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Comunicación e Iglesia en España
¿De qué manera marginan las noticias a la Iglesia?, ¿por qué resulta ser tan peligroso el tener ideas?, ¿en qué momento la televisión pasó a convertirse en el confesionario posmoderno?, Miguel Ángle Velasco nos habla de los nuevos retos de los periodistas


Por: Miguel Ángel Velasco Puente* | Fuente: Biblioteca Almudí



*Miguel Ángel Velasco (Diálogos de Almudí 2003)
Director de "Alfa y Omega". Mesa redonda en "DIÁLOGOS DE TEOLOGÍA - V". Biblioteca Sacerdotal "Almudí", 26 de marzo de 2003.


Sumario
Los principios.- La noticia marginadora.- El peligro de tener ideas.- Un vital cordón umbilical.- Las posturas, para la gimnasia.- El trigo y la cizaña.- El confesionario de la tele.- El periodista cristiano.- El rescoldo.



Los principios
Quiero pensar que lo que se espera de mí aquí, hoy, son unas cuantas ideas o reflexiones en voz alta; una serie de apreciaciones personales, fruto de bastantes horas de vuelo profesional; que es lo único que, con mi mejor voluntad, puedo ofrecerles.

Para entrar directamente en materia, ya que el tiempo apremia, diré que hay un primer punto de partida insoslayable, que es a su vez doble. Primero: hace falta educación para la comunicación. Comunicar -comunicarnos- tiene sus reglas y, si no se cumplen, no hay comunicación, sino otras cosas: manipulación, tergiversación, ambigüedad, confusión, desconcierto, desencanto… En una palabra no hay verdad, sino mentira o sucedáneos de verdad. No hay comunicación, sino todo lo contrario. La gente cree que hoy está más comunicada que nunca, porque cuenta con más medios de comunicación que nunca; pero hay que pensar: ¿la televisión que sufrimos -medio de comunicación por excelencia-, nos "comunica" o nos "incomunica"? Comunicar, comunicarnos, no se puede hacer de cualquier manera. Como todas las cosas, se puede hacer bien… o mal.


El relativismo rampante que asfixia la cultura actual, en todo y por desgracia, hace pensar a muchos que todo vale. Pero no es cierto. Todo no vale. No todo da igual, porque, si todo valiera y diera igual, en el fondo nada valdría nada. Ya Platón y Aristóteles se esforzaron por demostrarlo. Por ello, lo segundo, e importantísimo, es que los medios son medios, no fines. Sin verdad y sin servicio a los demás, no hay periodismo ni comunicación real que valga.


Yo sé perfectamente que, cuando estas dos palabras se dicen por ahí, en otros foros, nadie se atreve a preguntar sobre lo que es servicio. Hasta el más tardo, acostumbrado a esquivar el servicio y a hurtar el hombro, sabe de requetesobra en qué consiste eso tan cristiano de servir. Pero en cambio nunca falta el Pilatos cantamañanas de turno que pregunta, sabihondo: "¿qué es la verdad?" Y lo más inquietante es que el relativismo ha conseguido que incluso muchos que se dicen cristianos se planteen esta pregunta.


Mire usted, suelo contestar: yo no sé si todos los que cacarean que la verdad no existe, sino que sólo hay verdades subjetivas, la de cada cual; si todos esos, a los que les cuesta aceptar que esto es un vaso y no una estrella ni una jirafa, lo dicen en serio, o hacen únicamente un paripé más o menos rentable e interesado. Pero lo que sí sé -en cambio- es que nosotros, los cristianos, lo tenemos clarísimo. El Señor lo pudo haber dicho más alto, pero no más claro: "Yo soy la verdad. Y la vida. Y el camino". Por consiguiente, el cristiano que no distinga esa verdad en la realidad de cada día: en la fe y en la esperanza, en la alegría y en la duda y en la tribulación, en el aborto y en la ley de educación, en la discoteca, en la clonación y en los tribunales de Justicia, en el periódico y en la radio y en la tele y en Internet, en casa y en el trabajo; es decir, que no reconozca lo que hace referencia nítida a Él y lo que de Él se aparta; lo que está de acuerdo con su Palabra y lo que no; será porque no quiere o porque no le interesa. Así de claro. De Él tenemos su Palabra-Noticia esplendorosa, escrita en el Evangelio y resumida en las Bienaventuranzas.


Teléfono, televisor, ondas, periódico, satélite, ordenador, Internet… son medios. Detrás de cada uno, está imprescindiblemente la palabra. Y, por tanto, el receptor: el hombre o la mujer, el ser humano. Los medios son para el ser humano. Los medios son para el bien personal y para el bien común del ser humano. No al revés. Si sucede al contrario, mal asunto: ¡están cambiadas las tornas, está el mundo al revés!. Y, por desgracia, lo está bastante a menudo… Este es el capítulo primero, esencial e inolvidable, de la educación del verdadero comunicar y del auténtico comunicador. Si no, hablando en plata y usando palabras suaves, toda información es pura filfa, puro camelo, hipocresía. Cuando no algo mucho peor: delito, pecado contra el hombre, y por tanto contra Dios.


Superado este primer punto de partida, el siguiente es también algo básico: la información sólo tiene valor para el que sabe qué hacer con ella. Si no, no es comunicación, no logra "comunicar" a las personas: entre sí y con las instituciones. El mal uso de la información, en el caso de la Iglesia, explica la anorexia cultural del actual catolicismo español, que se ve automarginado de los foros donde se decide la convivencia común. Cuando uno conoce bien el valor de lo que "sabe", lo comunica. La verdad siempre se abre camino (excepto cuando se la hace prisionera y víctima de la injusticia). El que tiene algo que decir, acaba diciéndolo, mal que bien. Lo importante es tener algo que decir.


Hemos hablado de alguna carencia. Reconocer de modo realista lo que va mal, forma parte del optimismo y de la esperanza cristiana. La actual borrachera de la comunicación tecnológica tendrá su resaca inevitable. Una cosa es comunicar de verdad, y otra simplemente transmitir información. El moderno "pensamiento débil" es la sublimación de la debilidad de cualquier pensamiento y, como he dicho, hace tragable el "todo vale". En los últimos años -no sólo unos pocos- ha aumentado claramente la demanda de lo religioso (ya desde antes del trágico 11 de septiembre); y esto sucede por la falta de respuesta a la pregunta sobre el sentido de la vida. Pero una cosa es hablar de Dios y otra, bien diferente, hablar con Dios. Esto último, de lo que tanto carecemos y en lo que tanto fallamos, no es una información, sino un acontecimiento. Expresado de otra manera: la más avanzada tecnología de la información no nunca podrá responder al porqué de las cosas. Una estupidez digitalizada, sigue siendo una estupidez; y en este sentido, todo ordenador es un perfecto imbécil. Perfecto, pero imbécil. Sólo responde a lo que se le programa.



