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Conferencia en la IV Ultreya Mundial de Cursillos de Cristiandad
Prof. Dr. Guzmán M. Carriquiry LecourSub-Secretario del Consejo Pontificio para los Laicos en la Ultrella Mundial


Por: Prof. Dr. Guzmán M. Carriquiry Lecour | Fuente: Catholic.net



SIGNOS DE ESPERANZA

Estamos atravesando tiempos de crisis global, cargados de incertidumbres y amenazas en la vida de las personas, familias, naciones y concierto internacional.

Se han derrumbado mesianismos secularizados y utopías, mientras las idolatrías del poder, del dinero, del saber tecnológico y del placer muestran claramente qué sólo sirven para construir la casa común sobre la arena y la paja, no sobre la roca. Incluso la nave de la Iglesia atraviesa tempestades y pruebas. Son tiempos dramáticos que requieren de los cristianos un singular testimonio de esperanza. No obstante todos los fracasos en las vicisitudes personales y colectivas, no obstante todos los límites humanos y, sobre todo, el de la misma muerte que parece arrasar con todos los proyectos, tenemos puesta la esperanza en el poder indestructible del Amor, cuyo rostro se reveló en Aquél que nos ha amado a todos hasta el fin: Dios es el fundamento de la gran esperanza que sostiene toda la vida (cfr. Ef. 2, 12). "En esperanza fuimos salvados" (Rom. 8, 24).

Pues bien: ¡sea esta Ultreya un gran signo de esa esperanza de la que la Iglesia da público testimonio y a la que convoca a las personas y los pueblos!

En efecto, entre los muchos signos de esa esperanza para bien de la Iglesia y de los hombres, S.S. Juan Pablo II reconocía la emergencia de "una nueva época asociativa de los fieles laicos", en la que, "junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisionomías y finalidades específicas", mostrando "la riqueza y versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial" y "la capacidad de iniciativa y generosidad de nuestro laicado" (Christifideles laici n. 29). Lo hizo en aquella Exhortación apostólica post-sinodal, de la que conmemoramos su vigésimo aniversario de publicación, carta magna para el laicado de nuestro tiempo, que, en el camino sinodal –camino de comunión de toda la Iglesia – ha sido recapitulación y ulterior desarrollo de las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. Así lo señalaba también el Cardenal Joseph Ratzinger cuando, en 1985, escribía que "lo que abre a la esperanza a nivel de la Iglesia universal - y esto sucede precisamente en el corazón de la crisis de la Iglesia en el mundo occidental – es el surgir de nuevos movimientos que ninguno ha proyectado, sino que han surgido espontáneamente de la vitalidad interior de la misma fe" (Informe sobre la fe, 1985). En ellos, el Cardenal apreciaba la fe que "renacía en hombres y mujeres jóvenes, sin ‘peros’, sin subterfugios ni escapatorias, una fe vivida en su integridad, como don, como un regalo precioso para la vida" (La colocación teológica de los movimientos, 1997).

Los Cursillos de Cristiandad han sido los adelantados proféticos de esa corriente viva de nuevos movimientos y comunidades eclesiales que han enriquecido la comunión y la misión de la Iglesia desde antes de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

REALIDAD PROVIDENCIAL

¿Qué cosa son los movimientos sino frutos de la acción del Espíritu Santo que "no sólo santifica y dirige el pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios" sino que "también reparte gracias especiales entre los fieles de cualquier estado o condición y distribuye sus dones a cada uno según quiere" (Lumen Gentium, n. 12 )? Entreviendo los designios de Dios como a través de un vidrio oscuro, sea Hans Urs von Balthasar que Joseph Ratzinger han señalado cómo numerosos y diversos carismas extraordinarios parecen concentrarse tempestivamente, como a modo de racimo, en aquellas encrucijadas de la historia, de cambio de época y profunda transición cultural, que someten a la tradición cristiana a dura prueba ante los nuevos paradigmas y desafíos que emergen, afectando las diversas dimensiones de la vida de las personas y sociedades. Son esas irrupciones carismáticas las que renuevan y hacen resurgir la tradición cristiana desde su misma fuente, reviviendo y reproponiendo la entera fuerza original del acontecimiento cristiano y su fascinante evidencia, suscitando corrientes vivas de santificación de las personas, de reforma de la Iglesia en su misterio de comunión, de nueva evangelización de la cultura emergente.

