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Wojtyla y Ratzinger, dos hombres excepcionales
El pensamiento fuerte frente al débil: Dios es admirable en sus santos


Por: Jesús Martí Ballester |



El llorado Papa Juan Pablo II, aún siendo teólogo y doctor en teología, tenía su campo principal en la filosofía. Fue catedrático de Ética en la Universidad Jagellonica de Cracovia. El, como filósofo, andaba buscando a un teólogo y lo encontró en Ratzinger, a quien Pablo VI había promocionado desde la Universidad para hacerlo Obispo y Cardenal. Ratzinger, era unos años más joven que Wojtyla y había hecho sus estudios teoló­gicos en una época de gran ebullición en los círculos católicos alemanes. En Munich enseñaban teólogos, exegetas e historiadores, tales como Schmaus, Söhngen, Mörsdorff, Maier y Pascher, todos grandes maestros que habían recogido y repensado la teología protestante de Karl Barth y Brunner, y además, la liturgia con Odo Casel. Allí creció la pasión de Ratzinger por la historia y la patrística, con San Agustín, Santo Tomás y San Buenaventura. Todos sabemos la influencia que tienen en los estudiantes sus profesores en sus estudios y la importancia que tiene su originalidad y luminosidad de sus aciertos e intuiciones, si son genios. Incorporado Ratzinger a una parroquia, e integrado en la universidad, se convirtió en uno de los profesores de teología más jóvenes y populares de Alemania, y consejero del cardenal Frings de Colonia, reformista en el Concilio, a quien ayudó a redactar sus intervenciones en la primera sesión en 1962. Como en la última fase del Concilio empezó a temer que algunas ideas se estuvieran apartando de la “Lumen Gentium”, al regresar a Alemania, y a su tarea en la Universidad de Tubinga, creció su preocupación por la orientación que estaban tomando muchas teologías alemanas después del Concilio.

LA REVISTA CONCILIUM Y SU ANTAGONISTA “COMMUNIO”

Por esta razón cuando sus colegas del Concilio, fundadores y colaboradores en la revista internacional “Concilium”, se desviaron, Ratzinger con un grupo de teólogos del Vaticano II, entre ellos Von Balthasar y Henri de Lubac, jesuita, amigo de Wojtyla, lanzaron la revista, “Communio”, con una interpretación disconforme con la que se estaba haciendo del documento. Tuvo que dejar amistades, y sufrir el desdén de “odio teológico” de los antiguos amigos. Y escribió una Introducción al cristianismo, obra con fuentes bíblicas, filosóficas y teológi­cas. A pesar de que Concilium y Communio divergieran en su interpretación del Vaticano II, ambos grupos se consideraban sus herederos, y se oponían a anticonciliares como el arzobispo Lefebvre.

RELACION DE WOJTYLA CON RATZINGER

El cardenal Ratzinger no conocía a Karol Wojtyla. Al morir Pablo VI y reanudarse el Cónclave, Ratzinger y Wojtyla se conocieron y descubrieron que sus análisis de la situación de la Iglesia eran muy similares. Ratzinger, uno de los padres intelectuales de la “Lumen gentium”, la Constitución dogmática sobre la lglesia y Wojtyla, uno de los arquitectos de la “Gaudium et spes”, la Constitución sobre la Iglesia en el mundo, descubrieron que la “Gaudium et spes” tenía que ser interpretada a través del prisma de la “Lumen gentium”, para que la Iglesia pudiera atraer al mundo moderno con su propio mensaje para asegurar la doctrina del Concilio Vaticano II. Decía Ratzinger que la Iglesia debía “atreverse a aceptar, con corazón alegre y sin disminución alguna, la insensatez de la verdad". A su vez Karol Wojtyla, diría a André Frossard que la palabra más importante en las Escrituras era “verdad”, lo que estaba totalmente de acuerdo con Ratzinger y con su escudo pontifical, “COOPERATORES VERITATIS”. Desde entonces se intercambiaron sus propios libros.

PREFECTO DE LA DOCTRINA DE LA FE

Juan Pablo II, que quería a Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, le dijo: “Tendremos que traerte a Roma.” Ratzinger contestó que era imposible, por el poco tiempo que llevaba en Munich. “Tendrá que darme un poco de tiempo”, pidió al Papa. Juan Pablo reiteró su petición, y ya no pudo resistirse por segunda vez.