La noticia marginadora
En una sociedad que se dice católica pero que pretende reducir, esquizofrénica y suicidamente, la fe a la esfera privada, ser cristiano supone ir contracorriente. También en la comunicación. La noticia por excelencia, la gran NOTICIA, se ve marginada en los actuales medios de comunicación… y así nos luce el pelo. Cuando disponemos de tantos medios, es urgente recordar que si no comunicamos la Verdad, no comunicamos nada. La "comunicación-ficción" produce descrédito e incredulidad. Los cristianos han de sacudirse cualquier complejo de inferioridad. Los medios pueden generar -y están generando- un hombre masificado y alienado; no cabe, pues, en un cristiano, desinteresarse por educar y educarse en el buen uso de esos medios imprescindibles en la cultura actual. Cada país tiene los medios que se merece, la información que se merece y la comunicación que es capaz de generar.

Como otras tantas cosas, los medios de comunicación pueden usarse para el bien o para el mal. La tele, Internet o el cine son -irónicamente- "hijos de la luz", de los fotones. Pero tienen la capacidad de reducir a los espectadores a "unidades de consumo", o a grupos de rivales de intereses que destruyen la comunidad; o también, por el contrario, pueden unir y enriquecer a las personas y sus vidas, sin aislarlas ni explotarlas. En el pasado, los medios informaban de "hechos"; hoy, con frecuencia, los hechos se "crean" para ser convertidos en vehículo de ideologías. Si los católicos salimos a "vender la Verdad" como uno más, como nos piden los adalides del "todo vale" camuflado en el pluralismo, sólo crearíamos confusión, pasotismo.


Vale la pena, en este sentido, escuchar la sabiduría, vieja y perenne de uno de nuestros clásicos, el genial jesuita aragonés Baltasar Gracián:


" Atención al informarse . Vívese lo más de información: es lo menos lo que vemos ; vivimos de fe ajena: es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve; extravagantemente se oye; raras veces llega en su elemento puro, y menos cuando viene de lejos; siempre trae algo de mixta de los afectos por donde pasa; tiñe de sus colores la pasión cuanto toca, ya odiosa, ya favorable; tira siempre a impresionar; gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió". Como ven, no descubrimos el Mediterráneo hoy, al hablar como lo estamos haciendo.


Repito, pues: Hoy, cuando tantos intentan convertir a Dios en un reducto privado, la fe en una especie de sedante emocional o psicológico, e identifican la caridad con la sumisión y la falsa tolerancia; muy pocos parecen interesados en recordar en nuestra querida España, aquellos "yacimientos y sótanos espirituales", que ya echaba de menos don Miguel de Unamuno. Mucha cuenta tendrán que dar de sus responsabilidades tantos "profesores" (¡cuántos profesores y qué pocos maestros, desgraciadamente!) que, desde puestos claves de decisión, tiraron la piedra y escondieron la mano; y continúan escondiéndola, mientras se inventan deleznables y escuálidas "movidas" entre los alumnos. Arteros Ministros de Educación -decir paradójico y notable- que confabulaban con los responsables máximos del Ente televisivo: "yo te barro las Humanidades de la Universidad y, una vez tengamos legiones de incautos, incapaces de pensar por sí mismos; tú me los acabas de atolondrar y de manipular con la tele, con la porno, con el fútbol...; y que nos sigan votando, que es de lo que se trata".


A esto, tristemente, han colaborado -y siguen colaborando- no pocos sedicentes católicos; que, en aras de un mal entendido "pluralismo" y "progresismo", ayudaron a que el divorcio y el aborto agostasen el tejido familiar del pueblo español, cuyos glóbulos rojos no se entienden sin la fe católica y sin la familia; y que continúan susurrando, por mentideros y gabinetes, esa patraña de que la religión es cosa del santuario de la conciencia privada de cada uno. Así hemos llegado a producir generaciones de "españolitos en serie"; clónicos, como la oveja Dolly; alelados ante la pequeña pantalla, carentes de convicciones propias, que se dejan arrastrar por el avispado de turno, y que consumen lo que les "echen", como recetas ya prefabricadas y adobadas en el "self service" de una prensa, radio y televisión cada vez más concentradas en unas pocas manos. Recetas que se sirven "a domicilio", como si fueran "pizzas", en tertulias y entrevistas en las que siempre aparecen los mismos -¡qué casualidad!- pontificando que sólo ellos pueden pontificar.


Así hay se han producido levas enteras de españolas y españoles que no saben ni lo más básico; que carecen de los más elementales puntos de referencia cultural y ética; y que acaban pensando, en serio, que la vida es como la televisión. Miles y miles de chicos y chicas servilmente condicionados por quien impone las modas: siempre altamente rentables para reducidos grupos de interés, en nada coincidentes con el bien común. Hombres y mujeres que acaban siendo simples ruedas anónimas del engranaje de turno: social, sindical, político, económico o cultural.


¿Resultados?: desconcierto, desamor, desencanto. "Des-, des-, des-,…"; porque en su raíz hay un des-entendimiento de la relación radical del hombre con Dios y consigo mismo. Lo cual apareja un laberinto de contradicciones y sin-sentidos, que atenaza y aturde a la gente. Y, en consecuencia, hemos de soportar que se nos quiera "colar" como fe, lo que sólo son sucedáneos de la fe auténtica; que alardeen de "avanzados" quienes se dejan seducir por sugestivas "liberaciones" de pacotilla: de cámara y ensayo; como algunos que escriben "teología de la liberación" en un despacho con moqueta y aire acondicionado. Ya Pablo VI dijo gráfica y lapidariamente, que "el hombre moderno ha salido de casa y ha perdido la llave para volver". Quizá seamos nosotros quienes tengamos que ayudarle a buscarla y a encontrarla.

El peligro de tener ideas
Centrémonos en el ámbito de la educación, absolutamente determinante para el hombre, y en el cual la comunicación es insustituible. Hay evidencias de que se programa calculadamente la destrucción de los valores que molestan, o aquellos con los que la propia ideología no está de acuerdo. Mientras se admiten situaciones aberrantes o degradantes, no ya como normales, sino como modélicas. En nombre de una equivocada libertad irresponsable, se exige para ellas el mismo estatus y reconocimiento, legal y social, que el de los que sí tienen derecho a tenerlo. La raíz equivocada es que pluralismo no significa que "todo da igual", o que "todo vale igual"; entre otras cosas, porque ello equivaldría a decir que nada vale nada. Es necesario que la formación de los más jóvenes -y la de los menos jóvenes- se desarrolle en un contexto doctrinalmente cualificado, sin superficialidad ni improvisaciones; enseñando a distinguir lo cierto y demostrado, de lo hipotético y opinable; lo definitivo, de lo transitorio; los hechos, de las opiniones o de sus interpretaciones ideológicas.

