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Cristianismo y medios de comunicación: entre los prejuicios y las buenas intenciones
¿De qué manera impactaron la tecnología y modos de pensar como el materialismo, el permisivismo y el consumismo a los medios de comunicación? Arturo Merayo nos habla de la posmodernidad y el laicismo en los medios.


Por: Arturo Merayo* | Fuente: Diálogos Almudí, Biblioteca Almundi



* Arturo Merayo, Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad Católica de Murcia.
Diálogos de Almudí, 2005


Sumario
La posmodernidad y el cambio de era.- Materialismo, permisivismo y consumismo.- Frustración personal, individualismo salvaje y nihilismo filosófico.- Estrategias de sustitución para sobrevivir al nihilismo.- El laicismo en los medios.- Las soluciones.


La postmodernidad y el cambio de era
Nos encontramos, aunque no seamos muy conscientes, ante un cambio de era, en una verdadera revolución de consecuencias insospechadas. Marcada por la telemática, la robótica y las autopistas de la comunicación, la era de la cibercultura es tan radical como lo fuera aquella del Neolítico, y las otras más recientes, la del siglo XVIII –revolución del carbón y del acero– y la del XIX, la de la energía eléctrica. Vivimos ante un convulso cambio de esquemas, todavía no sabemos si de consecuencias favorables o perjudiciales. Cambiarán –están cambiando desde hace 25 años– las relaciones sociales, los modelos de producción, la distribución económica, el concepto del trabajo y del ocio, las costumbres, las actitudes, los valores, las creencias... Por eso es más que una crisis: estamos ante un cambio de era.

Las modificaciones afectan a dos ámbitos fundamentales y sólidamente interrelacionados: por un lado, el proceso tecnológico; por otro, un nuevo modo de pensar y de enfrentarse a la vida que se ha dado en llamar, resumiendo en una palabra muchos conceptos, la postmodernidad.

La revolución tecnológica, al introducir nuevos elementos en el sistema comunicativo, está cambiando el número y la naturaleza de los soportes técnicos y, por consiguiente, los hábitos de consumo y el modo de vida de los ciudadanos. Los medios de información se han convertido en medios para el ocio, y la influencia de la televisión, el cine o los videojuegos es indudablemente más persistente –quizá incluso más eficaz– que los tradicionales agentes de formación: la familia, la escuela y la Iglesia. Por eso nos parece que el mundo –y quizá nosotros mismos– estamos patas arriba. Aunque intuimos que mañana habrá nuevas sorpresas, no sabemos cuáles serán, y el ritmo de los cambios no sólo produce vértigo sino que nos conduce hacia un punto desconocido. Corremos muy deprisa pero no sabemos hacia dónde.


Materialismo, permisivismo y consumismo
Por lo que se refiere a la postmodernidad, aunque sea un concepto no sólo amplio sino muy difuso, sí sabemos cómo se caracteriza. Las sociedades occidentales pivotan en la actualidad y sin excepciones sobre tres principios: materialismo, permisivismo y consumismo.

El materialismo se manifiesta en la negación –quizá no explícita, pero sí de facto– de la espiritualidad y la trascendencia. No hay Dios, y si lo hubiera no hay modo de conocerlo. La principal consecuencia de este materialismo –envuelto, eso sí, en el atractivo celofán de la tolerancia– es que, como apuntara Dovstoievski, si Dios no existe resulta que, al fin y al cabo, todo puede estar permitido. Y cuando digo todo, es todo: incluso matar a una vieja a hachazos. Crimen y castigo es muy revelador en este sentido. No hay modo de sustentar norma moral alguna si Dios no existe, porque las relaciones humanas acaban desembocando, en última instancia, simplemente en la ley del más fuerte: homo homini lupus. Los regímenes totalitarios saben mucho de este materialismo: unas veces lo proclaman sin ambages y otras se empeñan en adornarlo con agua bendita.

Por su parte, el permisivismo es la consecuencia lógica de un liberalismo exacerbado: no hay fines, sólo importan los medios. Gato negro o gato blanco ¿Qué más da? Lo importante es que cace ratones, dijo un presidente de Gobierno español. El hombre debe hacer actos libres, sólo así se realiza; cuantos más mejor, da igual que sean contradictorios entre sí. Lógico resulta entonces que la responsabilidad se acabe percibiendo como un obstáculo que entorpece las decisiones: pongamos, por tanto, fin a las trabas, guerra a los límites: prohibido prohibir.