Juan Pablo II se tomaba muy en serio la teología, y a los teólogos. Sabía muy bien lo que de ello dependía. Era la fuente. Las contribuciones de Ratzinger a la teología, y su conocimiento enciclopédico de la teología occidental, le habían granjeado fama de excelente teólogo en todos los sectores, tanto favorables a él como críticos. El Papa deseaba una renovación de la teología según demandaba el Concilio, y no veía a nadie como Ratzinger para ocupar el cargo de prefecto de la Congregación de la Fe. Prefería más a un hombre de su talla intelectual que a otro veterano de la curia. Ratzinger comenzó a aparecer en caricaturas como el fiero panzerkardinal, heredero de los inquisidores, o como un adusto alemán enemigo de la modernidad. En 1997, cuando un libro-entrevista reflejó su atractiva personalidad, se dijo que el cardenal había cambiado. No era cierto. Juan Pablo quería que la Congregación mantuviera una relación con la teología internacional. Por eso no designó a un medievalista, ni a un patrólogo, sino a un teólogo con vinculación profunda y a la vez crítica, con la filosofía contemporánea y con la teología ecuménica. El Papa respetaba el tomismo y a los tomistas, él mismo era tomista, pero rompió con la tradición nombrando prefecto de la Congregación de la Fe a un no tomista, porque creía en la existencia de una pluralidad de métodos teológicos, que debía tenerse en cuenta en la formulación de enseñanzas autorizadas.

LA INSPIRACION DE DIOS

Juan Pablo II afirma en su último libro “Memoria e identidad” que: “Vivo constantemente convencido de que en todo lo que digo y hago en cumplimiento de mi vocación y misión, de mi ministerio, hay algo que no sólo es iniciativa mía. Sé que no soy el único en lo que hago como Sucesor de Pedro. Pienso que la explicación se halla en el Evangelio. Cuando los primeros discípulos enviados en misión vuelven a Cristo, dicen: «Hasta los demonios se nos someten en tu nombre» (Lc 10,17). Cristo les contesta: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10,20). Y en otra ocasión añade: «Decid; Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10). Siervos inútiles... La conciencia del «siervo inútil» crece en mí en medio de todo lo que ocurre a mi alrededor, y pienso que me va bien así”. Vistas así las cosas, ¡cómo no ver el dedo de la acción de Dios en la asociación de estos dos personajes en el gobierno de la Iglesia, mutuamente acordes e influenciados, y se nota! Lo ha confesado el hermano de Benedicto XVI, Georg, cuando ha dicho que Juan Pablo II había dejado la huella en su hermano. La calificación de Benedicto XVI es ser instrumento insuficiente, siervo inútil, humilde trabajador de los campos del Señor.

DOS COLOSOS

La asociación de los dos personajes era enormemente interesante. El Papa era filósofo, el Prefecto, teólogo. Juan Pablo era polaco y Ratzinger alemán. Karol había sido uno de los arquitectos de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno. Juan Pablo cree que el siglo XXI va a ser una posible prima­vera del evangelio, tras el invierno del siglo XX. Ratzinger profundizará en la visión de una Iglesia del futuro más reducida y más pura, más viva, “la Iglesia está viva”, decía en su homilía, una Iglesia que, sin volver a las catacumbas, perdiera su antiguo status dominante en la cultura occidental. El creía que Occidente y su humanismo habían iniciado un declive cultural irreversible. Juan Pablo, a su vez, consideraba posible una revitalización del humanismo.

DOS TALANTES DIFERENTES

Ratzinger reconoció en Wojtyla, carismático y pastoral, su amor por el hombre, y la capacidad de desvelar la dimensión espiritual de la historia, dos rasgos que convertían la proclamación del evangelio por la Iglesia en formidable alternativa a los falsos humanismos de su tiempo. En el Ratzinger sabio, más tímido, Wojtyla veía a un compañero que lo superaba en el dominio de la teología. Juntos formaban un tándem intelectual fabuloso. En su encuentro semanal, repasaban la labor de la Congregación. Los martes, durante el almuerzo, estudiaban los análisis intelectuales más profundos, junto con otras personas, cuando había que estudiar alguna Encíclica o algún otro documento del Pontífice, como una cuestión de bioética, la situación ecuménica, la teología de la liberación o los discursos de las audiencias semanales. En esas conversaciones, tan características de su pontificado, Juan Pablo fue depurando las catequesis del Credo y la teología del cuerpo.

PRESTIGIO DE RATZINGER

La revista italiana “30 Giorni” publicó y la BAC reprodujo en un libro el siguiente diálogo, en el que Angel Scola, ahora Cardenal, pregunta al Cardenal Henry de Lubac:

--Quisiera preguntar el modo con que el cardenal Ratzinger gobierna la Congregación para la doctrina de la fe. Escribe libros, convoca a los periodistas, celebra conferencias de prensa, habla ante la televisión, aparece en la primera página de los perió­dicos, y es el centro de encendidas polémicas. ¿Qué lazo de unión hay entre este modo de go­bernar y el modo tradicional, que se hundía en el misterio?

