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La verdadera Iglesia de Cristo

La verdadera Iglesia de Cristo
En qué consiste la libertad religiosa, sus límites y cómo la Iglesia Católica es la que Cristo fundó en San Pedro.


Por: P. Jorge Loring |



(Conferencia pronunciada en el Cine Avenida de Cuenca en 1967)

Como tema de la conferencia de hoy, se me ha ocurrido que era interesante hablaros sobre la libertad religiosa. Porque esta ley que se acaba de llevar a las Cortes Españolas sobre la libertad civil en materia religiosa, como respuesta a la declaración del Concilio Vaticano II sobre libertad religiosa, hace que el tema sea de enorme actualidad y de enorme trascendencia para nosotros.

El documento sobre la libertad religiosa del Concilio Vaticano II ha tenido una laboriosa gestación. Ha tenido seis redacciones sucesivas, y a él se han dedicado tres debates en el Aula Conciliar en los que han intervenido ciento veinte oradores. Esto da idea de la trascendencia del documento que se estaba elaborando.

Voy a hablaros, primero, en qué consiste la libertad religiosa; después, de los límites de la libertad religiosa, y, finalmente expondré cómo la Iglesia Católica es la que Cristo fundó en San Pedro.

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Primero, qué no es libertad religiosa.

Como la expresión se reduce a dos palabras -libertad religiosa-, fácilmente se entiende mal. De suyo, habría que decir, como dice la ley: «libertad civil en materia religiosa». Pero para abreviar, decimos siempre: «libertad religiosa». Y esto puede entenderse mal. Porque puede parecer que libertad religiosa significa que hay libertad de religiones, libertad para practicar cualquier religión, como si todas las religiones fueran igualmente buenas, como si fuera indiferente ser de una religión u otra. Y no es eso.

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Libertad religiosa -dice el Concilio- no significa que todas las religiones sean igualmente buenas. Libertad religiosa no significa que uno pueda escoger la religión que quiera con la misma indiferencia con que se puede apuntar en un club de fútbol o en otro. Porque los equipos de fútbol son todos moralmente indiferentes. No hay ninguna razón moral para elegir un equipo de fútbol u otro. Moralmente hablando todos los equipos de fútbol son indiferentes. Son iguales. No es lo mismo cuando se trata de religión.

Las religiones no pueden ser todas igualmente buenas, porque son contradictorias entre sí, y dos afirmaciones contradictorias no pueden las dos tener razón al mismo tiempo. Si yo digo que Cervantes nació en España, y otro dice que nació en Inglaterra, no podemos los dos tener razón al mismo tiempo. Si nosotros creemos en el Misterio de la Santísima Trinidad, es decir, que en Dios hay tres Personas distintas, y los Testigos de Jehová lo niegan, no podemos los dos tener razón al mismo tiempo. Si nosotros creemos en la Eucaristía y los luteranos no, no podemos tener razón todos.

Por eso libertad religiosa no significa que dé lo mismo una religión u otra. Dice el Concilio: «el hombre tiene obligación de buscar la verdad, y la verdad total se encuentra en la Iglesia Católica». Luego el mismo Concilio que proclama el derecho del hombre a la libertad religiosa, libertad civil en materia religiosa, el mismo Concilio afirma que el hombre tiene obligación de buscar la verdad, y que la verdad total se encuentra en la Iglesia Católica. No podemos contentarnos con una verdad fragmentada. Las medias verdades son las peores mentiras, porque tienen apariencia de verdad.

En otras religiones hay parte de verdad. Pero no la verdad total. Para que una cosa sea buena, debe serlo totalmente, no basta que sea parcialmente buena. Si te vas a comprar una chaqueta y tiene un agujero en un codo, no la quieres, aunque las solapas estén bien. Si la chaqueta no está totalmente en buenas condiciones, pides otra. Lo bueno, o es totalmente bueno o deja de ser bueno.

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Luego, ¿en qué consiste la libertad religiosa? Dice el Concilio: «es inmunidad de coacción».

El hombre no puede ser coaccionado en materia religiosa. El hombre es libre para practicar la religión que a él, en conciencia, le parezca bien. No se puede forzar a nadie a una práctica religiosa; ni se puede impedir a nadie una práctica religiosa. Cada cual tiene que practicar libremente la religión que quiera. Porque la religión es algo espontáneo, que debe salir libremente de la propia voluntad del hombre. Nunca la práctica de la religión puede ser resultado de una coacción externa.

