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Cuándo me sentí, de verdad, rey del universo.
No hay mayor triunfo que colaborar con el Creador en la gran tarea de fundar unidad.


Por: Alfonso López Quintás* | Fuente: Catholic.net



 


El arte de pensar: Un ejercicio de pensamiento relacional





Me acerco a una rosa y aspiro su perfume. El agrado que éste me produce se convierte en gozo espiritual e incluso en entusiasmo cuando, al tiempo que respiro hondo ante cada uno de los pétalos, pienso que el perfume es la expresión de la flor, y la flor es la expresión lograda de la planta, y ésta se halla unida ecológicamente a la tierra, a otras plantas, al viento que sirve de alado intermediario entre unos seres y otros... El ejercicio de un pensamiento relacional como éste me pone en relación íntima con el universo.

Para incrementar esa unión, me adentro en los hallazgos de la ciencia y descubro, con asombro creciente, que la realidad cósmica no está compuesta por trozos infinitamente pequeños de materia sino por “energías estructuradas”, es decir, interrelacionadas. «La materia –escribe un físico atómico canadiense, Henri Prat– no es más que energía “dotada de forma”, informada; es energía que adquirió una estructura» . Esto le permitió decir al prestigioso físico inglés A. S. Eddington algo sorprendente: «Dadme un mundo –un mundo con relaciones- y crearé materia y movimiento» .

Al advertir que los conceptos de relación y estructura adquieren de día en día un rango mayor en el pensamiento científico, me pregunto, admirado, qué tipo de energía enigmática deben de albergar las relaciones para dar lugar a la maravilla del universo. Esta admiración me lleva a pensar que la relación no afecta de modo accidental a cada uno de los seres; decide la existencia de los mismos.

Voy al Monasterio de El Escorial y advierto que su majestuosidad, su armonía, su imponente expresividad se deben al hecho de haber tomado como canon de su construcción la figura cúbica. El opúsculo de Juan de Herrera Discurso de la figura cúbica me descubre la trama de relaciones que genera esta figura geométrica y me permite entrever un mundo cultural y religioso desbordante de emoción tras la apariencia adusta de ese “desnudo arquitectónico” que es “El Escorial”, según Miguel de Unamuno .

Pero las relaciones no sólo dan lugar a una inmensa belleza; también son origen de luz intelectual y de poderío. El gran Johannes Kepler se sobrecogió al observar que con una pequeña fórmula podía prever el movimiento de los astros. Esta capacidad de previsión otorga al hombre una singular soberanía. Tal energía intelectual procede de las interrelaciones que configuran la fórmula. Por ser armónica en sí misma, esta fórmula presenta una indecible belleza.

La emoción que me produce el poderío y la belleza de las fórmulas matemáticas se incrementa al máximo cuando observo la relación enigmática que existe entre las estructuras matemáticas que configura la mente humana a solas y las estructuras que constituyen el tejido interno de la realidad. Al pensar, una y otra vez, en esta sorprendente interrelación, me parece tocar fondo en el enigma de la realidad, o –dicho más profundamente aún– en el misterio de la creación.

Esta impresión la confirmo y acreciento al observar que los grandes científicos van en busca de las leyes naturales –expresables en lenguaje matemático– porque confían en que el mundo fue creado de manera ordenada. Max Planck, fundador de la Mecánica Cuántica, afirma que Kepler se mantuvo fiel a su investigación científica, a pesar de mil avatares, merced a su “fe profunda en la existencia de un plan definido detrás de la creación entera” . Siempre he pensado que se trata de una forma de fe estrictamente religiosa, y me produjo suma alegría ver confirmada mi intuición en un escrito de Albert Einstein, eminente científico y gran humanista:

«Aunque es cierto que los resultados científicos son enteramente independientes de cualquier tipo de consideraciones morales o religiosas, también es cierto que justamente aquellos hombres a quienes la ciencia debe sus logros más significativos fueron individuos impregnados de la convicción auténticamente religiosa de que este universo es algo perfecto y susceptible de ser conocido por medio del esfuerzo humano de comprensión racional” .

El concepto de relación me empezó a abrir inmensos horizontes no sólo para comprender el universo sino para entrever su origen. La emoción intelectual y espiritual que esta apertura de horizontes me produjo una y otra vez me llevó a profundizar en toda suerte de relaciones. Un día me encontré ante una roca sedimentada, y recordé que el gran antropólogo Cl. Levy-Strauss consideraba que estos fenómenos naturales deben ser “interpretados” como una especie de partitura musical. Me esforcé en leer esa partitura y descifrar su sentido. Al final, concluí que para explicar cómo se llegó al estado actual de dicha roca, debo ver con la imaginación cómo diversas realidades y acontecimientos de la naturaleza ‒agua, viento, erosión de las rocas, fuego interior de la tierra... ‒ entran en relación e interactúan durante millones de años.

Este tipo de pensamiento relacional nos permite ver genéticamente el sentido profundo de diversos fenómenos naturales que constituyen una especie de “apogeo de la categoría de relación”. Pensemos en la polinización de las plantas, el “ciclo del agua”, los microclimas de los bosques...

