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La conversión de un sacerdote
Este testimonio fue proclamado en una celebración eucarística el lunes 12 de febrero de 1979. Lo transcribimos de una cinta magnetofónica


Por: P. Rómulo Falcón |



¡Qué hermoso es encontrarse en una comunidad que está orando y alabando! ¡Qué hermoso es comprobar que por todas partes donde visito, un mismo Espíritu actúa! ¡Qué admirable es constatar que la Palabra de Dios se está ¡predicando con poder! ¡Qué bueno es saber que en las lejanas tierras del Perú no estamos solos, sino unidos en un mismo Espíritu, un solo Señor y una sola Esperanza! ¡Qué lindo es ver que se está renovando la Iglesia, no con acciones externas sino con la transformación de los corazones a través del encuentro personal con Jesús!

Queridos hermanos: ¡Qué hermosa alegría es para mi estar con ustedes! Porque en otras circunstancias, si el Señor no me hubiera alcanzado con su misericordia a través de esta Renovación, yo hubiera sido ahora mismo, alguien totalmente anónimo en la masa de los no creyentes. Por eso, hermanos, yo puedo dar mi testimonio de conversión, ¡Sí! ¡Es cierto que el Señor cambia vidas! Yo, como sacerdote fui cambiado por Él, necesité de esa segunda conversión, o mejor dicho, de esa primera conversión, porque nunca antes la había tenido.

Al llegar a esta comunidad, de no haberme puesto estos sagrados ornamentos, yo les hablaría simplemente como un convertido más, no como sacerdote.

Yo tenía unos veinte años cuando estudiaba ingeniería. No se como el Señor me llamó y me tocó con la vocación sacerdotal y me decidí por el sacerdocio. Encontré una congregación religiosa que comenzaba sus actividades en el Perú, la cual me aceptó.

Me enviaron a estudiar a Alemania donde tuve la oportunidad de conocer a los mejores profesores de Teología. Estudié con ellos, y narro esto para que se den cuenta que la sabiduría y el estudio no basta para ser un verdadero sacerdote.

Regresé a Perú en el año de 1959, lleno de conocimientos y formación profunda, pero no se por qué mis superiores decidieron enviarme a trabajar en las montañas, en la sierra de mi patria. Allí estuve abandonado y solo, en medio de la gente más pobre y humilde.

Poco a poco fui perdiendo mi identidad sacerdotal, y así me fui transformando en un simple administrador de sacramentos, en un empleado de oficina parroquial, que siempre ponía la condición de la paga económica para la realización de cualquier acto de culto.

No me daba cuenta cómo me estaba hundiendo cada vez más y más. Me llegó a "gustar" el dinero, era tan fácil aprovecharse del ministerio sacerdotal para conseguirlo. Al adentrarme más en el dinero iba siendo menos capaz de servir al Señor.

Luego de algunos años me sacaron de la sierra y me trasladaron a la costa, a la diócesis de Trujillo. Para entonces ya había perdido también el sentido comunitario de mi Congregación, el sentido sacerdotal, desde hacía más tiempo. Ya no sabía qué era ser sacerdote ni para qué continuar siéndolo. En esa situación llegué a Trujillo.

Allí me llegó un gran entusiasmo por llegar a ser "alguien" de importancia. ¿Por qué no podría llegar a ser Obispo? tenía estudios y capacidades. ¿Por qué no?

Con esa meta comencé a escalar los peldaños. ¡Qué terrible es el poder! Para subir hay que aplastar a otros hombres y despreciarlos como inferiores. Eso me pasó cuando quise apropiarme del poder y subir más y más.

A los pocos años ya tenía un puesto clave en la Diócesis. Era el Rector del Seminario de San Carlos. Por su parte, el Obispo era un anciano muy respetable, pero que poco podía hacer y decir. El Obispo auxiliar era un italiano, y como extranjero no podía entender la idiosincrasia peruana. Así pues, siendo yo el tercer hombre de autoridad en la diócesis, era quien prácticamente la manejaba.

Por experiencia propia les confieso lo horrible que es tener poder y no tener fe, lo terrible que es tener dinero y no tener moralidad. ¿Se pueden imaginar todo el mal que se puede hacer con dinero y el poder? Pues todo lo que ustedes se imaginan lo hice yo. En esa situación me encontraba.

