en el medio social. Los temas que eligió para sus memorias de Derecho manifiestan la viva inquietud que tenía por contribuir a encontrar solución a agudos problemas sociales: tratan del trabajo a domicilio de las costureras y del trabajo de los niños.

El 14 de agosto de 1923 pudo por fi n entrar al Noviciado de la Compañía de Jesús, en Chillán. Después de hacer sus votos religiosos en 1925, continuó sus estudios en Córdoba (Argentina), Sarriá (Barcelona) y Lovaina (Bélgica). Aquí obtuvo también el grado de Doctor en Pedagogía y Psicología. En este lugar se ordenó sacerdote el 24 de agosto de 1933. Durante su formación como religioso, Alberto vivió un proceso de honda maduración espiritual.

Regresó a Chile en 1936. El país que encontró era muy distinto del que había dejado once años antes. Durante su ausencia, se había aprobado la instauración de un régimen político presidencial (1925), que se puso en práctica después de un período de mucha inestabilidad. El nuevo ordenamiento jurídico había establecido, además, la separación entre el Estado y la Iglesia, lo que tuvo importantes repercusiones para ambos.



En los años siguientes hubo una fractura en el partido católico, del que surgió lo que después se llamaría el Partido Demócrata Cristiano. Esto produjo grandes conflictos entre los católicos.

Entre 1938 y 1952 el país fue dirigido por alianzas de izquierda encabezadas por los radicales. Por un tiempo formaron parte de ellas los comunistas, quienes por primera vez en la historia chilena participaron de un gobierno. Pero poco después, durante el mismo gobierno radical, fueron puestos fuera de la ley.

El ministerio sacerdotal del Padre Alberto Hurtado en Chile se inició con un marcado acento en las labores pedagógicas. Fue profesor en el Colegio San Ignacio al mismo tiempo que daba lecciones de Psicología en la Universidad Católica y en el Seminario de Santiago. Su trabajo entre los jóvenes produjo un gran impacto.

Esto motivó que lo nombraran Asesor Nacional de la juventud de la Acción Católica (1941-1944), la que alcanzó en ese tiempo un notable desarrollo. En esta época publicó varios libros, siendo el más conocido de ellos ¿Es Chile un país Católico?, pregunta candente que removió la conciencia de la Iglesia.

Su labor en la Acción Católica terminó abruptamente. Tuvo que renunciar por profundas diferencias con su antiguo amigo y entonces Asesor General, el Obispo Augusto Salinas. En esos momentos dolorosos dio un testimonio impresionante de amor a la Iglesia, no permitiendo que de ninguna manera se usara su situación para desprestigiar, y ni siquiera para criticar, a la Jerarquía. En los años siguientes se dedicó preferentemente al campo social.

En 1944 fundó el Hogar de Cristo, para dar albergue y acogida a gente necesitada. Su meta era ayudar a quienes vivían en la miseria, para que tomaran conciencia de su valor de personas, de ciudadanos y, más aun, de hijos de Dios. Confió la dirección de la obra a laicos, quedándose él como Capellán.

En 1947 creó la Asociación Sindical Chilena (ASICH). Su intención era dar formación cristiana a líderes sindicales, para que ellos trabajaran desde el corazón del mundo obrero por sus derechos y por la construcción de una sociedad más justa.

En 1951 fundó la revista «Mensaje», para que la palabra de la fe iluminara el ambiente social e intelectual del país.

Murió santamente el 18 de agosto de 1952, de un cáncer al páncreas. El 16 de octubre de 1994 fue beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II. En 2004 el mismo Papa firmó el decreto que reconoce la validez de un milagro conseguido por su intercesión. Su canonización se efectuó el 23 de octubre de 2005 por S.S. Benedicto XVI.

RASGOS DE SU ESPIRITUALIDAD
La comunión con Dios

El Padre Alberto Hurtado fue ante todo un hombre de Dios. Toda su vida, sus actividades, sus escritos y sus luchas tienen a Dios como principio y como fi n. Fue una personalidad notable por su carisma y por el despliegue enorme de actividad, pero nada de ello se explica sino en referencia a Dios. Porque creyó en Dios y porque lo amó es que hizo todo cuanto hizo. Su actividad es reflejo de su santidad, y no causa de ella.