Pero no sólo las ciencias matemáticas, físicas y naturales nos patentizan las inmensas posibilidades que generan las relaciones. Subo la Acrópolis de Atenas y admiro la belleza majestuosa del Partenón, su equilibrio, su fuerza expresiva de un mundo cultural y religioso. Cuál no fue mi asombro al descubrir que esas cualidades admirables se deben en buena medida a la armonía del conjunto, es decir, a la conjunción de dos cualidades complementarias: la proporción y la medida. La medida a la que debe ajustarse el edificio es la figura humana. Por importante que sea el templo, ha de ser “mesurado”, “comedido”: ni demasiado grande ni demasiado pequeño respecto a la figura del hombre que lo contempla. Por otro lado, las dimensiones de cada parte del edificio han de ser determinadas de manera “proporcionada” a las de las demás. Así, las columnas, por ser dóricas, deben medir de alto 16 veces el radio de la base, que es tomado como módulo. La anchura de los triglifos y las metopas han de hallarse en una proporción de 1 a 1,6. Hasta los pormenores más diminutos deben guardar una determinada proporción entre sí.

Algo semejante cabe decir de las obras esculturales, por ejemplo la Venus de Milo o el Apolo del Bellvedere. Sus dimensiones guardan relación con las de la figura humana, son medidas o mesuradas por ésta. Pero también las dimensiones de cada una de sus partes tienen una medida interior porque están proporcionadas entre sí conforme a un canon generador de belleza: la “sección áurea” o “número de oro” .

El nexo fecundo entre relación y belleza resalta de forma vivaz e impresionante en el arte musical, que comienza con una relación –la que crea los intervalos‒ y crea sus espléndidos edificios sonoros a base de interrelaciones. Todo en la música es relación. Oigo el primer tema sobrecogedor de la Patética de Beethoven y vibro con la obra entera. Al entrar en contacto con los materiales sonoros de una composición de calidad, presiento los otros seis niveles de realidad que la integran. La música nos insta a no quedarnos en los valores inmediatos sino a trascenderlos hacia las realidades a las que remiten.

Con la idea de relación agigantada en mi mente y profundamente valorada en mi espíritu, oigo una lección de Ética en la que se proclama que el ser humano es un ser de encuentro ‒que implica un modo relevante de interrelación‒, vive como persona, se desarrolla y perfecciona creando toda suerte de encuentros. Y de aquí se deriva que el ideal de su vida es el ideal de la unidad, la creación de los modos más elevados de unidad con los seres del entorno. Y yo exclamo: «¡Pues claro! ¿Cómo iba de otro modo si todo el universo está fundado en la relación y nuestras obras culturales más excelsas son tramas de relaciones?».

La idea de relación, bien entendida y bien vivida, nos lleva muy lejos en la comprensión del sentido de la vida. Una novia se adentra en la iglesia con un bello ramo de flores en las manos. Si alguien le preguntara por qué las lleva, seguramente contestaría: “Porque son muy bonitas”. Ciertamente, pero yo añadiría otra razón todavía más poderosa. Las flores, expandiendo buen olor y mostrando sus bellas formas, dan gloria al Creador, pero no lo saben ni lo quieren. Y lo mismo el astro, al recorrer fielmente la órbita que le han señalado. Quien lo sabe y debe quererlo es el hombre, tú y yo. Nosotros nacemos dentro de un orden, una trama inmensa de relaciones, y debemos mantenernos en unidad. Pero debemos ir más allá, pues tenemos el privilegio de poder incrementar ese tejido de relaciones, creando nuevas formas de unidad. Vosotros, tú y tu novio, vais a crear ahora una forma de unión muy valiosa. En ese momento, os adherís al ritmo de la creación y llegáis a una cumbre en vuestra vida. Vais a colaborar de modo eficacísimo a perfeccionar la creación, a llevarla a término. Esa colaboración os da una máxima dignidad, os pone en verdad, manifiesta que sois, de verdad, los “reyes de la creación”. Por eso una boda desborda alegría, pues, como dijo el gran pensador Henri Bergson, la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado . Y no hay mayor triunfo que colaborar con el Creador en la gran tarea de fundar unidad.

Cuando lúcida y voluntariamente creamos formas valiosas de unidad, vivimos de veras en comunión profunda con la creación, pues se trata de una comunión de participación activa, no sólo de contemplación desinteresada e incomprometida.


Alfonso López Quintás*

http://www.escueladepensamientoycreatividad.org



*Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.


Notas:
1. Cf. L´espace multidimensionnel (Les Presses de l´Université de Montréal, Montréal 1971) 15.
2. Cf. Space, time and gravitation (Cambridge 1920) 202.
3. Cf. o.c. (Editorial Plutarco 1935). En 1976, la Editora Nacional (Madrid) reeditó esta obra con el título Discurso del Sr. Juan de Herrera, aposentador mayor de S. M., sobre la figura cúbica.
4.Un amplio comentario a esta obra del segundo arquitecto del monasterio de El Escorial se halla en mi trabajo «Trasfondo filosófico del monasterio de El Escorial», en Hacia un estilo integral de pensar I. Estética (Editora Nacional, Madrid 1967, 299-312).
5. Cf. W. Heisenberg, A. Einstein y otros: Cuestiones cuánticas (Kairós, Barcelona 1987) 212.
6. Cf. O.c., 170.
7. Se trata ‒como es sabido‒ de una proporción que jugó un papel decisivo en la historia del arte. La parte más pequeña de la sección área abarca 0, 382 del total, y la parte más grande un 0, 618. La parte menor de la función de la sección áurea ocupa el 0, 472 del total; y la mayor, un 0, 528.

 

 







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