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Veracidad
La veracidad es el amor a la verdad.


Fuente: encuentra.com



1. Veracidad

1.1. Amor a la verdad

En sentido amplio, consiste la veracidad en el amor a la verdad. Más concretamente, designa la verdad en las palabras, la conformidad de éstas (o gestos equivalentes) con el pensamiento, con la convicción interior (cfr. Suma Teológica, 2-2, q. 109, a. 1).

No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 34).

Quien no ama la verdad, todavía no conoce (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 14 sobre los Evang.).



¡Oh Verdad!, tú presides en todas partes a todos los que te consultan y a un tiempo les respondes a todos, aunque sean cosas diversas. Claramente tú respondes, pero no todos oyen claramente. Todos te consultan sobre lo que quieren. Óptimo ministro tuyo es el que atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de ti oyere (SAN AGUSTÍN, Confesiones, 10).

(La mentira) asemeja al hombre al diablo (SANTO TOMÁS, Sobre los mandamientos, 1.c., p. 280).

La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra, y sin Fe (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 394).

Los hombres pasan, la verdad del Señor permanece para siempre (Imitación de Cristo, I, 5, 2).

No poseemos plenamente una verdad si no la enseñamos a otros, si no los hacemos partícipes de nuestra contemplación; no amamos verdaderamente una virtud si no deseamos ver cómo la aman los demás; no amamos sinceramente a Dios si no deseamos hacer que los demás le amen. (GARRIGOU-LAGRANGE, R., Las conversiones del alma, p 19).



1.2. La veracidad y las demás virtudes

Por ser animal sociable, el hombre debe a los demás cuanto sea necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, no sería posible la convivencia entre los hombres si no se fiaran entre sí, convencidos de que se dicen mutuamente la verdad (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2-2, q. 109, a. 3).

La verdad huye del entendimiento que no encuentra humilde (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 18 sobre los Evang.).

Es cierto que la verdad huye siempre de las mentes que no son humildes (SAN AGUSTÍN, Sermón sobre humildad y temor de Dios).

La mentira hace imposible la vida social (SANTO TOMÁS, Sobre los mandamientos, 1. c., p. 281).

Se oponen entre sí la vanidad y la verdad (SAN AGUSTÍN, Sermón 12).

No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y Cristo dijo: Ego sum veritas (Jn 14, 6). Yo soy la verdad (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 10).

1.3. Rectificar cuando sea necesario

Acostúmbrate a no mentir jamás a sabiendas, ni por excusarte, ni de otro modo alguno, y para esto ten presente que Dios es el Dios de la verdad. Si acaso faltas a ella por equivocación, enmiéndalo al instante, si puedes, con alguna explicación o reparación; hazlo así, que una verdadera excusa tiene más gracia y fuerza para disculpar que la mentira (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, III, 30).

Existen muchas personas -cristianos y no cristianos- decididas a sacrificar su honra y su fama por la verdad, que no se agitan en un salto continuo para buscar el sol que más caliente. Son los mismos que, porque aman la sinceridad, saben rectificar cuando descubren que se han equivocado. No rectifica el que empieza mintiendo, el que ha convertido la verdad sólo en una palabra sonora para encubrir sus claudicaciones (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 82).

1.4. Alguna vez es lícito ocultar la verdad, pero nunca es lícito mentir

De que se pueda en ocasiones ocultar la verdad, no se debe concluir que sea lícito mentir (SAN AGUSTÍN, en Catena Aurea, vol. I, p. 425).

Por dos causas debe ocultarse el conocimiento de alguna cosa a quienes la preguntan. A saber, cuando el que inquiere es incapaz de comprenderla, o cuando por odio o menosprecio se hace indigno de que se le explique (SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. VI, p. 368).

La mentira unas veces constituye pecado mortal; otras, venial. Es mortal mentir en asuntos de fe, cosa que puede ocurrir a predicadores y maestros ilustres; y entre todas las clases de mentiras es ésta la más grave: Habrá entre vosotros maestros mendaces, que introducirán sectas perniciosas (2 Pe 2, 1). Algunos lo hacen en ocasiones por aparentar sabiduría (SANTO TOMÁS, Sobre los mandamientos, 1.c., p. 281).

1.5. La ignorancia y el error

Perverso maestro es el diablo, que mezcla muchas veces lo falso con lo verdadero, para encubrir el engaño con apariencia de verdad. (SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. IV, p. 76).