En este mundo es rarísimo, y peligrosísimo, tener ideas. Permítanme recordar algunas enseñanzas, que me parecen magistrales, del filósofo Robert Spaeman. Parte de una convicción clave y lucidísima: vivimos en una sociedad en la que todo valor se convierte en moneda de cambio. Por ejemplo, si se acepta la tesis por la cual todas las convicciones deben ser respetadas, el resultado es que ninguna convicción es respetada; es decir, no se respeta el derecho personal a tener una convicción profunda y segura. Lo más que se permite es tener opiniones. En esta civilización de hipótesis y opiniones, deja de comprenderse cualquier fe religiosa, o toda relación personal fiel hasta el fin, como el matrimonio o los votos sagrados; ya que, por su naturaleza, no son sustituibles: no pueden ser valores de "cambio". Son muestras del mismo relativismo rampante que denunciábamos: el nihilismo banal que, traducido a los medios de comunicación, conlleva a las siguientes consecuencias, entre otras:


En la televisión -de la que los más listos empiezan a huir- se ha perdido la batalla básica de los principios (verdad, objetividad, respeto,...). El criterio imperante es el del impacto: la audiencia. Lo radical, la base ética, no tiene sitio. Quizá dejan hablar, o citan, por ejemplo, al cardenal Rouco: un par de frases; pero inmediatamente llega el teólogo o teóloga que yo llamo "de nómina" -que, por supuesto es "progre" y anti-Roma-, que impugna todo lo dicho y al que no se le corta: habla todo y cuanto quiere.


Otra consecuencia peor: la televisión destruye sistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal; porque, en sus parámetros, lo normal carece de interés, no es noticia. Ni la auténtica belleza, ni la verdad, ni la bondad se respetan, por esa razón. Un ejemplo es la homosexualidad: una cosa es que no haya que marginar a los homosexuales, como quizá se hizo en los tiempos de los totalitarismos, y otra distinta que se quiera hacer desaparecer la diferencia entre normalidad y anormalidad; se insiste en que hay dos "orientaciones sexuales", como si se tratara de algo simétrico. ¡Y no digamos el caso de la familia y de las parejas de hecho!. Sin embargo, contra todo lo que puedan decir se alza un hecho incontrovertible: de una de esas dos "orientaciones sexuales" depende la vida de la Humanidad, mientras que la otra no pasa de ser una desgracia de carácter privado. En nuestra sociedad hipócrita, el honor y la honradez -con las lógicas excepciones que confirman la regla-, cuentan sólo si se tiene dinero; ¿cómo se puede pedir a los políticos que tengan una moral financiera absolutamente correcta, si lo que se enseña a todo el mundo es que lo único que interesa es tener dinero (y, para ello, evadir impuestos, trampear seguros,etc.)?


Creo, con Spaeman, que la dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual. Si los cristianos recuperáramos el sentido de la dignidad y de la coherencia, seríamos gente sin televisión. Y conste que sé perfectamente, como antes decía, que la televisión, como el cine, como Internet, son "hijos de la luz"; es sólo una cuestión de buen uso, en vez de abuso. En la tele hay una evidente agresividad contra la Iglesia. Y en la Iglesia no estamos preparados para hacerle frente. La Iglesia tiene palabras de vida eterna y siempre sufrirá persecución: "si a Mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros", dijo el Señor. Pero San Pedro, en su primera carta, también nos dice a los cristianos, víctimas de la calumnia, que debemos desarmar, con palabras y obras, a quienes dicen falsedades contra nosotros. Debemos hacer un gran esfuerzo por estar, no ya mejor preparados, sino sencillamente preparados para esa batalla. Y no lo estamos.


Volviendo al comercio con las ideas: "mi" verdad y "tu" verdad se compran y se venden en el mercado del consenso. ¿Dónde ha quedado el esplendor de la verdad, de la Única Verdad? La libertad se entiende sin responsabilidad, como simple multiplicación de las posibilidades de elección; y no se admite ninguna opción que exija renunciar a todas las demás: el tesoro o la perla preciosa, de la que nos habla el Evangelio, para buscar la cual se vende todo. Hemos llegado a una ética entendida como una especie de código de circulación: para corregir superficialmente los desajustes sociales. Pero al enfrentarse con la Verdad, tal ética fracasa. No hay "código" que valga en esos sucedáneos de religión que pretenden ser las ideologías. La Verdad no depende del consenso, de los votos, de las mayorías. Cristo no dijo: "hagamos referéndum sobre la verdad"; simplemente dijo: "Yo soy la Verdad". Y esto no es fácil de aceptar en el contexto relativista de hoy.


Una consecuencia: la publicidad no postula valor alguno; es una función comercial y reduce todo valor a precio. Y ya Machado señalaba que ambas cosas son muy diferentes. Ante cada cosa, idea, o incluso persona, se pregunta: ¿para qué sirve, cuánto vale? El hedonismo de la Antigüedad, fue una filosofía; hoy es una técnica comercial. Así hemos convertido el sexo en agente de ventas: lo que supone doble corrupción, del cuerpo y del espíritu. En esta "desvalorización universal" consiste, esencialmente, el complaciente y suicida nihilismo de las sociedades contemporáneas: exactamente lo contrario de lo que pretendía conseguir Dostoyewsky cuando exclamaba: "si Dios no existe, todo está permitido". Reducir los valores a objeto de compraventa es una degradación. "Nada menos democrático que la ovejuna igualdad impuesta, de gustos, aficiones, tirrias, simpatías y prejuicios de las masas contemporáneas", ha dicho Octavio Paz.


En la competencia brutal por impresionar -por el "impacto"-, es habitual que la conducta atípica y escandalosa lleve la delantera. El resultado es ese caos ambiguo de la pomposamente llamada "sociedad de la información", a la que podría aplicarse aquello de "dime de qué presumes y te diré de qué careces". No vivimos en una sociedad con mayor información, transparente y buena; sino en el caos de la desorientación y desinformación tendenciosas. Debemos cuidar mucho el no dejarnos arrastrar por esa vorágine igualitarista y desacralizada, que amenaza con dejarnos viviendo en una sociedad sin cimientos.


Con gran clarividencia ha escrito mi amigo Jaime Antúnez Aldunate, director de "Humanitas", la espléndida revista de la Universidad Católica de Chile: "debe observarse con cautela el desarrollo, en muchos países, de una especie de virus anarquizante, que empuja a destruir la imagen de figuras dignas y consagradas, buscando corruptelas por todas partes". Es como una onda expansiva que degrada la vida pública, con la complicidad culpable, las más de las veces, de "submarinos" traidores y resentidos de nuestra propia casa. Y estoy hablando a cristianos y de los cristianos. Todo ello, ciertamente, degrada la vida pública y privada más que las corrupciones y miserias humanas que pretende descubrir y denunciar. ¿Cuál puede ser el futuro de una sociedad que deja erosionar, sin réplica, sus propios fundamentos?


