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¿Cómo leer la Encíclica Humanae Vitae?
«El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma»


Por: Cecilia Esther Rdguez. Galván | Fuente: Humanae Vitae



¿Cómo leer la Encíclica Humanae Vitae?

 

«El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma» (Deus Caritas n. 5)

Empezando por agradecer a Dios el don de una encíclica que, como respuesta a los signos de los tiempos no dejó duda de la importancia de defender a la Persona Humana, al Matrimonio, la Familia y la Vida. También el hecho de que nuestro pontífice haya sido tan claro y positivo en tanto a la exposición de los temas relacionados, específicamente acerca de la relación conyugal. Es un claro sí, no solo a la vida, al amor y a la fe en la Providencia, que en este momento histórico personalmente veo es un tema que prácticamente no se toca y no se conoce su alcance. También contemplo la importancia y la disposición al hacer esta lectura de una verdadera confianza a la eficacia de la Gracia Divina.
Es con este espíritu que el documento del Papa se debe leer, estudiándolo con respeto y humildad, y también con obediencia al Magisterio, pues siempre una encíclica debe contemplarse a la luz de la Fe.
En este caso la Encíclica no contiene un tema meramente científico, sino íntima y directamente relacionada con la fe y la moral.

Habrá que entender que la Iglesia no expone una doctrina por motivos arbitrarios, en realidad contiene la sabiduría de siglos y una especial y única concepción del hombre, pues una determinada concepción del sexo conlleva una determinada concepción del hombre.

Así pues empecemos con el Amor Conyugal.

La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor (HV, 8). Por tanto el Papa habla claramente que es una fuente de Gracia, que el matrimonio no es algo casual sino algo que desborda el aspecto meramente humano, son los esposos, quienes libremente se donan, de una forma personal, exclusiva, relacional y procreativa, pero que dentro de esta donación libre tienden a colaborar con Dios en una donación que supone un orden superior, pues queda evidente que esta unión representa “la unión de Cristo y de la Iglesia” (HV 8).

Sus diversas dimensiones.

El amor conyugal es un amor humano, un amor con espíritu y sentimiento, es una entrega que supone esfuerzo, pero que no está condicionado únicamente al ser físico de la persona, sino con una trascendencia espiritual que lo convoca a donarse de una forma completa, pues el hombre y la mujer contemplan en su ser una dimensión libre que les permite crecer en voluntad de ser mejores para el bien de quien han elegido en libertad, que ese crecimiento va unido a los vaivenes del diario vivir, que acompañados del amor que se procuran alcanzan una dimensión espiritual cada día mas perfecta.

Así el Papa nos habla de un amor total, una entrega total del alma y de los sentimientos más profundos, la vocación al matrimonio es una vocación total, que se muestra en la fidelidad, donde no se comparte, pues lo que se parte se divide y se le resta totalidad, por ello es exclusivo.

Por tanto el amor conyugal debe ser total, esta totalidad es definitiva. No se cuenta con la posibilidad de volver atrás, no se contempla la oportunidad de fallar y entonces creer que es mejor no hacerlo, “quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día. El amor verdadero –a semejanza de Cristo– supone plena donación, no egoísmo; busca siempre el bien del amado, no la propia satisfacción egoísta.” (JPII Córdoba (Argentina)
Miércoles 8 de abril de 1987).

De ahí la importancia y trascendencia de que el amor conyugal es público, pues es tan profundo que debe ser del conocimiento de todos, ya que es tan exclusivo que quienes lo expresan deben cambiar su dimensión social, ya no están disponibles, se entregan una alianza que indica que se pertenecen uno al otro públicamente, es una esfera de vida distinta, de ésta unión surgen derechos y deberes que tutela la Iglesia y el estado desbordando la dimensión privada.

Esta dimensión pública es intrínsecamente unida a la fidelidad que supone el matrimonio, una fidelidad que como expresa el Papa, puede ser difícil, pero que es un tesoro oculto, un tesoro que se multiplica a sí mismo en tanto existan los actos de fidelidad continuos en el transcurso de la vida conyugal, “demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera”. (HV 9)

Dimensión del amor procreativo, fecundo. Pues el amor conyugal no se extingue con los cónyuges, están llamados a transcender en nuevas vidas, no se refiere a una pura división de células, pues en el ser humano ocurre algo distinto de la pura biología, de los padres se reciben los genes, pero el alma la recibimos de Dios, por tanto un hijo no es pura copia de los padres, el hombre contiene una originalidad, jamás habrá otro yo, genéticamente hasta los gemelos son iguales, pero la experiencia del yo único e irrepetible nos marca, la originalidad proviene justamente del alma que nos ha sido dada y esa originalidad contribuye en lo general al ser humano y en lo particular “al bien de los propios padres” [ Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 50.].

Seguiremos con una pausada reflexión de esta maravillosa Encíclica en números posteriores, Humanae Vitae, verdadero auxilio en los tiempos modernos.

 

 









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