Si me preguntáis por qué hay tan pocos cristianos que obren con la exclusiva intención de agradar a Dios, ved la razón de ello. Es porque la mayor parte de los cristianos se hallan sumidos en la más espantosa ignorancia, lo cual hace que todo su obrar sea meramente humano. De manera que, si comparaseis sus intenciones con las de los paganos, ninguna diferencia encontraríais. ¡Dios mío!, ¡cuántas buenas obras se pierden para el cielo! (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la virtud).

Sólo como falsa ciencia puede ser calificada la doctrina de los herejes, los cuales enmascaran su propia ignorancia llamándola ciencia, del tiempo revuelto dicen que está sereno y a las tinieblas las llaman luz (SAN VICENTE DE LERINS, Conmonitorio, n. 21).

Cuando se estudia mucho, se conoce a Dios: frecuentemente, la ignorancia es hija de la pereza (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. III, p. 78).

La antorcha encendida significa que no debemos permitir que nadie viva en las tinieblas de la ignorancia (SAN CIRILO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 101).

La mayoría de las falsedades contienen algo de verdad; por lo menos, aquellas falsedades que son perversiones de la verdad son las que tienen más éxito. Pero, aun sin falsedad, vosotros sabéis cuán extraña puede aparecer la verdad a mentes no familiarizadas con ella (CARD. J. H. NEWMAN, Sermón en la inauguración del Seminario S. Bernardo, 3-X-1873).

Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 109).

No se lee en el Evangelio que Cristo dijese: «os envío el Espíritu Santo para que os instruya sobre el curso del sol y de la luna». Porque quería hacer cristianos, no matemáticos (SAN AGUSTÍN, Sermón 2).

Muchas veces juzgamos las cosas conforme a nuestro deseo, y perdemos con frecuencia el verdadero juicio por amor propio (Imitación de Cristo, 1, 14, 1).

Si se da una razón contra la autoridad de las divinas Escrituras, por muy aguda que sea, engaña con semejanza de verdad, pues no puede ser verdadera (SAN AGUSTÍN, Epístola 143, a Marceliano).

La doctrina del Salvador es por sí misma perfecta y de ninguna necesita, pues es la virtud y sabiduría de Dios. La filosofía griega al unirse a ella no hace más poderosa la verdad; mas por hacer débiles los argumentos de los sofistas contra aquella y rechazar las engañosas asechanzas contra la misma fue llamada ajustado muro, cerca y valladar de la viña (CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata 1)

 

2. Adulación


2.1. «Cuantos me alaban, en realidad me dañan»

Mis pensamientos en Dios son muy elevados, pero me pongo a raya a mí mismo, no sea que perezca por mi vanagloria. Pues ahora sobre todo tengo motivos para temer y me es necesario no prestar oído a quienes podrían tentarme de orgullo. Porque cuantos me alaban en realidad me dañan. Es cierto que deseo sufrir el martirio, pero ignoro si soy digno de él (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a los Tralianos).

Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía [...], encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente [...]. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se le convierte en causa de separación en él (SAN GREGORIO MAGNO, Moralia, 10, 47-48).

El adulador conduce al mal a su prójimo, porque es incapaz de saber qué es lo que le conviene (TEÓFILO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 475).

Es necesario fijarnos mucho en su entrada (de la alabanza y la adulación); como si se tratara de estar en guardia contra una fiera presta a arrebatar a aquel que no la vigila. Entra calladamente y destruye por medio de los sentidos todas las cosas que encuentra en el interior (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 336).

Los muertos sepultan también a los muertos cuando los pecadores favorecen a los pecadores; pues quien alaba al que peca, le esconde ya muerto bajo la losa de sus palabras (SAN JERÓNIMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 495).

2.2. El adulador, «un ministro del demonio»

El adulador es ministro del demonio, doctor de la soberbia, destructor del arrepentimiento, aniquilador de las virtudes, maestro del error (SAN JUAN CLÍMACO, Escala del paraíso, 22).

2.3. Falta contra la caridad

La adulación unas veces se opone a la caridad, y otras no. Se opone a la caridad de tres modos. Uno, por su mismo objeto, como alabar un pecado; esto contraría a la caridad con Dios, contra cuya justicia se profiere tal alabanza, y a la caridad para con el prójimo, a quien se alienta con su mala acción [...]. Otro modo, por razón de la intención, cuando con la adulación se pretende dañar corporal o espiritualmente [...]. El tercer modo es por la ocasión, como cuando la alabanza del adulador es ocasión de pecado para otro, aun prescindiendo de la intención del adulador (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2-2, q. 115, a. 2).

2.4. Superficialidad de la alabanza vana

Los mismos que alaban son nada, y pasarán con el sonido de sus palabras. En cambio, la fidelidad del Señor dura por siempre (Imitación de Cristo, 3, 14).