"Es significativo al respecto – decía Juan Pablo II el 18 de noviembre de 1984 – como lo Espíritu, para proseguir con el hombre actual aquel diálogo comenzado por Dios en Cristo y continuado a lo largo de la historia cristiana, haya suscitado en la Iglesia contemporánea numerosos movimientos eclesiales". Y en otra oportunidad, el 29 de setiembre de 1985, lo afirmaba aún más explícitamente: "La Iglesia, nacida de la pasión y resurrección de Cristo y de la efusión del Espíritu, y propagada en todo el mundo y en todos los tiempos sobre el fundamento de los apóstoles, ha sido durante siglos enriquecida por la gracia de siempre nuevos dones. Estos le han permitido, en las diversas épocas, estar presente en forma nueva y adecuada a la sed de belleza y de justicia che Cristo iba suscitando en el corazón de los hombres, y de la que El mismo es la única satisfactoria y plena respuesta".

En el contexto crucial de nuestro tiempo, los movimientos "son respuesta providencial" porque "representan uno de los frutos más significativos de la primavera de la Iglesia que anuncia el Concilio Vaticano II, pero que, desgraciadamente, a menudo se ve entorpecida por el creciente proceso de secularización" (S.S. Juan Pablo II, mensaje del 27 mayo de 1998).

El movimiento de Cursillos de Cristiandad es, por cierto, obra del Espíritu de Dios, realidad providencial, camino de redescubrimiento de la vocación y misión de los laicos, acontecimiento de vida nueva que se propaga en todos los ambientes de la convivencia, y, de tal modo, renovación de la tradición cristiana que ya anticipa y prepara el Concilio Vaticano II y que coopera en su más fiel y viva actuación.

EN LOS ORIGENES DE LOS MOVIMIENTOS

Si la categoría genérica de "movimientos" "no puede ciertamente agotar ni fijar la riqueza de las formas suscitadas por la creatividad vivificante del Espíritu", sirve, sin embargo, "para indicar una concreta realidad eclesial de participación predominantemente laical, un itinerario de fe y de testimonio cristiano que basa su propio método pedagógico sobre un carisma preciso dado a la persona del fundador en circunstancias y modos determinados". Son características de todos ellos - proseguía Juan Pablo II, en su mensaje del 27 de mayo de 1998 – "la conciencia común de la novedad que la gracia bautismal aporta a la vida (...), el singular deseo de profundizar el misterio de comunión con Cristo y con los hermanos (...), la firme fidelidad al patrimonio de la fe trasmitido por la corriente viva de la Tradición (...), dando todo ello "origen a un renovado impulso misionero, que lleva a encontrarse con los hombres y mujeres de nuestra época, en las situaciones concretas en las que se hallan, y a contemplar con una mirada rebosante de amor la dignidad, las necesidades y el destino de cada uno".

En su origen, pues, los movimientos son obra del Espíritu que, según el método de la encarnación, distribuye e infunde sus carismas a personas determinadas para que den inicio a un nuevo camino de fe que sea para la conversión y santificación de las personas, para la "utilidad común" de la edificación del Cuerpo de Cristo en medio de la convivencia humana. Ha sido el Espíritu de Dios que fue iluminando la definición de los Cursillos de Cristiandad, en su esencia y finalidad, mediante la experiencia cristiana y eclesial vivida por Eduardo Bonnín junto a sus jóvenes amigos, en el correr de la década de 1940 en Mallorca, como corriente viva de protagonismo de los laicos más allá de los límites aún muy clericales de la Iglesia, en sintonía con cuanto ya se iba reflexionando sobre la "teología del laicado", con los mensajes urgidos de S.S. Pío XII para que los laicos se reconocieran plenamente en la comunión y misión de la Iglesia y con cuanto será ulteriormente enseñado y propulsado por ese gran acontecimiento del Espíritu que fue el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ha sido ese mismo Espíritu quien asistió a sacerdotes como Sebastián Gayá, Guillermo Payeras. Juan Capó y muchos otros que colaboraron, como educadores de la fe, en la génesis y desarrollo de los Cursillos. Y es el mismo Espíritu que guió el discernimiento pastoral y el apoyo doctrinal primero de Mons. Juan Hervás y después de todos los Pontífices y los numerosísimos Obispos que han reconocido y alentado los Cursillos de Cristiandad, en su integridad y singularidad, como obra de Dios para bien la Iglesia y de los hombres. No fueron, pues, obra del azar o de improvisaciones geniales sino semilla potente, plantada por Dios en la tierra buena de la Iglesia, en el corazón y la inteligencia de Bonnín y sus amigos, en la compañía de los pastores, que fue convirtiéndose en árbol frondoso y fecundo en la viña del Señor. Por eso, S.S. Pablo VI pudo decir, durante la primera Ultreya celebrada en Roma el 28 de mayo de 1966, que los Cursillos de Cristiandad, confirmados por sus resultados y buenos frutos, "recorrían con derecho de ciudadanía los caminos del mundo". El mismo Papa los bendijo y alentó en su mensaje a la segunda Ultreya reunida en Ciudad de México el 23 de mayo de 1970 y S.S. Juan Pablo II elevó su agradecimiento, en ocasión de la tercera Ultreya celebrada el 28 de julio de 2000, en la Plaza de San Pedro durante el Año Santo, "por todo lo que la Iglesia, por medio del Cursillo de Cristiandad, ha realizado y continúa a realizar".