--Todo lo que acaba usted de enumerar -responde De Lubac- no son precisamente actos de gobierno. Pero me parece muy positivo que la persona que ejerce ese puesto rompa con algunos hábitos de silencio, que se les reprochaban a sus antecesores. El Doctor Ratzinger es profesionalmente un excelente teólogo. Los mejores doctorandos acudían a la Facultad de Regensburg, Ratisbona, para ponerse bajo su dirección. No tiene miedo de abordar públicamente ni los temas fundamentales, ni los problemas de actualidad, y siempre con cariño, sencillez, mesura, gran respeto a las personas, y con una sonrisa. Sin embargo, su primera preocupación no es la de agradar; no elude su deber, aunque a veces resulte ingrato. Tiene muy presente la distinción que se da en su persona entre el teólogo privado y el jefe de la Congregación; tampoco olvida que uno de los fines esenciales de su propia Congregación es el de promover de manera positiva el estudio de la doctrina y aprovecha las ocasiones para cumplir personalmente esa función. Si se encuentra algunas veces en el centro de algunas polémicas, no es por su gusto. La campaña difamatoria que observo, desencadenada contra él, es una impostura o, al menos en algún que otro caso, una deplorable ligereza.

MINISTERIO TRASCENDENTAL EL DE RATZINGER

Ratzinger ha asumido y desempeñado una difícil tarea en un momento histórico recio. La clarificación fundamental de la fe católica, sostenida por él, debe ser matizada y complementada. No es algo intolerable discernir errores o herejías. Es un servicio imprescindible en la Iglesia y en el mundo de la política y de la sociedad. San Jerónimo, elogiaba a San Agustín porque había desenmascarado a los corifeos heresiarcas: “Has creado, le escribía, una expresión nueva del cristianismo en la cultura romana, y lo que es más: te detestan todos los herejes”. Aún está pagando el peso de ese ministerio.

EL MINISTERIO PETRINO

Hemos conocido al Ratzinger teólogo y prefecto de la Congregación para promover y defender la fe. Ignoramos aún cómo será Benedicto XVI Papa. Afirma Olegario de Cardedal que el hombre configura la misión asumida, pero la misión asumida configura al hombre. Una atalaya más elevada y una responsabilidad ya no compartida, junto con una visión de la Iglesia y del mundo de envergadura más elevada agrandarán su mirada, matizarán sus decisiones y acrecerán su magnanimidad. Ha escrito el mismo Ratzinger: “Del concepto de revelación forma parte siempre el sujeto receptor. Donde nadie percibe la revelación, allí no se ha producido ninguna revelación porque allí nada se ha desvelado. La idea misma de revelación implica un alguien que entre en su posesión”. He ahí su enorme tarea: Velar para que esa revelación de Cristo sea oída y percibida como gloria y juicio del hombre, crearle un lenguaje, y unas instituciones y presencias nuevas, es su gran tarea. Sus últimos libros lo garantizan su visión, su tacto, tino y talento: «Fe, verdad y tolerancia», «La fe como camino», «En camino hacia Jesucristo».

Esa actitud intelectual ha guiado hasta ahora a Benedicto XVI y así esperamos que sabrá abrir caminos, iluminará orientaciones e iniciativas pastorales y discernirá los nuevos derroteros del Pueblo de Dios, muy pensados y madurados en el contacto y presencia del Espíritu que acompaña a la Iglesia. El lo ha dicho: ¿Programa de gobierno? No pienso imponer mis ideas personales, sino que quiero ponerme a la escucha de Dios para ver lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Estoy convencido de que todos los hombres que admiraron a Juan Pablo II por su coraje al plantear las cuestiones humanas profundas que en Europa casi sólo la Iglesia se atreve hoy a proclamar, admiraremos a Benedicto XVI por su ministerio que él espera ayudado y apoyado por toda la Iglesia, aunque la red esté rota. El quiere coserla de nuevo.

Y socialmente, como San Benito, fundador del monacato de Occidente y, tras la caída del Impero Romano y la invasión de los Bárbaros, con sus hijos benedictinos continuadores y propagadores de su insignia “Ora et labora”, forjó la civilización cristiana de Europa y por lo mismo, acogido y proclamado por la Iglesia Patrono de Europa con Santa Benedicta de la Cruz, Copatrona, pues, aunque murió mártir carmelita, había sido dirigida en los inicios de su conversión desde su religión judía por un Abad Benedictino y se impuso como religiosa el nombre de Benedicta, llama a los Estados a reconocer en la Constitución de Europa sus raíces cristianas.

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