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La enseñanza de la encíclica Humanae Vitae con respecto a los anticonceptivos
“Es difícil comprender el mensaje de la Iglesia sobre el amor conyugal si no se lo ve con los ojos del corazón, cuando está en juego el amor, la técnica o la razón no bastan para comprender las exigencias del hombre.” Benedicto XVI


Por: Cecilia Esther Rdguez. Galván | Fuente: Humanae Vitae



La enseñanza de la encíclica Humanae Vitae con respecto a los anticonceptivos

 

“Es difícil comprender el mensaje de la Iglesia sobre el amor conyugal si no se lo ve con los ojos del corazón, cuando está en juego el amor, la técnica o la razón no bastan para comprender las exigencias del hombre.” Benedicto XVI


Anteriormente hemos hablado ya en términos generales de la enseñanza de la Encíclica Humanae Vitae sobre la grandeza del amor conyugal, sobre sus fines y sobre la paternidad responsable, toca ahora el momento de hablar, dentro del circulo de estas realidades, del tema de la anticoncepción. Este entre los otros puede ser quizá el tema que suena más raro a los oídos del hombre moderno y postmoderno: la inclusión de la Iglesia en como la persona humana debe llevar el control de la natalidad; aun cuando lo trata directamente en la Paternidad Responsable, el Papa ha tenido a bien mencionar específicamente los actos propios contra la generación de vida que se da en el amor conyugal, en su fin procreativo y unitivo. Por ello es que en su número 12 Humanae Vitae declara: “Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad.” Cuando el acto unitivo de la relación conyugal se limita por el uso ilícito de métodos temporales o definitivos de contracepción (anticonceptivos, DIU, inyecciones, parches, vasectomía, preservativos, píldora de emergencia, ligadura de trompas, coito interrumpido) rompe con su fin, atenta contra el amor esponsal, cambia el sentido de paternidad responsable, y lleva a los cónyuges a la pretensión de decidir los caminos a seguir en cuanto a la procreación, olvidándose de que son llamados a ser “cooperadores” e “interpretes” del amor de Dios (GS 50). Este error se hunde en una profunda incomprensión de lo que es la libertad y la autonomía humana, es decir que el hombre se considera a si mismo como el dueño sin condiciones, de su cuerpo y de la realidad que le rodea, olvidando que toda su persona y actividades están ordenadas al Creador, a su mandato y a sus designios. "La vida humana es sagrada desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios" [Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447; cfr. HV 13].

La Iglesia no pretende que los esposos tengan tantos hijos como la naturaleza les permita en su vida fecunda, esto contraría la Paternidad Responsable, pero si expone que es ilícito hacer uso de cualquier método que rompa la unidad y el sentido procreativo del amor conyugal. La función procreativa en el hombre tiene una dimensión trascendente, es la colaboración del hombre con Dios para la generación de la vida humana, no es una repetición de los padres, la originalidad del hombre radica en que Dios ha dispuesto el alma en el momento mismo de su generación, han contribuido los esposos con Dios, y han procurado la existencia de un nuevo ser humano, único, excepcional e irrepetible.

Lo que se juega en la banalidad de la sexualidad es por tanto enorme, y es terrible que los esposos dispongan medios para vivir el acto conyugal de suyo unitivo y procreativo únicamente por el placer, invirtiendo los fines y las consecuencias y puesto que la Iglesia tiene una dimensión trascendente del hombre, enseña que se viva respecto a esa trascendencia, y que se considere a sí mismo en tal alta estima.

Puesto que una determinada concepción del sexo lleva una determinada concepción del hombre, y entendiendo que el ser humano es cuerpo y espíritu, el uso del mismo con fines que lo banalizan y lo denigran destruyen su propia concepción trascendental, y cuando en el acto conyugal que representa donación y unión se utilizan medios artificios para impedir el donarse se evita la promesa de “ser una sola carne” y comienza el proceso egoísta de la utilización del otro, de la manipulación, un aspecto de una profunda gravedad, pues se le ve al otro como un objeto desechable, olvidándose de que al ser cuerpo y espíritu el daño que se produce al utilizar el sexo por el sexo es terrible. Y la Iglesia ¿qué propone para evitar esto?, pues bien, el Magisterio, a través de la Encíclica Humanae Vitae, nos ayuda a todos los hombres de buena voluntad.

La Iglesia promueve la regulación de los nacimientos a través de los medios naturales, es decir del conocimiento de los tiempos de fecundidad de la mujer, Dios haciendo a la mujer de sí fecunda simplemente un día, y al espermatozoide de 4 a 5 días, ha hecho la mayor parte del ciclo de la mujer infecundo, queriendo con esto establecer que no todo acto conyugal conllevará de si un nuevo ser humano, pero que está abierto a esa visión creacional, y conformando la naturaleza a las expresiones propias del amor conyugal, permitiendo además el espaciamiento de los hijos. Ahora le toca al ser humano que es tan inteligente, identificar esos periodos infecundos naturalmente y hacer uso de ellos para una adecuada paternidad responsable. Esa identificación se puede hacer a través del Método de ovulación Billings, por ejemplo, que además de un 99.9% de efectividad, no daña a la mujer, no separa al hombre y a la mujer utilizándolos como objetos, promueve el control de uno mismo en los periodos fecundos si es que se desea espaciar los nacimientos haciendo un sacrificio compartido y une a los esposos puesto que ambos deben conocerlo y llevarlo. Se trata por tanto de una cooperación trascendente con Dios, y con la utilización de métodos anticonceptivos no se coopera sino que se impide precisamente esa cooperación.

Existen otros métodos naturales que podemos mencionar y que tienen el mismo sentido colaborativo y buscan el seguir los ritmos naturales de la mujer.

Con relación a la anticoncepción la Iglesia católica se está quedando sola, otras confesiones religiosas aceptaron la anticoncepción, han cedido a la presión del mundo en cuanto al aborto, la eutanasia, la fecundación artificial…todas estas hijas de la anticoncepción, y es que han perdido de vista la ley natural inscrita en el hombre, una ley que Dios nos da para nuestro perfeccionamiento.

Cuando la Encíclica Humanae Vitae vio la luz en 1968 las circunstancias respecto a un uso lícito del aspecto procreativo eran mucho mas difíciles, el tiempo y el mundo hablaban sobre la liberación sexual y el uso de la relación sexual de un modo “liberador” como si el acto conyugal dentro del matrimonio fuese en sí malo, la llegada de la píldora anticonceptiva dejó al arbitrio de la mujer el cuándo tener hijos sin tomar en cuenta los ritmos biológicos naturales que Dios inscribió en ella. El resultado ha sido devastador, se ha excluido a Dios de la vida del hombre y esto es un acto real de rebeldía.

Cuando Pablo VI escribió esta encíclica dio una luz de esperanza al hombre que se veía sobrepasado por esta rebeldía, la Iglesia, Madre, ha acudido en ayuda de sus hijos para recordarles que Dios está de su lado y a su lado, es cierto que lo que propone no es fácil en un mundo sexualizado, pero también es cierto que no estamos solos, que Dios nos acompaña, que es Luz que guía, vamos contracorriente, pero si tenemos el coraje de ser cristianos nuestra fe se impone. Él, que se ha hecho hombre, como nosotros, nos ha mostrado el camino a una vida digna, puesto que El es el camino, la verdad y la Vida. Dios no nos ha hecho para sufrir, sino para darnos vida, y vida en abundancia.

 

 



 







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