El Papa Benedicto XVI enseña al respecto, en su mensaje del 22 de mayo de 2006, cómo "a lo largo de los siglos, el cristianismo se ha comunicado y difundido gracias a la novedad de vida de personas y comunidades capaces de dar un testimonio eficaz de amor, de unidad y de alegría", fuerza ésta que "ha puesto en ‘movimiento’ a tantas personas generación tras generación. ¿Acaso no ha sido la belleza que la fe ha engendrado en el rostro de los santos la que ha impulsado a tantos hombres y mujeres a seguir sus huellas? En el fondo – concluye el Papa -, esto vale también para vosotros: a través de los fundadores y los iniciadores de vuestros movimientos y comunidades habéis vislumbrado con singular luminosidad el rostro de Cristo y os habéis puesto en camino".

La "etapa nueva" de "madurez eclesial" que el Papa Juan Pablo requería de los movimientos, en su discurso del 30 de mayo de 1998, pasa hoy día por la fidelidad al carisma que los ha generado y siempre los anima y renueva, en toda su pasión originaria, frescura y fuerza espiritual, al método de redescubrimiento cristiano que el mismo carisma ha originado, a la amistad, compañía y entramado comunitario que esa experiencia ha configurado y que es, a la vez, su signo y sostén, su alimento y propulsión, y, por todo ello, al ardor, al ímpetu entusiasta, al celo irradiante y urgido por comunicar en todos los ambientes la belleza de la experiencia vivida, superando, a la vez, todo repliegue burocrático y cansancio, todas las dificultades y pruebas, todas las divisiones en las que se insinúa la obra del diablo.

RECOMENZAR DE JESUCRISTO

¿Qué son los carismas si no un dones (gratia gratis data) que el Espíritu Santo infunde para suscitar siempre renovados caminos de encuentro y seguimiento del Señor en la vida de las personas y comunidades? Los Cursillos de Cristiandad apuntaron, desde sus orígenes, a lo que llamaron "lo fundamental cristiano". En su origen hubo una experiencia de conversión que, más allá de los oropeles tradicionales de la cristiandad, de su apariencia de poder y éxito mundanos, suscitó un amor por Cristo y los hermanos, un radicalismo evangélico, una urgencia apostólica, desembarazados de toda mediocridad tranquila y conformista entre cristianos y determinados a no dejarse enredar en el "tram-tram" del "aparato" eclesiástico. Aquella experiencia de Eduardo Bonnin y sus amigos, junto a los pastores que los acompañaron, toda centrada en lo "fundamental cristiano", bien podría expresarse también con lo que el Papa Juan Pablo II escribía como programa en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte (nn. 16 y ss.): "recomenzar desde Cristo", fija la mirada en su rostro, conscientes de la profundidad de su misterio, y, por eso, mendicantes confiados en su gracia, para redescubrir la estatura humana en la que hemos sido creados, re-generada por el bautismo y destinada a crecimiento en plenitud, convertidos en sus discípulos y, por eso, en sus testigos y misioneros.

El carisma es una forma de obediencia a la que la misericordia de Dios, por gracia de su Espíritu, nos ha destinado, mediante la cual la presencia de Cristo y el misterio de la Iglesia – su Cuerpo en la historia – se vuelven evidentes y conmovedores, fascinantes y razonables, en la vida de las personas. Los Cursillos son, ante todo, esa invitación compartida a "abrir las puertas a Cristo", las del corazón e inteligencia de la persona y las de todos los ambientes de convivencia. En efecto, son verdaderos carismas que proceden del mismo Espíritu (cfr. I Cor. 12, 4-11) los que confiesan a Cristo como Señor (cfr. I Cor. 12, 3), contribuyen a la edificación del Cuerpo de Cristo en la convivencia humana (cfr. 1 Cor. 12, 7; 12, 22-27) y dan, por sobre todo, la primacía a la caridad (cfr. I Cor. 13; 2Cor. 6, 6; Gal. 5, 2). Lo afirma claramente Benedicto XVI al comienzo de su encíclica Deus caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por un encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, su orientación decisiva".

