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Formación moral y religiosa

Respuestas a las 12 excusas más comunes para no ir a misa
Es que realmente, cuando no conocemos y valoramos poco lo que se vive en la Santa Misa, cualquier otra actividad


Por: Daniel Prieto | Fuente: catholic-link.com



Es bastante común encontrar personas que dan diversas excusas para no ir a misa y también lo hacemos nosotros mismos. Es que realmente, cuando no conocemos y valoramos poco lo que se vive en la Santa Misa, cualquier otra actividad "parece" más placentera. Sólo se ama lo que se conoce, y cuando logramos conocer más lo que se vive en la Misa, aprendemos a darnos cuenta que no hay ningún acto con más valor en el mundo que éste. Nos enseñaba el Padre Jorge Loring 

Una sola Misa glorifica más a Dios que lo que le glorifican en el cielo por toda la eternidad todos los ángeles y santos juntos, incluyendo a la Santísima Virgen María, Madre de Dios. La razón es que la Virgen y los Santos son criaturas limitadas, en cambio la Misa, como es el Sacrificio de Cristo-Dios, es de valor infinito.

También nos ha dicho el Papa Francisco:

Queridos amigos, ¡no agradeceremos nunca suficientemente al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía! Es un don muy grande. Y por esto es tan importante ir a misa el domingo, ir a misa no sólo para rezar, sino para recibir la comunión, este Pan que es el Cuerpo de Jesucristo y que nos salva, nos perdona, nos une al Padre. ¡Es hermoso hacer esto! Y todos los domingos vamos a misa porque es el día de la resurrección del Señor, por eso el domingo es tan importante para nosotros. (Papa Francisco, Catequesis 05 de Febrero 2015)

Es por eso que en este artículo intentamos dar respuesta a las excusas más comunes que solemos escuchar e incluso darnos a nosotros mismos para no ir a misa. Luego de que las leas te darás cuenta que no hay razones que justifiquen tu inasistencia si no estás gravemente enfermo. Puedes dejarnos tus comentarios al final del artículo



1) La Iglesia está llena de hipócritas que se dan golpes de pecho pero afuera son terribles.

Es verdad. Somos pecadores, pero tenga cuidado en juzgar al vecino, no vaya a ser que pierda de vista la astilla que tiene en su ojo. A misa vamos a buscar la misericordia de Dios. Por eso es normal encontrar ahí a tantos hipócritas, mentirosos, avaros, lujuriosos, etc. Si usted no es uno de nosotros, ni se moleste en pasar.

El Papa Francisco en una audiencia fue muy tajante sobre este asunto:

«Si uno no se siente necesitado de la misericordia de Dios, si uno no se siente pecador, ¡es mejor que no vaya a Misa! Vamos a Misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Jesús y participar en su redención y en su perdón».

Recordemos que no nos salvamos solos, sino en comunidad. No vamos solo a pedir perdón para nosotros y ya. Lo hacemos para beneficio de todo el Cuerpo de Cristo (su Iglesia). ¡Piénselo así cuando vea a las demás personas que usted considera incoherentes con su fe! ¡Qué distintas serán sus misas! Podrá decir con alegría: ¡Qué bueno que vengan tantos hipócritas (yo incluido), porque habrá más que ofrecer, y porque Cristo nos busca como a sus ovejas perdidas! Cuán distinta es esta aproximación. Nadie se salva solo. Estamos todos en la misma barca.



2) Yo puedo estar con Dios en todas partes, no necesito un lugar físico para sentirlo cerca.

Si un amigo me dijera que no necesita encontrarse conmigo físicamente, ni venir a mi casa, ni hacer gestos concretos, sensibles, explícitos para manifestar su cariño por mí porque le basta conservarme en su memoria (en su corazón) comenzaría a dudar de su amistad.

