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El santuario de Loreto y la defensa de la vida
El santuario de Loreto y la defensa de la vida
La Santísima Virgen María, madre de una persona divina, llena de luz y de atractivo el horizonte de la maternidad.
Por: Josep Maria Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

El bello santuario de Loreto, en Italia, al contener la casa en la cual el divino redentor se encarnó en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen María, es uno de los más significativos santuarios marianos de todo el mundo. Es muy conocido que en el mismo se contienen las tres paredes de la casa en la cual hubo el grande evento de la Anunciación del arcángel Gabriel a la toda hermosa. Paredes que, evidentemente, antes se encontraban en Nazaret. Mientras que, la santa cueva de dicha casa, en Nazaret sigue permaneciendo. Es impresionante pensar que un día, en Nazaret, en esta casa, se hizo hombre la segunda persona de la Santísima Trinidad, verdadero y perfecto Dios. Este santuario italiano es un importante centro de peregrinación, el cual ha sido visitado, entre otros, por diversos Sumos Pontífices, entre ellos el actual Romano Pontífice, Su Santidad Benedicto XVI. Y sigue atrayendo innumerables peregrinos.
En nuestro peregrinar, desde Roma, hemos contemplado los almendros en flor, los troncos tapizados de hiedra, las altas montañas revestidas majestuosamente de un precioso manto de armiño, nieve resplandeciente, el mar de belleza, y tantas otras magníficas cosas del grandioso y maravilloso espectáculo de la naturaleza. La grandiosidad y la hermosura del mismo santuario de Loreto, con la celebración de la Santa Misa presidida por un Sr. Obispo, sucesor de los Apóstoles, la elevación del Santísimo Sacramento del Altar. Impresiona encontrar contenido dentro de este marco de grandeza la bendita sencillez de la santa casa en la que se ha hecho hombre el Sol que nace de lo alto. Sencillez que nos recuerda también el pesebre de Jerusalén y los clavos del Calvario de Aquel que vino como Doctor de humildad y de caridad.
En la casa de Nazaret lo grande no es lo aparente, lo externo, lo superficial, sino lo real, lo interior, lo profundo. Los árboles acogen maternalmente en sus altas copas los nidos, las avecillas abren con sus cantos el verdadero amanecer, el mundo sabe a pan y a hogar, sin nada que envidiar a los dorsos de gigante, o de dinosaurio, de las orgullosas montañas. La gloriosa siempre Virgen María se abre al don de la maternidad. En su ternura rodea de amor a su Hijo de Belleza infinita, admirando y entusiasmando cielos y tierra.
En muchos lugares del mundo, alrededor del día de la Encarnación se celebra la jornada a favor de la vida. Día en el que se recuerda que los hijos son regalos preciosos de Dios.
Conmemoración de la maravilla y de la grandeza de la maternidad. Desde el momento de la fecundación, que es el mismo instante de la concepción, hay una nueva y verdadera persona. El tamaño físico del nuevo ser queda reducido sí a lo pequeño, a lo diminuto, a lo humilde, a lo sencillo, a lo maravillosamente sencillo. Pero en esta sencillez hay una grandeza más grande que en las grandezas humanas, la grandeza de un nuevo ser que ha costado la preciosa sangre del divino redentor, la grandeza del misterio del amor, la maravilla de un camino de santidad y de madurez de la feminidad, la belleza de una plenitud y de una linda felicidad, de una alegría y de un contento. La Santísima Virgen María, madre de una persona divina, llena de luz y de atractivo el horizonte de la maternidad. Se intuye que aquí, en el ejemplo de la Hermosísima, en su amor y en su profundidad, se encuentra una grandeza muy grande, una perla muy preciosa.
La Jornada en defensa de la vida también, claro está, deplora el aborto, dado que este es un homicidio en el que la víctima es el hijo aún no nacido, pero verdadera persona, tan persona como el ya nacido.
En suma, sólo encontrando esta hermosa poesía, y dulce realidad, que tiene su realización más excelsa en la Madre de Dios, se acrecentará la felicidad matrimonial. La poesía que ha respirado la María Santísima es luz para la poesía de todas las madres.