Él creía firmemente que sólo en Dios se encuentra la Vida plena. Es un tema recurrente en sus escritos y predicaciones. Así lo expresa en el libro Puntos de Educación [1]: «Antes que el hombre existe un ser que es por esencia la plenitud del ser, en quien hay toda la belleza que puede ser concebida (...) Es Él la fuente de todo ser, la causa de todo cuanto ha existido, que ha comenzado a ser por Él, continúa siendo lo que es por Él y cesará de existir cuando Él lo determine (...) Allí, en Dios, está el centro de la vida».

El Padre Hurtado se detiene a considerar que Dios ha querido hacer partícipe de su plenitud a los seres humanos, creándolos para ser sus hijos. Tal vez por su propia experiencia de no haber contado con un padre, este es un tema que él subraya de manera especial. «La bondad de Dios al darnos el ser: no se contentó con tener un solo hijo; como vio que Él tenía una gloria inmensa en el Cielo, quiso que otros seres, los hombres, disfrutaran de su Paraíso; fue tan grande su amor, que nos adoptó como hijo suyos, siendo Él nuestro Padre. ¡Qué dulzura encierra esta palabra Padre, que nos mueve hasta la última fibra de nuestro ser! Esta adopción la hizo comunicándonos la gracia santificante que nos hace igual a Él, semejantes a Cristo y herederos del Cielo» (s47y05 [2]).

«Padre, además de Señor (...) Padre es quien por amor comunica su naturaleza a un nuevo ser, que es su hijo. Dios me ha hecho participante de su naturaleza y esto por un amor de predilección entre las infinitas criaturas posibles, por un amor eterno que no ha comenzado al darme la vida, sino que existía desde que Dios es Dios. Los padres del mundo son muy poca cosa en comparación de la paternidad divina: prestan un pequeño concurso material, no crean a sus hijos, los reciben, el amor no se avanza al hijo, no nace antes de tenerlo, no es causa de sus perfecciones, sino que sigue a las cualidades de su hijo. El Padre celestial, en cambio, nos conoce antes de criarnos, nos estima desde toda eternidad; y porque nos conoce y nos ama desde antes de que nosotros seamos, por eso nos crea; con toda verdad podemos decir que nos crea por amor. La palabra Padre, respecto de Dios no es alegoría, es una realidad muy superior a la paternidad humana» (s31y01).

El Padre Hurtado subraya el hecho de que a pesar del rechazo que ha recibido de los seres humanos, el mismo Dios ha enviado a su Hijo Jesucristo para que se restablezca la comunión. Con su propia sangre, Jesucristo ha hecho posible que el ser humano sea nuevamente hijo de Dios. Es una verdad sorprendente: el Hijo de Dios se ha hecho nuestro hermano, para que Dios sea nuestro Padre. Por su gracia, Dios nos invita a que vivamos su misma Vida.

Un tema muy querido al Padre Hurtado es el de la gracia santificante. Ella nos ha sido dada para que nos sea posible realizar nuestra vocación humana más profunda. Así nuestra vida adquiere dimensión de infinito.

El siguiente es uno de los textos en que se detiene sobre el tema: «Es la gracia la que nos hace cristianos (...) El cristianismo arranca su razón de ser de un don, don gratuito, don inmenso: la divinización del hombre por la gracia (...) Nos renueva interiormente, nos transforma a imagen de Dios, tornándonos puros y santos y nos hace partícipes de la naturaleza divina (...) Esta es la buena nueva que Jesús nos ha enseñado a orar invocando a Dios con el nombre de Padre» (s48y09).

Esta comunión íntima con Dios es la que Alberto Hurtado busca en toda ocasión. Es lo que da sentido a su vida. Por eso se pregunta siempre acerca de lo que Cristo haría si estuviera en su lugar. Los seres humanos están llamados no sólo a imitar la vida de Cristo, sino a ser Cristo.

