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El don del tiempo
Le doy gracias a Dios por el tiempo que me ha regalado hasta ahora, y me pongo en sus manos para que siga contando con mi pobre persona para lo que haga falta


Por: P. Juan García Inza |



Considero el tiempo como uno de los dones más bonitos que nos da el Señor después de la vida. Con el tiempo podemos desarrollar todas esas virtualidades que el Creador ha tenido a bien colocar en nuestra persona. No sólo recibimos genes, también recibimos la Gracia de Dios, las virtudes, los carismas, el amor, la alegría, la capacidad de admiración... Y durante el tiempo van saliendo a flote esas riquezas, y en el tiempo, en el aquí y ahora vamos disfrutando de lo bello y de lo bueno.

Hago este comentario a propósito de un cumpleaños que recientemente he celebrado. Precisamente el mío. ¿Cuántos años? Tal vez si fuera mujer me lo callaría, pero como a los hombres parece que nos importa menos la imagen, debo decir y digo con todo orgullo que he cumplido 60 redondos años. Sé de alguien que se alegrará el saberlo, pues parece que tenía cierta pillina curiosidad por la edad de este cura que sale cada semana por mercaba. ¿Sería más joven, menos joven? ¿Qué importa la edad biológica, digo yo, cuando uno es joven de corazón?

Es curioso. Cuando hasta el jueves yo decía que tenía 59 años, me decían algunos: ¡jo, eres un crío! Claro, me lo decía uno de 80. Cuando ahora digo que tengo 60, se quedan con el seis, y no tienen en cuenta que el cero es un cero solamente, y me dicen: Oye, ¡pues para la edad que tienes te encuentro muy bien. No los aparentas! Y uno piensa que todo es relativo. Claro, si yo me comparo con compañeros que acaban de ordenarse de curas, te consideras un viejo. Pero si me comparo con una Sra. que conocí el otro día en mi pueblo bañándose en el mar a los 96 años, y tan fresca, uno piensa enseguida: ¡Qué crio soy todavía! Lo que me molestó el otro día fue que en una noticia de sucesos de un periódico local dijera el periodista que había sido atropellado en un semáforo un anciano de 62 años. ¿A quién se le ocurre decir que una persona de 62 años es una anciana? Eso se podía decir hace 50 años cuando la gente se moría a los 53. Bueno, hay que tener paciencia y seguir viviendo la vida como un don.

En realidad no tiene más importancia lo que estoy diciendo, y menos tratándose de mí. Pero sí que ha sido motivo para pensar en la cantidad de cosas bonitas que he vivido en este tiempo. Mi tiempo de niñez tan feliz. Acabo de ver una foto de cuando yo casi no levantaba un palmo del suelo. Los años de la adolescencia, tan agradables. Mis siete años de Seminario preparando el sacerdocio. Los cuatro años de sacerdote primerizo en Yecla. Los otros cuatro siguientes en Pamplona, y mis incursiones semanales por Guipuzcoa haciendo parada en la bonita Tolosa para comerme un buen chuletón y disfrutar del paisaje. Mis estudios en la Universidad de Navarra. Los años de párroco en Jumilla, tierra de buen vino. El mundo de la enseñanza y de la juventud. Los nueve años de cura en el mismo pueblo que me vió nacer (esto es una excepción que ocurre poquísimas veces, pues eso de tener que confesar a las abuelas del pueblo que te dicen "Juanito, ¿me puedes confesar?". Y me entraba una vergüenza que me moría). Los ocho años del gran pueblo de Abarán, en el magnífico Valle de Ricote bañado por el Segura, último reducto moro de la Reconquista. Allí está la Sierra del Oro, o del Lloro como dicen alguno estudiosos haciendo mención al lloro de los moriscos que tenían que dejar sus tierras para marcharse forzosamente a tierras africanas desde el puerto de Cartagena. Y en esa Sierra está el Santuario de la Virgen del Oro, en donde tantas horas he pasado de silencio y oración cuando quería huir de la vorágine del trajín parroquial. Soy de mar, pero me encanta la montaña. Ahora estoy en un barrio murciano, y a los 60, cuando ya tenía que ir pensando en un puesto más cómodo, me manda el Sr. Obispo a crear una nueva Parroquia, hacer un nuevo templo junto a la Universidad, y dedicado a Santo Tomás de Aquino. ¿Una locura? ¿De donde saco yo los 90 millones que me hacen falta? Si alguno de mis lectores conoce a algún mecenas que me pueda echar una mano se lo agradeceré en el alma. Uno es hijo de la obediencia. Y también hay que demostrar que a los 60 está todavía uno para empezar de nuevo, porque hay juventud en el corazón e ilusión en el alma. Y cuento con la Gracia de Dios.

Que me perdonen los lectores que esta vez haya hablado tanto de mí. Somos una familia, y también necesita uno compartir sus inquietudes con los amigos que, gracias a la técnica, tienes por todo el mundo, aunque no conozca sus caras.

Le doy gracias a Dios por el tiempo que me ha regalado hasta ahora, y me pongo en sus manos para que siga contando con mi pobre persona para lo que haga falta. Nunca se sabe hasta cuando. Escribiendo este artículo me han llamado para decirme que acaba de morir un compañero mío sacerdote, de los que entramos juntos al Seminario, de los que fuimos juntos al mismo pueblo, y que tenía más o menos la misma edad. El Vicario que me ha llamado me ha dicho: ¡Cuidate, que somos pocos! Uno hace lo que puede, y sigue trabajando porque sólo Dios sabe el día y la hora.

Amigos de Catholic.net, gracias por leerme y que recéis una oracioncilla por mí, para que aproveche bien el tiempo.









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