Por lo tanto libertad religiosa es inmunidad de coacción. Al hombre no se le puede coaccionar a practicar una religión, ni a que deje de practicar la que a él, en conciencia, le parezca que deba practicar.

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En España teníamos libertad religiosa en el sentido de que a nadie se le coaccionaba a hacerse católico. En España el que quería ser católico era católico. Y al que no era católico, no por eso se le metía en la cárcel. El que quería ser protestante, mahometano o budista, no sufría ninguna coacción para que dejara su religión. En este sentido había en España libertad religiosa, porque a nadie se le coaccionaba a ser católico.

También en España había libertad religiosa en el sentido de que cada cual podía practicar privadamente la religión que quisiera. El que era hinduista, podía ser hinduista. El que era musulmán, podía ser musulmán. El que era judío, podía ser judío. El que era protestante, podía ser protestante. Todos los hombres tenían libertad para poder practicar, en privado, la religión que quisieran.

En este sentido en España había libertad religiosa. Pero en España no había libertad religiosa para las manifestaciones públicas de religiones no católicas. En España las únicas manifestaciones religiosas públicas permitidas eran las de la Religión Católica, pues la casi totalidad del pueblo español profesa la Religión Católica. En esto, para las demás religiones, no había libertad.

Pero viene el Concilio y dice: «el hombre es libre para practicar en privado y en público la religión que él, en conciencia, crea que debe practicar».

Entonces hay que cambiar la legislación española. Antes no se permitía la manifestación pública de religiones no católicas, porque la religión católica era la religión del Estado y de la gran mayoría de los españoles. El Estado respondiendo a la voluntad de la gran mayoría de los españoles, impedía las manifestaciones religiosas contrarias a la católica. Pero hoy, como el Concilio dice que el hombre tiene derecho a practicar la religión que él estime conveniente, tanto en privado como en público, el Estado tiene que proteger también a la minoría no católica para que pueda manifestar públicamente la religión que crea conveniente.

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El Concilio admite la confesionalidad del Estado: «El Estado puede proteger una religión concreta por considerarla verdadera, o por tener una vinculación especial con la historia de ese pueblo, o por encontrar en ella especiales valores para el desarrollo social del país, con tal de que respete la libertad de los demás».

El Estado español puede seguir siendo oficialmente católico, puesto que la religión católica es la de la gran mayoría de los españoles. Esto no se opone a la doctrina del Concilio sobre libertad religiosa. Pero aunque el Estado sea católico, este Estado debe proteger también la libertad de la minoría no católica. Esta es la nueva situación en España después de la doctrina del Concilio Vaticano lI.

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Pero, naturalmente, toda libertad de un hombre está limitada siempre por los derechos de los demás. Mi libertad termina donde empieza el derecho ajeno.

El hombre tiene libertad de practicar en privado y en público la religión que él crea, en conciencia, que debe practicar; pero siempre respetando, y sin lesionar, los derechos de los demás. Por eso, Mons. Guerra Campos, Obispo Auxiliar de Madrid, en una entrevista que yo le vi hace unos días por Televisión Española, entre otras cosas muy interesantes, dijo: «El Estado no puede hacer discriminación de personas por razón de su religión.

Pero el Estado tiene que proteger los derechos de los ciudadanos». Por lo tanto, si un profesor de Física, por ejemplo, aprovecha su puesto de docencia para difundir el ateísmo, se le puede privar de la enseñanza de la Física. No porque sea ateo, ni porque sea protestante, sino porque desde la cátedra de Física, está difundiendo el ateísmo, o una religión no católica, lesionando los derechos de los padres de los alumnos que tienen el derecho de que sus hijos se eduquen en su propia religión, que es la católica: la de la mayoría de los españoles.

Por lo tanto, los derechos de los padres a que sus hijos se eduquen en la religión católica es lo que limita la libertad de que cada cual manifieste sus opiniones religiosas en momentos inoportunos.

Porque si este señor, en privado, le habla a un amigo que quiere oírle, es distinto. Pero aprovechar su cátedra, su puesto de enseñanza, para difundir ideas religiosas contrarias a la voluntad de los padres de los alumnos, que tienen, repito, el derecho de educar a sus hijos en católico, no es lícito. Esto limita la libertad religiosa de este profesor que no es católico, y no puede hacer propaganda en su cátedra de ideas religiosas contrarias a la religión católica. Esto es muy importante, porque muchos de vosotros sois padres y hay que tener ideas claras sobre esto.

