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P. Rodrigo Aguilar Alemán
Uno de los incontables mártires de la revolución mexicana


Por: Germán Sánchez Griese |




-No lo pensaré dos veces. Me disfrazaré con pajarita y sombrero para auxiliar a heridos y moribundos- pensaba el joven sacerdote. Y entre la gente pasaba inadvertido de las miradas y de las balas. Era la única forma de ayudar.

-¡Bonitos collares para sus chicas! ¡Anillos de oro labrado!
-¿Cuánto cuesta este anillo?
-Cinco pesos, marchante.
-¡Sinvergüenza!, vendes requetecaro. Mejor, cómetelo.

Hasta que un buen día el disfraz no le sirvió y le echaron mano. Eran los tiempos del México lindo y querido, aires de revolución. La nación se ha convertido en un polvorín a punto de estallar. Calles desiertas, comercios cerrados; familias desconcertadas, militares armados hasta los dientes. Noches frías y largas; días sin luz.

-Este desgraciado nos engaña. Jálatelo pa´ la otra manzana y nos lo echamos al plato.

Corren veloces las últimas horas del sacerdote Rodrigo Aguilar Alemán, uno de los incontables mártires de la revolución mexicana. Pasa la noche en vela, en un calabozo lúgubre y frío. Poco después de la madrugada del día 28 de octubre de 1928, un piquete de soldados se dispone a ejecutarlo.

Valientemente, el sacerdote Rodrigo toma la soga, traza en el aire un cruz, la bendice y perdona públicamente a sus enemigos. Los soldados le cuelgan la soga y lo levantan. Momentos de estremecimiento. Sensación de asfixia. Desde abajo, voces de burla: ¿Quién vive? -¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!- contesta una voz amordazada. Sueltan la cuerda y el condenado cae, presa de su peso. Tendido en el suelo, abrazado por la sombra de sus verdugos, escucha la infamante pregunta: ¿Quién vive? Con un jadeo, por segunda vez, responde: -¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!-.

Los soldados vuelven a enderezar la cuerda como se tensa un arco. Los ojos de los soldados lanzan miradas de odio, de aborrecimiento y de saña. Del cuello del reo manan goterones de sangre. Sangre fresca y caliente. Otro estirón. Los miembros se contraen: manos y brazos se contorsionan. La vida cuelga como un columpio. Entre el balanceo le preguntaban: ¿Quién vive? Apenas se escucha la respuesta. En medio de la asfixia, balbuceaba el agonizante: -¡Cris... Cris...to Rey... Marí...María de Guadalupe!-. Un último suspiro, desinflado como un globo. Fueron sus últimas palabras. Las últimas palabras de un mártir, de otro mártir mexicano. Uno más en la historia interminable del libro del amor.

He pensado mucho en los mártires. Se habla poco de ellos. Y sin embargo están ahí: en las actas y en los libros; en cada familia mexicana, española, cristiana,... Nuestra historia se ha escrito con su sangre. Me duele constantar el olvido en que los tenemos: mártires, santos del anonimato. Y ellos han dado la mayor muestra de amor: dar la vida.

La situación de ahora es diferente. A nosotros no nos cuesta, no nos duele ser cristianos. Quizás ya nos hemos acostumbrado. A lo mucho tenemos la valentía de darle un portazo a un testigo de Jehová y nada más. ¿Podría yo dar mi vida como los mártires? ¿Tendría la valentía de morir entre las fauces de los leones o engullido por los dientes de una espada?

Los primeros cristianos se horrorizaban al tallar crucifijos de madera. ¿Por qué? Porque les evocaba el suplicio de los esclavos y de los bandidos. Era la pena capital. El castigo más atroz. Algo así como nuestra silla eléctrica. Ser mártir hoy significa vivir el cristianismo hasta sus últimas consecuencias: ver una chica y no desearla, no emborracharse, no matar la fama del otro, no tomar la píldora,... La conciencia nos lo dice todo.

¿Has contemplado algún cuerpo completamente desnudo, incrustado en palo tosco con una madera transversal encima? ¿Has visto a un hombre desangrarse como un animal malherido? ¿Te has calentado con las llamas nauseabundas de hogueras humanas? Manos y pies encadenados, miembros desvencijados. Perros atraídos por el olor de la sangre, que lamen los pies. Buitres que planean alrededor del lugar de la ejecución. Víctimas extenuadas por las torturas, ardiendo de sed... Mártires. Centenares. Miles y millones, no sólo en México o en España, sino en todo el mundo.

¡Sangre de los mártires! Ser mártir en nuestro siglo significa creer en Cristo, seguir al Papa, confiar en que después de la muerte hay resurrección en vez de reencarnación. Ser mártir es creer en la cruz, en vez de adorar un árbol o besar una piedra.

Pienso en Jesús, mi mártir preferido. Lo contemplo así: acompañado de una cruz.

"En la cruz está la salud y la vida. En la cruz, la defensa contra los enemigos. En la cruz, la infusión de la suavidad soberana. La cruz es la fortaleza del corazón. En la cruz está el gozo del espíritu. En la cruz está la suma virtud. En la cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna en otro lugar, sino en la cruz" (Imitación de Cristo, II, 12).

Dar la vida. Sangre. Derramar la sangre. Gota a gota. Entregar la vida. ¿Qué hay en el corazón de un mártir? ¿De qué está hecho? ¿Qué esconden esos latidos? ¿Cómo se puede morir inundado de paz y gozo? ¿Es posible? ¿Todavía hoy? ¡Hoy!

¿Nunca has pensado en ser mártir?










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