«Mi única obligación es andar por la senda que es Cristo... vivir, imitarlo, en otra palabra ser Cristo (...) Puedo ser santo, todo lo santo que Dios quiere que sea si soy fi el a esa consigna (...) En mi deber de estado encuentro todos los medios para santificarme, para santificarme ampliamente « (s41y21).

La santidad, pues, es la vida centrada, la vocación realizada, la plenitud mayor que puede conseguir un ser humano. Y se alcanza cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios.

«¿En qué consiste la santidad? En cumplir y seguir con alegría la voluntad de Dios, tragándose todo con la cara sonriente, y estando dispuestos a todo lo que Él disponga (...) Para la santificación de nuestras almas, hay una vida, un Señor a quien imitar que es Cristo» (s47y05).

Comunión con Dios en la acción

El Padre Hurtado encuentra la comunión con Dios haciéndose compañero de Jesús en su misión de instaurar el Reino. La actividad humana no lo distrae de su ansia de identificarse con Él. Por el contrario, contempla a Jesús presente y actuando en el mundo y se une a Él en sus trabajos y sus luchas. Se puede decir que Alberto Hurtado es un místico de la acción.

Por eso es que pone mucha atención a la situación que le toca vivir. Procura encontrar modos efectivos de transformar su medio, en comunión con Jesús, para que en ese medio se haga presente el Reino de Dios.

El Padre Hurtado se entrega a esta misión tal como es. Él es una persona llena de energía, y al mismo tiempo es muy afectivo. Esto marca en él un estilo personal de hombre de Dios lleno de dinamismo y ansioso por vivir siempre estrechamente unido a Jesucristo. Quiere darse a Él y a quienes Él ama, darlo todo, darse hasta que duela.

La imagen paulina del Cuerpo de Cristo, en el que la misma Vida circula desde la Cabeza y por todos los miembros, expresa bien su fe. Él se siente llamado a identificarse con Cristo y a ver al mismo Cristo presente en todas las realidades, especialmente en las demás personas.

Todo esto explica que tuviera esa capacidad tan fuera de lo común para imprimir un sello evangélico a obras tan diversas, a menudo realiza das incluso de manera simultánea. En el campo pedagógico, en la pastoral juvenil, en el apostolado social, en las comunicaciones, dirigiendo espiritualmente, como Ecónomo de Provincia...

En todo ello trabajó sintiéndose colaborador y compañero de Jesús. Buscaba actuar como Él lo hubiera hecho. Sus obras fueron fruto de su entrega a Dios y camino de crecimiento espiritual y comunión con Él. Esto lo convirtió en un renovador de la vida cristiana de su país, y sus huellas persisten hasta nuestros días.

Como muestra de lo dicho basta leer la cuenta que da a su Superior religioso acerca de las ocupaciones que tuvo durante 1948. Él hace la siguiente enumeración: 1. Clases en el colegio (cuatro horas por semana) y una en el Hogar Catequístico; 2. Clases en el Instituto Nocturno y Centro Social San Ignacio; 3. Trabajo en la Asociación de Maestras; 4. Dirección del Hogar de Cristo; 5. Conducción de la ASICH; 6. Atención de ejercicios; conferencias y predicación en Santiago y fuera de Santiago; 9. Tal vez lo que me toma más tiempo: atención de consultas en la portería, visita a enfermos y personas que atiendo regularmente, en particular bienhechores; 10. Director de la Casa de Ejercicios (s62y35).

Es impresionante ver a un hombre comprometido con tantas actividades absorbentes al mismo tiempo. Pero más impresionante aún es que a todas ellas diera un sello evangélico tan notable. Eso era posible porque actuaba en comunión con Jesucristo.

Todo esto se resume en esta hermosa exclamación suya: «¡Oh, bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios!» (s51y04).

Así pudo crecer en santidad y convertirse en buen instrumento de Dios: porque solamente siendo santos se puede actuar en plena comunión con Jesús y tal como Él lo haría.