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Un padre tiene derecho a que su hijo se eduque en su propia religión. Por eso el gobierno español ha dado esta nueva ley de libertad religiosa de modo que los padres no católicos puedan pedir que sus hijos no aprendan religión católica. Tienen derecho a ello. Si aquí viene un mahometano o un protestante, aunque el niño esté en un colegio de jesuitas, si el padre no quiere que su hijo estudie la religión católica, el niño no va a clase de religión católica.

Porque el padre que es adventista, hebreo o mahometano, tiene derecho a que su hijo no estudie la religión católica. Por lo tanto, los padres tienen derecho a que sus hijos se eduquen en la religión que ellos quieran.

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Segundo: los católicos tenemos la obligación de enseñar a nuestros hijos la religión católica. Yo oí decir a un hombre: «Padre, con esto de la libertad religiosa yo voy a dejar que mis hijos escojan la religión que quieran». Pues no señor. Libertad religiosa no significa que tú dejes que tus hijos escojan la religión que quieran. No señor. Tú tienes la obligación de educar a tus hijos en católico. Porque los hijos, mientras son pequeños, tienen que ser educados en todo.

Lo mismo que tú les enseñas a ser limpios, y si no les educas, el niño será sucio, porque eso de lavarse..., no le apetece. El agua está muy fría. Y tú le educas para que estudie.
Tú no dejas al niño que estudie o juegue. No. Porque como tú no le hagas estudiar, el niño se dedica a jugar. Porque él no ve la necesidad de estudiar.

Y le enseñas a comer bien, para que sepa comer con educación. Y le enseñas a hablar bien, para que hable castellano con corrección, y no de cualquier manera; que no diga «rompido», sino «roto», etc., etc. Tú enseñas y obligas al niño a que hable bien, a que estudie, a que coma bien, a que tenga modales educados, a que sea limpio. Después de mayor lo hará libremente. Pero ahora no.

Por eso le enseñas. Porque el niño no está capacitado por sí mismo para elegir lo bueno. El niño por sí mismo elige lo cómodo, lo fácil, lo divertido. Eso es natural. Y tú, para educarle bien, le impones tus criterios de higiene, de educación, de trabajo. Pues lo mismo en religión.

No se trata de meter la religión a martillazos, obligándole a confesar y a comulgar contra su voluntad. Puedes preguntarle si hace mucho que no se confiesa, y recomendarle que no lo deje mucho tiempo. Pero no mandarle a confesar si él no desea hacerlo. Te expones a que haga un sacrilegio. Hay que procurar que lo haga libremente. Se trata de crear en casa un ambiente, un clima de fe, en el que el niño acepte la fe con naturalidad, como se le hace aceptar otras muchísimas cosas.

Pero no se puede abandonar la formación religiosa de los hijos. A tu hijo tienes que educarle en la religión que tú crees verdadera. Tienes obligación de transmitir a tus hijos los bienes que tú tienes. Y la religión es el supremo de los bienes. Mucho más que la cultura. Y mucho más que el apellido, una fortuna o un título nobiliario. La fe es el mayor bien que puedes transmitir a tu hijo. Tú tienes obligación de transmitir a tu hijo esa religión que tú consideras verdadera.

Por eso también tienes obligación de preocuparte y conocer lo que los maestros enseñan a tus hijos en el colegio. Y si los maestros deforman la religión, y ponen en peligro la fe de tus hijos, tienes la obligación de quitarlos de ese colegio. Tienes obligación de que tus hijos reciban una formación católica integral, razonada, firme, sólida, que les sirva de orientación en la vida. No puedes descuidar eso.

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Después, cuando el hijo sea mayor, podrá decidir él. Nosotros, al ser mayores, tenemos que hacer un acto de aceptación de la religión que hemos recibido de nuestros padres. Aceptación que puede hacerse de una manera explícita o implícita. Desde el momento que tú vienes a misa, que te confiesas, que comulgas, que rezas, ya estás haciendo un acto de aceptación de la fe que recibiste de tus padres. Desde el momento que yo practico una religión de una manera libre y voluntaria, estoy haciendo un acto de aceptación implícita.

