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El co-fundador: Sr. Héctor Durand
La gran fuerza del señor Durand ha sido ante todo su fe; su fe en el sacerdote, su fe en la Iglesia, su fe en Cristo


Por: Pierre Bouchard | Fuente: www.msagen.org



El señor Héctor Durand nació el 25 de abril de 1892 en Saint-Jean-de-Matha en el condado de Joliette (Canadá). Ahí realizó sus estudios primarios y comenzó sus estudios clásicos en el Seminario de Joliette. A ejemplo de su padre, un pequeño industrial, el señor Durand tiene un mayor gusto por la construcción que por el estudio.

Antes de concretizar sus aptitudes, él debía hacer algunas experiencias, una de las cuales tiene consecuencias: su estadía en el oeste canadiense. Allí encuentra a una enfermera, la Srta. Clara Farrell, con quien poco después se desposa. Volvieron a Montreal con un poco de dinero reunido en el oeste. Es desde ese entonces que el señor Durand construía casas.

Su espíritu de iniciativa, su talento y su indesmayable trabajo, apoyado en todo por una excelente esposa, permite al señor Durand convertirse, en una época de grandes dificultades económicas, en un campeón de la construcción de casas.

Al final de la segunda guerra mundial, en 1945, el señor y la señora Durand poseían como propiedad algunos centenares de alquileres, además de lo que habían construido para sus hermanos y hermanas. Sin embargo, el rudo Héctor Durand llevaba en lo más profundo de su vida interior una semilla que no esperaba sino la ocasión providencial para eclosionar y germinar.

Esta ocasión se produjo cuando el señor Durand fue a un retiro cerrado en los Franciscanos de Chátauguay. El predicador de este retiro de hombres de negocios era un joven sacerdote de 29 años, el Padre Eusebio Menard. Su predicación, centrada en la Palabra de Dios y más especialmente en el Evangelio, producía un shock cuyo efecto no debía nunca más detenerse hasta la muerte del señor Durand.

Con justo mérito, el Padre Menard siempre repitió que había realizado su obra sólo gracias al señor Durand, a quien siempre le dio el título de Co-Fundador. A pesar de los vientos y mareas, la relación Menard-Durand produjo, en 27 años, frutos que quizás podrían compararse con cualquier otra obra sacerdotal.

Más arriba hemos señalado la predicación bíblica del Padre Menard en una época en que la Sagrada Escritura estaba lejos de encontrarse en todas las casas. Hay que indicar también, con no menos fuerza, la originalidad de la colaboración sacerdote-laico 15 años antes del Concilio Vaticano II.

La gran fuerza del señor Durand ha sido ante todo su fe; su fe en el sacerdote, su fe en la Iglesia, su fe en Cristo. No solamente leía la imitación de Cristo (su libro de cabecera), sino que imitaba a Cristo. Para él, la fe sin las obras no tenía ningún sentido. Ahí vemos por qué gasta toda su fortuna personal no solamente para organizar la Sociedad de los Santos Apóstoles, sino que trabaja infatigablemente, con perseverancia y casi sin descanso, durante los 27 últimos años de su vida para poder dar más sacerdotes a la Iglesia.

El último párrafo de su testamento, hecho a mano y firmado el 13 de noviembre de 1971, es significativo por la envergadura de sus intenciones y que muy bien podría ser, para nosotros, una magnífica ocasión de reflexionar: "Siento el no haber hecho más para construir otras casas para formar sacerdotes".

El que acaba de morir era un gigante y los que le han conocido no descubrirán sino poco a poco la inmensa gracia que el Señor les ha concedido al haber podido relacionarse con un hombre como él. Su desinterés y su generosidad no habrían alcanzado tal magnitud sin su determinación y su dedicación. No solamente sus obras sobrevirán, sino, hace mucho tiempo, su acción apostólica sobrepasa las fronteras de nuestro país. Africanos, Sudamericanos y Asiáticos se benefician de su generosidad.

Que Dios sea alabado para siempre el habernos dado al Señor Héctor Durand. Que, de lo alto del cielo, nos dé un poco de su caridad.

Pierre Bouchard (Homilía pronunciada el 9 de marzo de 1972)



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