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¿Mujeres a por el sacerdocio?
¿Mujeres a por el sacerdocio?
Ante esta cuestión la Iglesia no puede inventarse una respuesta, sino que ha de someterse a lo que ha sido la decisión del Señor.
Por: Josep Maria Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

Publicado el 01 de diciembre de 2009
Es evidente que la historia de la humanidad está repleta de grandes mujeres. También se observa que en determinados momentos, socialmente y en la práctica, han sido desiguales las oportunidades del hombre y de la mujer. A su vez, hoy en día, muchas mujeres han logrado acceder a oportunidades antes difícilmente alcanzables. Con todo, sólo los hombres siguen recibiendo la ordenación sacerdotal. Todo ello ha suscitado la siguiente pregunta: ¿No es injusto que no haya mujeres sacerdotes?
Que no hubiese mujeres sacerdotes sería injusto sólo si ellas tuviesen derecho a ser sacerdotes. Pero ningún hombre tiene derecho a ser ordenado sacerdote, ya que esta vocación ministerial es un don gratuito de Dios, misterio de amor. Dios da esta vocación a quién Él quiere, sin estar jamás obligado a ello. Más aún, afirmar que no ordenar mujeres es injusto conlleva creer que a Dios se le fuerza a otorgar este don, lo cual es rebajarle y ser injusto con Dios. Además, si es injusta la no ordenación de una mujer por ser mujer, también lo sería que algunos varones no pueden ser ordenados sacerdotes. Pero, que uno no tenga vocación sacerdotal no significa que Dios le esté perjudicando. En definitiva, la cuestión de la ordenación de la mujer no puede ubicarse en un campo meramente natural o de dialéctica de reivindicaciones sino que sólo puede plantearse adecuadamente en el ámbito de lo sobrenatural y del amor, el de si Dios en su gratuidad ha determinado o no que haya sacerdocio femenino.
Ante esta cuestión la Iglesia no puede inventarse una respuesta, sino que ha de someterse a lo que ha sido la decisión del Señor. El Catecismo de la Iglesia Católica, clarificadoramente dice: Sólo el varón (´vir´) bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación (CIC can. 1024). El Señor Jesús eligió a hombres (´viri´) para formar el colegio de los doce apóstoles (cf. Mc. 3, 14-19; Lc. 6, 12-16), y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (cf. 1 Tm 3, 1-13; 2 Tm 1, 6; Tt 1, 5-9) que les sucederían en su tarea (S. Clemente Romano, Cor 42, 4; 44, 3). El colegio de los obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Ésta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación (cf. Juan Pablo II, MD 26-27; CDF decl. Inter insigniores: AAS 69 (1977), 98-116). Así pues es una cuestión decidida y los católicos debemos acatar esta enseñanza de la Iglesia.
Pero, entonces, icómo queda la mujer! Lo más perfecto para uno mismo es la vocación que Dios le concede y no otra que en sí misma fuese más perfecta. Además, la más perfecta de todas las vocaciones es el amor. Estamos en la tierra para amar a Dios. Sería absurdo pretender que la atención de la mujer se centrara en las reivindicaciones y no en el mayor de los ideales, amar. Además, a esta magnífica vocación tiene gran acceso la mujer. Más aún, está especialmente dotada de grandes cualidades que la hacen muy sensible a esta hermosísima vocación. La historia de la Iglesia está llena de mujeres místicas, las iglesias cuentan con innumerables mujeres piadosas. No raramente se aprende más qué es el amor de Dios hablando con unas sencillas carmelitas que oyendo un sermón de un gran predicador.
Una mujer no será sacerdote, pero dará al mundo un Sumo Pontífice. La madre de un sacerdote no consagra, pero por ella existen las miles de consagraciones de su hijo sacerdote. Sin la Purísima no habría ni sacerdotes, ni absoluciones, ni consagraciones. Santa Teresa de Lisieux no fue a las misiones, pero los misioneros daban fruto por ella. Muchísimas vírgenes consagradas con su santidad de vida han sostenido los brazos del sacerdote que levanta la Sagrada Forma. Así, la mujer no puede consagrar, pero tiene su parte de amor en estas consagraciones. Además, la más hermosa visión de la vocación femenina es, no lo olvidemos, la del Magisterio de la Iglesia católica.
Casi podría aportarse, en el terreno práctico, una muestra de que la gran mayoría de mujeres entienden esto: son ellas, más que los hombres, quienes llenan los templos.