El hombre libremente debe abrazar la religión que él crea que debe abrazar, cuando es mayor. Ahora bien, esto no significa que al llegar a mayor diga: «Bueno, ahora voy a pensar si me gusta más hacerme protestante o budista».Voy a hablar un poco de esto. Porque tenemos libertad civil para dejar la religión católica; pero no libertad moral.

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Dice el Concilio Vaticano I : «Ningún católico tiene justo motivo para dejar la Iglesia Católica». Por lo tanto podemos decir que es muy difícil que uno deje la Iglesia Católica sin culpa moral. Ni siquiera por haber perdido la fe. Añade el Concilio Vaticano I , y también lo dijo el de Trento, y antes lo dijo San Agustín: «Dios no niega a nadie la gracia de la fe, sin culpa precedente».

Es decir, que nosotros tenemos que tener confianza en que, si ponemos de nuestra parte, nunca nos faltará la fe. Esto es muy importante para nosotros. Y muy consolador. Si nosotros ponemos de nuestra parte, nunca nos faltará la fe. Lo dice San Agustín. Y lo repiten el Concilio de Trento y el Vaticano I: «Dios no abandona jamás a nadie, si no es Él abandonado primero». Es decir, «Dios no niega a nadie la gracia de la fe, sin culpa precedente». Esto es muy importante. Mientras tengamos buena voluntad, y procuremos ser fieles a Dios, no perderemos la gracia de la fe. Porque Dios no nos abandona.

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- Padre, entonces, ¿los católicos que abandonan la Iglesia Católica?

Pues cometen un pecado de apostasía, que es una traición a la verdadera fe de Cristo. Después veremos cómo la única Iglesia fundada por Cristo es la Iglesia Católica. Por eso dice el Concilio Vaticano II: «La Iglesia de Cristo subsiste hoy en la Iglesia Católica». Mirad, vamos a hablar aquí con toda sinceridad. «Nadie tiene que dejar la Iglesia Católica para ser mejor». ¡Nadie!

La Iglesia Católica no es obstáculo para la virtud. Nadie tiene que dejar la Iglesia Católica para ser más casto, ni más humilde, ni más obediente, ni más sacrificado, ni más caritativo, ni para practicar todas las virtudes en el grado más heroico. La prueba son los santos. Los santos han practicado la virtud en el grado más heroico, y no han encontrado obstáculo en la Iglesia Católica. Ahí tenemos a San Juan de Dios, a San Pedro Claver, a San Pedro Nolasco, a San Vicente de Paúl, a San Juan Bosco, etc. etc. Ninguno de estos tuvo que dejar la Iglesia Católica para ser santo. Luego la Iglesia Católica no es obstáculo para la virtud.

En la Iglesia Católica hay un margen ilimitado de perfección.

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Con lo cual yo tampoco quiero decir que todos los no católicos sean malos. Fuera de la Iglesia Católica también hay virtud. Sabemos que hay protestantes de buena fe y muy virtuosos, muy cumplidores, y excelentes personas. Y al mismo tiempo, por desgracia, hay muchos católicos indeseables. Pero claro, tampoco es justo poner en un platillo de la balanza los protestantes ejemplares y en el otro los malos católicos. Porque también hay protestantes que no cumplen.

Si comparamos protestantes ejemplares, comparémoslos con los santos de la Iglesia Católica, que son el mejor exponente de lo que da de sí la Iglesia Católica. Los santos son los que han vivido la plenitud del catolicismo. Pero no comparemos los buenos protestantes con los católicos indeseables. Esa comparación no es justa.

Por lo tanto, repito: hay muchos católicos que no cumplen; pero eso no significa que la Iglesia Católica no sea capaz de virtud. Tú para ver si un árbol es bueno, no miras la fruta podrida que ha caído del árbol; miras los frutos que cuelgan de sus ramas. Luego miremos los santos, que son la fruta sana que cuelga de las ramas del árbol de la Iglesia; y no la fruta podrida que ha caído, que se ha desgajado de la vida de la gracia.

Termino con este punto. El que haya protestantes excelentes personas, no convierte, por su buena voluntad, el error en verdad. La buena fe del equivocado no hace verdad lo que no es verdad. La buena fe del equivocado le justifica a él. Si está de buena fe y es virtuoso, Dios lo salvará porque no es culpable. Pero el error sigue siendo error.

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Y nosotros no podemos aceptar el error. Si alguien nos dice: «dos y dos son cinco», por muy amigo mío que sea, yo no puedo aceptar que dos y dos son cinco. ¡Por que dos y dos son cuatro! El error no se puede aceptar. Por muy amigo mío que sea, yo no le digo:
-Chico, tienes razón; lo que tú quieras.

¡No señor! Por mucho que se empeñe, yo le tengo que decir:
-Chico, perdona, pero te has equivocado: dos y dos son cuatro.

Por lo tanto, nuestra benevolencia hacia nuestros hermanos separados no puede significar que nosotros perdamos nada de la verdad. Porque la verdad es inmutable. Y nosotros no podemos tergiversarla, mutilarla. Por mucho amor que tengamos a nuestros hermanos separados, tenemos que mantener íntegra nuestra verdad. La verdad es intocable. Si se la mutila, deja de ser verdad.

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«El error no tiene derechos», dijo Pío XII en 1953. El error no es objeto de derecho. Propagar el error no es un derecho, es un abuso de derecho. Sin embargo el Concilio cambia el acento, y de una óptica objetiva pasa a una óptica subjetiva y dice: el error no tiene derechos, pero la persona sí. Entonces nosotros respetamos a la persona en su conciencia: no se la puede coaccionar.

El protestante está equivocado, como luego veremos, pero puede ser que esté de buena fe. Y si no está de buena fe, yo puedo suponer que lo está. Mientras no me moleste, yo tengo que respetarle a él: si él me respeta a mí. Yo respeto a la persona. Porque la persona tiene derecho a que se respete su conciencia. Lo dice el Concilio. La dignidad de la persona humana nos hace que respetemos sus ideas religiosas. Esto es muy importante.

Ningún hombre puede ser coaccionado a practicar una religión contra su voluntad, ni se le puede impedir que practique la religión que él desee, en privado y en público, dentro de los límites debidos. Es decir, respetando los derechos de los demás. Por lo tanto, nosotros debemos respetar a los no católicos; pero es necesario que también ellos nos respeten a nosotros.

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¿Por qué digo esto? Voy a poner un ejemplo que es clarísimo. Si un señor viene a quitarte la cartera, tú no puedes recibirle con la sonrisa en los labios. Tú te defiendes como puedas. ¡Porque viene a quitarte la cartera, y la tienes llena de billetes! Pues yo digo: la fe vale más que el dinero. Y si un señor viene a quitarte la fe, tú tienes que defenderte. Y si no te defiendes, no estás cumpliendo con tu obligación.

Lo mismo que tú defiendes la cartera, si la tienes llena de billetes. Pues la fe vale más que el dinero. Por eso nosotros respetamos a nuestros hermanos separados mientras ellos estén en su sitio y no vengan a quitarnos la fe. Pero cuando uno de ellos, de buena o mala fe (porque de todo esto voy a hablar después) viene a quitarme mi fe, yo tengo que defenderla con más calor y más entusiasmo que si me quisiera quitar la cartera.

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Digo esto porque los no católicos tienen derecho a predicar su religión a quienes quieran oírles, pero no tienen derecho a meterse por las casas obligando a que les escuchen católicos que no desean escucharles, y a quienes ellos fuerzan abusando de la cortedad o indecisión de estos católicos. A esto no tienen derecho. Y esto es lo que están haciendo los Testigos de Jehová con su ofensiva insistente por los hogares católicos de España.

Por cierto que me parece muy importante hacer una distinción entre las Iglesias protestantes serias, de abolengo histórico, y los Testigos de Jehová, que son de ayer, pues fueron fundados a finales del siglo pasado, y que por las falsedades de su doctrina los mismos protestantes los excluyen de sus asambleas internacionales.

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Es lógico que el católico no quiera hablar de religión con ellos. El católico debe exponer sus dificultades sobre religión a un sacerdote que sea de su confianza. Pero quien no tiene una auténtica formación religiosa está incapacitado para iluminar sobre problemas de fe. Si a ti te duele el vientre vas al médico, y no te fías de lo que te diga un aficionado a la Medicina, que puede confundir un cólico nefrítico con un ataque de apéndice.

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No creamos que todos los no católicos tienen sinceridad y están de buena voluntad. Ésta es la verdad. Por que los hay con muy mala idea que atacan a la gente que sabe poco, para enredarlas y quitarles la fe ¡Ésta es la realidad! Ojalá todos los católicos estuviéramos tan bien formados en religión que pudiéramos defender siempre nuestra fe ¡Ojalá!

Los Obispos en la última pastoral colectiva insistían en esto: los católicos tenemos que estudiar nuestra religión. Tenemos que saber por qué somos católicos, para saber defenderla. Ojalá sepamos todos defender nuestra religión. Para eso he escrito yo mi libro «PARA SALVARTE».

Pero mirad, muchas veces no tiene nada de particular que uno te suelte una objeción, una pega, que tú no sepas responder. Ojalá tengas tanta formación que sepas responder a todo. Pero si no sabes responder, no te preocupes: con tal que tú sepas que eso tiene respuesta. Si tú no has estudiado y no sabes responder, pregunta. Estudia libros -que los hay- de formación religiosa, para saber responder. Lo que tú no puedes hacer es quedarte con la duda. «¿Estaré yo engañado?». No. Estás en la verdad, por la misericordia de Dios. Y todas las pegas que te pongan contra la religión católica tienen solución. Aunque tú no la sepas. Esto te tiene que dar tranquilidad. Estudia. Pregunta. Consulta. Toda pega que te pongan en la seguridad que tiene explicación.

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Los protestantes se llaman cristianos y hacen bien en llamarse así, porque son seguidores de Cristo. Pero, ¡atención! Se llaman cristianos porque siguen a Cristo; pero las Iglesias protestantes no han sido fundadas por Cristo. Una cosa es que sigan a Cristo, y otra es que hayan sido fundadas por Cristo.

Cristo no pudo fundar las Iglesias protestantes que hay hoy en el mundo, porque todas ellas nacieron 1500 años después de la muerte de Cristo. Herejías ha habido siempre. Desde los primeros años del cristianismo ha habido herejías. Montones de herejías: maniqueos, montanistas, priscilianos, docetas, donatistas, valdenses, novacianos, nestorianos, cátaros, etc. etc.

Pero las herejías de los primeros siglos de la Iglesia, no conectan con las actuales Iglesias protestantes. Son independientes unas de otras. No tienen unidad en su doctrina, ni unidad de gobierno. No forman una misma comunidad en el tiempo. No tienen nada que ver unas con otras. Son independientes. Se fueron separando unas de otras con el paso del tiempo. Los metodistas vienen de los anglicanos, y los bautistas de los calvinistas.

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El primer protestante fue Lutero. Antes de Lutero no había protestantes. Prescindo ahora de las razones que movieron a Lutero a separarse, y de los defectos de la Iglesia Católica de aquel tiempo, que los tenía; como tiene defectos la Iglesia de hoy, y los tendrá la Iglesia de mañana. Pues la Iglesia está formada por hombres que somos pecadores, somos limitados, y a veces nos equivocamos. Lo que la Iglesia tiene de divino, es perfecto. Pero lo que hay de humano en la Iglesia, es defectuoso.

Pero aunque Lutero tuviera algo de razón en alguna de las cosas por las que censuraba a la Iglesia de su tiempo, sin embargo, hay que tener en cuenta que los Santos reformadores no rompieron con la Iglesia para reformarla. La reformaron con su santidad y su virtud. No rompiendo con ella. Lutero hizo mal en romper con la Iglesia Católica.

Cuando un hijo ve un defecto en su madre, procura corregirla con cariño; pero no se va de casa dando un portazo. El rompimiento de Lutero dio origen, al ir subdividiéndose, a todas las Iglesias protestantes que hay hoy en el mundo: son más de cuatrocientas. Todas las ramas que se han separado de la Iglesia, terminarán secándose. Lo mismo que se seca toda rama que se separa del tronco del árbol. Cristo prometió su asistencia hasta el fin de los tiempos a la Iglesia que Él fundó en Pedro. No a las que se separen.

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Por lo tanto debemos saber que las Iglesias protestantes más antiguas empezaron a partir del año 1500, y no entroncan con Cristo como los católicos. Si los protestantes quieren entroncar con Cristo, no tienen más remedio que hacerlo por medio del tronco de la Iglesia Católica del que se separaron.

¿Por qué sabemos que la Iglesia Católica fue fundada por Cristo? Porque en la Iglesia Católica, tenemos una serie no interrumpida de más de doscientos sesenta Papas, legítimos sucesores de San Pedro. De San Pedro a Pablo VI, por la Historia, seguimos una cadena por la cual hemos recibido la transmisión legítima del poder que Cristo dio a San Pedro. Cristo fundó una sola Iglesia. Dice Cristo en el Evangelio:

-Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
No dice «mis» Iglesias. No. Singular. Una. Luego, ¿cuál es la Iglesia de Cristo? Una. No muchas. Las Iglesias protestantes son más de cuatrocientas. Cristo no fundó cuatrocientas Iglesias. No. Una. Entre estas cuatrocientas hay que buscar cuál es la que fundó Cristo.

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Cristo al fundar su Iglesia dijo: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Su Iglesia la funda sobre Pedro. Cristo hace un juego de palabras con «Pedro» y «piedra». En arameo, que es la lengua que Cristo hablaba, se dice con la misma palabra. Exactamente la misma: “kefá”. Y Cristo hace un juego de palabras cuando habla a Pedro y le dice: «Tú eres “kefᔠy sobre esta “kefᔠedificaré mi Iglesia». Cristo hace a Pedro piedra fundamental de su Iglesia. A Pedro lo hace fundamento. ¡Esto es muy importante!

Lo hace fundamento porque va a edificar su Iglesia sobre un fundamento. Las casas no se edifican sobre arena. Se edifican sobre roca. Luego la Iglesia de Cristo, si queremos que no se la lleve el viento, que no se derrumbe, hay que edificarla sobre roca, sobre fundamento. ¿Y cuál es el fundamento que Cristo pone a su Iglesia?: Pedro. Pedro es el fundamento. Y vamos a ver qué es Pedro, para que sea fundamento.

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¿Qué hace con Pedro? A Pedro le hace autoridad universal, suprema y única. Este es el fundamento. A Pedro le dice: «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas». Le da autoridad, le da las llaves. Darle las llaves es símbolo de poder, símbolo de autoridad.

Antiguamente, las ciudades tenían murallas. Antiguamente todas las ciudades se amurallaban y tenían su puerta. Y la puerta tenía su llave. Y la llave la tenía la autoridad. Y entonces el símbolo de la autoridad y del poder eran las llaves.

¿Recordáis el cuadro de Velázquez «La rendición de Breda»? El Príncipe de Nassau entregaba las llaves de Breda al Marqués de Spínola. Lo mismo en el cuadro de Pradilla, de la rendición de Granada: los Reyes Católicos reciben las llaves de Granada del rey Boabdil. Lo que se entregan son las llaves como símbolo de rendición. Transmisión de autoridad. Transmisión de poder.

Luego cuando Cristo le dice a Pedro que le da las llaves, es que le da autoridad. Le dice: «Lo que tú ates y lo que tú desates, yo lo ato y desato arriba». Cristo-Dios ata y desata en el cielo lo que Pedro ata y desata aquí.

Esto es tener autoridad. Es decir: Cristo hace a Pedro autoridad suprema, universal y única. Y de esta autoridad suprema, universal y única hace el fundamento de su Iglesia. El fundamento no puede faltar. Es decir, que la Iglesia de Cristo tiene que tener un pontificado, tiene que tener un papado. Tiene que tener una persona que sea la cabeza visible de la Iglesia, representante de Cristo, que asuma esta autoridad suprema, universal y única. Allí donde hay un pontificado, allí está la Iglesia de Cristo. Porque Cristo edifica su Iglesia sobre una autoridad universal, suprema y única.

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Toda sociedad que no quiera perecer, toda sociedad que quiera permanecer, que no se quiera disgregar, necesita una autoridad que dé unión, que dé cohesión, que dé disciplina, que organice. Esto es elemental. Por lo tanto Cristo a su Iglesia le otorgó una autoridad, para que no se desmoronara, para que no desapareciera con el tiempo, puesto que iba a durar hasta el final del mundo: «Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos», dice Cristo. Cristo establece una autoridad y la hace depositaria de su doctrina.

Porque para eso funda Cristo la Iglesia: la hace depositaria de su doctrina y de los medios de santificación que van a ayudar a todos los hombres, a toda la humanidad de todos los tiempos, a salvarse. Por eso Cristo a esta sociedad le tiene que dar autoridad. Una autoridad fuerte. Una autoridad digna de respeto. Una autoridad infalible. No quiero tocar estos puntos porque sería interminable, pero una de las cosas que necesita la autoridad de la Iglesia es infalibilidad. Porque si no fuera infalible, si se equivocara, entonces podría llevar la humanidad a la perdición. Y si Cristo funda la Iglesia para llevar la humanidad a la salvación, tiene que asistirla. Ya lo dice: «Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos», para que vosotros ayudéis a vuestros hermanos, a lograr la salvación eterna.

