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Los 10 Mandamientos... Siguen de moda
Segundo Mandamiento: Tutela el buen uso del nombre de Dios para darle el respeto, veneración y gloria merecidos


Por: Sr. Dr. Don Rafael Gallardo García / R.P. Pedro Herrasti | Fuente: LaVerdadCatolica.org



SEGUNDO MANDAMIENTO

"No usarás el nombre de Dios en vano"

Este Mandamiento está formulado por Moisés así: "No usarás el nombre de Dios en vano" (Deut. 5:11) Sin muchos rodeos, ni explicaciones complicadas, este Mandamiento tutela el buen uso del nombre de Dios. Ese buen uso, dará la base para el respeto, la veneración y glorificación del nombre divino y desde luego, por extensión, para todo lo referente al mismo Dios.

Propuesto en forma negativa: "No usarás..." nos previene de todas aquellas formas que deben considerarse como un "mal uso" del Nombre Divino y lo relacionado con Él; desde la frivolidad hasta la blasfemia, pasando por las supersticiones o los juramentos.

A ambos lados del uso bueno y del uso malo del nombre de Dios, se han ido los extremos, que han resultado igualmente ridículos y profanadores.

Comenzaron su exageración los mismos judíos. Guiados por sus más escrupulosos Doctores de la Ley, para "no usar mal", el Nombre de Dios, optaron definitivamente por "no usarlo" y sustituyeron con otros, el nombre original de Dios. Así en lugar de pronunciar el nombre propio YAHVE "Dios", lo substituyeron con: "Adonai" Señor...! Buena forma de no usar siquiera el nombre de "Dios"!

Por el lado extremo del uso "bueno" se fueron, y se van todavía hoy, cuantos quieren engrandecer algo y le dan la categoría de "divino" sin serlo, ni siquiera por aproximación o apropiación.



Sucedió lo primero con los Emperadores o los Césares, quienes atribuyéndose u ostentando dignidad de dioses, se hicieron llamar "Divus" apócope latino de "divinus"; de donde derivó el uso de "divo" o "diva" para calificar a un artista genial. Y sucede lo segundo, con cuantos, escasos de calificativos apropiados, no dudan en llamar "divino" a todo lo que quieren exaltar como superior o grandioso ... ! Y llega a surgir otro apócope: "divi, divi..."

Por el lado extremo del "mal uso" se tendrían que lamentar las verdaderas blasfemias, o sea, aquellas expresiones que directamente insultan al propio ser de Dios, o que utilizan su nombre mismo para cualquier mofa, desprecio o maldición, aún cuando no alcanzan la gravedad de blasfemias, no dejan de tener vergonzosa irreverencia algunas interjecciones que disfrazan u ocultan la palabra "Dios".

"Que tu alabanza esté siempre en mi boca, Señor" nos haga exclamar el salmista, como deseo de guardar siempre este Mandamiento.

Entre las exageraciones a que nos lleva el vano uso del Nombre Santísimo de Dios están los juramentos.

Estos de por sí, debieran ser formas solemnes y muy serias de comprometer la propia palabra, sin necesidad de buscar más apoyo que el de la fidelidad humana. En este sentido Nuestro Señor Jesucristo nos amonesta.: "Digan Si cuando es sí y NO cuando es no..." (Mt.5:33) Pero nos gusta ponerles tal fuerza a nuestras palabras que nuestras costumbres nos han llevado a respaldarlas poniendo a Dios como Testigo: sea de hechos ya ocurridos, como firma de veracidad; o sea de hechos por cumplirse, como aval de seguridad.



En cualquier caso hay profanación: si nuestra palabra basta, el testimonio Divino resulta "vano", innecesario, inútil; si nuestra palabra es falsa, peor todavía, por burlar advertidamente la "verdad de Dios". Con cuánta claridad Nuestro Divino Maestro rechazó la necesidad de cualquier juramento: "Ahora, yo les digo: No juren nunca, ni por el cielo, que es el trono de Dios. Ni por la tierra que es tarima de Sus pies. Ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del Gran Rey, ni por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos" (Mt. 5:34-36)

En verdad, los falsarios y los perjurios, son los que buscan en forma más desesperada, la credibilidad. A veces, dan la impresión de que, por no creer ni ellos mismos en sus propias palabras o promesas, tienen que recurrir a la Fuente de toda Verdad, para que los demás lleguen a creerles. No se dan cuenta que ese recurso, a la fuerza de la Palabra Divina, no hace sino exhibir la debilidad de su palabra humana. Y los que no creen en Dios, tanto lo necesitan que lo sustituyen o por la representación de su empresa financiera, o de su partido político o de su secta religiosa.

En nuestra vida actual y por las circunstancias de dignidad que ha de tener la persona humana es muy importante restituir su gran valor de verdad a la "palabra" que damos.

El fondo de este gran valor, viene precisamente de que aunque podamos engañar a los demás, a Dios nunca lo podremos engañar. Necesitamos recuperar la confianza que tan dolorosamente hemos perdido en la comunicación humana. Es cierto que Dios es testigo de todo lo que hacemos y decimos; pero nunca será testigo falso aunque el hombre lo necesite. De eso nos salva este Mandamiento.

Desde que se han venido introduciendo en la vida moderna las formas de la Democracia y se ha creído avanzar en la defensa de los valores que la representan, como la igualdad, los derechos y la libertad del hombre, se han dado pasos paulatinos y rápidos para hacer desaparecer los privilegios, para borrar las singularidades, para cancelar los títulos nobiliarios y hasta para relegar al pasado todas las formas de distinción que se anteponían al nombre de las personas, según su puesto o dignidad.

Es muy cierto que se llegó a lo pomposo y a lo soberbio en la acumulación de títulos. Es muy cierto que con ellos se desdeñaba a quienes no los poseían. Es muy cierto que no representaban valores humanos, sino poder y extravagancia.

A tal grado va la decapitación de títulos respetuosos y dignos, que no solo ha ido barriendo las esferas humanas, sino que ha invadido las esferas celestiales, donde, muchos cristianos hablan de los Apóstoles, de los Mártires, de los Santos y aún de la misma Madre de Dios, arrebatándoles confianzudamente su categoría eclesial tan meritoria, dejándoles apenas la humildad de su nombre, pues las más de las veces, no alcanzan ni a darles su apellido...

Poco sería eso, si esta efervescencia democrática no hubiera alcanzado al mismo Dios, a las cosas relativas a su culto y a sus representantes. Parece haberse ya sepultado la nota de Santa, para la Iglesia; en cambio a todas horas se le encuentran defectos, por verla muy humana.

La gente de hoy más fácilmente se arrodilla ante las cámaras o en sus bailables caprichosos, que ante el Santísimo Sacramento. Con cuánta pena constatamos que los nombres santos son cada día menos usados ya para bautizar o nombrar a niños cristianos. Mientras advertimos que se multiplican días de promoción comercial, como el Halloween, impío y burlesco, enfrentado al día de "los fieles difuntos", resentimos la pérdida de días santos, que van dejando grandes huecos de tradiciones cristianas, como la reducción a que ha llegado la Semana Santa. Solo el respeto, profundo y sublime, al nombre de Dios, mantendrá al hombre en el respeto de su dignidad humana.

 







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