¡Ayer como hoy, somos contemporáneos de esa Presencia! Hoy día, "en nuestro mundo, a menudo dominado por una cultura secularizada que fomenta y difunde modelos de vida sin Dios" en los que "la fe de muchos es puesta a dura prueba y a menudo sofocada y apagada" (cfr. Juan Pablo II, 30 de mayo de 1998), estamos todos llamados a un renovado encuentro con Jesucristo, con la misma realidad, novedad y actualidad, con el mismo poder de persuasión y afecto, con la misma fascinante atracción, que la experiencia vivida hace 2000 años por los dos primeros discípulos en las orillas del Jordán y hace algunas décadas por aquellos jóvenes amigos de Mallorca y peregrinos a Santiago. Tal es la gracia que hay que implorar. El cristianismo no es, en última instancia, una cosmovisión religiosa, una doctrina sobre la verdad o un conjunto de ritos para minorías de "iniciados", sino el acontecimiento del Verbo hecho carne, que, por medio de la sacramentalidad de la comunidad cristiana, viene a nuestro encuentro, en todo tiempo y lugar, y requiere de nuestra libertad el sencillo "fiat", como el de María, para que se haga carne en nuestra carne y sangre en nuestra sangre. Este es la conciencia de la "criatura nueva" que somos por el bautismo, la más profunda y excelsa dignidad de la persona creada a imagen de Dios, hecha partícipe de la muerte y resurrección del Señor, redimida como hijo de Dios, protagonista nuevo en la escena del mundo. Por eso, los auténticos carismas conducen, en la comunión de la Iglesia, a la asiduidad en el encuentro sacramental y eucarístico con el Señor, en el diálogo con El en la oración, en la escucha de su Palabra y en la inteligencia fiel de sus enseñanzas, en la viva conciencia de su Presencia en la comunión de los hermanos en la fe, en la percepción de su rostro en los "prójimos" de todos los ambientes de vida y especialmente de aquellos que cargan con la cruz de la pobreza, del sufrimiento, de la pérdida de "sentido" de la vida. La autoconciencia más plena de la persona se da en el encuentro con Jesucristo. Por eso, no hubo texto más capital ni más reiterado en el magisterio de S.S. Juan Pablo II que aquél de la Gaudium et Spes (n. 22): "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado".

METODO, CAMINO, ESCUELA

Es claro que todo carisma extraordinario genera un método de educación a la fe y en la fe, o sea un camino de redescubrimiento de la presencia de Cristo en la vida de las personas, mediante su pertenencia a la comunión y su participación corresponsable en la misión de la Iglesia. Método quiere decir camino hacia una meta, itinerario de descubrimiento, aprendizaje y formación. Por eso, Benedicto XVI llamó a los movimientos "escuelas de vida", "escuelas de libertad", "escuelas de comunión" (homilía del 3 de junio de 2006). Y el Papa Juan Pablo II exclamaba años antes: "¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! (...) Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales": ellos son la "respuesta providencial" (discurso del 30 de mayo de 1998).

Hoy ya no existe más un ambiente social y cultural favorable a la transmisión del cristianismo; al contrario, se difunde a través de las potentes y capilares redes mediáticas una cultura dominante, de tendencias relativista e incluso de nihilismo conformista, cada vez más lejana y hostil a la tradición cristiana. La confesión cristiana de muchos bautizados vive de retazos de esa tradición, reducida a episodios y fragmentos residuales, empobrecida y confusa en sus contenidos existenciales e intelectuales, superflua en última instancia. El Papa Benedicto XVI ha señalado en diversas oportunidades la actual "emergencia educativa", o sea, la ardua dificultad de comunicar razones, ideales fundados y fuertes, que den un sentido y un camino de realización auténticamente humana a la vida. Esta emergencia educativa encuentra un punto neurálgico y crítico en la dificultad de transmisión de la fe, que parece haber puesto la fuerza de "tradere", de comunicación. No sirven al respecto una retórica genérica sobre los valores, ni los discursos piadosos, ni siquiera la mera dicción del mensaje cristiano. No interesa ni atrae una apelación cristiana que no sea experiencia portante de vida nueva, en la que se entrevea un resplandor de verdad y una promesa de felicidad para la propia vida. Por eso mismo, los movimientos esultan "providenciales" porque comunican y atraen gracias al testimonio de una vida nueva que reenvía al acontecimiento que la hace posible, dan razones de la esperanza que anima el amor irradiante de esa experiencia anunciando el kerygma de la fe, y proponen un camino educativo a las personas acompañándolas hacia su madurez cristiana. Son, como escribió Benedicto XVI el 22 de mayo de 2005, "compañías en camino, en las que se aprenda a vivir en la verdad y en el amor que Cristo nos reveló y comunicó por medio del testimonio de los apóstoles, dentro de la gran familia de sus discípulos".