***

Bien. Luego, en resumidas cuentas, lo que quiero decir es que Cristo funda su Iglesia sobre un fundamento que es el Papado. El fundamento no puede faltar. Luego donde esté la Iglesia de Cristo tiene que haber Papa. Y donde no haya Papa no puede estar la Iglesia de Cristo. Al hacer Cristo la autoridad de Pedro piedra fundamental de su Iglesia, esta autoridad no puede faltar. Debe perpetuarse a lo largo de los siglos. Los poderes de Pedro a su muerte necesitan un sucesor para que este fundamento permanezca a lo largo de la historia. De hecho, en la historia de la Iglesia, siempre se ha acudido al Obispo de Roma, como autoridad suprema, en todos los litigios de orden doctrinal.

Donde esté el Papado está la Iglesia de Cristo, y el Papado está donde haya autoridad universal, suprema y única. Esa autoridad sólo se da en la Iglesia Católica. Las demás no pueden tenerla. ¿Por qué? Porque la Iglesia de Cristo, es lógico, tiene que entroncar con Cristo. Hace falta una conexión hasta San Pedro. Si no, no es de Cristo. La única Iglesia que entronca con San Pedro es la Católica. Hasta Pablo VI tenemos los católicos una serie de más de doscientos sesenta Papas, legítimos sucesores de San Pedro. Ninguna de las demás Iglesias protestantes, entronca con San Pedro, porque todas ellas nacieron 1500 años después. Esto es historia.

Son ramas desgajadas del tronco de la Iglesia. Antes o después se secarán. Como se han secado todas las anteriores herejías que se han separado de la Iglesia Católica, que es la única a quien Cristo ha prometido que durará hasta el fin del mundo.

Las Iglesias cristianas de Oriente, no católicas, son cristianas porque siguen a Cristo. Pero en su línea llegan sólo hasta Focio y Cerulario, alrededor del año 1000, que es cuando se separaron de la Iglesia Católica. Pero antes del siglo nono, en los siglos III, IV, V, etc., esas iglesias obedecían a Roma. Luego, una vez que se separan de Roma, ya no conectan con Cristo.

Es cierto, como dice el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre ecumenismo, que esta separación se produjo no sin responsabilidad de ambas partes. Y los que hoy pertenecen a esas comunidades no pueden ser responsables del pecado de secesión. La Iglesia Católica los abraza con fraterno respeto. Y, a los que recibieron el bautismo debidamente, los considera incorporados a Cristo, y, por tanto, reciben el nombre de cristianos con todo derecho.

***

Hoy vivimos tiempos de ecumenismo. Lo quiere la Iglesia. Tiempos en que todos aspiramos a la unión. Todos queremos formar un sólo rebaño bajo un solo pastor, como quería Cristo. Por eso tenemos los brazos abiertos para todos los que quieran la unidad de los cristianos. Llegará el día en que se dé esta unión, porque hay excelente buena voluntad. Por lo menos en algunos sectores. Sobre todo en las Iglesias Orientales y en la Iglesia Anglicana.

Los Orientales tienen la misma doctrina que nosotros. Hasta los mismos sacramentos que nosotros. Los Orientales mantienen el sacerdocio, mantienen la Eucaristía, mantienen la Virgen: lo mantienen todo. Lo único que los separa es que no obedecen al Papa. ¡Nada más!

Las Iglesias protestantes tienen muchas más diferencias. La que más se parece a la católica es la anglicana. Con ella es con la que ha habido más contactos, y con la que va a ser más fácil unirse; porque mantenemos un contenido doctrinal muy parecido. Seguramente será la primera que se una. Quiera Dios que sea pronto. Quiera Dios que pronto vivamos reunidos en un sólo rebaño, y bajo un solo pastor, todos los que creemos en Jesucristo.

N.B.: Esta conferencia está disponible en DISCO COMPACTO (CD) y en vídeo. Todos los sistemas.
Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España)
Correo electrónico (e-mail): spiritusmedia@telefonica.net







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