El consumismo, en tercer lugar, es el afán del hombre postmoderno. Vivir es consumir, si se consume más se logra más felicidad. Nadie en su sano juicio sostendría esta afirmación pero es difícil en la práctica no dejarse enredar por el torbellino del consumo. En última instancia, el consumismo es la sombra del hedonismo: hay que buscar el placer como sea. Al sistema capitalista le viene de maravilla recordarnos permanentemente que el placer está en tener cosas. Otra posibilidad de consumo es la de tratar a las personas como si fueran objetos; en esos casos el precio que se paga acaba siendo una repugnante obscenidad de la que nuestras televisiones ofrecen ejemplos a diario.


Frustración personal, individualismo salvaje y nihilismo filosófico
No obstante, la experiencia personal y social demuestra testarudamente que materialismo, permisivismo y consumismo no son navíos seguros para conducir al ser humano hasta el puerto de la felicidad. La consecuencia lógica es la frustración personal, el individualismo salvaje y el nihilismo filosófico. Nada importa, nada dura, nada vale la pena, nada llena. La vida es una náusea, el infierno son los otros, como diría el pobre de Sartre.

Todo lo anterior está obviamente relacionado con la evolución geopolítica de las sociedades occidentales. El fin del bloque soviético ha tenido muchas consecuencias. Una de ellas es que Estados Unidos se ha quedado sola como única e indiscutible potencia mundial. Las doctrinas neoliberales defendidas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los ochenta han acabado desembocando en un capitalismo salvaje, en un individualismo atroz y en un consumismo desproporcionado. Los sistemas capitalistas –con Estados Unidos a la cabeza– son cada año más ricos, mientras que los pueblos del Tercer Mundo –4000 millones de personas– no cesan de reducir su renta hasta situaciones de degradación indescriptible. El gran drama de nuestro tiempo es que ni la tecnología ni la postmodernidad, por más que se elogien, logran disminuir la injusticia social. Es más, la renta está peor repartida que hace tres décadas pues más bienes están en menos manos, más gente vive en condiciones infrahumanas.

El concepto ilustrado y liberal de progreso salta hecho añicos ante esta realidad incuestionable. La única ley económica –como la única ley social– es la que logra imponer el más fuerte. No importa la sociedad ni el bien común: sólo tiene importancia el individuo. Los tribunales internacionales no están hechos para mí si yo soy el más fuerte. No importa la ONU. Se ha quebrado la supranacionalidad porque un Estado, uno solo, es el grandullón del colegio y toca jugar a lo que disponga.

Dispone, por ejemplo, que el mayor problema del mundo es la falta de seguridad. Ríos de tinta corren sobre la amenaza terrorista y todo se justifica, a la postre, si se trata de lograr un mundo más seguro. No obstante, éste es un presupuesto falso: el mayor problema del mundo no es la falta de seguridad sino la falta de justicia. Pero parece obvio que no interesa recordarlo: nos obligaría a cambiar demasiado, especialmente a los que vivimos en el mundo rico.


Estrategias de sustitución para sobrevivir al nihilismo
En la vida cotidiana, el nihilismo tiene mala prensa. Nadie quiere reconocer que no cree en nada, que su vida no sirve para nada y que no tiene el menor viso de que sirva para algo: nadie reconoce que su existencia no tiene futuro. Es demasiado duro. Sabemos que Suecia o Japón tienen altísimos índices de suicidio pero preferimos no saber por qué. Sabemos que en el país de la libertad hay más armas que hogares, pero es mejor no preguntarse las razones. No se puede ser nihilista, es preciso aparentar que esto funciona y funciona bien. ¿Cómo lo logramos? Justamente así, mediante la apariencia, a través de estrategias de sustitución.