Alguno podría replicar diciendo: “pero, cuando un amigo muere, nos mantenemos vinculados así”. Es cierto, pero no del todo.” ¿Acaso no vas a la misa de aniversario cuando se recuerda su muerte? ¿No le llevas flores al cementerio? ¿Por qué lo hacemos? Porque en el fondo es el movimiento natural de nuestro amor que desde el interior se desborda y se manifiesta hacia afuera.

Decía San Alfonso María de Ligorio:

«Si alguien hubiera padecido por un amigo injurias y heridas, y supiera luego que el amigo, al oír hablar de lo acontecido, no quisiera recordarlo, y cuando se le recordara, dijese: «Hablemos de otra cosa!», ¡qué pena sentiría aquél al ver el olvido del ingrato! Por el contrario, ¡qué consuelo experimentaría al cerciorarse de qué el amigo profesaba testimoniarle eterna gratitud y que siempre le recordaba, hablando de él con ternura y sollozos!».

La misa es memorial que frecuentamos los amigos de Jesús, porque no podemos (ni queremos) olvidar lo que hizo por nosotros. Además como si fuera poco no solo recordamos el sacrificio de nuestro Amigo como algo del pasado, sino que se hace actualmente presente, permitiéndonos participar de él, porque «el sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo» (San Alberto Hurtado).

3) La misa es tan aburrida.

Lo mismo le escuché decir una vez a un amigo norteamericano sobre el fútbol (soccer). Me pareció inverosímil. Entonces le enseñamos las reglas del juego. Luego lo invitamos a jugar, a ir a los partidos, a conocer más de cerca a los jugadores, a reconocer las tácticas. Le enseñamos incluso a jugar FIFA. No fue fácil. El proceso de incorporación a veces toma tiempo. Pero al final el tiempo hizo su trabajo. Hoy es un fanático empedernido (valga la redundancia).

Salvando todas las distancias de la analogía, creo que en el caso de la misa el que se aburre es uno, no que la misa en sí sea aburrida sino que desconocemos lo que realmente es y por tanto no sabemos apreciar cada momento. La mayoría de las veces nosotros por ignorancia somos incapaces de maravillarnos, nos hacemos insensibles al mundo espiritual y al silencio interior etc, nos volvemos incapaces de disfrutar de las grandezas de la misa. Es necesario entrenarse: conocer mejor las reglas, los signos, la teología, y empezar a encontrarle o reencontrarle, según sea el caso de cada uno, el gusto. Cuesta. Es verdad, pero vale la pena. Cada granito cuenta. El tiempo se encargara de hacer su trabajo.

4) El domingo es mi único día libre

En este caso preguntaría parafraseando a Pilatos ¿qué es la libertad? La auténtica liberación nace del amor, de sabernos amados y de poder amar a los demás. «Sólo los amados pueden amar. Sólo los libres pueden libertar. Sólo los puros purifican, y solamente pueden sembrar paz los que la tienen», decía con justa razón el Padre Ignacio Larrañaga. 

La siguiente pregunta lógica sería: ¿quién me puede dar ese Amor, esa Libertad, esa Pureza, esa Paz que necesito? La respuesta: Dios. Ir a Misa es en realidad la actividad liberadora por excelencia. Es la hora decisiva de nuestro “el día libre”, porque es la cumbre y fuente de nuestra reconciliación y libertad. Sí, porque: «comulgar es vivir en Jesús y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida: de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor» (San Alberto Hurtado)

En Cristo encontramos verdadero descanso, no sólo de nuestro cuerpo sino también de nuestra alma, no en vano nos dijo el Maestro 

"Vengan a mí todos los que están cansados y afligidos que yo los aliviaré" (Mateo 11,28)

5) Iré cuando sienta que lo necesito. Obligada, jamás.