Tengo entendido que quien se dejare llevar por cosas de la tierra o dichos de alabanzas de los hombres, está muy engañado por la poca ganancia que en esto hay; una cosa les parece hoy, otra mañana; de lo que una vez dicen bien, presto tornan a decir mal (SANTA TERESA, Fundaciones, 27, 21).

2.5. Aprender a rechazar las alabanzas
El desprecio de las alabanzas es lo primero y lo principal que hemos de aprender (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Sobre el sacerdocio).

De nada debe huir el hombre prudente tanto como de vivir según la opinión de los demás (SAN BASILIO, Discurso a los jóvenes).

Rechaza las alabanzas que te hagan por el éxito obtenido, porque no se deben a un vil instrumento como tú, sino a Él, que, si así lo quiere, puede servirse de una vara para hacer brotar el agua de una roca, o de un poco de tierra para devolver la vista a los ciegos [...] (J. PECCI -León XIII-, Práctica de la humildad, 45).

2.6. Rectificar la intención ante la alabanza

Todo motivo de excelencia lo ha dado Dios para que aproveche a los demás, de donde se sigue que en tanto debe agradarle al hombre el testimonio que los demás le dan de su excelencia, en cuanto contribuya al bien ajeno (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2- 2, q. 131, a. 1).

Cuanto más me exalten, Jesús mío, humíllame más en mi corazón, haciéndome saber lo que he sido y lo que seré, si Tú me dejas (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 591).

 

3. Difamación

3.1. Un pecado frecuente

En la conversación ordinaria pecan a veces contra este mandamiento cinco clases de individuos.

1) Los detractores: Los detractores, aborrecidos de Dios (Rom 1, 30). Les llama «aborrecidos de Dios», porque nada hay tan apreciado por el hombre como su buena fama [...].

2) Los que escuchan a los detractores con gusto: Cerca tus oídos con espinos, no prestes atención a la lengua malvada, pon puertas a tu boca, y una llave a tus orejas (Eclo 28, 28) [...].

3) Los chismosos, esto es, los que van repitiendo todo lo que oyen: Seis cosas hay que odia el Señor, y una séptima que aborrece su alma: ...al que siembra discordias entre los hermanos (Prov 6, 16- 19) [...].

4) Los aduladores [...].

5) Los murmuradores (vicio particularmente frecuente en los subordinados) [...].

(SANTO TOMÁS, Sobre los mandamientos, 1. c., pp. 279-280).

Los métodos, para no dejar al hombre tranquilo, se han multiplicado. Me refiero a los medios técnicos, y también a sistemas de argumentar aceptados, contra los que es difícil enfrentarse si se desea conservar la reputación. Así, se parte a veces de que todo el mundo actúa mal; por tanto, con esta errónea forma de discurrir, aparece inevitable el meaculpismo, la autocrítica. Si alguno no echa sobre si una tonelada de cieno, deducen que, además de malo rematado, es hipócrita y arrogante (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 69).

 

3.2. El cristiano debe rechazar toda difamación

El murmurador hace, de ordinario, tres homicidios con solo una estocada de su lengua, dando muerte espiritual a su alma y a la de quien le escucha, y muerte civil a la persona de quien murmura; pues, como dice San Bernardo, el que murmura y el que escucha la murmuración tienen en sí al demonio, uno en la lengua y otro en el oído (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, III, 29).

Otra vez vimos a un anciano [...l que vivía lejos de donde moraban los monjes. A fuerza de insistentes plegarias, había alcanzado del Señor esta gracia: de no sorprenderle jamás el sueño durante las conferencias espirituales, ya tuvieran lugar de noche o de día. En cambio, no bien alguien intentaba decir alguna palabra de difamación, o simplemente ociosa, se dormía al instante sin remediarlo (CASIANO, Instituciones, 5).

3.3. Necedad y malicia del difamador

Es más fácil decir que hacer. -Tú..., que tienes esa lengua tajante- de hacha-, ¿has probado alguna vez, por casualidad siquiera, a hacer «bien» lo que, según tu «autorizada» opinión, hacen los otros menos bien? (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 448).

Murmuración necia es la del hombre contra la benignidad de Dios (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 19 sobre los Evang.).

Así como los buitres, que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrados por el olor de cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de las partes sanas van a buscar las ulceras, así también los envidiosos no miran ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras buenas, sino en lo podrido y corrompido; y si notan alguna falta de alguno (como sucede en la mayor parte de las cosas humanas) la divulgan, y quieren que los hombres sean conocidos por sus faltas (SAN BASILIO, Hom. sobre la envidia).