La Virgen María fue su modelo, su compañera y su mayor intercesora en este camino.

El mismo Padre Hurtado lo decía: «Cristo es nuestro modelo y quien mejor lo imita es María en su bondad, porque hizo de su vida un servicio» (s12y03). La celebración eucarística era para él un momento privilegiado de comunión con Cristo y una fuerza infinita de identificación con Él. Por eso es que su modo de celebrarla admiraba a la gente. El Siervo de Dios Francisco Valdés, capuchino, futuro Obispo de Osorno, le observó celebrar y quedó tan impresionado que dijo que nunca había visto una celebración tan edificante. Le pareció que era como un fuego capaz de encender otros fuegos [3].

Seguir a Cristo en la Iglesia

En la tarea de construir el Reino, el Padre Hurtado se sintió miembro del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia. Su concepción de la Iglesia queda bien expresada en este texto:

«La Iglesia no es una institución oficial, un puro cuerpo oficinesco, sino que es Cristo prolongado y viviendo entre nosotros. Si le preguntamos a la Iglesia qué concepto tiene de sí propia, nos dirá que ella es la manifestación de lo sobrenatural, de lo divino, la realidad nueva traída por Cristo, lo divino bajo una envoltura terrenal. Y como es la persona de Cristo donde la plenitud de esta divinidad se ha manifestado, la Iglesia es, según expresión de San Pablo, el cuerpo de Cristo. Esta unión de Cristo con la Iglesia visible es tan íntima, tan indisoluble, tan esencial, que San Pablo llama a Cristo, la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Según expresión de San Agustín, la Iglesia es el Cristo total» [4].

A sus superiores jerárquicos los amó con sinceridad, apoyando su labor con una auténtica disponibilidad. Pasó por momentos difíciles y amargos, pero mantuvo en ellos una actitud ejemplar. Siendo religioso jesuita, tuvo hacia sus Superiores una fidelidad activa y dialogante, llena de iniciativa y dócil a la vez. Esto le dio una gran flexibilidad ante sus propios planes: no pensaba estudiar Psicología; no se había preparado para ser Asesor de Acción Católica; no pretendía crear el Hogar de Cristo; en cambio, propuso repetidas veces dejar de hacer clases en el Colegio para dedicarse a obras sociales... Dios dispuso de otra manera en todas esas ocasiones, y él lo aceptó con generosidad.

Apreció de modo particular la vocación que están llamados a vivir en la Iglesia los sacerdotes. La consideraba un medio privilegiado para hacer presente el Reino en las realidades humanas y para divinizar a los seres humanos. Mostró con su ejemplo que el sacerdote se puede santificar mediante el servicio, cuando lo realiza en comunión con Jesucristo.

Por eso fue un gran promotor de vocaciones sacerdotales. En 1936, el mismo año de su llegada a Chile, escribió el librito La crisis sacerdotal en Chile, para llamar la atención acerca de la gravedad de ella. Con pasión, invitaba a los jóvenes a que se preguntaran si Dios los llamaba a un camino de vida tan hermoso.

«¿Has pensado alguna vez en tu vida si acaso tú no podrías ser del número de esos apóstoles que consagran toda su vida a continuar en el mundo la obra de Cristo, a hacer eficaz la Redención de Jesús, llevando a los hombres la buena nueva que han sido rescatados por el Hijo de Dios y que son invitados por Él a vivir eternamente felices en la gloria? Tú, que estás en la edad de las resoluciones definitivas, piensa que Cristo llama a jóvenes como tú para extender el Reino de Dios en las almas... Considera la grandeza de una vida consagrada no al lucro material, ni a captar honores que desaparecen fugaces, sino a pasar por el mundo haciendo el bien, consolando a los tristes, auxiliando a los pobres, enseñando a los ignorantes, orando por los pecadores, adorando y amando al Dios eterno. ¿Qué puede haber más grande que consagrar el pan y convertirlo en el Cuerpo de Cristo, elevarlo al cielo pidiendo a Dios que por el sacrificio de su Hijo perdone los pecados del mundo, predicar, perdonar los pecados, dar la felicidad temporal y eterna a las almas? Reflexiona sobre los beneficios que Dios ha acumulado sobre ti, piensa ante el Sagrario ¿qué ha hecho Cristo por mí? ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué puedo hacer por Cristo?» [5].