La fuerza del carisma y de su método educativo conducen a superar todo dualismo entre fe y vida, a dar "forma" a la vida bajo el impacto del acontecimiento cristiano, a ir experimentando la unión con Cristo como la respuesta plena, satisfactoria, sobreabundante, a los deseos de libertad, verdad, felicidad y justicia arraigados en el corazón de la persona, hasta llegar exclamar, como el apóstol Pablo: "No soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí" (...). "¡La vida es Cristo" (Gal. 2, 20).

Benedicto XVI lo expresa con fuerza en la homilía de la Misa inaugural de su pontificado (24 de abril de 2005): "Quien deja entrar a Cristo (en su vida) no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande (...). Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana (...). ¡No tengáis miedo de Cristo! El no quita nada, y lo da todo. Quien se da a El, recibe el ciento por uno. Sí, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la vida verdadera".

En efecto, es verdadero encuentro con Cristo es si va cambiando la vida, toda la vida, todos los intereses portantes de la vida, no obstante todas las distracciones e incoherencias, todas los compromisos mundanos, todas las negaciones y traiciones que provienen del pecado. La confesión de fe y el entramado de la vida cotidiana no quedan más divorciados, en compartimentos separados. Nada puede quedar ajeno a esa metanoia, a esa conversión y transformación de toda la existencia. Si es verdadero encuentro, cambia la vida de la persona e imprime con su impronta la vida matrimonial y familiar, las amistades, el trabajo, las diversiones, el uso del tiempo libre y del dinero, el modo de mirar la realidad. Todo lo convierte en más humano, más verdadero, más esplendoroso de belleza, más feliz. Todo lo abraza con la potencia de un amor transfigurador, unitivo, vivificante, signo y flujo de esa "revolución del amor" que es el cristianismo. Y esta novedad de vida no es el resultado de un mero esfuerzo moral, siempre frágil, de la persona, sino fruto, ante todo, de la gracia, o sea, de un encuentro que se vuelve amistad, familiaridad, comunión, confianza en el amor misericordioso de Dios, fuerza en nuestra debilidad. "La síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles sabrán plasmar – escribe Juan Pablo II en la Christifideles laici (n. 34) – será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se configuren nuevos modos de vivir más conformes a la dignidad humana".

Por otra parte, gracias a los carismas y a su fuerza educativa la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe y el flujo vivo de su tradición se comunican persuasivamente y se acogen como experiencia personal. Los movimientos suscitan y alimentan, acompañan y conducen una inteligencia de la fe que arraiga en las enseñanzas de la Iglesia comunicadas por el Magisterio de sus Pastores - condensadas en el Catecismo de la Iglesia católica – y que se convierte en inteligencia de toda la realidad. No por casualidad se dice ilustrativamente en la tradición de los Cursillos que toda la realidad aparece "de colores" a los creyentes, ya no más en la oscuridad de una vida confusa, sin sentido, o en la superficialidad de una existencia gris en la que el cristianismo de muchos se va convirtiendo en mezquindad. Quintaesencia de los Cursillos es conmover el corazón, iluminar la inteligencia e imantar la voluntad en el camino de conversión y
formación de una nueva personalidad cristiana.