Veamos cuáles. Negamos la existencia de Dios pero proclamamos la tolerancia religiosa; apariencia de tolerancia. Renunciamos a la responsabilidad pero aparentamos vivir en una época de muchísima libertad; apariencia de libertad. La justicia brilla por su ausencia, así que la sustituimos por una apariencia de solidaridad aunque no deje satisfecho a nadie ni resuelva gran cosa. La tolerancia, la libertad y la solidaridad se reducen a meras apariencias, porque en el fondo, el nihilismo, como no podía ser de otro modo, difumina la frontera entre el bien y el mal: se pierde el sentido de lo que es bueno y lo que es malo. Basta un solo ejemplo: esta misma semana un diputado decía en televisión que "las prostitutas tienen un trabajo muy digno que me merece mucho respeto". Nadie le contradijo. Es evidente que las prostitutas merecen respeto, pero la prostitución es una indignidad humana se mire por donde se mire.

Pero lamentablemente, nos vamos acostumbrando a que el bien y el mal sean una cuestión de opiniones que ha de quedar reducida al ámbito de la propia conciencia. ¿Denunciar al vecino porque oigo como pega a la mujer todas las noches? No, mejor no meterse en líos. Es cosa suya. ¿Enseñar a los niños religión en el colegio? No parece progresista; que lo hagan los padres, ellos sabrán, y que lo hagan en la intimidad, nunca en el ámbito público.

Desde esta posición, el bien y el mal no pueden existir más que en la conciencia de cada cual y cuando afectan al ámbito social, entonces son relativos, cambiantes. Las leyes hoy son unas, mañanas pueden ser otras: hoy la frontera del crimen está en las 16 semanas de embarazo; mañana puede cambiar y ser 8 semanas, o 4 horas. Todo es relativo. Antes no era delito abandonar a un perro a su suerte. Hoy sí, hoy está penado. Aunque si se pone uno a pensar no acaba de ver claro por qué entonces se pueden clavar alfileres en las mariposas con lo hermosas que son cuando revolotean. ¡Qué culpa tendrán las mariposas de no haber nacido perros! Por cierto, con la ley en la mano uno puede abandonar a su padre en una silla de ruedas en mitad de una gasolinera y no pasa nada, pero como abandone al perro... Es todo tan relativo que a veces resulta surrealista. Ayer no había bodas de homosexuales; hoy sí, porque esto de la condición sexual es algo muy de uno. ¿Y quién puede impedir que yo forme matrimonio con quien quiera con tal de que nos amemos? Es verdad... ¿Y si mi hija y yo nos amamos y decidimos casarnos? ¿No ha hecho, acaso, algo parecido Woody Allen? ¿Y si amo a tres de mis hijas y aceptan ser mis esposas? El relativismo moral conduce al relativismo legal y éste acaba siempre resbalando por un precipicio no sólo surrealista sino inacabable.

Eso sí, como al final hay que dejar claro lo que es bueno y lo que es malo, alguien con poder acaba determinando las cosas. En las sociedades democráticas se suele hacer apelando a la mayoría, a lo que se ha dado en llamar la demanda social. Y si no la hay, el marketing la crea de un plumazo. ¿Era una demanda social en España que los homosexuales pudieran adoptar niños? Es evidente que no. Tampoco en Estados Unidos ninguna demanda social pidió la invasión de Irak, hasta que a algún descerebrado se le ocurrió que venía bien quedarse con el petróleo irakí aunque fuera mediante una guerra. Entonces a través de la opinión publicada se va moldeando a la opinión pública y el hombre toma forma de marioneta al servicio del poder. En este sentido –duro es decirlo– los sistemas totalitarios no se distinguen de la partitocracia más que en los procedimientos, pero no en los fines.

En esa estrategia de manipulación de la opinión pública, la corriente mediática dominante anatemiza a quien no se digne adorar el dinero, el lujo, el consumo y el placer; a quien recuerda que la libertad sin responsabilidad es libertinaje; y, sobre todo, a quien con claridad sostiene que hay Dios y que tiene un designio para cada hombre. Lo que se salga de esas veredas está en el terreno de lo políticamente incorrecto. Se anatemiza ridiculizando con ironía a quien defiende esos postulados, calificándolo de dogmático, de intolerante o de arcaico. ¡Bienvenidos al laicismo!

Recientemente Juan Pablo II lo definía así: "una ideología que lleva gradualmente de forma más o menos consciente a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública". Gregorio Peces Barba reconocía abiertamente el 23 de enero en declaraciones a RNE que "el laicismo es una ideología que, como todas las ideologías, aspira a ser a ser dominante, si es posible, haciendo desaparecer a todas las demás".