Se hace necesario reaccionar. Romper el tópico que muestra como fórmula preferida del entretenimiento del público una vulgaridad soez, más propia de un zoo que de una sociedad humana digna de tal nombre. Urge acumular imaginación y audacia -y restar complejos-, para buscar nuevas formas de ocio limpio. Se impone un claro rechazo al servilismo y esto, desde luego, no puede hacerse por decreto, por imposición, sino con el ejemplo, con el testimonio y con la convicción previa personal. No será posible cambiar la sociedad, si antes no cambiamos cada uno de los que la componemos.



Un vital cordón umbilical
Corren tiempos en los que la opinión de cada cual pretende prevalecer sobre el Magisterio; domina el "a mi entender", sobre lo que realmente las cosas son; tiempos, como dicen los americanos, del "Believing without belonging": una especie de creencia en alguien, en algo más o menos explícito, pero sin exigencias concretas, sin adhesión específica ni frecuencia regular institucional. Es una religión de "Dios sí, pero curas no", o de "Cristo, sí pero Iglesia no". Y lo más curioso es que unifica a muchos occidentales de hoy, que consienten en ser gregarios y obedientes a persuasores más o menos disfrazados; a la vez que alérgicos a jerarquías y dogmas, y mucho más a compromisos morales.

En una Iglesia descascarillada por las sacudidas postconciliares, la caridad ha sido rebajada hasta convertirse en filantropía, solidaridad o compromiso social; y resultan de dudosa ortodoxia hasta las enseñanzas de alguna universidad "católica", obsesionada por el "diálogo", pero un diálogo en el que la propia identidad se desvanece. En tales planteamientos, por supuesto, son unos pocos los que marcan la pauta a los demás de cómo deben pensar. Desde las ideologías del setecientos nos tratan de "vender la burra" de que la única dimensión importante para el hombre es la social y económica. Y no es verdad en absoluto.


No parece necesario perder tiempo en demostrar que, en el mundo en el que vivimos, el cordón umbilical que une al hombre y a la mujer de hoy con eso que -para no andar con rodeos-, se llama información o cultura; ese vital cordón umbilical, es la prensa, la radio y la televisión; los medios de comunicación en una palabra. En su amplio espectro entran muchas otras cosas: gabinetes de prensa, tertulias, etc. Toda esa realidad diaria, palpitante, que cabría sintetizar en una sencilla pregunta: ¿Se imaginan ustedes por un momento lo que sería levantarse mañana y no tener medios de comunicación, ni trasvase e intercambio de ideas y conocimientos? ¿Se imaginan el caos espantoso en que se convertiría el mundo del espíritu, de la economía, de la cultura, la política, el deporte, el espectáculo, la moda y el ocio...? Sería como si se le parase el pulso al mundo de repente y le diese un infarto…


Pero, como decíamos, "estar informados" no es tener conocimientos y cultura en el sentido hondo de la expresión. Según las últimas encuestas sociológicas sobre "La sociedad española", a los medios de comunicación les salen las siguientes cuentas:


Nada menos que veintiocho de cada cien familias no compraron un solo libro en un año, y la mitad de los españoles no leyeron ni un libro el año pasado. Cuatro de cada diez españoles no lee nunca, y España ocupa el último lugar de la CE en lectura. Lo cual se completa diciendo que el hábito de leer el periódico diario es más propio de los varones que de las mujeres, y más también de los mayores que de los jóvenes. Éstos, tanto chicos como chicas, leen todavía menos que los maduros. El máximo hábito lector de prensa corresponde a los arreligiosos de izquierdas (64%), y el mínimo a los católicos practicantes de centro (33%).


Continuando con los datos, la omnipresencia de la televisión es apabullante. Más de la mitad de los españoles pasan, de promedio, más de dos horas diarias ante el televisor. Las mujeres son más teleadictas que los varones, y la teleadicción sube conforme se desciende de posición social y de nivel de estudios. La tele más frecuente es a las horas de comer y, sobre todo, de cenar; y en las sobremesas.


Los datos complementarios son, si cabe, más espeluznantes. Cerca del 75% de la población española reconoce que ve demasiada televisión. Pero, lejos de reducirse, el consumo diario aumenta y lleva camino de acercarse a los niveles de Estados Unidos: cuatro horas diarias. El año pasado por estas fechas el promedio era de tres horas y media.


Ya sé que hay un periodismo como las jeringuillas modernas o los kleenex: de usar y tirar. Esto debería darnos la esperanza de una menor influencia social de lo que parece por las estadísticas, pero muchas veces pienso en lo útiles que son los recogedores de basura para los fertilizantes. Es decir, todo influye; hay muchas y sutiles formas de no-verdad: imponer etiquetas descalificadoras; indignarse selectivamente, con esto sí y con lo otro, igual de injusto, no; insinuaciones pérfidas, sin base; descrédito sistemático del adversario; chantaje, intimidación, compadreo, tráfico de influencias, información privilegiada, creación de un clima resignado de incertidumbre, silencios cómplices, compromisos parciales. La Verdad desnuda crea problemas. No es fácil ni cómodo decir la verdad en medio de ese vendaval de cinismo.


Pero también hay que decir que todo eso no se lo "inventa" la prensa; quizá sólo lo "airea". El amarillismo, la corrupción y el chismorreo están en la sociedad, que lo paga, lo desea y lo ve con morbo. El Derecho es comprado por treinta euros; la cultura del "pelotazo" -pelotazo financiero- atonta a los jóvenes, que se les cae la baba ante los ídolos con pies de barro, que disponen de yate y tarjeta-oro en restaurantes de cinco tenedores. Si no tienes más que el otro, eres más tonto que el otro. Y cuanto más enjutos de mollera sean, más se suelen erigir en defensores inconmovibles de tertulias de tres al cuarto.


Tal vez sea ésta una sociedad que simplemente no quiere complicarse la vida: prefiere los culebrones salpimentados con otras yerbas: los "reality shows", que no son información y que comercian escuálida y cutremente con el dolor humano; y llevan, además, a los menos experimentados, a creer que todo el mundo es así de penoso. Ciertamenta hay quienes confunden profesionalidad con agresividad, y no respetan la intimidad ni el dolor, e incluso aprovechan el comprensible descontrol de las personas en los momentos cruciales de la vida. Con su pan se lo coman y que les aproveche.


Como disculpa, hay quien dice eso tan gracioso de "son cosas de los tiempos...". San Agustín, nada menos, -y ya ha llovido desde entonces- les contestó: "Nos sumus tempora". ¿Son los tiempos los que tienen que hacernos, o nosotros hemos de hacerlos a ellos?


Volvemos a lo de antes. Es necesario adelantarnos, tomar la iniciativa. La Iglesia y los católicos hemos de "inventar" lo que sea para llegar a la gran masa de público. Objeciones: muchas. Siempre se plantea el mismo dilema: ¿es preferible disponer de medios católicos de comunicación, o de católicos ejerciendo en los medios existentes? Yo diría: déjense de acertijos; ¿acaso lo uno es incompatible con lo otro? Los medios de comunicación son eso: medios; insisto porque, por un extraño masoquismo, hay mucha gente empeñada en convertirlos en fines.