Por: Josep Maria Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

El bello santuario de Loreto, en Italia, al contener la casa en la cual el divino redentor se encarnó en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen María, es uno de los más significativos santuarios marianos de todo el mundo. Es muy conocido que en el mismo se contienen las tres paredes de la casa en la cual hubo el grande evento de la Anunciación del arcángel Gabriel a la toda hermosa. Paredes que, evidentemente, antes se encontraban en Nazaret. Mientras que, la santa cueva de dicha casa, en Nazaret sigue permaneciendo. Es impresionante pensar que un día, en Nazaret, en esta casa, se hizo hombre la segunda persona de la Santísima Trinidad, verdadero y perfecto Dios. Este santuario italiano es un importante centro de peregrinación, el cual ha sido visitado, entre otros, por diversos Sumos Pontífices, entre ellos el actual Romano Pontífice, Su Santidad Benedicto XVI. Y sigue atrayendo innumerables peregrinos.
En nuestro peregrinar, desde Roma, hemos contemplado los almendros en flor, los troncos tapizados de hiedra, las altas montañas revestidas majestuosamente de un precioso manto de armiño, nieve resplandeciente, el mar de belleza, y tantas otras magníficas cosas del grandioso y maravilloso espectáculo de la naturaleza. La grandiosidad y la hermosura del mismo santuario de Loreto, con la celebración de la Santa Misa presidida por un Sr. Obispo, sucesor de los Apóstoles, la elevación del Santísimo Sacramento del Altar. Impresiona encontrar contenido dentro de este marco de grandeza la bendita sencillez de la santa casa en la que se ha hecho hombre el Sol que nace de lo alto. Sencillez que nos recuerda también el pesebre de Jerusalén y los clavos del Calvario de Aquel que vino como Doctor de humildad y de caridad.
En la casa de Nazaret lo grande no es lo aparente, lo externo, lo superficial, sino lo real, lo interior, lo profundo. Los árboles acogen maternalmente en sus altas copas los nidos, las avecillas abren con sus cantos el verdadero amanecer, el mundo sabe a pan y a hogar, sin nada que envidiar a los dorsos de gigante, o de dinosaurio, de las orgullosas montañas. La gloriosa siempre Virgen María se abre al don de la maternidad. En su ternura rodea de amor a su Hijo de Belleza infinita, admirando y entusiasmando cielos y tierra.
En muchos lugares del mundo, alrededor del día de la Encarnación se celebra la jornada a favor de la vida. Día en el que se recuerda que los hijos son regalos preciosos de Dios.
Conmemoración de la maravilla y de la grandeza de la maternidad. Desde el momento de la fecundación, que es el mismo instante de la concepción, hay una nueva y verdadera persona. El tamaño físico del nuevo ser queda reducido sí a lo pequeño, a lo diminuto, a lo humilde, a lo sencillo, a lo maravillosamente sencillo. Pero en esta sencillez hay una grandeza más grande que en las grandezas humanas, la grandeza de un nuevo ser que ha costado la preciosa sangre del divino redentor, la grandeza del misterio del amor, la maravilla de un camino de santidad y de madurez de la feminidad, la belleza de una plenitud y de una linda felicidad, de una alegría y de un contento. La Santísima Virgen María, madre de una persona divina, llena de luz y de atractivo el horizonte de la maternidad. Se intuye que aquí, en el ejemplo de la Hermosísima, en su amor y en su profundidad, se encuentra una grandeza muy grande, una perla muy preciosa.
La Jornada en defensa de la vida también, claro está, deplora el aborto, dado que este es un homicidio en el que la víctima es el hijo aún no nacido, pero verdadera persona, tan persona como el ya nacido.
En suma, sólo encontrando esta hermosa poesía, y dulce realidad, que tiene su realización más excelsa en la Madre de Dios, se acrecentará la felicidad matrimonial. La poesía que ha respirado la María Santísima es luz para la poesía de todas las madres.
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