Menu



c. Dar y recibir

c. Dar y recibir
Romano Guardini, un extraordinario guía de la juventud (II. La hondura y jugosidad de las Cartas: Dar y recibir)


Por: Alfonso López Quintás. Universidad Complutense. Madrid |



Dar y recibir

El movimiento recíproco de dar y recibir constituye una trama de interrelaciones que es básica en toda vida de comunidad. Parece algo natural y obvio, y lo es si no se entienden estos adjetivos como equivalentes a superficial y banal. "Lo obvio y natural es lo más grande y también lo más difícil en la vida" (37) . Guardini no se desliza nunca por encima de los términos; ahonda en su sentido para revitalizarlos y poner al descubierto su interna riqueza. Para ello describe las diversas formas que hay de dar, y los modos diversos de hacerlo, y la relación del dar y el recibir. Paso a paso nos va abriendo un espléndido horizonte de posibilidades de desarrollo personal.

Podemos dar cosas, libros, cuadros, un buen consejo, una palabra amable, una alegría, un gusto... En un nivel más elevado, podemos ofrecer a los demás nuestra oración. En la Sagrada Comunión ganamos una forma suprema de unidad con Dios y con las demás personas. Luego llevamos la gracia de Cristo a nuestro hogar a través de nuestra palabra y toda nuestra vida. Sin duda, Guardini recordaba al describir esta donación de la gracia, la costumbre que tenía su madre de besar a sus hijos cuando regresaba de recibir la comunión en la iglesia (38) .

También podemos hacer a los demás la ofrenda de nuestro dolor, asumido con la humildad de quien acepta su propia pobreza. "El verdadero dar sólo lo aprende quien ha experimentado la propia pobreza" (39) .

Todo acto de donación cobra valor cuando implica el darse, y esto exige abrir el corazón y amar. "La medida de una alma es la grandeza de su amor" (S. Bernardo). Cuanto más amor tiene, tanto más grande es.

Pero, ¿cómo hay que dar? Dando y dándose al mismo tiempo con voluntad sincera, sencilla y pronta, de fundar una relación de comunidad. Hay una "belleza regia" en esta forma de dar. Ya lo dice la Escritura: "Dios ama al que da con gusto". El que da haciendo sentir la distancia en que se halla respecto al receptor del don no eleva a éste; lo rebaja y humilla; no da con alegría sino con la tristeza propia de todo acto de engreimiento; no suscita, por tanto, agrado y gozo, sino amargura y resentimiento. Con ello, su acto de donación pierde todo su valor.

Para dar bien, hay que dar plenamente, sin arrepentirse luego de ello, sin hacerlo sentir al beneficiado, sin exigir de algún modo la "devolución" del favor. Sería una forma indirecta de "recuperar" lo dado.

Esta forma desprendida de dar sólo es posible cuando va inspirada por el amor, el amor que es participación del ser del Padre de todos los dones y que nos impulsa a vivir trinitariamente, fundando verdadera vida de comunidad. "... La comunidad es tanto más profunda y auténtica cuanto más pura es nuestra voluntad y más alegre nuestro dar" (40) .

Esta actitud amorosa supone una gran libertad interior, que nos libera de la sumisión a lo que poseemos -sea material o espiritual- porque nos lleva a orientar nuestra vida hacia el ideal de la unidad y solidaridad, no hacia el de la posesión y el dominio. Estamos llamados a tener soberanía sobre aquello que somos y tenemos, no a dejarnos someter por ello. Esa soberanía y despego son propios de los "pobres en el espíritu", que dan con alegría porque saben que el sentido y valor de su vida no pende en definitiva del poseer sino del compartir. Por eso "el que da algo con amor no lo pierde", lo gana en más libertad y más amor. "Todo dar nos ayuda a ser libres, y, cuanto más libres somos, más auténtico llega a ser el dar" (41) . Si el auténtico dar funda comunidad, nadie pierde lo que da, porque lo conserva en ese espacio de intercambio que es la vida comunitaria.

Comprender esto y sentirlo requiere moverse en diversos niveles de realidad. Si se trata de un don material, lo pierdes al darlo, pero conservas el efecto espiritual que produce ese gesto amistoso en el plano de la fundación de vínculos personales. Dice bien Guardini que "el amor no sólo conserva, sino que transfigura", es decir: conserva lo dado en cuanto lo hace fecundo en un nivel de vida superior. Para un creyente, todo don auténtico pasa del plano terreno al celeste y adquiere un brillo insospechado. En ese plano de realidad altísimo, el dador y el receptor "están unidos en una forma de comunidad indecible". "En esto consiste el alma más profunda del dar" (42) .