El laicismo en los medios
¿Qué estrategias emplean los medios para difundir la ideología laicista? Muchas, pero aquí me limitaré a enunciar tan sólo las que considero las seis más significativas. Téngase en cuenta que cuando hablo de los medios no me refiero a todos –aunque sí a la mayoría– y que cuando digo difundir no juzgo la actitud de los profesionales que puede que actúen conscientemente pero que también es probable que –imbuidos en ese caldo de cultivo, como hijos de su tiempo que son– no sean verdaderamente conscientes de las consecuencias últimas de muchas de sus actuaciones.

En este último caso tendríamos que hablar de profesionales de los medios que, sin saberlo, hacen el juego al poder en razón de su falta de visión crítica. Se arriman al sol que más calienta, a la opinión dominante, a las propuestas de los poderosos unas veces por cobardía y otras por pusilanimidad; en ocasiones es simplemente falta de rigor –es decir pereza o rutina profesional–; otras veces es la búsqueda del dinero o la fama fácil sin reparar en los medios... No hay mala voluntad: es simplemente falta de profesionalidad. La tragedia es que tal simpleza tiene consecuencias sociales gravísimas.

Sea como fuere, no es difícil detectar las estrategias que emplea la ideología laicista para incrustar sus mensajes en los medios e influir en la opinión pública y en los individuos:

La deformación de los conceptos. Se trata de vaciar de contenido los conceptos para que no signifiquen lo que realmente son sino lo que quiero que signifiquen. Si al aborto se le llama "interrupción voluntaria del embarazo" la sensación de asepsia, de pulcritud quirúrgica, es indiscutible. Si a la unión de homosexuales se le denomina "matrimonio homosexual" podremos incluir en el concepto los mismos derechos que reclamamos para la unión del hombre y la mujer, incluida la adopción de los hijos. El problema es que la falsificación de los conceptos se lleva por delante a las instituciones. No importa que la deformación del concepto presente una contradicción in terminis; basta con que sea aceptada socialmente para degradar el sentido enmarañando la realidad en una confusión en la que todo da igual: el mejor modo de convertir en una estupidez el sacramento del bautismo es ponerlo a la altura del "bautismo civil".

Modelos de conducta aberrantes. Desde los medios, en no pocas ocasiones, se presentan como naturales modelos de conducta aberrantes: el hedonismo, la violencia, la falta de pudor, la infidelidad, el libertinaje, la deslealtad, la mentira, la corrupción... están en todas las series de televisión. Hasta ahí no hay problema, pues existen y la televisión hace bien en reflejarlo. El drama radica en que en muchas ocasiones se presentan como modelos que hay que imitar, porque valen la pena o, al menos, no causan daño alguno. No pocos espectadores, expuestos permanentemente a estos mensajes en los que los contravalores se presentan como valores, acaban por trasladar a su vida real lo que contemplan en la ficción. Y hablo de la televisión, pero podría hablar de no pocas novelas y de muchas películas. Determinados prescriptores de opinión (políticos, artistas, intelectuales de cualquier pelaje, presentadores, famosos sin oficio conocido...) aplican esta estrategia a los formatos no ya de ficción sino de entretenimiento o incluso de aparente información.

Ironización ante los modelos contrarios. Quien duda de la nueva ideología es marginado del discurso social, mediante una crítica feroz que no deja lugar a la defensa o simplemente, mediante el silenciamiento. Las opiniones que no se ciñen a los esquemas políticamente correctos son condenadas al ostracismo o se presentan de tal modo que resultan ridículas. Nuevamente aparecen aquí los prescriptores de opinión capaces de pontificar sobre lo divino y lo humano con un desconocimiento y superficialidad aterradoras.

Airear la disensión. Cuando en las filas del enemigo se produce una disensión, la más pequeña fisura que pueda poner de manifiesto una cierta incoherencia, rápidamente se airea a los cuatro vientos. El cura homosexual, el católico al que se le descubre una amante o que simplemente tiene una respuesta airada o improcedente, gana los titulares y los programas de radio. Se dan vueltas y más vueltas al asunto hasta hacer que la porquería de uno se disperse y manche a todos. Un agnóstico puede ser un cínico, un ladrón o un adúltero. Pero ¡ay! como lo sea un católico. A esto, para ser autocrítico, habría que añadir el refrán castellano para que los católicos nos lo aplicáramos: "no las hagas, no las temas". Pero también podría recordarse a más de un medio que una golondrina no hace verano.