3.4. Actitud ante la difamación o la calumnia

Habló (el Señor) de la persecución de un modo genérico: tanto referida a la maledicencia, cuanto al detrimento de la buena fama (SAN AGUSTÍN, en Catena Aurea, vol. I, p. 259).

Ordinariamente se curan mejor las injurias y calumnias su- friéndolas y despreciándolas, que con resentimientos, quejas y venganzas; el que las desprecia hace que se desvanezcan; pero el que se ofende parece que las confiesa, y así como el cocodrilo solo hace mal al que le teme, así la maledicencia solo hiere al que se resiente de ella (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, III, 7).

Cuanto más se alegra uno con las alabanzas de los hombres, tanto más se entristece con los vituperios; pero el que codicia la gloria de los cielos no teme los oprobios en la tierra (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, pp. 258-259).

¿Qué importa que los hombres nos deshonren si nuestra conciencia sola nos defiende? Sin embargo, de la misma manera que no debemos excitar intencionadamente las lenguas de los que injurian para que no perezcan, debemos sufrir con ánimo tranquilo las movidas por su propia malicia, para que crezca nuestro mérito. Por eso se dice: gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es más grande en los cielos (SAN GREGORIO MAGNO, en Catena Aurea, vol. I, p. 258).

3.5. Justa defensa. Motivos
Alguna vez, sin embargo, debemos refrenar a los maledicentes, no sea que mientras dicen cosas malas de nosotros, corrompan los corazones de aquellos inocentes que debían oírnos para obrar el bien (SAN GREGORIO MAGNO, en Catena Aurea, vol. I, p. 259).

Quien lleva vida libre de crímenes y delitos, labra su propio bien; si además pone a salvo su honor, practica una obra de misericordia con el prójimo; pues si la buena vida es personalmente necesaria, el buen nombre lo es para los demás (SAN AGUSTÍN, Sobre el bien de la viudez, 12).

3.6. Consecuencias de estos pecados

La murmuración es roña que ensucia y entorpece el apostolado. -Va contra la caridad, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la unión con Dios (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 445).

Mucha paz tendríamos si en los dichos y hechos ajenos (que no nos pertenecen) no quisiéramos ocuparnos (Imitación de Cristo, I, 11, 1).

¿Sabes el daño que puedes ocasionar al tirar lejos una piedra si tienes los ojos vendados?

Tampoco sabes el perjuicio que puedes producir, a veces grave, al lanzar frases de murmuración, que te parecen levísimas, porque tienes los ojos vendados por la desaprensión o por el acaloramiento (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 455).

El que calumnia se hace mucho daño a sí mismo y a los demás. En primer lugar hace peor a quien la oye (...). Ofende también a toda la Iglesia, porque quienes le oyen no solo censuran al que faltó, sino que contribuyen al menosprecio de la religión cristiana. En tercer lugar, da ocasión a que se menosprecie el nombre de Dios en los demás. En cuarto lugar, confunde a aquel que oyó la ofensa, haciéndole más imprudente y enemigo suyo (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 300).

 

4. Juicio temerario

4.1. Se funda en leves apariencias y nace de un corazón poco recto

No digas: «Fulano es un borracho», por haberle visto embriagado una vez; ni le llames adúltero por haber visto que cayó en este pecado [...]. Paróse una vez el sol para contribuir a la victoria de Josué; oscurecióse otra en testimonio de la victoria del Salvador. ¿Diremos por esto que es innoble u oscuro? Una vez se embriagó Noé, otra Lot, y éste, además, cometió un gravísimo incesto; sin embargo, a ninguno de los dos se puede llamar borracho, ni a Lot incestuoso. No fue San Pedro sangriento porque una vez derramó sangre; ni porque blasfemó en una ocasión, blasfemo; que el nombre de vicioso o virtuoso se adquiere por la continuación y el hábito; así que es impostura tratar a uno de colérico o ladrón por haberle visto una vez encolerizarse o robar (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, 3, 29).

Si tuviésemos la dicha de estar libres del orgullo y de la envidia, nunca juzgaríamos a nadie, sino que nos contentaríamos con llorar nuestras miserias espirituales, orar por los pobres pecadores, y nada más, bien persuadidos de que Dios no nos pedirá cuenta de los actos de los demás, sino sólo de los nuestros (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

¿De dónde nace esta apreciación injusta con los demás? Parece como si algunos tuvieran continuamente puestas unas anteojeras, que les alteran la vista. No estiman, por principio, que sea posible la rectitud o, al menos, la lucha constante por portarse bien. Reciben todo, como reza el antiguo adagio filosófico, según el recipiente: en su previa deformación. Para ellos, hasta lo más recto, refleja -a pesar de todo- una postura torcida que, hipócritamente, adopta apariencia de bondad (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 67).