"Que empiecen otros...", piensan algunos. Pero ¿quién o quiénes piensan que nos lo van a resolver? ¡Cuántos católicos inhibidos tendrían tanto que decir…! Julián Marías ha denunciado, no hace mucho, cómo en España hay, en este momento, verdaderos intelectuales y excelentes profesionales de la comunicación que están sistemáticamente excluidos; quizá porque los que manejan los hilos temen, con harta razón, que les puedan hacer sombra.



Las posturas, para la gimnasia
Como he señalado, la televisión se ha convertido en uno de los modeladores de la cultura moderna; y los contenidos televisivos tienen una repercusión directa en los usos cotidianos, entre los que destacan el lenguaje y las relaciones familiares. Alguien ha dicho que la libertad del hombre actual pasa por saber apagar la televisión a tiempo. Pero también podría pasar por convertir su luz artificial y sombría, en luz verdadera.

En cuanto a la competencia entre la televisión y otros medios (periódicos, revistas y cadenas de radio), hay que subrayar que éstos no suponen una amenaza preocupante para las empresas de televisión, ya que no ocasionarán un descenso en la audiencia total de los canales. Incluso se vaticina que Internet representa, a la vez, una amenaza y una oportunidad para las empresas de televisión. "Il New York Time è come la Pravda sovietica. La Pravda non dava le notizie; il New York Time invence ne dà troppe. Per leggerle tutte non basta una settimana; dunque è comme se non ci fossero".


Con fina ironía, Innerarity escribió hace algunos años que en nuestra civilización el decir tiene más prestigio que el callar. La libertad de expresión parece entenderse como una incontenible obligación de hablar, de tener siempre a punto una opinión para el debate, sobre cualquier tema y en cualquier momento; y si la cuestión es trascendente, la incontinencia verbal parece ser inversamente proporcional a la competencia para opinar. Sin embargo, si eres un opinador católico, has de saber que tu cometido principal no es enseñar a la Iglesia, sino aceptar sus enseñanzas.


A propósito de esto, es conveniente recalcar que la Iglesia, en su doctrina social, no tiene postura determinada; eso de las posturas queda para la gimnasia. Tiene una enseñanza. Muestra un camino de humanidad, y cada uno es libre: la acepte o la deje de aceptar. Sabiendo que, quien no está dispuesto a aceptarlo, quien prefiere que su conciencia se entienda directamente con Dios, lo suyo es ser protestante. Y si, incluso esto, le parece demasiado programado para su gusto, puede elegir ser persona religiosa sin pertenecer a ninguna iglesia; o también ser agnóstico, como tantos. Algunos católicos que pretenden ejercer lo que alguien ha llamado crítica militante, no creen que el Espíritu Santo hable a través del Papa; pero, por alguna misteriosa razón, no tienen inconveniente en creer que el mismo Espíritu Santo habla a través de ellos. Es muy probable, sin embargo, que, en este mundo de convicciones blandas, muy pocos sean capaces de soportar la insobornable libertad de estar convencido hasta el fin de lo que cree.


Parece de capital importancia recordar que el cristianismo no es un código moral, ni una especulación filosófica, ni una construcción de nuestra mente: el cristianismo, dice Guardini es la Persona de Cristo. Y no es nuestro, es una revelación, un mensaje que nos ha sido confiado y que no podemos reconstruir a nuestro antojo. De la misma manera que la Iglesia católica no es un partido, ni una asociación, ni un club: su estructura profunda y sustantiva no es democrática sino jerárquica. Cristo no dijo: "vamos a hacer unas primarias"; dijo: "tú eres Pedro". Todo fiel consecuente sabe que han existido y existirán siempre conductas y principios inamovibles en el depósito de la fe, porque su vulneración significaría un rechazo del mismo Jesucristo. Y es el Magisterio de la Iglesia a quien compete la última palabra sobre la Revelación divina. No al experto, al opinador, al teólogo, ni al hombre de la calle, con sus opiniones siempre provisionales y cambiantes. Tiene una autoridad que no se legitima en los votos de una mayoría más o menos cualificada, sino en la autoridad del mismo Dios, que ha querido compartirla con sus representantes en la tierra, hasta su retorno definitivo.


Hace algún tiempo, los sociólogos de la comunicación, hablando de los problemas que la televisión puede causar en los adolescentes, implantaron el término: "la droga que se enchufa", porque resulta realmente difícil "desenchufarse" de ella. A veces el padre dice a sus hijos: "No veas tal o cual programa"; y entonces lo graban y lo ven más tarde (hablo de hechos reales). De la misma manera, es sorprendente ver a católicos que van a comulgar con ciertos periódicos bajo el brazo. No hay coherencia en esas vidas y, al no haberla, se acaba pensando como el periódico que se lee, es un lema comunmente aceptado en la comunicación.


El secreto para "comunicar" está contenido en dos presupuestos: tener algo que comunicar, porque nadie da lo que no tiene; y saber comunicarlo, porque se puede ser teólogo y no saber comunicar la fe, la buena noticia. Para saber comunicar hay que ponerse, con humildad, a la altura del lector, oyente o televidente; hablarle en su lenguaje; con sencillez y claridad. ¡Ah, y desde la convicción personal!, que la gente no es tonta. Si se le intenta dar gato por liebre, acaban dándose cuenta.


Una palabra clave en este contexto, es: "servicio". No se puede ser auténtico profesional de la comunicación, si no se quiere y no se sabe servir al destinatario de la información. Servir no quiere decir adular. Los profesionales de la comunicación nos debemos a los lectores, oyentes o televidentes. No obstante, antes -nosotros y ellos-, nos debemos a la verdad de las cosas. El mejor servicio que cabe es hacer brillar el esplendor de la verdad. Porque la libertad, hoy tan justamente de moda, es imprescindible y maravillosa; pero lo que hace al hombre libre, no es la libertad indiscriminada, sino la verdad.


Hay que evitar, por todos los medios, que la mal llamada "información religiosa", sea entendida como chismorreo clerical; o como algo que tenga que ver únicamente con personas y hechos de la Iglesia. "Información religiosa" es la vida: toda la vida, vista con ojos cristianos. A nadie se le pide que publique íntegros los documentos vaticanos, pero a un profesional serio y responsable, lo menos que se le debe exigir es que, cuando hable o escriba sobre ellos, al menos se los haya leído.


La televisión, de la que venimos hablando, se prolonga en los pubs y las discotecas. Tanto una como otros, se han convertido para muchos jóvenes en un factor educativo determinante. Con estos últimos tratan de llenar -o de matar- una vida que carece, casi por entero, de sentido y de raíces. El fenómeno de las "movidas" de cientos de miles de jóvenes los sábados por la noche, de discoteca en discoteca y de litrona en litrona, tiene causas bien precisas, que sería necesario analizar y reflexionar. Es todo un fenómeno social, político y económico. Y, además, un interrogante tremendo a la pastoral de la Iglesia. Esos jóvenes, que se pasan la noche del sábado -y cualquier rato libre- deambulando de un lugar a otro, descontentos de sí mismos y enfadados con la realidad, porque nadie les ofrece nada más valioso que hacer con su vida, ¿son realmente los culpables de esa situación?