COMPAÑIA, AMISTAD, COMUNION

La "afinidad espiritual" que se crea entre los que comparten el mismo carisma suscita fuertes y profundas amistades, modalidades de vida comunitaria, formas de singular fraternidad, que son compañía y sostén para la vida cristiana de las personas y que hacen "concretamente experimentable y practicable – escribía el Cardenal Joseph Ratzinger en el libro La sal de la tierra, 1997 -, al interior de una realidad más pequeña, la gran realidad vital de la Iglesia". Los movimientos son manifestaciones de la "libertad de formas" en las que se realiza la única Iglesia, por medio de las cuales se educa a un sentido de pertenencia a su misterio de comunión y de participación a su misión. Por eso, Benedicto XVI llama a los movimientos "signos luminosos de la belleza de Cristo y de la Iglesia, su Esposa" (mensaje del 2 de mayo de 2006), reflejos irradiantes de este misterio de comunión por el que nos reconocemos "miembros de un mismo Cuerpo, hechos "uno en Cristo" (cfr. Gal. 3, 28; Col. 11), que tiene su fuente y cumbre en la Eucaristía, "signo de unidad" y "vínculo de caridad" (cfr. Lumen Gentium, 11). La Iglesia, expresó Benedicto XVI antes de su viaje a Colonia para participar en la Jornada Mundial de la Juventud, es el "sostén de un gran amor para nuestra vida". San Agustín lo decía con estas palabras: "En esta convivencia humana, tan colmada de errores y sufrimientos, ¿qué nos consuela sino una fe segura y el amor de amigos verdaderos y buenos? ¿Acaso no podríamos decir lo mismo desde la experiencia de los movimientos?

"¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas!", exclamaba también Juan Pablo II y, también ese sentido, destacaba el carácter providencial y paradigmático de los movimientos (discurso del 30 de mayo de 1998). En efecto, ¿como mantener la fe como acontecimiento viviente en la persona?, ¿cómo crecer en la novedad de vida de la "nueva criatura"?, ¿cómo vivir la libertad de los hijos de Dios en medio de vigencias mundanas cada vez más asimiladoras?...¿Cómo hacerlo sin un arraigo vigoroso en una concreta comunidad cristiana, viva, que sea morada para la persona, que abrace toda su vida, que sostenga y alimente la memoria de Cristo y la fidelidad a la tradición en todas las dimensiones de su existencia? Cuando los vínculos de pertenencia a la Iglesia son débiles y episódicos, hay sólo un consumo de sus servicios "religiosos". No basta tampoco una idea abstracta de Iglesia, sometida a nuestras precomprensiones y medidas. La excesiva
confianza que muchas veces se ha puesto en planificaciones y "burocracias" hace que la Iglesia termine apareciendo para muchos como una empresa de servicios religiosos y exhortaciones morales modelada por los "proyectos" de sus actores. Además, somos herederos todavía de aquella contradicción, que tanto hizo sufrir a S.S. Pablo VI cuando admiraba la más bella, profunda y renovada autoconciencia eclesial que, como fruto del Espíritu, se expresaba en las enseZanzas conciliares y, a la vez, advertía los fenómenos masivos de crisis, desafección, contestación y alejamiento de su auténtica comunión. No puede extrañar, pues, que estemos invitados a releer ese extraordinario documento conciliar, que es la Constitución sobre la Iglesia, "Lumen Gentium" y proceder a reeducar el "sensus ecclesiae". Hay que redescubrir siempre a la Iglesia como sacramento arraigado en la vida trinitaria, que "significa" al mundo entero el misterio del designio
salvífico, revela la naturaleza peregrinante del pueblo de Dios, presente en la historia como epifanía de la inextinguible novedad y contemporaneidad del Cuerpo de Cristo. Se la acoge ante todo como un don, en toda la densidad y belleza de su misterio, en todos los factores q que la constituyen. No es "nuestra", es de Dios.

Si no se da esa in-corporación en comunidades cristianas vivas -en su profundo sentido teológico y existencial-, la Iglesia queda como un agregado más en la vida y no como ese "tremendo misterio", más radical y decisivo que cualquier vínculo familiar, étnico, social, político y cultural. Las circunstancias actuales no hacen más que destacar esta exigencia. En efecto, estamos hechos para la comunión pero todo tiende a ofuscar nuestro origen, el deseo de nuestro corazón, nuestro destino. Hoy se da un acelerado proceso de disgregación del tejido social por doquier, en sociedades cada vez más fragmentadas en una multiplicidad de intereses, culturas y conflictividades particulares, en la que crece sea la indiferencia sea la hostilidad de los unos con los otros. La libertad concebida como autosuficiencia individualista rompe los vínculos de pertenencia y deja al "yo" aislado, en condiciones de fragilidad, desamparo y dependencia bajo los influjos del poder, en creciente masificación impersonal. No basta obviamente la comunicación "virtual". En la "aldea global" de las comunicaciones lo que más hace falta son verdaderos encuentros, compañías y amistades, una dinámica real de comunión. Por eso mismo la exhortación apostólica Christifideles laici (n. 33) decía que "para rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana" -comenzando desde la familia y los "cuerpos intermedios"- hay que "rehacer la cristiana trabazón de las comunidades eclesiales" La Iglesia ha de ser cada vez más "forma mundi" -germen, signo y flujo de nueva sociedad dentro del mundo- en cuanto comunidad visible de personas muy diversas -pobres pecadores confiados en la misericordia y gracia de su Señor- que viven relaciones verdaderas, más humanas, caracterizadas más por el "ser" que por el "haber" y el "poder", de sorprendente fraternidad, don milagroso de unidad que los hombres no pueden conquistar con sus solas y desordenadas fuerzas. Siempre expuesta al pecado de sus miembros,
siempre en "examen de conciencia", siempre suplicando el perdón y en actitud de conversión y renovada fidelidad.