¿Quién puede decir que solo tiene hambre de vez en cuando y que por ende solo comerá cuando lo necesite, cuando lo crea conveniente? Nadie. El cuerpo nos obliga con una fuerza violenta a alimentarlo. Es cuestión de vida o muerte. Es inevitable. Lo mismo debería ocurrirle a quien descubre esa hambre espiritual que clama desde lo hondo. Es imposible no sentirse necesitado. Es imposible no desear alimentar el espíritu. Es cuestión de vida o muerte:

«La persona humana tiene una necesidad que es aún más profunda, un hambre que es mayor que aquella que el pan puede saciar - es el hambre que posee el corazón humano de la inmensidad de Dios -. Es un hambre que sólo puede ser saciada por Aquel que dijo: "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida" (Jn 6, 53-55)» (San Juan Pablo II).

6) No me gusta ir a misa.

Utilizar el criterio del gusto-disgusto para juzgar qué hacer o no hacer en la vida es algo bastante infantil. Por lo mismo es poco aconsejable ir por la vida dejándonos llevar por dicho impulso. Podemos imaginarnos todas las actividades de crucial importancia que rechazaríamos bajo tal pretexto si fuese valido: “no me gusta este remedio que me recetó el médico”, “no me gusta hacer dieta”, “no me gusta hacer deportes”, “no me gusta estudiar, ir al colegio o a la universidad”, “no me gusta ir al trabajo (preferiría dormir hasta más tarde)”, etc. Si nos rigiésemos por esta ley caprichosa acabaríamos enfermándonos, siendo despedidos del trabajo, no yendo al colegio o la universidad, y no desarrollaríamos muchos de nuestros talentos.

Es necesario madurar para descubrir que los sacrificios y las renuncias hacen parte fundamental de la vida y que son experiencias de gran valor pues nos permiten crecer y desplegar con plenitud nuestra existencia. Con un poco de esfuerzo y perseverancia muchas de las actividades que al inicio nos cuestan (y por ende no nos gustan), con el tiempo comienzan a adquirir el sabor de la familiaridad, de la sana rutina del buen hábito, del sacrificio que libera, del rito capaz de darle un profundo sentido a la vida; y así poco a poco se nos desvela la belleza y el gran valor que se nos ocultaban a primera vista. En el caso de la Eucaristía es tremendo poder descubrir la presencia real de Dios y la posibilidad de compartir con Él una hora de tal cercanía

7) Mis hijos van a hacer mucho ruido y prefiero no molestar.

Esta es una idea tan contraria al Evangelio que de seguro se le ocurrió al diablo. También los apóstoles cayeron en la trampa de la falsa preocupación externa y protocolar. «En aquel tiempo presentaron a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían». ¿Qué lograron? Hacer enojar a Dios. Supongo que usted no querrá cometer tan craso e inoportuno error. Y no lo digo yo, es la palabra de Dios.

«Pero Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”. Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos» (Mc10 13-16)

Si tiene bebes y debe salir en algún momento, entonces hágalo y vuelva a entrar, salga de nuevo si es necesario, tenga paciencia. ¿Cuál es el problema? "Bueno, el problema –como dijo el Papa Francisco- es que nosotros nos cansamos de pedir perdón!”. Ánimo. No se canse, pida perdón al prójimo del costado y también al sacerdote. Ellos saben cuán difícil es conseguir a alguien que cuide al niño, y saben que usted no puede dejar de ir a recibir el perdón de Dios. ¿Y cómo puede estar segura de que la perdonaran? Porque la fuente de nuestra misericordia es Él (eso celebramos en la misa) y Él nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que, a veces, nos cansamos de pedir perdón, y no tenemos que cansarnos nunca, nunca. Él es el Padre amoroso que perdona siempre y cuyo corazón está lleno de misericordia para todos nosotros. Tenemos que aprender a ser más misericordiosos con todos».

8) No entiendo lo que dice el cura.

Haga un esfuerzo, tenga paciencia. Acérquese después de la misa a preguntar sus dudas. Trate de leer el Evangelio que corresponde antes de la misa para que vaya con una idea clara sobre lo que se meditará. Medite sobre el Evangelio y recuerde: el centro de la misa no es el cura, ni la prédica, sino el sacrificio reconciliador de Cristo y su presencia real. Rece también para que el Espíritu Santo ilumine a los sacerdotes y los inspire.