Un día, según mi costumbre, estaba comiendo solo, ya que como Rector, con todos mis títulos, no me permitía comer con los profesores ni menos con los estudiantes, ya que me sentía acreedor a todo el respeto del mundo. Ese día llegó un sacerdote que venía de muy lejos y quería hablar conmigo. Yo, simplemente, ordené que le dieran de comer y hasta el día siguiente hablaríamos.

Al día siguiente me encontró y me dijo: "Monseñor, necesito hablar con el Señor Obispo".

Ya era ley que para hablar con el Obispo, antes tenían que pasar a través de mí.

"Escribe tu petición, y ya veremos si es conveniente que tú hables con él", -le contesté fríamente.

Pasaron los días y el sacerdote me seguía insistiendo en su petición, mientras que yo por mi parte lo seguía ignorando. Por fin al tercer día me dijo: "Monseñor, usted ya no es cristiano".

¿Se pueden imaginar el impacto de esa frase? Yo, el Rector, yo, Monseñor, con mis títulos y estudios, ¿ya no era cristiano?

Poco después presenté mi renuncia de Rector y me reincorporé a mi comunidad religiosa. Cada día me sentía de mal en peor y al poco tiempo pedí no sólo mi exclaustración sino incluso mi reducción al estado laical. Mientras esperaba la resolución de los largos trámites permanecí en una casa de la comunidad, pero ya sin realizar ningún misterio concreto. Me encargué de cuidar los pollos de la granja y sólo de vez en cuando celebraba la Misa.

Pasaba el tiempo mientras se resolvía mi situación. Pero un día llegó un sacerdote de un pueblo que me preguntó: "¿Que haces aquí?"

- "Estoy esperando que se resuelva una situación personal", le contesté.

- "¿Por qué no vas a predicar una misión a mi parroquia?" Me preguntó.

Entonces renació en mí el hombre organizador, el activista que tiene que hacer y estar metido en todo. Así, preparé todo el equipo que me acompañaría, los métodos y las charlas, etc.

Pero la Providencia tenía las cosas preparadas de otra manera. Ninguna de las personas que yo había invitado que me acompañara pudo ir conmigo. Sin embargo, como yo estaba dispuesto, me fui solo. Antes de salir le dejé una carta a mi superior para que por favor se dieran prisa en todos los trámites de mi reducción al estado laical.

Llegué al pueblo donde se debía celebrar la misión. Comencé los preparativos inmediatos y mientras hablaba con el párroco se apareció un muchacho de 18 años preguntando por Rómulo; ¿Rómulo? Era la primera vez en muchos años que yo escuchaba mi nombre solo, sin los títulos de excelencia, monseñor o rector.

Después de que me identifiqué, el muchacho se sentó frente a mí. Sin conocerme me habló de tú y me dijo con decisión sorprendente: "Fíjate, Rómulo, la mecánica de las misiones es muy sencilla: Tú predicas y yo oro".

Yo me reí, pero no le eché a la calle porque al fin era el único compañero que en algo me podía ayudar. Se llamaba Carlos.

Yo seguí preparando todas las charlas necesarias mientras que Carlos reunió un pequeño grupito y comenzó a orar. Esto me enojaba y me desesperaba. Había tanto trabajo y estas personas simplemente oraban y oraban....

Llegó el día de comenzar. Estaba yo en mi cuarto revisando y puliendo mis elocuentes discursos, llenos de sabiduría de este mundo, con técnicas de convencimiento, lógica y estilística. En eso alguien llamó a mi puerta. Era Carlos, el joven del grupito de oración. Sin introducciones ni preámbulos simplemente me dijo: "Rómulo, tú tienes que convertirte..."

- "¡Oyeme!", le contesté, "¿que te pasa? Yo, sacerdote, ¿convertirme?"

- "Sí, Rómulo, tienes que convertirte. Tienes que conocer de manera personal al Señor Jesús".

- "¿Cómo?", respondí violento, "¿Acaso no le conozco?"

- "No, Rómulo, tú no le conoces..."

En esos momentos comenzó una lucha tremenda en mi interior: "Señor, si yo no te conozco, entonces, ¿que ha sido mi vida?"

Yo continué poniendo objeciones a Carlos pero todas eran respondidas con una sencillez admirable por ese jovencito de 18 años. Luego me dijo:

- "Rómulo, Dios es tu padre y te ama".

- "Estás loco, le contesté furioso. ¿Cómo no voy a saber que Dios es mi Padre y me ama?"

- "Sí, Rómulo, tú "sabes"que Dios es tu padre, pero, ¿lo has experimentado alguna vez?"