El trigo y la cizaña
No creo que los procedimientos o los métodos, mecánicamente aplicados, puedan cambiar nada importante en la vida de los hombres o del mundo. Sólo Cristo cambia al hombre, y sólo el hombre cambiado por Cristo puede cambiar el mundo. No hay, pues, "recetas"; aunque sí que hay muchos retos y muchos caminos abiertos a nuestra vida cristiana y a la práctica pastoral: que Cristo sea la pasión de nuestra vida; que Cristo tenga que ver con todo lo que hacemos; que el camino de la Iglesia sea la humanidad misma del hombre; que la Iglesia sea verdaderamente un pueblo; y la liturgia una representación misteriosa pero real del milagro de la redención, y una escuela para la vida. Sólo de ese modo, la vida entera podrá estar traspasada por la gratitud y la alegría.

Pero eso no es fácil. Un día llegó a Roma el director de un gran diario americano; hombre de reminiscencias culturales cristianas; y resumió con lenguaje de parábola evangélica la tarea diaria de la selección de noticias: "Trabajamos todo el día separando el trigo de la cizaña y, por la noche, publicamos la cizaña". ¿Por qué?, sencillamente porque tiene más morbo. Este es el "laicismo infalible" que hoy tantos cacarean: simple oportunismo. Quizá conoceréis el chiste de Kinng: "no puede ser Papa porque dejaría de ser infalible…" Hoy sólo a cierto prepotente laicismo, políticamente correcto, se le permite ser la medida universal de la ética, de la estética, de la política, de la ciencia o de la inteligencia.


En resumen: tenemos mucha información, sabemos más que nunca; pero tanta información no nos hace más sabios, ni por tanto mejores. Paul Ricoeur, el infatigable buscador del sentido de las cosas, diagnostica implacablemente los males de nuestro tiempo: se trata de una hipertrofia de los medios y una artrofia de los fines. Hay demasiados medios para los escasos y raquíticos fines que se propone nuestra sociedad: más "caballos" que "indios"; en un mundo en el que Irak arde, USA enciende, el 65% de la población mundial no ha hecho nunca una llamada telefónica y el 40% no tiene acceso a la energía eléctrica. En los Estados Unidos y en Europa se encuentra el 55% de los 1.000 millones de televisores que existen hoy en el mundo; el 4% en Iberoamérica y en África sólo el 1%.


¿Qué quiero decir con estos ejemplos? Que en cada oferta de información y de contenidos, late una filosofía y, en consecuencia, una antropología y una ética. No hay comunicación neutra. La cuestión se complica, además, porque la oferta de mensajes en nuestra sociedad es continua y múltiple. El resultado final es que cada individuo se familiariza precozmente con una interpretación de la realidad que no es unívoca; y la visión del mundo que puede haber recibido en la familia, en la escuela o en la comunidad social en que vive, entra en competencia con otras visiones muy distintas, ofrecidas por los medios de comunicación. Esto, que en principio no debería tener una cualificación negativa, plantea el grave problema de cuáles son -en definitiva- las instancias que forman las actitudes básicas de la persona de hoy.


Consecuencia: si la familia pierde su conciencia y su capacidad formadora, y la Iglesia difumina su proposición de los valores, entonces los medios de comunicación se convierten en el primer agente formador de las multitudes. Por eso con frecuencia, hoy, los valores religiosos mantienen cierta vigencia personal; pero han desaparecido como pautas sociales.


A lo anterior se suma la celeridad de la transmisión mediática, que supera la de los medios tradicionales con que la Iglesia ha difundido su mensaje durante siglos. Hoy católicos de todo el mundo -comprendida la Jerarquía- reciben la primera información sobre los pronunciamientos del Papa a través de los medios de comunicación, mientras que antes esa información llegaba por la parroquia o por la escuela católica. Igual que antes, esto presenta ventajas y desventajas: para muchos católicos, que frecuentan poco los ámbitos eclesiásticos, su única fuente de información es la televisión o el periódico. Carecen de otros elementos de juicio o de contraste para lo que escuchan o leen.


Recuerdo una anécdota concreta en que se me hizo patente lo que estoy diciendo. En un viaje del Papa a Colombia, un niño de unos 10 años estaba entre la multitud que esperaba saludar al Santo Padre. Cuando por fin el Papa se acercó, con una excitación visible en sus ojos, aquel niño exclamó: "¡Tú eres el mismo de la televisión!". Es decir, la realidad llegaba mucho después que la imagen virtual con la que el niño ya se había familiarizado. En otra ocasión, en la ciudad de Los Ángeles, una periodista con interés sincero y algo ingenuo, me preguntó: "¿puede usted explicarme por qué el Papa tiene tanto interés en la televisión?". Prometí a la periodista que contestaría a su pregunta si antes ella respondía a la mía: "¿puede usted explicarme por qué la televisión tiene tanto interés en este Papa?"


En fin, aunque lo dicho pueda ser cierto, los creyentes hemos de tener clara una idea: ¡basta de lamentarse!. No sirve para nada. Cualquier oleada de tristeza, de "tirar la toalla", aniquila la voluntad. ¿Es ésa una actitud propia de quienes creen en el Crucificado que resucitó? Nuestra fe sería bien pobre si los lamentos nos hicieran vacilar. Los cristianos somos responsables, en buena parte, de cómo hablan de nosotros los medios de comunicación. Esto es lo importante. Y lo que nos debe llevar a intervenir en ellos con decisión y adecuándonos a sus modos de ser.


El problema, hoy como siempre, no es tanto la hostilidad como la indiferencia de los propios católicos. Y eso se arregla con menos "herederos" y más "testigos" de la fe. La Buena Noticia, a que nos referíamos al inicio, no sólo sucedió. Lo maravilloso es que es y será siempre Noticia. ¿Y es necesario recordar que las "noticias" son para darlas? ¿Por qué nos entretemos, entonces, con cuestiones accesorias? No nos equivoquemos de combate. No perdamos el tiempo con bobadas. No luchemos contra Polifemos, reales o imaginarios, y vayamos al núcleo de lo que tenemos que comunicar.