Es hoy más que nunca fundamental y urgente, pues, "la formación de comunidades cristianas maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y comunión sacramental con El, de existencia vivida en la caridad y en el servicio" (Christifideles laici, n. 33). Toda comunidad cristiana -familias como "iglesias domésticas", parroquias, asociaciones, comunidades religiosas, comunidades eclesiales de base, movimientos...- está llamada a vivir y testimoniar ese misterio de comunión, en unión con el Obispo y con el Papa, como morada y humus de educación de la persona, de adhesión al cristianismo como acontecimiento viviente, de crecimiento de la libertad ante las presiones conformistas del ambiente y de responsabilidad apasionada por el propio destino y por el de los demás. No depende esto de una multiplicación de iniciativas ni de renovaciones de fachada. Es obra de los dones sacramentales y carismáticos, que son coesenciales en la Iglesia, fundándola y siempre renovándola. La historia de la Iglesia nos muestra que los movimientos de renovación que el Espíritu suscita para revitalizar la fe y la misión vuelven a las fuentes y reactualizan en formas muy diversas aquel arquetipo de la comunidad primitiva en la que todos los hermanos tenían "una misma alma y un mismo corazón", acudiendo asiduamente a la enseñanza de los apóstoles", congregados en la fracción del pan y las oraciones, poniendo vida y bienes en común.

Esa trama de comunión está muy presente desde los orígenes de los Cursillos de Cristiandad, que se podría decir también que fueron fruto de una amistad que, en Cristo, fue dilatándose en el abrazo de las gentes más diversas en edades, condición social, culturas y naciones. Por eso, ha sido tan corriente entre Ustedes la expresión: "hacer amigos, hacerse amigos y hacerlos amigos de Cristo", trama de amistad que se articula en la dinámica circular del pre-cursillo, del Cursillo y del postcursillo. Es una amistad que se hace comunión, que vive, se alimenta y sostiene en la gran comunión de la Iglesia, que es pronta y obediente adhesión a los Obispos en comunión con el Sucesor de Pedro – ministros, testigos y garantes de esa comunión en la verdad y en la caridad –, que comparte su carisma y obras en la vida de las Iglesias locales para la edificación del único Cuerpo de Cristo, y que es comunión, no replegada sobre sí, sino para la misión.

¡AD GENTES!

"Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su vida – el auténtico tesoro, la perla preciosa – corre a compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo, en todos los ámbitos de su existencia". Así lo reconocía Benedicto XVI en su homilía del 3 de junio de 2006. Por eso, unos días antes, en su mensaje del 22 de mayo del mismo año, exhortaba a los movimientos a llevar "la luz de Cristo a todos los ambientes sociales y culturales en los que vivís", señalando que "el impulso misionero es una confirmación del radicalismo de una experiencia de fidelidad, siempre renovada, al propio carisma, que lleva a superar cualquier encerramiento, cansado y egoísta, en sí mismos".

Ese ímpetu misionero está en los orígenes mismos de los Cursillos de Cristiandad. No en vano Eduardo Bonnín ha destacado la importancia que tuvo, desde la definición misma de estos cursillos, el "estudio del ambiente". Ese estudio del ambiente presuponía y significaba entonces, por una parte, un salir fuera de las "sacristías", un zafar de todo encierro eclesiástico, un ir más allá de una Iglesia instalada en cristiandades cuyo peso social cubría situaciones y tendencias de una crisis en incubación. Por otra, era un estar atentos a las circunstancias de vida de cada persona en las condiciones reales y concretas, ordinarias, de su existencia y convivencia, un celo por dilatar la fuerza de la amistad cristiana en todos los ambientes, una viva conciencia del destino universal del Evangelio de Cristo que no hace acepción de personas ni las discrimina según etiquetas o censuras preventivas, un estar con el corazón abierto y dispuesto a todos
los encuentros como si cada uno de ellos fuera acontecimiento y promesa, apasionados por la vida y el destinos de quienes se encuentra.

