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Tema 8: Vida en el desierto

Tema 8: Vida en el desierto
Curso: Tierra Santa, lugar de tres religiones. Semana del 21 de octubre


Por: Jesús de las Heras Muela | Fuente: www.revistaecclesia.info



Esta semana comenzamos a peregrinar con Jesús antes del inicio de su ministerio. Podemos seguir leyendo a san Lucas en el capítulo 3 completo y en el 4, 1-13.

Recorreremos la zona del Jordán y del Mar Muerto. El desierto donde se retiró Jesús, los lugares que se atribuyen al lugar donde bautizaba Juan, donde bautizó a Jesús. Visitaremos los monasterios del Desierto de Judea y bajaremos hasta Jericó.

Entremos en el tema con este texto del P. Jesús de las Heras.

Buen recorrido al lado de Jesús!


 


Tierra Santa es también desierto. Y desierto en el tradicional lenguaje y cultura de la Biblia era y es muerte, destrucción, desolación, maligno. Y, luego, también vida.

El desierto era y es igualmente prueba y ejercicio, austeridad y ascesis. El desierto está asimismo presente en el Evangelio y marca una espiritualidad de encuentro desnudo con Dios, de desconexión con la realidad circundante de cada día y el inicio de un nuevo y mejor servicio. En la terminología ya común de la pastoral y de la vida de la Iglesia, las jornadas o los días de "desierto" son equivalentes a los días de ejercicios espirituales. Eso sí, no desprotegidos en medio del bochorno y la soledad del desierto, sino en sus oasis donde sí ha crecido y florecido la vida.


El desierto del mar Muerto

El desierto de Tierra Santa es, sobre todo, el desierto de Judea, áridos e inhóspitos lares, donde apenas florecía la vida y donde tenían su morada los espíritus del mal. Hoy día, sin embargo, en el desierto de Judea florece también el turismo, se ha creado una ciudad de hoteles y de balnearios y el Kibutz Ein Gevi -antiguo oasis bíblico del encuentro entre Saúl y David- ha hecho posible la naturaleza, la floración, la producción y la vida.

El desierto de Judea apenas se parece a ningún otro desierto. Al menos, no se parecen en absoluto a las imágenes al uso de los desiertos de norte de Africa o de Arabia. El desierto de Judea nos son dunas ordenadas e inmensas de tierra cálida y clara. El desierto de Judea es ocre, pedregoso y asfixiante. Las temperaturas más altas del planeta se registran en este lugar de piedra y de arena oscura.

El desierto de Judea está franqueado por el mar Muerto, que es la máxima depresión de toda la tierra, a casi 400 metros por debajo del nivel del mar, una "hoya a presión" de bochorno, de azufre y de sal. Para describir el mar Muerto, nada mejor que su propio nombre..., aunque de su esa muerte ahora se extraigan vida y belleza. La literatura veterotestamentaria prevenía acerca de los habitantes de tan singular e insólito sitio como este.

El mar Muerto -uno, pues, de los espacios más excepcionales y hasta atractivos de Tierra Santa- se extiende a lo largo de 71 kilómetros de largo y de 16 de ancho, entre territorio de Israel y de Jordania, encajonado entre dos cordilleras montañosas. Al mar Muerto, va a dar sus fertilizadoras aguas el río Jordán, el río patrio y casi único del País de Jesús.


El desierto de Qmram y de Masada

El desierto de Judea fue el destierro del pecado de Sodoma y Gomorra, el desierto de la aventura radical, judía y monástica de los Esenios de Qmram, el desierto numantino del millar de judíos de Masada. Estos cuatro lugares del desierto son bien conocidos por la literatura, la leyenda y el cine.

Especial importancia tiene para lo que en sí es la Tierra Santa la aventura de los esenios en Qmram y, sobre todo, los papiros encontrados en tinajas en sus grutas hace casi 60 años y que tanto han dado y dan que hablar. Los manuscritos de Qmram son una verificación más y contemporánea de la Sagrada Escritura. La arqueología ha contribuido a demostrar después quienes eran estos singulares y atípicos esenios, los habitantes de Qmram. Y la crítica histórica y exegética descarta que tuvieran ninguna relación con Jesús mientras todavía se especula si Juan Bautista los conoció o no.

A Masada, a la fortaleza herodiana del siglo I, en el desierto y con vistas al mar Muerto, llegaron los últimos esenios, una vez que en el año 70 después de Cristo fuera destruido el Templo de Jerusalén y los judíos fueran expulsados de su tierra. Y allí los esenios de Qmram se sumaron a los otros cerca de millar de judíos que prefirieron morir a servir al Imperio Romano. Tras tres años de asedio el ejército romano acabó con ellos y dio alas a la leyenda acerca de su para algunos épica gesta y para otros increíble locura. El historiador Flavio Josefo será el narrador de esta aventura del desierto de Judea, del mar Muerto.


El desierto de Juan y de Jesús

El desierto de Judea fue el desierto Juan el Bautista, el primo de Señor, el precursor del Mesías. Allí vivía austeramente Juan y en las orillas del Jordán administraba un bautismo -de ahí su sobrenombre de el Bautista- de conversión y de penitencia, un bautismo de preparación. En estas aguas de Jordán, quizás no demasiado lejos del desierto de Judea, bautizó también a Jesús, a quien reconoció en la fila de los penitentes.

Al desierto se retiró Jesús durante 40 días y 40 noches y fue tentado tres veces por Satanás. Y en el desierto comenzó Jesús la predicación del Reino, quizás como signo y como parábola de que la fe y la vida cristiana nos lleva del desierto al vergel. Y a él, al desierto se refirió en otras ocasiones como lugar de prueba, de purificación, de esfuerzo, como ámbito para encontrar a Dios al sentirnos desprotegidos y desprovistos de tantas cosas a las que nos ataron en la vida.

El desierto, el desierto de Judea, fue siendo lugar de vida eremítica y monástica, de existencia consagrada a la oración, al trabajo y al contacto austero y desnudo con Dios. Todavía hoy el desierto de Judea florece en vida monacal en monasterios como los de San Sabas y San Jorge en Coziba, que aparecen colgados en medio del desierto como nuevos oasis de vida y de esperanza.


El desierto que manaba leche y miel

Desde una de las cordilleras del desierto de Judea, desde el mítico monte Nebo, en las montañas de Moab, contempló Moisés la tierra prometida y vio que manaba leche y miel. Sus ojos quizás se posaron sobre el vergel -hoy casi prohibido a los peregrinos- de Jericó, la ciudad más antigua del mundo.

El desierto de Judea mana una flor blanca y hermosa en las primeras semanas de la primavera y durante unos días se convierte en vergel y en vida. Una vida que el pueblo de Israel ya se la ha devuelto en infraestructuras viales, industriales y turísticas. Una vida que se la damos, de nuevo, cada vez que los creyentes y particularmente los cristianos descubrimos su significado profundo: el desierto significa austeridad, sacrificio, prueba, vivir en la intemperie de las cosas y del consumo materialista, experimentar la soledad y el silencio y aguardar, de la mano providente del Dios que nos ama, la leche y la miel.

Será la leche y la miel de la fortaleza y del testimonio; la leche y la miel de la vocación al servicio y de la misión evangelizadora; la leche y la miel del saber superar las tentaciones del ser, del tener y del poder; la leche y la miel de encontrar en el desierto, al Señor y pasar con El a la tierra prometida, siempre en primicia, en prenda y en labor de la definitiva tierra prometida de su Reino, donde ya y para la eternidad manarán la leche y la miel de la Bienaventuranza.

 

 


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