El confesionario de la tele
La televisión tiende a reemplazar a la religión. No sin ironía, se podría hablar perfectamente de la "misa mayor" de las ocho de la tarde del sábado: la gran masa de público ante el telediario y el "prime time". Quizá parezca exageración, pero pensémoslo bien: la religión ha sido siempre definida por su función de "re-ligazón" social: ¿...y qué otra cosa busca la tele? Los presentadores, a menudo, aparecen como nuevos profetas y predicadores; los escenarios, como los nuevos púlpitos. Los medios llegan a ejercer un verdadero magisterio entre el público. Cuanto menos se confiesa la gente en los confesionarios eclesiásticos, más se confiesa públicamente ante la pequeña pantalla. Es quizá uno de los aspectos más indecentes de la televisión, peor que la pornografía. Hace tiempo se bromeaba, a veces, con las preguntas indiscretas que hacían los confesores. Hoy, en la tele, todo detalle es preguntado y respondido, hasta lo más morboso. Hay que denunciar con descaro, la incompetencia y la cara dura de quienes se llaman periodistas y, con frecuencia, presentan hechos manipulados o deformados; y otras veces: caricaturizados, fuera de contexto, sin comprobar y sin contrastar, y por tanto sin la justicia debida. La ignorancia siempre ha sido atrevida; lo peor es que hoy es también aplaudida.

¿Y qué decir de "los muñecos" de la tele, sistemática y programadamente obscenos y calumniosos, que hacen furor en toda Europa? Si pueden hacer lo que hacen, es porque el público al que se dirigen - y que los sigue- está dispuesto a tolerarlo. Al igual que sucede con "Gran Hermano", "Tómbola" o "Crónicas Marcianas". Si sobrepasan los límites de la decencia, es porque las barreras no son firmes y sólidas. Cada vez son menos los profesionales que se prohíben a sí mismos la bajeza, la ordinariez, la maldad. Se puede decir que el mal estaba hecho con anterioridad: en la erradicación de los valores éticos, previa a tales espectáculos.


Si se permite lanzar basura y descrédito sobre la religión, en concreto, ¿no será prueba de que la religión ya sufría un cierto descrédito?; hace veinte años no se hubiera permitido. Por ejemplo, Juan Pablo II es, con probabilidad, la personalidad mundial a la que más frecuentemente se le hace decir lo que de ninguna manera ha dicho; aunque también hay que reconocer que, dentro del marco eclesiástico, es de los que mejor se defiende. En el fondo, quienes atacan así a la religión caen en una clara contradicción consigo mismos: si, como tantas veces cacarean, la religión pertenece a la esfera de la conciencia privada, ¿por qué hablan tanto de ella públicamente? ¿de un fenómeno que, según ellos, debería ser estrictamente privado?


Aquella degradación de criterios y valores éticos es bien visible; hasta en las cosas más naturales. Hasta en la terminología. Para muchos niños de hoy la palabra "padre" no significa lo mismo que para los niños de hace medio siglo; y no digamos nada "madre". ¿Qué decir entonces del lenguaje aparentemente esotérico, que usa la Iglesia, ante quienes no saben quién fue La Magdalena, ni lo que significa profetismo, etc…? ¿Y el kerigma y el carisma; habrá alguien hoy que simplemente intuya de qué se está hablando? Pretendo, adrede, provocar a mis oyentes, para ayudarles a reflexionar. La Iglesia no es comprendida, es cierto; pero ella -es decir, nosotros- ¿comprendemos a la sociedad actual: sus limitaciones, su problemática?. Somos poseedores de la Palabra, pero ¿usamos el lenguaje más adecuado para anunciarla?



El periodista cristiano
¿Qué hace un periodista cristiano? Sencillamente periodismo. No es un periodista especial; es un periodista "full time", como los demás. Podría dar la impresión de que el adjetivo cristiano modifica al sustantivo, pero el sustantivo es siempre lo principal. Decía el Cardenal Herrera Oria que un periódico cristiano, lo primero que tiene que ser es un periódico. Y el Cardenal Daneels, arzobispo de Malinas (Bruselas), lo confirmaba: "Vuestro trabajo es informar. Las homilías son cosa mía. Yo me encargo de ellas". Podría decirse, pues, que la tarea del periodista cristiano no es la de proclamar la Verdad revelada, con mayúscula; sino buscar, anunciar y contar, cada día, la verdad con minúscula: la humilde verdad de los hechos, una verdad con múltiples facetas, tantas veces fragmentarias e incluso contradictorias. La sencilla verdad de los hechos, que es la verdad de los hombres corrientes.

Mirar y contar el mundo con ojos cristianos es mirar a los hombres, como cualquier otro periodista, a través de lo que pasa. Y, como cualquier otro cristiano, a través de los hombres mirar a Cristo. Si se me pidiera un slogan para Alfa y Omega, me gustaría decir que es un periódico que escucha cómo late el corazón del mundo. Tampoco me disgustaría lo que un obispo francés dijo en su momento de "La Croix", el diario católico francés: "Es la ´Gaudium et Spes´ de cada día".


Nada sería más contrario a la vocación de un medio de comunicación cristiano, que encerrarse en sí mismo. Si todo periódico por naturaleza es apertura, ...para qué contarles a ustedes ¡un periódico cristiano! Tal periódico no puede ser de derechas o de izquierdas, progresista o conservador; está en otra dimensión, como el Papa, como la Iglesia: por encima de esas distinciones. En cambio, deberá esforzarse por ser fiel al Evangelio; y también por ser libre (sin ataduras partidistas). Igualmente deberá ser un periódico prestigiado y respetado; cuyos responsables sientan, sin complejo alguno, un cierto sano orgullo de trabajar en él. Profesionalidad, fidelidad y libertad son, en este caso, tres palabras clave e inseparables. La libertad, como la lealtad y la fidelidad, es la condición de la credibilidad;


Una libertad plena, como decíamos, respecto de cualquier autoridad; incluida la religiosa. El principio según el cual vale más la libertad con abusos que ninguna libertad, se debe aplicar a la Iglesia como a cualquier otra sociedad. No hace mucho, Monseñor Di Falco, obispo auxiliar de París y responsable de la televisión católica francesa, citaba a un ilustre periodista católico francés, Robert Serroux: "Es de desear que seamos insumisos. Lo único que pido a nuestros lectores, aparte de que lo sean ellos también, es que no nos estimen menos que a cualquier otro periodista; y que nos juzguen sobre lo que debemos ser, y no sobre lo que a ellos les gustaría que fuéramos".


Es importante que los medios de comunicación, como la política por otra parte, no sean vistos sólo negativamente, como un mundo diferente y extraño. ¿Es criticable una comunicación deficiente por parte de la Iglesia? Sin duda. Pero los cristianos, también sin duda, deben hacer su propio examen de conciencia personal, y no participar en la hoguera del "no hay nada que hacer" o del pesimismo a ultranza. Toda generalización es rechazable: hay que evitar referir a la Iglesia lo que se habla de un cura que, por ejemplo, se declara homosexual. Y al contrario: no se puede permitir que el artículo "los", referido a los periódicos, signifique "todos" los periódicos.


