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Italia

Aprendiendo Roma
Roma es la ciudad de Pedro, es la ciudad del custodio de las llaves


Por: Luis Fernando Figari | Fuente: www.multimedios.org



Quisiera que me permitan compartir con ustedes brevemente una reflexión, en este peregrinar común a Roma, la Ciudad Eterna.

Roma es la Sede de Pedro. De allí su fundamental importancia para la fe y para el corazón de los hijos de la Iglesia.

San Pedro es el Apóstol del que más datos tenemos. Hay muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de él. Esto se explica por la predilección indiscutible del Señor por él, y por haber sido escogido por el Señor para ser su Vicario luego de su partida, para ser el primer Papa. También numerosos testimonios de la Tradición nos hablan de Pedro. Pedro en realidad es el nombre que el Señor Jesús le da. Petros es la versión griega del nombre arameo que Jesús le pone: Cefas o Kefas, que quiere decir roca. Antes se llamaba Simeón, o Simón. Por eso no son pocos los pasajes en que lo llaman Simón Pedro. Como sabemos, un nuevo nombre en la tradición del pueblo judío manifiesta la función del que lo lleva. Simón será entonces piedra, roca de la comunidad de los seguidores del Señor Jesús.

Ese lugar evidente de preeminencia queda del todo evidenciado cuando el Señor Jesús le dice: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (1).

El Evangelio según San Mateo nos transmite una imagen fundamental de la institución del liderazgo eclesial de Pedro. Primero se ha dado la confesión de fe. Pedro le ha dicho al Señor: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (2). Y entonces viene esta promesa del liderazgo y de que las fuerzas del mal no prevalecerán a lo largo de los siglos contra la comunidad liderada por Pedro, la Iglesia. ¡Pedro, piedra de la Iglesia del Señor Jesús, recibe las llaves! Así con la metáfora bíblica de «las llaves» se le instituye como el que tiene la autoridad (3). Estas enseñanzas tienen una dinámica propia que se prolonga desde la imagen descrita de Pedro confesando su fe y expresando así la doctrina de la Nueva Alianza y las promesas de Jesús hasta siempre jamás.

Roma es la ciudad de Pedro, es la ciudad del custodio de las llaves.

San Pedro vendrá a Roma hasta tres veces, según afirman diversos autores. Llegará primero hacia el año 42. De ese tiempo dataría la fundación petrina de la sede de Roma. Tantos lo han notado, y han visto en la forma en que Pablo se dirige a la comunidad cristiana de Roma una señal elocuente de esta realidad. La Roca, según algunos estudiosos, se quedará hasta el 45, cuando parte, junto con San Marcos, quien ya para ese entonces habría escrito su Evangelio basado en la predicación de San Pedro en Roma. Vendrá luego una segunda vez del año 55 al 56, al parecer con Bernabé, el mismo que antes había acompañado a San Pablo. San Pedro permanece, lidera, persevera hasta el final y la tradición nos dice que muere mártir bajo Nerón entre los años 64 y 68, en Roma, de donde fue Obispo.

Es evidente que hay muchas maneras de acercarse a Roma, símbolo rico en significado para el corazón creyente. Está la perspectiva de la fe, la que deja ver tras los vetustos muros y las vetustas obras de arte la realidad elocuente de la fe que les sirve de místico sustento y que en alguna manera tan hermosa como misteriosa ha quedado como captada por esas realidades sensibles a los ojos.

Claro que hay siempre el peligro de quedarse en lo superficial, en la magnitud de lo exterior, en la grandeza física de los monumentos, en la belleza que indiscutiblemente se descubre por aquí y por allá en una avalancha de símbolos que maravillan a la sensibilidad. Pero en verdad, el peregrinaje de fe, sin renunciar a esa dimensión tan humana, ha de ir siempre más allá, buscando, en una respuesta a la aspiración de infinito que se encierra en el corazón del ser humano, el sentido que está más allá de todo sentido aparente, el sentido más allá del cual no hay otro sentido. Todas estas realidades son vías, son caminos para el encuentro de fe con el Señor. Son la verdad, el bien y la belleza encarnados en monumentos grandiosos y obras de arte, vías privilegiadas para acercarnos a una experiencia intensa de Iglesia, la Iglesia de Roma, la Madre de las Iglesias, la Iglesia que encuentra sus columnas fundamentales ante todo en Pedro, como sabemos y acabamos de recordar, y en Pablo, quien hacia finales de los 50 o principios de los 60 llegaría a Roma, donde permanece cautivo, con "prisión domiciliaria" durante dos años. Entre otros, allí lo acompaña Lucas (4), el evangelista, quien luego escribió los Hechos de los Apóstoles, que terminan diciendo: «Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno» (5). Como dice San Pablo mismo en su segunda epístola a Timoteo, escrita según la tradición hacia esa época: «por Jesucristo estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada» (6). La casa referida y la "escuela" de San Pablo están cerca de la vía Arénula, debajo de la actual Iglesia y la comunidad en San Paolo alla Regola. Pablo también permanece fiel, y muere también mártir en Roma, el año 67, dando igualmente testimonio de su fidelidad incluso más allá de la muerte.

Roma, la Ciudad Eterna, puede ser deslumbrante para un turista, para quien se acerca a ella con ojos del secularizado mundo actual. Pero ciertamente es mucho más verdadera y mucho más deslumbrante para quien se acerca a ella con los ojos de la fe y sabe captar las verdades y bellezas y dejarse conducir por ellas a lo que realmente significan; sabe dejarse cautivar por ellas y así se deja liberar para ver y reconocer lo que en definitiva importa; ve y aprecia los hitos, pero se lanza con todo el despliegue de su ser al horizonte definitivo al que apuntan.

Por ello, queridos hermanos y hermanas, es que me gusta pensar en Roma como la ciudad de Pedro, la ciudad de la Roca, como la Santa Sede sobre la cual se afirma el misterio del amor de Dios para el mundo en la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia.

Mucho me edifica pensar en la Roma de la fe, del Apóstol de Gentes y su testimonio romano, de Marcos el meturgemán de Pedro, de Lucas, el evangelista y compañero de Pablo, de Bernabé, y cómo no también de Lino, Cleto, Clemente y tantos y tantos otros, imposibles de ser ahora nombrados.

Roma, la ciudad de mártires y santos. Roma, la ciudad de los testigos de la fe. Roma, la ciudad de los Papas, nos habla alto y claro al mundo de hoy. Ella en sí misma es un mensaje, cuando se la ve con los ojos de la fe. Ella es un aliento. Es un impulso que nos compromete, que nos torna más responsables del don extraordinario recibido en el Bautismo.

Y desde los cimientos espirituales sobre los cuales se asienta la materialidad grandiosa de sus monumentos y obras de arte, Roma nos invita y nos impulsa a evangelizar. Como eco de la voz del Maestro, interiorizada en tantas vidas, hecha ruta y sendero para millones de seres humanos en la historia, hoy como ayer, Roma nos invita con la elocuencia de su fuerza espiritual a desplegarnos como personas y vivir cotidianamente la fe y anunciar, sin miedos ni temores, a anunciar con la voz alta de la coherencia de nuestras vidas y de nuestra palabra que el Señor Jesús es quien nos redime y reconcilia mostrándonos el camino de la plenitud a la que hemos sido llamados. Así, pues, al «Id y enseñad a todos...» respondamos con un «Hágase» generoso como el de la Madre, y participemos a todos lo que hemos visto y oído. Anunciemos a todos los grandes dones de los que hemos sido testigos, respondiendo a la gracia de Dios con un despliegue de la libertad que consciente del llamado ponga su granito de arena en la construcción de la esperada Civilización del Amor.


 

Notas

1. Mt 16,18-19. Sobre el cambio de nombre ver también Jn 1,42.
2. Mt 16,16.
3. Ver Is 22,22; Ap 3,7.
4. Ver Col 4,14; Fil 24; 2Tim 4,11.
5. Hch 28,30-31.
6. 2Tim 2,9.



Fuente: ´Figari, Luis Fernando, Ponencia presentada en el auditorio del Pontificio Ateneo Antonianum, 1 de junio de 1998´. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD


 







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