El que se hace cargo de tal elevación a un modo de comunidad valiosísimo, considera como algo natural y obvio el dar de buen grado, pues dar y recibir es "el expirar y el inspirar de la comunidad viviente" (43) , algo natural en un organismo. Esa naturalidad hace fácil el recibir un don y sentir satisfacción en vez de amargura al ver que hay personas que imitan la largueza del creador que nos da todos los dones con la espontaneidad de lo que es "natural". Algo perfectamente natural es la condición comunitaria de las personas. Quien la asume interiormente supera la voluntad orgullosa de independencia, que le lleva a no querer sentirse obligado a nadie. Y acepta el ser receptor de un don porque "dar y recibir es un puente de hombre a hombre". "Pero este puente descansa en dos pilares, y uno se llama justamente recibir" (44) . Por eso "el auténtico recibir participa en la edificación de la comunidad de los Hijos de Dios lo mismo que el auténtico dar" (45) .

Una forma especialmente valiosa de participar en esta comunidad de dar y recibir es la hospitalidad. Al que viene de "fuera" se le asume "dentro" y se le ofrece un "hogar". Esa recepción debe hacerse con espíritu hogareño, de modo que el huésped se sienta "en casa" (46) .

Para fomentar los valores que implica el saber dar y saber recibir, el Movimiento de Juventud cultivó con esmero las marchas a través del campo. Estas suelen provocar estados de necesidad, incluso a veces de desvalimiento, que hacen sentir la urgencia de la ayuda. Todos somos y debemos sentirnos "caminantes", "peregrinos", que necesitamos con frecuencia lugares de acogida, física o espiritual.

Hay tantas formas de acogida cuantas hay de estar sin hogar. Nuestro primer cuidado ha de ser construir un hogar espiritual, además de una vivienda. El que es verdaderamente bondadoso y desprendido, libre internamente, tiene tacto para acoger con la palabra y con el silencio. "... Hay en ti un silencio que se oye con el alma" (Franz Brentano). El que sólo piensa en sí no tiene sitio en su ánimo para el huésped, y éste acaba sintiéndose "fuera", y por tanto molesto.

También es un arte por parte del huésped saber valorar lo que recibe, el ambiente que se le ofrece, las posibilidades que se ponen a su servicio. Si lo ejercita, el anfitrión se alegrará de que vuelva a visitarlo.

Guardini subraya que ha tratado en este capítulo de "cosas grandes", y anima al lector a pensar por la noche este "pensamiento activo": "Una de nuestras virtudes más relevantes es el dar, el recibir, la hospitalidad. Es bella de veras. Mañana la ejercitaré con alegría, con apertura de corazón..." (47) Una vez y otra vincula Guardini la "teoría" y la "práctica" para suscitar en el joven sentimientos de admiración ante la grandeza del fenómeno analizado, no sólo su comprensión fría e incomprometida.



Las consideraciones realizadas en esta exposición no quieren ser sino un ejemplo de la riqueza de ideas profundas y sentimientos nobles que albergan estas cartas de autoformación. Fueron “escritas con toda el alma” -según testimonio del autor- y, por eso, conservan la jugosidad propia de lo que es originario y auténtico.




ROMANO GUARDINI, UN EXTRAORDINARIO GUÍA DE LA JUVENTUD

I. La dedicación al Movimiento de la Juventud

II. La hondura y jugosidad de las Cartas
a. La alegría del corazón
b. La veracidad de la palabra
c. Dar y recibir



Comentarios al autor






(37) "Recuerdo especialmente las mañanas en que, después de haber comulgado, práctica poco frecuente entonces, venía a nuestra cama y nos besaba; yo sentía esto como algo misteriosamente sagrado" (Apuntes para una autobiografía, p. 80).
(38) Briefe, p. 29; Cartas p. 34.
(39) Briefe, p. 32; Cartas, p. 37.
(40) Briefe, p. 32; Cartas, p. 38.
(41) Briefe, p. 33; Cartas, p. 38.
(42) Ibid.
(43) Briefe, págs. 35-36; Cartas, p. 41.
(44) Briefe, p. 36; Cartas, p. 41.
(45) Cuando el recibir a un huésped tiene verdadero carácter creativo, porque se funda con él un vínculo de convivencia sincera, los términos "dentro" y "fuera" dejan de oponerse para entrar a constituir, desde posiciones "contrastadas", un "espacio de encuentro". Este tiene un modo de ser distinto del campo de convivencia que es el hogar para los miembros de la familia, que se hallan, de por sí, "dentro" del hogar. Al alojar a alguien que viene de fuera, se instaura un campo de juego que exige una energía creadora especial, y por eso ostenta un valor singular. Al marcharse el huésped, los miembros de la familia se sienten más cómodos, porque se relaja la tensión creadora, pero notan que les falta un elemento enriquecedor de la vida.
(46) Briefe, p. 43; Cartas, p. 48.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Antiguo Testamento 25% de descuento
Nuevo Testamento 25% de descuento