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El Papa ha cumplido su parte

El Papa ha cumplido su parte
Juan Pablo II no usa alguna moda administrativa o algún humanismo «light» para promover el cambio sino que vuelve a lo esencial: el núcleo afectivo de la persona


Por: Rodrigo Guerra López, filósofo | Fuente: El Observador 432



¿Es posible hacer un balance del Pontificado de Juan Pablo II en su 25 aniversario?

No es fácil. Sin embargo, creo que su pontificado ha sido un esfuerzo por volver la mirada hacia lo esencial, es decir, ayudar al mundo y a la Iglesia a reencontrar en la humanidad de Jesús el camino para descubrir aquello que rebasa lo humano: Dios existe y está en medio de nosotros.

Parece que hay una paradoja: la figura del Papa fascina a las multitudes y a los medios de comunicación y al mismo tiempo pareciera que su voz es desoída. ¿A qué se debe esto?
Juan Pablo II es vicario de Cristo y, como tal, no puede hacer más que una propuesta al anunciar que ser cristiano tiene sentido. La libertad es una condición esencial para la recepción de la verdad del Evangelio. Cuando existe libertad existe también el riesgo de no acoger la propuesta. Sin embargo, lo que conviene destacar es que el esfuerzo que realiza Juan Pablo II consiste precisamente en afirmar que Jesús no olvida a nadie aun cuando las personas en ocasiones le demos la espalda. La fascinación que suscita el Papa me parece que no se debe a su personalidad, a su oratoria o al «marketing», sino más bien a que la verdad del Evangelio desafía la conciencia y la conmueve. El que esta verdad sea desoída en ciertos ambientes tengo la impresión que se debe más a la incongruencia de nosotros los cristianos de a pie. Muchas veces no creemos que el amor, la comunión y el perdón son verdadera fuente de renovación personal y social. El Papa sí ha cumplido su parte. Me pregunto si nosotros lo hemos hecho.


¿Qué tipo de renovación personal ha promovido Juan Pablo II durante su pontificado?

Estamos en una época de cambios rápidos y profundos a nivel global. El «renovarse para ponerse al día» es un lugar común. Juan Pablo II, sin embargo, no usa alguna moda administrativa o algún humanismo «light» para promover el cambio. En este tema es fácil ver cómo el Papa vuelve a lo esencial: el núcleo afectivo de la persona, el corazón, sólo puede colmarse en sus expectativas con un encuentro definitivo. La hipótesis cristiana corresponde al anhelo más hondo del corazón. Sin embargo, el corazón, por su propio ímpetu no puede, ¡es incapaz!, de alcanzar lo que más desea. Es momento de descubrir la importancia de la gratuidad, la primacía de la gracia. La persona se renueva con la gracia. Ella es la que hace crecer en virtud y no viceversa, como quieren algunos neopelagianos.


¿Y en el ámbito social, donde, quizá, haya sido menos escuchada su propuesta de volver a lo esencial, de volver a la primacía de la persona?

En el ámbito sociopolítico sucede algo análogo: quienes asumen el poder más pronto que tarde suelen volverse autoreferenciales, es decir, medidas-de-sí-mismos. Escuchar y aprender del otro les resulta difícil debido a que el poder exalta la eficacia y oscurece la capacidad para leer lo cualitativo, lo humano, lo auténticamente «digno». La nueva síntesis de la doctrina social de la Iglesia, articulada por Juan Pablo II, sostiene justo que el Estado y el mercado sólo pueden servir y pervivir si la persona, sus derechos y su cultura se colocan al centro. No basta afirmar con la palabra que la persona es digna. Es necesario entender cómo la doctrina social de la Iglesia puede ser usada como teoría crítica al momento del diseño, por ejemplo, de políticas públicas.


¿Es esta «nueva síntesis de la doctrina social de la Iglesia» parte del legado de Juan Pablo II para la posteridad?

En efecto, el fracaso especulativo y práctico, tanto de los colectivismos como de los neoliberalismos, muestra, de manera elocuente, que no basta la buena intención y una cierta capacidad técnica para la transformación del Estado y de la sociedad. Los más pobres no pueden continuar esperando. Fácilmente la anarquía y el sin-sentido pueden emerger en el escenario público cuando no nos atrevemos a sustituir el Estado-liberal-de-Derecho por un Estado-social-de-Derecho. Juan Pablo II a través de su Magisterio ha hecho un aporte cualitativamente nuevo al interior de la controversia sobre el Estado: el Estado tiene que rearticularse con la cultura para, así, colocar a lo social como eje sustantivo.


¿Dónde se muestra con mayor claridad esta postura del Santo Padre?

En el Capítulo Quinto de la Encíclica «Centesimus annus». Ahí muestra que el Estado y sus hombres deben adquirir capacidad para «leer» lo social en términos culturales. Evidentemente, no nos referimos a la cultura entendida como museos, conciertos y ballet. Nos referimos a la cultura como ethos de un pueblo: valores, símbolos, creencias, historia. Nos referimos a los motivos cualitativos que hacen que una sociedad pueda ser «sujeto» y no «objeto» del poder. El Papa le llama a este desafío: necesidad de crear «subjetividad social».


Finalmente, ¿qué perfil pastoral tendría que asumir el sucesor de Juan Pablo II para conducir a la Iglesia hacia el futuro?

Han comenzado a aparecer programas de radio y televisión en los que se analizan los escenarios de la sucesión pontificia. Llama la atención que tanto críticos como algunos defensores suelen dejar de lado que el propio Juan Pablo II ha afirmado que el Concilio Vaticano II debe ser la agenda de los cristianos en el mundo actual. El Concilio Vaticano II es una fuente de asombro y de sorpresa continua para el que lo toma en sus manos. En América Latina sus enseñanzas se encuentran proyectadas en los documentos del CELAM: Medellín, Puebla, Santo Domingo. No sé qué perfil asumirá el próximo Papa. Sin embargo, me parece muy deseable que quien suceda a Juan Pablo II sea un Papa «conciliar», abierto al diálogo Iglesia-mundo, es decir, a los gozos y esperanzas de los hombres y las mujeres de hoy. Me parece que es también muy deseable que siga viendo a nuestro continente como el «Continente de la Esperanza». El caminar de la Iglesia Latinoamericana es el caminar de una Iglesia pobre pero cierta de que Jesús es el Señor.







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