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Una cuestión de ecología
Convendría incluir en las campañas de salvaguarda del hábitat de las especies, también la preservación del hábitat humano


Por: Dra. Cecilia Castañera | Fuente: Mujer Nueva



Una ciencia muy habitual
La ecología es una ciencia que está de moda, sin duda porque el hombre es hoy más sensible al valor de la naturaleza y a la importancia de conservar su equilibrio propio. Esta ciencia, relativamente novedosa, lo es sobre todo porque su estudio se centra en el conocimiento de las relaciones entre los organismos y el medio en el que viven, al que denominan “hábitat”. Y se define el hábitat, como el espacio natural que todo ser vivo necesita para desarrollarse. Conocidos son los desastres ecológicos que se producen cuando ese equilibrio relacional se rompe.

A veces ha faltado la sana ecología
También el ser humano, para desarrollarse, requiere de un medio con el cual relacionarse de una manera interactiva y dinámica. Ignorar ese principio básico puede jugar algunas malas pasadas a la mujer. Seguramente, un poco de sana ecología podría haberle ahorrado a Mrs. Stern, cuando decidió implantar su embrión en el útero de Mrs Whitehead, o a Magali Sevault en el de su hermana gemela Christine... y a tantas otras mujeres, los litigios judiciales en los que se vieron envueltas por la disputa de la pertenencia legal de un bebé que sufrió las consecuencias de una maternidad subrogada.

Un verdadero hábitat
Olvidaron, quizás, que el útero no es simplemente un aparato aislado que “sirve” para desarrollar embriones, sino un auténtico hábitat, y además, el primero en el que todo ser humano pasa sus primeros meses de vida. Es un espacio privilegiado en el que se da un complejísimo, riquísimo y todavía misterioso entramado de relaciones físicas, hormonales, neurológicas y, por tratarse de seres humanos, también psicológicas.

Un efecto multiplicador
Son múltiples e interesantes los estudios que demuestran esa íntima y misteriosa intercomunicación entre ambos seres. Desde los que constatan un cambio fisiológico, por ejemplo, el aumento de la frecuencia cardíaca del bebé en madres fumadoras, o la toxicodependencia en hijos de madres alcohólicas o drogadictas, hasta los que demuestran que también el deseo de fumar o de beber en la madre, produce taquicardias al bebé, como síntoma de ansiedad. En un sentido distinto, otros estudios evidencian cómo el impacto psicológico del fallecimiento del padre es más traumatizante para el bebé si el suceso ocurre en período de gestación que cuando sucede tras el nacimiento. Así pues, se diría que el dolor de la madre, aún sin comunicación verbal, influye más en el niño cuando éste se encuentra en el seno materno.

Han intervenido
Por tanto, lo quieran o no las interesadas en la subrogación materna, parece claro que algún tipo de relación, fuerte y vinculante, se establece entre ambos seres; y de tal naturaleza que hasta los tribunales tienen que intervenir para mediar en el conflicto.

La "frialdad" no sirve
Una mujer que se presta a la subrogación, bien por amistad bien por dinero, debería tener claro que no basta racionalizar el hecho y plantearlo “fríamente” como un negocio o como un favor, porque en estos casos la naturaleza entiende poco de razones, y mucho más de química y emociones, quizá subliminales, pero reales.

Las consecuencias para el "paciente" son imprevisibles pero sin duda reales

¿Y qué decir del bebé? Porque el problema se plantea a menudo como un conflicto de pertenencia entre dos mujeres. Y sin embargo, pocos se preguntan por el sentido de pertenencia del bebé. Pocos consideran que éste inicia su proceso natural de “maternización” con alguien que luego desaparecerá, y que continuará con otra persona hasta ese momento desconocida para él. ¿Qué consecuencias tendrá esto en el desarrollo de su identidad más primigenia, pero sin duda fundamental para funcionar sanamente como persona? Si todos sabemos, volviendo a la ecología, que es catastrófico ese transplante de hábitat en animales o plantas que son sacados de su medio, cómo no va a serlo para los seres humanos. Nadie lo sabe con certeza, y quizá nadie lo sabrá nunca, ni siquiera el propio interesado... quién sabe si vaya a quedar etiquetado, en algún gabinete psicoterapéutico, como un “vago trastorno de personalidad de etiología desconocida” o, “simplemente” (por decirlo de alguna manera) la persona camine por la vida acompañada de un confuso sentimiento de pertenencia compartida, que nunca supo explicar.

Que nos enseñen
En consecuencia, sería muy conveniente pedir la colaboración de los ecologistas del medio ambiente, que tienen todo esto muy claro, para que incluyan en sus campañas de salvaguarda del hábitat de las especies, también la preservación del hábitat humano y evitar así esos “otros desastres” ecológicos.







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