Si todas las inútiles y estériles lamentaciones y quejas de los católicos se convirtieran en indignación eficaz, otro gallo nos cantara. Si tuviésemos la capacidad de indignarnos, no simplemente de quejarnos, y de gritar nuestra indignación; se acabaría el "pasotismo", la pasividad y la indiferencia en que viven tantos católicos respecto a la información.


Vivimos en una situación paradójica: nuestra sociedad no tiene referencia alguna común a la trascendencia. La secularización, llevada al extremo, vacía el espacio público de toda referencia trascendente. Hay que repetir, una vez más, con fuerza, que un cristiano no puede aceptar que su fe quede reducida a la esfera de lo privado. Sería inadmisible para él, como cristiano. Ciertamente, lo religioso no ha ser un sistema o un grupo de presión. Pero referirse a Dios no es suplantar al César, sino impedir al César que se convierta en Dios. No podemos vivir tranquilos, sin pulso, sin inquietud. Ser cristiano, ha explicitado Juan Pablo II, es ir contra corriente. Ser cristiano, ser hombre de verdad, no es algo precisamente confortable. En nuestro mundo moderno -digamos "post-moderno" para parecer más "modernos"-, el cristiano no es diferente de los demás. Recordad la Carta a Diogneto, del siglo II. El cristiano no es una persona que "sabe" en medio de personas que "no saben"; en todo caso, es una persona que "busca" entre otros que también buscan, y otros muchos que ni siquiera buscan. La diferencia no está en nosotros, sino en la gracia de Dios que nos sostiene y que es un don.


Y no tengamos miedo. ¿Se han dado cuenta ustedes de que el "no tengáis miedo" de Juan Pablo -este Papa mariano por excelencia-, no es otra cosa que la aplicación a nuestros tiempos de aquel maravilloso día de la Anunciación, cuando el ángel dice a María: "no temas". Cristo nos ha prometido que el mal no prevalecerá contra la Iglesia ¿Lo creemos ciegamente? ¿Entonces, de qué tenemos miedo? La Iglesia es un lugar de libertad -de auténtica libertad-; hoy que quedan tan pocos, si es que queda alguno.


Nadie acaba de explicarse muy bien por qué -y la verdad es que no es fácil, pero es un hecho- los católicos españoles, al menos una inmensa mayoría de ellos, tienen una especie de complejo, de extraño pudor, de miedo -digamos palabras exactas- a definirse y presentarse como tales. A llevar a las leyes y a los juzgados, a los periódicos y a las tiendas, a los transportes, a las películas, a la tele y a la publicidad, a los colegios de sus hijos, al Parlamento y al Gobierno, a la vida en una palabra, su testimonio y compromiso coherente con la fe que dicen profesar.



El rescoldo
Tras el Concilio Vaticano II, pareció haber un nuevo impulso, una especie de rejuvenecimiento de las viejas arterias de nuestro catolicismo; un aire nuevo, pentecostal. Por ejemplo cuando nos hizo su primera visita el Papa Juan Pablo II. Pero después de que aquellas brasas dieran su llamarada, volvieron a ser brasas entre cenizas; con algunos chispazos aislados, maravillosos, de misioneros o contemplativos, de santos; pero poco a poco aquello vino a ser fuegos artificiales o poco más. Y muchos volvieron al sopor, al pasotismo, a la indiferencia, el pesimismo, el desencanto, la desesperanza, la flojera espiritual. ¿Ocurrirá ahora lo mismo otra vez?

Sin duda, buena parte de las motivaciones profundas de esa situación cabe achacarlas a la falta de liderazgo, al pasteleo político; al socialismo que hubo -o que viene-, con las trabas educacionales y su oleada de basura y corrupción. Pero todo eso, esas dificultades, en otros tiempos y en otros sitios, para otros pueblos cristianos, lejos de ser freno han sido acicate, trampolines -recuerden el caso de la Polonia comunista-. Y en vez de "acomodarse a los tiempos", supieron hacer que los tiempos se acomodaran a lo que debe ser. En vez de quedarse en las sacristías y reducir lo religioso a la vida privada, o cuando más al ámbito familiar y basta; en vez de esconder la luz bajo el celemín, la subieron a los tejados y a las azoteas; y pusieron la luz bien alta sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa.


La última vez que Juan Pablo II estuvo con nosotros nos lo dijo abiertamente: "¡Salid a la calle!". ¿Qué es eso de quedarse cómoda y vergonzantemente en casa, de vivir un "cristianismo confortable"? La dimensión social de la fe es esencial, consustancial a ella. La Buena Noticia es para comunicarla; por mucho que pretendan acallarla, descafeinarla o reducirla a lo privado. Un fenómeno de conciencia individual y de libertad religiosa meramente personal es, por eso mismo, incompleta.


No se puede negar que empiezan a asomar tímidamente, en la vida pública, asociaciones nuevas y nuevos movimientos; que hay un despertar religioso esperanzador y creciente en nuestra Universidad; que los jóvenes empiezan a darnos, gloriosa y gozosamente, sopas con hondas a los mayores -que ya era hora-, y no entienden por qué nos avergonzamos de santiguarnos al salir de casa, al iniciar una comida o un viaje, de rezar o de confesar nuestra fe. No tienen nuestras rémoras y les saca de sus casillas, con razón, que el hecho de que pertenecer, por ejemplo, a la Acción Católica, al Opus Dei, o a Comunión y Liberación, o de compartir cualquier otro carisma religioso, pueda ser algo negativo; una especie de tara para acceder a la presidencia del Parlamento, cuando en realidad debería ser una garantía. Y, por eso, denuncian con valentía la exhibición de sectarismo de quienes ven en eso sectarismo alguno.


No se puede negar tampoco que las familias cristianas vuelven a reclamar con fuerza lo que les pertenece en justicia: la dignidad social, la igualdad ante la ley, la docencia para sus hijos, la limpieza en la tele, las costumbres sociales propias de seres humanos, de personas y no de animales en celo; aunque no siempre encuentren el cauce adecuado para conseguir que se respeten sus legítimos derechos. Éste sí que sería el cambio deseable para España. Y se podría decir que España va bien, sin tener que preguntar: "...pero ¿a dónde?


Sin duda alguna se ha dejado notar la pérdida -y por tanto la carencia- de medios de comunicación católicos a cara descubierta. La Iglesia española -toda entera, que conste, no sólo la jerárquica- dilapidó (palabra también exacta) el patrimonio cultural que tenía en medios de comunicación.


Podríamos poner un anuncio en todos los medios, que dijese: "Se buscan católicos creativos, imaginativos, dispuestos a demostrar, sin arrogancia alguna pero sin complejos de ninguna clase, lo que vale su fe en todos los aspectos de la vida: en la economía de mercado y en el Metro, en la farmacia y en la cátedra, en el hospital y en los tribunales de justicia, en el campo de fútbol y en la catequesis parroquial o en los sacramentos, incluido el de la Penitencia". Como digo, no es cuestión de lamentaciones inútiles: "¡qué seco está el desierto!". Haga usted su oasis; y usted,







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