José María Montiu de Nuix, sacerdote
Doctor en filosofía y licenciado en matemáticas
Por: Josep Maria Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

Publicado el 01 de diciembre de 2009
Es evidente que la historia de la humanidad está repleta de grandes mujeres. También se observa que en determinados momentos, socialmente y en la práctica, han sido desiguales las oportunidades del hombre y de la mujer. A su vez, hoy en día, muchas mujeres han logrado acceder a oportunidades antes difícilmente alcanzables. Con todo, sólo los hombres siguen recibiendo la ordenación sacerdotal. Todo ello ha suscitado la siguiente pregunta: ¿No es injusto que no haya mujeres sacerdotes?
Que no hubiese mujeres sacerdotes sería injusto sólo si ellas tuviesen derecho a ser sacerdotes. Pero ningún hombre tiene derecho a ser ordenado sacerdote, ya que esta vocación ministerial es un don gratuito de Dios, misterio de amor. Dios da esta vocación a quién Él quiere, sin estar jamás obligado a ello. Más aún, afirmar que no ordenar mujeres es injusto conlleva creer que a Dios se le fuerza a otorgar este don, lo cual es rebajarle y ser injusto con Dios. Además, si es injusta la no ordenación de una mujer por ser mujer, también lo sería que algunos varones no pueden ser ordenados sacerdotes. Pero, que uno no tenga vocación sacerdotal no significa que Dios le esté perjudicando. En definitiva, la cuestión de la ordenación de la mujer no puede ubicarse en un campo meramente natural o de dialéctica de reivindicaciones sino que sólo puede plantearse adecuadamente en el ámbito de lo sobrenatural y del amor, el de si Dios en su gratuidad ha determinado o no que haya sacerdocio femenino.
Ante esta cuestión la Iglesia no puede inventarse una respuesta, sino que ha de someterse a lo que ha sido la decisión del Señor. El Catecismo de la Iglesia Católica, clarificadoramente dice: Sólo el varón (´vir´) bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación (CIC can. 1024). El Señor Jesús eligió a hombres (´viri´) para formar el colegio de los doce apóstoles (cf. Mc. 3, 14-19; Lc. 6, 12-16), y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (cf. 1 Tm 3, 1-13; 2 Tm 1, 6; Tt 1, 5-9) que les sucederían en su tarea (S. Clemente Romano, Cor 42, 4; 44, 3). El colegio de los obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Ésta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación (cf. Juan Pablo II, MD 26-27; CDF decl. Inter insigniores: AAS 69 (1977), 98-116). Así pues es una cuestión decidida y los católicos debemos acatar esta enseñanza de la Iglesia.
Pero, entonces, icómo queda la mujer! Lo más perfecto para uno mismo es la vocación que Dios le concede y no otra que en sí misma fuese más perfecta. Además, la más perfecta de todas las vocaciones es el amor. Estamos en la tierra para amar a Dios. Sería absurdo pretender que la atención de la mujer se centrara en las reivindicaciones y no en el mayor de los ideales, amar. Además, a esta magnífica vocación tiene gran acceso la mujer. Más aún, está especialmente dotada de grandes cualidades que la hacen muy sensible a esta hermosísima vocación. La historia de la Iglesia está llena de mujeres místicas, las iglesias cuentan con innumerables mujeres piadosas. No raramente se aprende más qué es el amor de Dios hablando con unas sencillas carmelitas que oyendo un sermón de un gran predicador.
Una mujer no será sacerdote, pero dará al mundo un Sumo Pontífice. La madre de un sacerdote no consagra, pero por ella existen las miles de consagraciones de su hijo sacerdote. Sin la Purísima no habría ni sacerdotes, ni absoluciones, ni consagraciones. Santa Teresa de Lisieux no fue a las misiones, pero los misioneros daban fruto por ella. Muchísimas vírgenes consagradas con su santidad de vida han sostenido los brazos del sacerdote que levanta la Sagrada Forma. Así, la mujer no puede consagrar, pero tiene su parte de amor en estas consagraciones. Además, la más hermosa visión de la vocación femenina es, no lo olvidemos, la del Magisterio de la Iglesia católica.
Casi podría aportarse, en el terreno práctico, una muestra de que la gran mayoría de mujeres entienden esto: son ellas, más que los hombres, quienes llenan los templos.
José María Montiu de Nuix, sacerdote
Doctor en filosofía y licenciado en matemáticas
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