Invención de la demanda social. Los medios son una plataforma extraordinaria para convertir lo que es capricho de unos pocos en demanda social. Un ejemplo bastará para ilustrar lo que digo. Recordarán ustedes que coincidiendo con la reforma de la situación de pareja de los homosexuales se hizo público un estudio en el que se ponía de manifiesto que los hijos adoptados por parejas homosexuales no se educaban en diferentes condiciones de los de parejas heterosexuales.

Pues bien, Jesús Cardenal, exfiscal General del Estado, precisaba las peculiaridades de este estudio: "Altas autoridades de nuestro país, responsables de esta reforma, han citado expresamente en apoyo de la modificación legal un estudio de la profesora González, del departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla, que afirmaría la indiferencia para el menor de educarse en una familia heterosexual o con una pareja homosexual. El día que redactó esto, Google nos ofrece hasta 120 impactos de su reproducción en medios de comunicación españoles. Basta acudir a ese estudio para comprobar que se basa en 28 casos, de los cuales 15 eran lesbianas con hijos adoptados y 3 homosexuales sin la custodia de sus hijos, habiéndose eliminado 32 casos de la muestra inicial, lo que supone más del 50%. Si aparte de ello, de los 28 niños finalmente estudiados el mayor tiene 16 años y los hay de sólo 3, es imposible entender cómo se han alcanzado conclusiones sobre la evolución de su identidad sexual sin olvidar que dos tercios de los padres eran universitarios de situación económica desahogada y, sobre todo, que los participantes se mostraron voluntarios al estudio. ¿Aceptaríamos como válido un estudio científico sobre la familia española o para cualquier otra cosa, con una muestra de un lado tan insignificante y de otro sometida a semejantes condicionamientos?" [1]

El marketing legislativo. Ya no importa la justicia de las leyes. Basta con que las leyes –sean o no justas– lo parezcan. Desde los medios se justifica y propaga el relativismo legislativo, sugiriendo la conveniencia de una determinada legislación, logrando que se materialice e, inmediatamente después, exaltando sus bondades incluso a costa de la negación de la evidencia. Es posible que una ley aumente la concentración informativa; da igual: a base de repetir que incrementa el pluralismo muchos se lo acabarán creyendo. Si hace falta una excusa para invadir un país se inventa la existencia de armas de destrucción masiva y en función de esa falsedad, la ONU vota y la opinión pública acaba tragando la mentira. El resultado es tan triste que no puede llamarse de otro modo: simulacro democrático.

Las estrategias laicistas prenden con facilidad en estos momentos por razones a veces muy complejas. He aquí una de ellas. Personas que estaban acostumbradas a vivir en y del enfrentamiento dialéctico, que preferían concebir el mundo y las relaciones sociales en términos de maniqueísmo, se quedaron sin discurso el día en el que cayó el muro de Berlín. Ante semejante cambio geopolítico no quedó más remedio que ser pragmático y aceptar el planteamiento económico del bloque vencedor. Se asumía, por tanto, sin resquicio alguno, la opción consumista. Pero como no resultaba fácil renunciar al materialismo y al permisivismo tantas veces defendido, la postura laicista buscó a un lado y al otro para poder encontrar un enemigo y se topó con uno que había olvidado durante mucho tiempo: las iglesias. Todas las confesiones religiosas coinciden en oponerse con contundencia al materialismo, al permisivismo y al consumismo porque sostienen que resultan gravemente dañinos para la sociedad y para los individuos. Al laicismo le encantó el encuentro con las iglesias, porque vive de la dialéctica y de la confrontación y se había quedado sin enemigo contra el que combatir. Y es que el laicismo es un germen que necesita un caldo de cultivo en el que haya lucha, sencillamente porque vivir en el paradigma laicista es más cómodo y menos exigente para el individuo; es decir, sus propuestas ganan con más facilidad cuando un adversario dice no al materialismo, al permisivismo y al consumismo.

Ante semejante panorama no es extraño que las posturas tiendan a radicalizarse. En unos porque se sienten agredidos y optan por ponerse a la defensiva; en otros porque se ven a sí mismos como salvadores y actúan como tales. Estas posturas radicales se manifiestan también en los medios de comunicación en ocasiones de modo muy virulento. La España de este momento es un buen ejemplo. La confrontación entre las derechas y las izquierdas (qué terminología más arcaica e imprecisa, parece mentira que algunos sigan dándole algún valor) vuelve a aparecer con toda crudeza reabriendo una vez más la imagen de las dos Españas divididas visceralmente. Los medios abandonan la información y se convierten en medios de banderas, sesgados ideológicamente hasta el límite de la incondicionalidad.

Ahora he de subrayar, para que la descripción del dibujo resulte completa, que los cristianos no permanecen ajenos al peligro de la radicalidad. Al contrario, se puede constatar con facilidad que no sólo son los medios laicistas los que adoptan posiciones intransigentes. En honor a la verdad –y si no tememos a la autocrítica– habremos de decir que también evidencian una peligrosa radicalidad no pocos medios próximos al catolicismo. Las manifestaciones más claras de este periodismo de banderas –que también se ejerce desde algunos medios autodenominados cristianos– se encuentran, a mi juicio, en los siguientes aspectos:

Tendencia a refugiarse en el maniqueísmo partidista, con simplificaciones en ocasiones tremendamente burdas hasta llegar a veces a adoptar posiciones fundamentalistas

Tendencia a mezclar lo opinable con lo doctrinal, de tal modo que se acaba presentando un pensamiento único que afecta a toda la realidad, no sólo a lo que atañe a la moral sino también a lo político, lo social y hasta lo económico. Se pone en peligro de este modo, y por los propios católicos, algo que siempre ha resultado tremendamente beneficioso: la diversidad y el pluralismo de posturas en todo aquello que no tiene que ver con la doctrina. En la reciente carta apostólica a los responsables de las comunicaciones sociales, Juan Pablo II subrayaba expresamente la libertad de conciencia de la que disponen los católicos en muchas materias: "Si es cierto que las verdades de fe no están abiertas a interpretaciones arbitrarias y el respeto por los derechos de los otros crea límites intrínsecos a las expresiones de las propias valoraciones, no es menos cierto que existe en otros campos, entre los católicos, un amplio espacio para el intercambio de opiniones, en un diálogo respetuoso de la justicia y de la prudencia" [2].

Como consecuencia de las dos anteriores aumenta el riesgo de faltar a la caridad. No voy a poner ejemplos que cualquiera puede encontrar con facilidad, pero personalmente me resulta tristísimo escuchar cómo a diario se generaliza injustamente, se ridiculiza, desprecia o incluso insulta desde medios cristianos, haciendo que la crítica de las ideas acabe desembocando en la crítica directa, gratuita e injusta de las personas.

Tendencia a justificar todo lo anterior con el argumento de que económicamente resulta rentable. Se ha ido desarrollando un modelo periodístico empresarial que pretende catalizar y aglutinar al sector de la población que se siente acosado; para mantenerlo y alimentarlo a diario, se recurre a una descarada manipulación incurriendo en una falta de ética profesional que repugna no sólo al pensamiento cristiano sino al sentido común.

Por otra parte, algunos de los medios autocalificados como católicos adolecen de capacitación profesional. Sus plantillas están a menudo integradas por personas con indiscutible buena voluntad, pero carentes de preparación y de experiencia. La falta de profesionalidad y una situación de empleo precario –que en nada se distingue de la de los medios que se mueven por criterios mercantilistas– convierte a esas personas en trabajadores dóciles y maleables. Dicho con contundencia: sobran en los medios católicos ingenuidad y beatería y faltan personas capaces de realizar productos que, con un excelente grado de calidad técnica, estén a la vez penetrados de sentido cristiano y no rezumen clericalismo barato.


Las soluciones
Ante semejante panorama es posible que ustedes se estén preguntando ¿Hay soluciones y, en ese caso, cuáles son? Permítanme que, tan sólo a modo de breves reflexiones, apunte lo que a mi juicio son tres modos de dignificar la profesión periodista, a los que añadiré algunas actitudes que estimo especialmente necesarias en estos momentos. La mayor parte de ellos podrían hacerse extensibles a cualquier profesional y cualquier medio, pero me parece más importante aplicarlos a los periodistas y medios católicos pues sobre ellos recae una responsabilidad mayor.