Con gran apertura, trabajó unido a otros sacerdotes y religiosos, sintiéndolos compañeros en la misma misión. Incluso se preocupó de traer a Chile algunas Congregaciones que él veía que podrían dar un aporte importante.

También apreció la vocación laical como camino de santidad. Instó a los laicos a unirse estrechamente a Jesucristo y a ser portadores de su Reino en el medio en que les tocaba desenvolverse. Les llamó a asumir sus responsabilidades en la sociedad y en la Iglesia. A ellos encomendó la dirección del Hogar de Cristo y de la ASICH.

Además, les animó a encontrar los medios de santificación propios de la vida familiar.

«Un cristiano es un hombre que tiene conciencia de su misión de Salvador. Está incorporado a Cristo y trata con todas sus fuerzas de colaborar con El en la salvación de sus hermanos. Un cristiano recuerda que el primer mandamiento de la Nueva Ley es el mandamiento del amor (...) Más allá de sus preocupaciones de salvación personal, que las toma muy en serio, piensa en la salvación de sus hermanos, en darles la alegría y la felicidad que constituyen las señales del verdadero amor. El primer grupo de personas que procura amar el cristiano es el que tiene más cerca, aquel al cual está ligado por títulos especiales, títulos que son de origen divino y por tanto están en la naturaleza de las cosas y han de ser respetados» (s41y11).

«Termino, señores, exhortándoos a formar hogar unido, basado en la fidelidad, en el respeto, en el amor de los esposos cada día renovado, amor que sabe aceptar el sacrificio. Hogar unido alrededor de los hijos a los cuales educan desde el primer instante de su vida y a través de todas las vicisitudes de sus edades, más con el ejemplo que con la palabra, más por lo que son que por lo que dicen. Los padres deben en cierto sentido ser para sus hijos lo que Cristo fue para todos: ‘Camino, verdad y vida’» (s55y9).

Transformar el mundo para Cristo

Cuando el Padre Hurtado regresó a Chile, percibió que se estaba produciendo un agudo «conflicto social, consecuencia de una división demasiado marcada entre las diferentes clases sociales. Riqueza, bienestar, cultura exquisita frente a un proletariado que vive miserablemente y sin posibilidades de ascensión social por su falta de cultura» [6].

Él denunció crudamente esta realidad en ¿Es Chile un país católico? [7]. En las grandes ciudades, se había producido una concentración de gente con pavorosas secuelas de miseria. Un 25 por ciento de la población adulta era analfabeta.

Casi medio millón de niños recibían una educación tan deficiente, que al término de ella eran semianalfabetos. Esto traía anexo el problema de la falta de enseñanza de valores fundamentales.

En todo ello vio el P. Hurtado la presencia sufriente de Cristo y se dispuso a luchar con todo su corazón por construir una sociedad justa. Porque «la injusticia causa enorme mente más males que los que puede reparar la caridad» [8].

El magisterio social de la Iglesia fue su fuente de inspiración y de orientación. Así queda de manifiesto en su libro Humanismo social (1947) y en la antología de textos magisteriales a la que llamó El orden social cristiano en los documentos de la jerarquía católica (1948).

a) El valor de las Encíclicas

La palabra de la Iglesia en materias sociales le ayuda a discernir la voluntad de Dios en este difícil campo de acción.

El Padre Hurtado recuerda la necesidad de leer las Encíclicas a la luz de la doctrina completa de la Iglesia en las materias que trata.

