Menu



Testamento de Juan Pablo II

Testamento de Juan Pablo II
Testamento de Juan Pablo II


Por: Juan Pablo II |



Testamento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 7 abril 2005 (ZENIT.org)



Ejercicios espirituales del Jubileo del año 2000

(12-18.III)

[para el testamento]

1. Cuando en el día 16 de octubre de 1978 el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski, me dijo: «La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio». No sé si repito exactamente la misma frase, pero al menos éste era el sentido de lo que entonces escuché. Lo dijo el hombre que ha pasado a la historia como el primado del milenio. Un gran primado. Fui testigo de su misión, de su total entrega. De sus luchas: de su victoria. «La victoria, cuando llegue, será una victoria a través de María», solía repetir el primado del milenio estas palabras de su predecesor, el cardenal August Hlond.

De este modo, he sido preparado en cierto sentido para la tarea que el día 16 de octubre de 1978 se presentó ante mí. En el momento en el que escribo estas palabras, el Año jubilar de 2000, ya es una realidad en acto. La noche del 24 de diciembre de 1999, se abrió la simbólica Puerta del Gran Jubileo en la Basílica de San Pedro, después la de San Juan de Letrán y la de Santa María la Mayor --a final de año--, y el 19 de enero la Puerta de la Basílica de San Pablo Extramuros. Este último acontecimiento, a causa de su carácter ecuménico, ha quedado grabado en la memoria de manera particular.

2. A medida que avanza el Año Jubilar 2000, va quedando día a día a nuestras espaldas el siglo XX y se abre el siglo XXI. Según los designios de la Providencia, se me ha concedido vivir en el difícil siglo que está quedando en el pasado y ahora, en el año en que mi vida alcanza los ochenta años («octogesima adveniens»), es necesario preguntarse si no ha llegado la hora de repetir con el bíblico Simeón: «Nunc dimittis».

En el día del 13 de mayo de 1981, el día de atentado contra el Papa durante la audiencia general en la plaza de San Pedro, la Divina Providencia me salvó milagrosamente de la muerte. El mismo único Señor de la vida y de la muerte me ha prolongado esta vida, en cierto sentido me la ha vuelto a dar de nuevo. A partir de este momento le pertenece aún más a Él. Espero que me ayude a reconocer hasta cuándo tengo que continuar este servicio al que me llamó el día 16 de octubre de 1978. Le pido que me llame cuando Él mismo quiera. «Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos… del Señor somos» (Cf. Romanos 14, 8). Espero que hasta que pueda cumplir el servicio petrino en la Iglesia, la Misericordia de Dios me dé las fuerzas necesarias para este servicio.

3. Como en todos los años, durante los ejercicios espirituales he leído mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones que contiene. Lo que entonces, y durante los sucesivos ejercicios espirituales se ha añadido, refleja la difícil y tensa situación general que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño del año 1989, esta situación ha cambiado. La última década del siglo pasado ha quedado libre de las precedentes tensiones; esto no significa que no haya traído consigo nuevos problemas y dificultades. Sea alabada la Providencia Divina de manera particular por el hecho de que el período de la así llamada «guerra fría» ha terminado sin el violento conflicto nuclear, peligro que se cernía sobre el mundo en el período precedente.

4. Al estar en el umbral del tercer milenio, «in medio Ecclesiae», deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, al que junto con toda la Iglesia, y sobre todo con todo el episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo se les concederá a las nuevas generaciones recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha ofrecido. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primero hasta el último día, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a realizarlo. Por mi parte, doy gracias al eterno Pastor que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa en el transcurso de todos los años de mi pontificado.

«In medio Ecclesiae»… desde los primeros años del servicio episcopal --precisamente gracias al Concilio-- se me ha permitido experimentar la fraterna comunión del episcopado. Como sacerdote de la archidiócesis de Cracovia, había experimentado lo que significaba la comunión fraterna del episcopado. El Concilio ha abierto una nueva dimensión de esta experiencia.

5. ¡Cuántas personas debería mencionar! Probablemente el Señor Dios ha llamado a su presencia a la mayoría de ellas. Por lo que se refiere a quienes todavía se encuentran en esta parte, que las palabras de este testamento les recuerden, a todos y por doquier, allí donde se encuentren.

En los más de veinte años que desempeño el servicio petrino “in medio Ecclesiae”, he experimentado la benevolente y particularmente fecunda colaboración de tantos cardenales, arzobispos, y obispos, de tantos sacerdotes, de tantas personas consagradas --hermanos y hermanas-- y, por último, de muchísimas personas laicas, en el ambiente de la Curia, en el vicariato de la diócesis de Roma, así como fuera de estos ambientes.

¡Cómo no abrazar con un agradecido recuerdo a todos los episcopados del mundo, con los que me he encontrado en las visitas «ad limina Apostolorum»! ¡Cómo no recordar también a tantos hermanos cristianos, no católicos! ¡Y al rabino de Roma y a tantos representantes de las religiones no cristianas! ¡Y a quienes representan al mundo de la cultura, de la ciencia, de la política, de los medios de comunicación social!

6. A medida que se acerca el final de mi vida terrena, vuelvo con la memoria a los inicios, a mis padres, a mi hermano y a mi hermana (a la que no conocí, pues murió antes de mi nacimiento), a la parroquia de Wadowice, donde fui bautizado, a esa ciudad de mi amor, a mis coetáneos, compañeras y compañeros de la escuela, del bachillerato, de la universidad, hasta los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como obrero, y después a la parroquia de Niegowic, a la de San Florián en Cracovia, a la pastoral de los universitarios, al ambiente… a todos los ambientes… a Cracovia y a Roma… a las personas que el Señor me ha confiado de manera especial.

A todos sólo les quiero decir una cosa: «Que Dios os dé la recompensa».

«In manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum»
A.D.
17.III.2000

[Texto original polaco. Traducción realizada por Zenit a partir de la edición italiana distribuida por la Santa Sede]
ZS05040702









Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |