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Madre hermosa
Madre hermosa
He pensado que tal vez en el mes de mayo podría interesar dos líneas sencillas sobre la grandeza de la vocación divina a la maternidad. Un tema que me llena el alma de mil emociones al pensar en mi madre.
Fuente: Dr. José María Montiu de Nuix
Fuente: Dr. José María Montiu de Nuix

Con la llegada del mes de mayo también yo quiero ofrecer, como lo haría un niño pequeño, una humilde florecilla a mi madre, a las madres, y a la Madre del Amor Hermoso, la Santísima Virgen María.
Es evidente que el divino artista se ha mostrado magnífico al modelar el alma de las madres: ¡Un corazón de madre es uno de los tesoros más grandes del mundo! ¡Un corazón de madre es una realidad conmovedora! Hermosa verdad que con el paso de los años va calando más profundamente en el corazón de los hijos, adueñándose de su voluntad y de su afectividad. Verdad y recuerdo que va embebiéndose cada vez de más cariño, reconocimiento y veneración.
El áureo corazón de Dios brilla y fulgura en la Creación. La sabiduría de Dios conduce a la creación hacia su meta, hacia las altas y puras montañas nevadas. Con suave designio, la dulce mano de la divina providencia, lleva a las avecillas a construir sus nidos y a alimentar a sus pequeñuelos. La infinita sabiduría de Dios, sabiduría sobre toda sabiduría, otorga a las madres una maravillosa sabiduría del corazón, gracias a la cual conducen admirablemente a sus hijos por el camino de la sabiduría y del bien. Ciertamente, del designio providencial de Dios han obtenido aquellas iluminadoras palpitaciones de su gran corazón maternal que engrandecen la luz del alma.
¿Qué no es capaz de hacer una madre por sus hijos? ¡Cuánto sacrificio! ¡Cuánto amor! ¡Sólo Dios ve cuánto sacrificio amasado en tanto cariño! ¡Florecillas, preciosas azucenas, pequeñas y lindas margaritas que van brotando del corazón materno!
La gracia divina perfecciona la admirable obra de la Creación. Nuestras madres, con la naturalidad del amor, nos han señalado con su beso a Dios. De ellas hemos aprendido a besar al buen Jesús y a María Santísima. Recuerdo, no sólo el cariño de mi madre, sino también que supo ser desprendida, me entregó a Dios como sacerdote. Sé también que cada vez que en la Santa Misa levanto sobre la tierra al Santísimo Sacramento del Altar, mis brazos sacerdotales están sostenidos por el perfume y el incienso de aquella alma bendita.
Conozco a un sacerdote que atendió espiritualmente a su propia madre en los últimos momentos de la vida de ésta. Y claro está que mientras dicho sacerdote la auxiliaba sacerdotalmente la llenaba de besos y de caricias. La serena muerte de la madre le dejó la gran convicción de que aquella hermosa esmeralda, alegría de la casa, sencilla y digna, había hecho algo estupendo en su vida: ¡Había tenido un corazón muy grande! ¡Había cumplido su gran misión! Aquel sacerdote, en la certeza del ascenso de aquella alma a Dios, tenía tantos motivos para glorificar al Señor del cielo y de la tierra por las delicadezas que Él había tenido para con ella ¡Dios no se deja ganar por nadie en generosidad! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué grande y maravilloso es Dios!
Los años pasaban, cada año enterraba al año anterior. Pero allí, en el jardín del recuerdo de aquel sacerdote, permanecía siempre aquella bellísima resplandeciente rosa blanca, la madre que había sabido amar y qué era tan querida. La misma que había tejido su corazón de hijo para que fuera todo de Dios y sólo de Dios.
¡Infinitas gracias Señor por el gran don de habernos dado a nuestra madre! ¡Gracias Señor por haber hecho a las madres así de grandes y buenas!
José María Montiu de Nuix, Sacerdote
Es evidente que el divino artista se ha mostrado magnífico al modelar el alma de las madres: ¡Un corazón de madre es uno de los tesoros más grandes del mundo! ¡Un corazón de madre es una realidad conmovedora! Hermosa verdad que con el paso de los años va calando más profundamente en el corazón de los hijos, adueñándose de su voluntad y de su afectividad. Verdad y recuerdo que va embebiéndose cada vez de más cariño, reconocimiento y veneración.
El áureo corazón de Dios brilla y fulgura en la Creación. La sabiduría de Dios conduce a la creación hacia su meta, hacia las altas y puras montañas nevadas. Con suave designio, la dulce mano de la divina providencia, lleva a las avecillas a construir sus nidos y a alimentar a sus pequeñuelos. La infinita sabiduría de Dios, sabiduría sobre toda sabiduría, otorga a las madres una maravillosa sabiduría del corazón, gracias a la cual conducen admirablemente a sus hijos por el camino de la sabiduría y del bien. Ciertamente, del designio providencial de Dios han obtenido aquellas iluminadoras palpitaciones de su gran corazón maternal que engrandecen la luz del alma.
¿Qué no es capaz de hacer una madre por sus hijos? ¡Cuánto sacrificio! ¡Cuánto amor! ¡Sólo Dios ve cuánto sacrificio amasado en tanto cariño! ¡Florecillas, preciosas azucenas, pequeñas y lindas margaritas que van brotando del corazón materno!
La gracia divina perfecciona la admirable obra de la Creación. Nuestras madres, con la naturalidad del amor, nos han señalado con su beso a Dios. De ellas hemos aprendido a besar al buen Jesús y a María Santísima. Recuerdo, no sólo el cariño de mi madre, sino también que supo ser desprendida, me entregó a Dios como sacerdote. Sé también que cada vez que en la Santa Misa levanto sobre la tierra al Santísimo Sacramento del Altar, mis brazos sacerdotales están sostenidos por el perfume y el incienso de aquella alma bendita.
Conozco a un sacerdote que atendió espiritualmente a su propia madre en los últimos momentos de la vida de ésta. Y claro está que mientras dicho sacerdote la auxiliaba sacerdotalmente la llenaba de besos y de caricias. La serena muerte de la madre le dejó la gran convicción de que aquella hermosa esmeralda, alegría de la casa, sencilla y digna, había hecho algo estupendo en su vida: ¡Había tenido un corazón muy grande! ¡Había cumplido su gran misión! Aquel sacerdote, en la certeza del ascenso de aquella alma a Dios, tenía tantos motivos para glorificar al Señor del cielo y de la tierra por las delicadezas que Él había tenido para con ella ¡Dios no se deja ganar por nadie en generosidad! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué grande y maravilloso es Dios!
Los años pasaban, cada año enterraba al año anterior. Pero allí, en el jardín del recuerdo de aquel sacerdote, permanecía siempre aquella bellísima resplandeciente rosa blanca, la madre que había sabido amar y qué era tan querida. La misma que había tejido su corazón de hijo para que fuera todo de Dios y sólo de Dios.
¡Infinitas gracias Señor por el gran don de habernos dado a nuestra madre! ¡Gracias Señor por haber hecho a las madres así de grandes y buenas!
José María Montiu de Nuix, Sacerdote
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