«El Soberano Pontífice al publicar una encíclica supone la doctrina sobre la misma, y otras materias dadas en las encíclicas precedentes; no suele repetirla, sino completarla, precisando el sentido de puntos que no han sido claramente comprendidos, enfocando aspectos nuevos de especial importancia en ese momento. Esto significa que para comprender todo el alcance de una encíclica, hace falta conocer otros documentos que la han precedido y otros que con frecuencia la siguen» [9].

Pero lo que resuena en todas ellas es «un mismo clamor de justicia social, una misma palabra de estímulo, de urgencia a los fi eles, para traducir estas enseñanzas en obras que revelen nuestra íntima comprensión de la fraternidad cristiana» [10].

b) El dolor humano

Siendo tan afectivo, el corazón del Padre Hurtado era sacudido de manera especial por el sufrimiento. Por eso se hizo especialmente cercano a los pobres. Pero su característica humana fue quedando paulatinamente transfigurada por el don de Dios de hacerle apreciar a Cristo presente en los demás.

Desde su juventud los sufrientes, y especialmente los pobres, marcaron su vida. Se integró a la política activa para servirlos. Desde el principio de su ministerio sacerdotal mostró que la autenticidad de la fe se ponía en juego ante el sufrimiento ajeno.

Los pobres llegaron a ser en su vida no solamente los destinatarios de su actividad, sino una instancia de crecimiento en la fe, porque en ellos descubrió a Cristo. En sus últimos años, ellos fueron inspiración para su pensamiento teológico y objeto de su creatividad apostólica y de su caridad.

Todo esto hizo que su lucha por la justicia fuera auténticamente evangélica. No fue una moda pasajera, ni una materia ideológica sobre la cual diera conferencias mientras llevaba una vida cómoda. Al contrario, le obligó a tomar la cruz, a sufrir incomprensiones y ataques y a querer identificarse cada vez más con la suerte de los pobres. Su aspiración era colaborar con Cristo en su misión de aliviar el sufrimiento humano, ejerciéndola al modo de Cristo. Todas sus actividades se encuentran animadas por un afán evangélico de justicia. A través de ellas desea difundir los valores del Reino y hacer que la sociedad sea más fi el a su vocación fraternal.

El Padre Hurtado dice que cualquier persona que abra los ojos a la realidad se encontrará con el dolor, los desórdenes y las luchas producidas por la injusticia social. Ante ello, hay tres actitudes posibles:

  • fomentar la violencia, haciendo del odio un instrumento de reforma;
  • prescindir de esa realidad, erigiendo la indiferencia en sistema de vida;
  • o bien, la actitud cristiana de promover la fraternidad [11].

El fundamento de ésta es la comunión de Vida que hay entre Cristo y los hombres en el Cuerpo Místico. Por eso es que «ningún problema humano me puede ser extraño».

«Que nuestra fe no nos adormezca» (s22y24). Al contrario, «el apóstol debe integrar su acción en el plan de Cristo sobre nuestro tiempo; conocer bien a Cristo y conocer bien nuestro tiempo para acercarlos con amor. Ahí está todo» (s52y10).

«La intensidad de la vida interior, lejos de excluir la actividad social la hace más urgente» [12].

c) Un nuevo orden social.

Hoy Cristo nos sigue invitando a la caridad a través de su Iglesia. Hay que construir un nuevo orden social en el que todo esté al servicio del ser humano. Por eso es que el Padre Hurtado llama a luchar sin desfallecer contra toda realidad que sea contraria a este ideal fraterno y advierte contra el peligro de disfrazar una indiferencia egoísta bajo ropaje de resignación. La vocación pacifista del cristiano no debe confundirse con una pasividad ante la injusticia.

«La resignación ante el dolor que uno puede y debe remediar es tremenda traición al plan de Dios, a la dignidad del hombre, a la familia, a la sociedad, cuando el bien común ha sido conculca do. Sólo tenemos derecho a resignarnos después que hemos gastado el último cartucho en defensa de la verdad y de la justicia» [13].