9) ¿En qué parte de la Biblia dice que es una obligación ir a Misa?

Primero que todo no somos la religión “del libro” como se nos suele llamar. La fuente de la Revelación es doble: la Sagrada Escritura y la Tradición. Minusvalorar la segunda es un grave error. Son muchos los testimonios de los primeros Padres y de otros documentos que dejan una clara evidencia de cómo las primeras comunidades cristianas se reunían a escuchar la Palabra y a celebrar la Eucaristía.

Por supuesto, también tenemos variados pasajes bíblicos donde es explícito el mensaje de Dios. Reportamos aquí solo algunos:

- "Recuerda santificar el Sabbat". (Éxodo 20, 8)
- "Luego tomó el pan, lo bendijo, y se los dio diciendo: "este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros, hagan esto en memoria mía". (Lucas 22,14-19).
- "La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". (1 Corintios 10,16).
- “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: -¿Queréis acaso iros vosotros también? Le respondió Simón Pedro: -Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn 6, 51-55, 66-68).

10) ¿Para qué voy si no puedo comulgar?

El Papa Francisco en una de sus catequesis nos recordaba que

«Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre aquel altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo el signo del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el cual se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí nos reunimos para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra».

Por tanto, a la misa también vamos a nutrirnos de la Palabra de Dios. Además a la misa no solo vamos a recibir, también vamos a agradecer a Dios. “Eucaristía” significa esto en griego. Es el supremo agradecimiento que realizamos al Padre por todo lo que nos da, y en especial porque nos ha amado tanto hasta darnos a su Hijo por amor. 

11) A misa sólo van los ancianos.

Esto no es del todo cierto, depende del lugar. Aunque es cierto que en muchos lugares, especialmente en Europa, es así. Sin embargo te invito a tener en cuenta que los ancianos suelen tener mucha más sabiduría adquirida a través de los años, los aciertos y desaciertos de sus experiencias de vida, y de ellos tenemos mucho que aprender. Logran discernir lo que es esencial para la vida y que es invisible para los ojos. Si tu eres uno de esos ancianos, sigue dando tu ejemplo de perseverancia en la Misa y de llevar a los nietos mientras se dejen llevar. Si eres de esos jóvenes que se sienten inmortales, pregúntate ¿cuál es el sentido de mi vida? ¿Por qué tantas personas mayores y más sabias que yo van a misa? ¿Qué ven ellos que no veo yo? Bendito el jóven que busca al Señor y evita así muchos errores en su vida por serle obediente. 

12)  Voy siempre a misa pero no veo ningún cambio en mi.

La comunión es el gran acto de fe. No todo lo que recibimos podemos medirlo, cuantificarlo con criterios pragmáticos. Hay un misterio que late allí que va mucho más allá de nosotros, mucho más allá de nuestro campo de comprensión, un cambio real sucede siempre: el Cuerpo de Cristo crece, aumenta, se eleva, porque el Señor se hace presente en nuestro corazón. Por eso hay que creerle a Jesús cuando recibimos los sacramentos pues:

«El que los recibe más frecuentemente se ve que recibe más frecuentemente al mismo Salvador, porque el mismo Salvador así lo dice: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Timoteo de Alejandría).

Si le creemos, necesariamente nuestra vida cambiará, es la lógica del peso y de la inercia: si el centro es Cristo, las orbitas de nuestra vida cambian y eso se nota. Alguno obstinado replicará igualmente:

«¡Cuántos años comulgando a diario! —Otro sería santo —me has dicho—, y yo ¡siempre igual! —Hijo —te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado? (San José María Escrivá)

 

El contenido es cortesía de nuestros aliados y amigos: Catholic-link

 

 

 







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