Ciertamente yo no había experimentado el que Dios era mi padre y que me amaba de manera personal. Me senté en la silla escondiendo mi cabeza entre las manos y los todos bien clavados en mis piernas.

Carlos comenzó a orar por mí en un idioma que yo nunca había oído. Yo jamás había oído hablar de lenguas y en ese momento sentí una efusión del Espíritu de Dios en mí y comencé a llorar de una manera muy amarga. Mientras lloraba, el Señor me hizo ver mi triste vida de pecado, pero allí estaba Jesús perdonándome.

Cuando terminó la oración yo estaba agotadísimo. Entonces Carlos tomó los apuntes de mis charlas, los rompió y los tiró al cesto de la basura diciéndome:

- "Tú no necesitas de la sabiduría de los hombres. Vas a ir y a contar cómo el Señor te ha convertido..."

Y se fue. Yo me quedé otra vez solo, en la lucha más tremenda del hombre nuevo que acaba de nacer, y comencé a gritar: "¡No, yo predico, no lo hago, no puedo hacerlo!"

En ese momento tocaron a la puerta. Era el párroco que me estaba llamando: "Padre, la gente ya lo está esperando en la Iglesia..."

Abrí la puerta y comencé a andar. A mi paso me encontré con una Biblia. Ya hacía mucho tiempo que no la le leía. Yo conocía lo que decían los teólogos sobre Dios, pero no sabía lo que El decía de Si mismo en su Palabra. Yo me agarré de esa Biblia como única salvación y defensa. Así, subí a aquel púlpito que era alto, muy alto.

Pero por primera vez en muchos años oré al Señor y le dije: "Señor, ayúdame. ¿Que voy a decir?"

En ese momento abrí la Biblia y me encontré sorpresivamente con el texto de la Epístola a los Corintios que dice:

"Me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de lo persuasivos discursos de sabiduría humana, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe no se fundase en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios".

Yo no se que fue lo que prediqué esa noche. Sólo recuerdo que decía: "Yo he pecado pero el Señor me ha perdonado. Dios los puede perdonar también a Ustedes".

¿Han visto ustedes llorar a un sacerdote delante de sus feligreses? Pues esa noche lloré con ellos. Esa noche me convertí yo, y se convirtió el pueblo. Había recibido el Espíritu Santo y ahora Él hacía lo que para mí había sido imposible en años de ministerio: cambiar los corazones de los que escuchaban. Ahora Cristo estaba vivo en mí. Yo era testigo.

Regresé a Lima. Quiero aclarar que por primera vez en mi vida se me olvidó cobrar por servicios sacerdotales. Ya Dios me había pagado. Fui con mi superior para preguntarle sobre los resultados de mi carta que le había dejado antes de irme a predicar.

- "Ah", me contestó, "se me olvidó enviarla".
- "Pues olvídala para siempre", le contesté.

Así pasaron ocho largos meses de lucha del hombre nuevo contra el hombre viejo. Estaba solo y no conocía a nadie que hubiera tenido una experiencia semejante a la mía para compartirla. Yo, ciertamente, estaba renovado pero me hacía falta la comunidad y corría el riesgo de ser destrozado por el mundo y su pecado.

Para pasar el tiempo comencé a traducir la Biblia a mi lengua materna, el quechua. Este estudio y contacto profundo con la Palabra fue lo que me salvó. Todos los días me alimentaba con la palabra de Dios.

Un tiempo después pasó un grupo de hermanos sacerdotes que oraron por mí. En profecía me dijeron que no fuera a un grupo de oración al que una señora me había invitado, que era el grupo el qué vendría a mi.

Después mis superiores me enviaron a ayudar en la parroquia de San Lucas y el grupo de oración envió a un jovencito para que me instruyera. Este muchacho me dio el seminario de vida en el Espíritu. Yo tenía que cambiar no sólo mis actitudes externas, sino toda mi mentalidad, mi formalismo. Luego me impusieron las manos para que recibiera el Espíritu, aunque yo estaba seguro que ya le había recibido y que Él me había transformado. Poco después el grupo de oración se trasladó a mi parroquia y allí estamos ahora. El Señor cumplió su palabra.

Ahora me atrevo a predicar con un testimonio auténtico: Si el Señor me perdonó a mí, sacerdote caído, ¿por qué no puede hacerlo con ustedes?

Así y sólo así se va a cambiar y a transformar el mundo y la Iglesia. Así cambiarán las estructuras injustas, antes no. Entonces, ¡Cristo vivo reinará en medio de nosotros!











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