«Hemos de creer en la dignidad del hombre y en su elevación al orden sobrenatural. Es un hecho triste, pero creo que tenemos que afirmarlo por más doloroso que sea: La fe que la mayor parte de los católicos tenemos en la dignidad de nuestros hermanos no pasa de ser una fría aceptación intelectual del principio, pero no se traduce en nuestra conducta práctica frente a los que sufren y mucho menos nos causa dolor en el alma ante la injusticia de que son víctimas. Es, por el contrario, la cómoda palabra ‘exageración’, ‘prudencia’, ‘paciencia’, ‘resignación’ la primera que viene a sus labios. Mientras los católicos no hayamos tomado profundamente en serio el dogma del Cuerpo Místico de Cristo, que nos hace ver al Salvador en cada uno de nuestros hermanos, aun en el más doliente, en el más embotado minero que masca coca, en el trabajador que, ebrio, yace tendido física y moralmente por su ignorancia, mientras no veamos en ellos a Cristo, nuestro problema no tiene solución» (s24y09).

El Padre Hurtado se duele al ver que muchos cristianos ignoran estos deberes, y que algunos llegan incluso a pensar que el llamado a luchar por la justicia es algo propio de las doctrinas socialistas o comunistas [14].

Por el contrario, es precisamente la vida interior profunda la que debe mover a un cristiano a vivir en comunión con Cristo en cada momento y  a servirlo en el hermano necesitado. «La meditación, la oración, la educación deberían mantener nos con los ojos siempre abiertos al dolor humano, con el corazón adolorido por sus sufrimientos» [15].

Para conseguirlo, hay que buscar la transformación del corazón. Pero esto se debe proyectar en un cambio estructural. «Podemos multiplicarnos cuanto queramos, pero no podemos dar abasto a tanta obra de caridad. No tenemos bastante pan para todos los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia no basta, porque este mundo está basado sobre la injusticia. Nos damos cuenta, poco a poco, que nuestro mundo necesita ser rehecho, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor bastante para levantarse, que las conciencias han perdido el sentido del deber» (s26y09).

Conclusión

La espiritualidad del Padre Alberto Hurtado es un camino para llegar a una plena comunión de amor con Dios a través de la colaboración con Jesucristo en su misión redentora. El Padre Hurtado quiere ir con Jesús por los caminos del mundo, instaurando el Reino y haciendo el bien a todos, especialmente a los pobres. Se hace plenamente disponible a Él para esta misión, y por eso se pregunta en las diversas circunstancias de su vida lo que Él hubiera hecho estando en su lugar. Su vastísima y múltiple actividad tienen su razón de ser y su destino en la unión con Cristo que transforma el mundo para entregarlo al Padre.

El Padre Hurtado muestra un camino a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo que se sientan llamados a una comunión e identificación plena con Jesucristo desde el servicio a su misión de instaurar en el mundo el Reino de Dios.


El artículo sobre San Alberto Hurtado en nuestro santoral te ofrece más información sobre él.

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NOTAS

1 Santiago-Valparaíso, 1942 (En adelante citado como PE), pp. 67-68.
2 Citamos los documentos del P. Hurtado según la numeración con que están clasificados en el Archivo del Padre Hurtado.
3 Centro de Estudios y Documentación Padre Hurtado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Un fuego que enciende otros fuegos.
Páginas escogidas del Padre Alberto Hurtado, Santiago, 2004, p. 32.
4 Humanismo social, Santiago, 1992 (3ª Edición), p. 84 (en adelante citado HS).
5 La crisis sacerdotal en Chile, Santiago, 1936, p. 25.
6 «Chile, lejano desconocido», en Lumen Vitae (Bruselas, Bélgica), III (1948), p. 44.
7 ¿Es Chile un país católico?, Santiago 1992 (3ª edición), pp. 39-52.
8 HS, p. 94.
9 El orden social cristiano en los documentos de la jerarquía católica, Santiago, 1948, pp. 8-9.
10 Idem, pp. 10-11.
11 HS, pp. 15-16.
12 Idem, p. 82.
13 Ibidem.
14 Idem, p. 86.
15 Idem, p. 96.

 







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