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Reconocer y cumplir la voluntad del Padre
Reconocer y cumplir la voluntad del Padre
Ciclo A. Domingo 9 del año / Mt 7, 21-27 - Por sus frutos los conoceréis, nos enseña Jesús.
Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer
Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer

Mateo 7, 21-27
No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.
Reflexión
1. El Evangelio hoy nos da una lección de prudencia sobrenatural. Para juzgar a un hombre, un movimiento, una doctrina, no debemos dejarnos llevar por las apariencias, por sus declaraciones, por su influencia, sino que debemos atender a sus hechos y obras. Por sus frutos los conoceréis nos enseña Jesús en otra ocasión.
Con este criterio podemos orientarnos frente a todas las teorías, todos los maestros, todas las modas que reclaman nuestra adhesión. Y hoy en día existen tantas opiniones, tantas corrientes distintas que tratan de conquistarnos en el vasto campo de este mundo y hasta en el mismo campo de nuestra Iglesia.
Por eso no nos entregamos demasiado de prisa; nos gusta observar los frutos, observar la eficacia, fijarnos en los hechos y en los resultados.
No basta con decir Señor Señor
2. Pero más provechoso nos resulta todavía, no utilizar este criterio solamente en lo que se refiere a los demás, sino emplearlo también con nosotros mismos:
No son los que me dicen: Señor, Señor, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre.
También nosotros hemos venido hoy a la Iglesia y decimos: ¡Señor, Señor! Pero esto no basta, si no nos lleva a cumplir la voluntad del Padre, si no nos conduce a realizar actos, si no consigue cambiar nuestra vida.
¿Para qué reunirnos aquí todas las semanas para cumplir unos cuantos ritos y oraciones, si al salir no ha cambiado nada en nuestro corazón, en nuestra conducta, en nuestras costumbres? ¿Para qué participar en esta misa dominical, si al salir no nos amamos más que antes, si no vamos a hacer el servicio que antes no hemos hecho, si no restituimos lo que no nos pertenece, si no nos reconciliamos con las personas con quienes no nos entendemos?
Es el peligro de toda religión: realizar gestos y ritos, pero sin cambiar en nada la conducta de cada día. Siempre hay quienes se imaginan que aseguran su salvación yendo a misa los domingos.
Pero no les servirá de nada intentar apoyarse en esto, cuando llegue el día del juicio. Sólo entrarán en el Reino de los Cielos los que cumplen la voluntad del Padre.
3. Lo más esencial y decisivo de nuestra vida cristiana consiste entonces en esto: en cada instante estar dispuesto y obediente a la voluntad de Dios.
Pero muchas veces nos falta la condición fundamental para poder cumplir la voluntad divina: ¿Cómo saber, cómo reconocer el deseo y la voluntad de Dios?
Contrariamente a lo que suponemos, Dios no permanece en silencio, sino nos habla constantemente. Él nos habla desde siempre en su lengua, en la lengua simple de nuestra existencia cotidiana. El lugar habitual de la cita de Dios con nosotros es la vida. Nos habla a través de los acontecimientos de cada día, a través de las exigencias y responsabilidades de nuestra vida profesión, vida familiar, vida pública, a través de las personas que nos rodean. Cada suceso, cada encuentro, cada situación tiene su lugar y su significado en el plan, que tiene el Padre sobre nuestra vida.
Y el cristiano no debe ser el hombre que camina en las nubes, con los ojos vueltos hacia el cielo. Al contrario, es un hombre que mira a la tierra, que contempla su camino en este mundo a la luz de la fe, y que descubre así el deseo del Padre sobre él.
4. Para poder escuchar la voz de Dios, para poder interpretar los signos de su voluntad, es necesario - sobre todo - guardar silencio, apartarse de la inquietud y agitación del día.
Deberíamos buscar, de vez en cuando, tal vez cada noche, un momento de pausa, echar una mirada rápida sobre nuestra jornada, elegir un acontecimiento significativo, y tratar de revelar la voluntad del Padre que se esconde en él:
¿Qué me dice Dios a través de este acontecimiento? ¿Qué espera de mí en esta situación, para con estas personas, en este ambiente? ¿Cómo le voy a responder?
No hemos de tener miedo de caer en una ilusión. El Espíritu Santo nos acompaña y nos guía en nuestro diálogo con Dios. Y si quedamos fieles en esta revisión de vida, Él nos dará la luz para poder ver más claro. Porque Dios se oculta mucho menos de lo que creemos.
Son nuestros ojos los que no están acostumbrados a verlo en la noche de nuestros sentidos.
5. La obediencia a Dios a través de las pequeñas cosas de cada día no nos resulta muy fácil. Pero es el único camino que nos lleva al Padre. Para llegar a la unión con Él, hay que renunciar poco a poco a nuestros propios deseos, nuestros proyectos personales, a fin de adoptar los designios del Padre. Sólo después de morir a nosotros mismos, a nuestra voluntad, empieza a florecer la resurrección. Pero el que acepta arriesgar cada día su vida, puede estar seguro de que ha encontrado el amor, la paz y la alegría en Dios para siempre.
¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Comentarios al autor
No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.
Reflexión
1. El Evangelio hoy nos da una lección de prudencia sobrenatural. Para juzgar a un hombre, un movimiento, una doctrina, no debemos dejarnos llevar por las apariencias, por sus declaraciones, por su influencia, sino que debemos atender a sus hechos y obras. Por sus frutos los conoceréis nos enseña Jesús en otra ocasión.
Con este criterio podemos orientarnos frente a todas las teorías, todos los maestros, todas las modas que reclaman nuestra adhesión. Y hoy en día existen tantas opiniones, tantas corrientes distintas que tratan de conquistarnos en el vasto campo de este mundo y hasta en el mismo campo de nuestra Iglesia.
Por eso no nos entregamos demasiado de prisa; nos gusta observar los frutos, observar la eficacia, fijarnos en los hechos y en los resultados.
No basta con decir Señor Señor
2. Pero más provechoso nos resulta todavía, no utilizar este criterio solamente en lo que se refiere a los demás, sino emplearlo también con nosotros mismos:
No son los que me dicen: Señor, Señor, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre.
También nosotros hemos venido hoy a la Iglesia y decimos: ¡Señor, Señor! Pero esto no basta, si no nos lleva a cumplir la voluntad del Padre, si no nos conduce a realizar actos, si no consigue cambiar nuestra vida.
¿Para qué reunirnos aquí todas las semanas para cumplir unos cuantos ritos y oraciones, si al salir no ha cambiado nada en nuestro corazón, en nuestra conducta, en nuestras costumbres? ¿Para qué participar en esta misa dominical, si al salir no nos amamos más que antes, si no vamos a hacer el servicio que antes no hemos hecho, si no restituimos lo que no nos pertenece, si no nos reconciliamos con las personas con quienes no nos entendemos?
Es el peligro de toda religión: realizar gestos y ritos, pero sin cambiar en nada la conducta de cada día. Siempre hay quienes se imaginan que aseguran su salvación yendo a misa los domingos.
Pero no les servirá de nada intentar apoyarse en esto, cuando llegue el día del juicio. Sólo entrarán en el Reino de los Cielos los que cumplen la voluntad del Padre.
3. Lo más esencial y decisivo de nuestra vida cristiana consiste entonces en esto: en cada instante estar dispuesto y obediente a la voluntad de Dios.
Pero muchas veces nos falta la condición fundamental para poder cumplir la voluntad divina: ¿Cómo saber, cómo reconocer el deseo y la voluntad de Dios?
Contrariamente a lo que suponemos, Dios no permanece en silencio, sino nos habla constantemente. Él nos habla desde siempre en su lengua, en la lengua simple de nuestra existencia cotidiana. El lugar habitual de la cita de Dios con nosotros es la vida. Nos habla a través de los acontecimientos de cada día, a través de las exigencias y responsabilidades de nuestra vida profesión, vida familiar, vida pública, a través de las personas que nos rodean. Cada suceso, cada encuentro, cada situación tiene su lugar y su significado en el plan, que tiene el Padre sobre nuestra vida.
Y el cristiano no debe ser el hombre que camina en las nubes, con los ojos vueltos hacia el cielo. Al contrario, es un hombre que mira a la tierra, que contempla su camino en este mundo a la luz de la fe, y que descubre así el deseo del Padre sobre él.
4. Para poder escuchar la voz de Dios, para poder interpretar los signos de su voluntad, es necesario - sobre todo - guardar silencio, apartarse de la inquietud y agitación del día.
Deberíamos buscar, de vez en cuando, tal vez cada noche, un momento de pausa, echar una mirada rápida sobre nuestra jornada, elegir un acontecimiento significativo, y tratar de revelar la voluntad del Padre que se esconde en él:
¿Qué me dice Dios a través de este acontecimiento? ¿Qué espera de mí en esta situación, para con estas personas, en este ambiente? ¿Cómo le voy a responder?
No hemos de tener miedo de caer en una ilusión. El Espíritu Santo nos acompaña y nos guía en nuestro diálogo con Dios. Y si quedamos fieles en esta revisión de vida, Él nos dará la luz para poder ver más claro. Porque Dios se oculta mucho menos de lo que creemos.
Son nuestros ojos los que no están acostumbrados a verlo en la noche de nuestros sentidos.
5. La obediencia a Dios a través de las pequeñas cosas de cada día no nos resulta muy fácil. Pero es el único camino que nos lleva al Padre. Para llegar a la unión con Él, hay que renunciar poco a poco a nuestros propios deseos, nuestros proyectos personales, a fin de adoptar los designios del Padre. Sólo después de morir a nosotros mismos, a nuestra voluntad, empieza a florecer la resurrección. Pero el que acepta arriesgar cada día su vida, puede estar seguro de que ha encontrado el amor, la paz y la alegría en Dios para siempre.
¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
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