El juicio temerario es un pensamiento o una palabra desfavorables para el prójimo, fundados en leves apariencias. Solamente puede proceder de un corazón malvado, lleno de orgullo o de envidia; puesto que un buen cristiano, penetrado como está de su miseria, no piensa ni juzga mal de nadie; jamás aventura su juicio sin un conocimiento cierto, y eso todavía cuando los deberes de su cargo le obligan a velar sobre las personas cuyos actos juzga (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

Contribuyen de ordinario en gran manera a producir sospechas y juicios temerarios el miedo, la ambición y otras semejantes flaquezas del espíritu (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, 3, 28).

4.2. No debemos juzgar a los demás, si no existe un deber que lo exija

A pesar de todos los datos y de las señales al parecer más inequívocas, estamos siempre en gran peligro de juzgar mal las acciones de nuestro prójimo. Lo cual debe inducirnos a no juzgar jamás los actos del vecino sin madura reflexión y aun solamente cuando tenemos por misión la vigilancia de la conducta de aquellas personas, en cuyo caso se encuentran los padres (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio que juzgareis seréis juzgados (Mt 7, 1-2). Aparte de la razón apuntada, es también peligroso juzgar a nuestros semejantes, porque ignoramos en absoluto la necesidad o la razón que hace legítima o al menos venial aquella acción que nos choca o nos sorprende (CASIANO, Instituciones, 5, 29).

No queramos juzgar. -Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces. Además, lo mismo que la de esos pintores modernistas, es la visión de ciertas personas tan subjetiva y tan enfermiza, que trazan unos rasgos arbitrarios, asegurándonos que son nuestro retrato, nuestra conducta... ¡Qué poco valen los juicios de los hombres! No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 451).

Para juzgar sobre lo que hace o dice una persona, sin engañarnos, sería necesario conocer las disposiciones de su corazón y la intención con que dijo o hizo tal o cual cosa (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

Evita como un mal gravísimo el juzgar los hechos del prójimo; antes bien, interpreta benignamente sus dichos y hechos, buscando con industriosa caridad razones con que excusarlos y defenderlos. Y si fuera imposible la defensa, por ser demasiado evidente el fallo cometido, procura atenuarlo cuanto puedas, atribuyéndolo a inadvertencia o a sorpresa, o a algo semejante, según las circunstancias; por lo menos, no pienses más en ello, a no ser que tu cargo te exija que pongas remedio (J. PECCI -León XIII-, Práctica de la humildad, 14).

No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado dan pie para juzgar así razonablemente (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 442).

Hemos de examinar muy detenidamente los hechos, antes de emitir nuestros juicios sobre el prójimo, por temor de engañarnos, lo cual acontece con suma frecuencia (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

¿Quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente y se convierte en el peor de todos. Ni nuestro temor es constante ni nuestro amor indefectible (SAN AGUSTÍN, Sermón 46, sobre los pastores, 24-25).

Puede suceder que quien interpreta en el mejor sentido se engañe más frecuentemente; pero es mejor que alguien se engañe muchas veces teniendo buen concepto de un hombre malo que el que se engaña raras veces pensando mal de un hombre bueno, pues en este caso se hace injuria a otro, lo que no ocurre en el primero (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2-2, q. 60, a. 4 ad 1).

La causa de tantos juicios temerarios es el considerarlos como cosa de poca importancia; y, no obstante, si se trata de materia grave, muchas veces podemos cometer pecado mortal (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

4.3. Caridad y comprensión con las acciones de los demás

Al juzgar al prójimo, debemos tener en cuenta su flaqueza y su capacidad de arrepentirse (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el juicio temerario).

Si (el mal ajeno) es dudoso, puedes lícitamente tomar pre- cauciones contra él, por si es cierto; pero no debes condenarle como si ya fuera cierto (SAN AGUSTÍN, Coment. sobre el Salmo 147, 16).

Aunque vierais algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces creedlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy fuerte (SAN BERNARDO, Serm. sobre el Cantar de los Cantares, 40).

¿Quién eres tú para juzgar el acierto del superior? -¿No ves que él tiene más elementos de juicio que tú; más experiencia; más rectos, sabios y desapasionados consejeros; y, sobre todo, más gracia, una gracia especial, gracia de estado, que es luz y ayuda poderosa de Dios? (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 457).

 

 

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