Coherencia cristiana. Un periodista católico debería ser persona, católico y periodista. No hay prelación, pues no existe tampoco –o no debería existir– contradicción alguna en las tres facetas. Al contrario, las tres deben encarnarse en un mismo sujeto con armonía y conjunción. Dicho de otro modo: no es posible ser buen profesional si no se es buena persona; no se puede ser un buen católico si se es un mal profesional; no se puede ser un buen periodista católico siendo mal periodista.

Sólida formación profesional. Los periodistas –y por extensión todos aquellos que trabajan en los medios de comunicación, incluidos sus propietarios– deberían ser formados con mayor solidez. Las Facultades de Comunicación tienen en ese sentido una responsabilidad indiscutible y conviene que sean capaces de hacer autocrítica si quieren capacitar a verdaderos profesionales y no simplemente engrosar el número de sus licenciados. Porque no basta con transmitir conocimientos. Los periodistas, además de una amplia cultura general y específica, han de ser formados para que desarrollen rasgos de personalidad definidos: adaptabilidad a las nuevas circunstancias, capacidad de iniciativa, autoestima, sociabilidad, disciplina y fortaleza, dinamismo, resistencia a la frustración, madurez intelectual y emocional, capacidad para trabajar en equipo, son sólo algunos de ellos. Al mismo tiempo, han de ser adiestrados en aptitudes y habilidades tales como la fluidez y la flexibilidad verbal, la creatividad, la capacidad de observar y escuchar, la comprensión verbal, la empatía, la capacidad de motivación y de persuasión… Temo que a la mayor parte de la Universidades se les escapa la mayoría de estos aspectos, limitándose casi siempre a la simple transmisión de conocimientos.

Sólida formación moral. A la formación descrita en el párrafo anterior hay que añadir la que afecta a la dimensión moral del periodista y que constituye un tercer aspecto tan relevante como inexcusable: amor a la verdad, reconocimiento y defensa de la dignidad humana, tolerancia, honradez, discernimiento y compromiso con la justicia, defensa de los indefensos... Sin una adecuada formación ética y deontológica de los profesionales de la comunicación, la calidad y el servicio se tornan un mero deseo que sólo puede llegar a alcanzarse en función del azar.

Insertas en los tres apartados anteriores están incluidas algunas actitudes que creo conveniente subrayar, pues se tornan singularmente decisivas en estos momentos. En primer lugar, los profesionales de la información –todos y con mayor motivo los católicos– deben mostrarse comprensivos con las personas, tolerantes y permanentemente abiertos al perdón y a la reconciliación. En segundo lugar, esta actitud es perfectamente compatible con la crítica rotunda e inflexible hacia los errores, sin echar agua al vino, llamando a las cosas por su nombre pero sin perder la caridad cristiana. En tercer lugar, deben estar especialmente atentos para no incurrir en injustos maniqueísmos o fabricar "capillitas de periodistas católicos", medios, grupos o asociaciones destinados a combatir o a excluir a quienes no comparten el mismo credo. Finalmente, el periodista debe mantener la ilusión por mejorar la sociedad a la que sirve sin perder la esperanza de quien sabe que, con talento, esfuerzo y capacitación, es posible hacer de los medios de comunicación instrumentos eficaces de promoción social y desarrollo personal.

Es obvio, después de todo lo expuesto hasta aquí, que la tarea no es en absoluto sencilla. Pero tampoco resulta imposible. De hecho, existen profesionales que todos los días hacen buen periodismo y algunos de ellos son, además, católicos. Hacen gala de las tres cualidades que debe tener todo aquel que se dedique a la comunicación: criterio, creatividad y honradez. Sirven de ejemplo para todos. Son, ellos también, testigos de esperanza.


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Notas
[1] Cardenal Fernández, Jesús: Reformas en el derecho de familia, Lección Inaugural del curso académico 2004-05, Universidad Católica San Antonio, Murcia, 2004.

[2] Carta Apostólica del Sumo Pontífice Juan Pablo II a los responsables de las Comunicaciones Sociales,http://www.es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=191&capitulo=4806

 

 

 



 







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