"La Iglesia no hace proselitismo – decía Benedicto XVI en Aparecida (13 de mayo de 2007). Crece mucho más por atracción: como Cristo ‘atrae a todos a sí’ ". También los Cursillos proponen ese testimonio atractivo, "fermental", porque apto para conmover el corazón de las personas, para encaminar después a su inteligencia y espolear luego su voluntad en un camino de reconciliación consigo mismo, con Dios y con los hermanos. A Bonnín y los suyos importaba mucho referirse a las narraciones de los encuentros de Cristo con las más diversas personas en las circunstancias aparentemente banales de la vida (con quienes serán sus apóstoles, con la Magdalena y la samaritana, con Zaqueo, con el joven rico...), pues éstos mismos encuentros se siguen dando por medio de sus testigos en todos los ambientes de la convivencia, de todo tiempo y lugar. Es siempre el mismo método del discipulado, que comienza con el "ven y verás", "ven y sílguenme", y que luego será familiaridad, anuncio, enseñanza, novedad de vida compartida, apostolado. Es la dinámica de la invitación atractiva ("sígueme"), de la formación ("haced discípulos míos) y del envío ("id a todo el mundo").

La invitación a los Cursillos queda destinada a todos, de todas las edades, hombres y mujeres, de las diversas condiciones sociales y contextos culturales, sin pre-requisitos morales o religiosos, porque el Evangelio está destinado ¡a todos!, y un carisma "católico" se demuestra siempre capaz de abrazar y conmover a todos. Está dirigido tanto a quienes han visto sepultado el don del bautismo en el olvido o la indiferencia o a los "alejados" de toda conciencia creyente. La Exhortación Christifideles laici (n. 34) no deja hoy lugar a fáciles optimismos: "Enteros países y regiones en los que un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes (...) están hoy sometidos a dura prueba e incluso alguna vez que otra son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo", de tal modo que grandes masas de hombres "viven como si Dios no existiese". Y "el número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia – se afirma en el encíclica Redemptoris Missio (n. 3) – (...) desde el final del Concilio casi se ha duplicado". Sin embargo, no sirve quedarse en la queja, el lamento y la denuncia sobre la maldad de los tiempos. Dos motivos sostienen nuestra esperanza y celo misionero. El primero es que el Espíritu Santo nos precede siempre, como el gran protagonista de la evangelización, en la vida de las personas, en sus ambientes de vida, en todas las naciones, en toda la creación. Y el segundo es la convicción que toda persona, su razón y afectividad, está hecha para la verdad, para la justicia, para la felicidad, para el amor, anhelos sin confines que ansían una realización en plenitud, y que, por eso, queda inquieta hasta que no reposa en Dios, encontrando sólo en Cristo la respuesta plena, totalmente satisfactoria, a esos anhelos insuprimibles e irreprimibles de su humanidad.

Interpreto ese "vertebrar los ambientes" - ¡vertebración de cristiandad! -, que es tan propio de la experiencia y del léxico de los Cursillos, como esa sorprendente transformación que el fermento produce en la masa, convirtiéndola en comunidad de personas conscientes y respetuosas de la común dignidad, apasionadas por la justicia y la paz, solidarias ante las necesidades, constructoras del bien común. Mucho más aún: son los signos del Reino de Dios que misteriosamente crece en medio de la convivencia humana, la "revolución del amor" que sólo el cristianismo es, trasmite y difunde en la historia de los hombres, el Señorío de Cristo única "piedra angular" para toda construcción verdaderamente humana.

Hoy todos los cursillistas están llamados, por fidelidad a su carisma, a renovar su celo y su presencia misionera en todos los "areópagos" en los que anunciar la buena nueva de la salvación. Tienen que llevar y proponer la experiencia de Cursillos por doquier, en todos los ambientes, hacia todos los confines del mundo, e incluso "hasta la luna", como decían sus iniciadores. Entonces estarán respondiendo fehacientemente a la invitación que también les ha dirigido el Santo Padre Benedicto XVI, el 3 de junio de 2006: "Queridos amigos: os pido que seáis, aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo. Este es el mejor servicio a la Iglesia y a los hombres..."

Esa pasión apostólica, misionera, ayudará, además, ¡y no es poca cosa!, a zafar de la tentación de concentrar y desgastar energías en interminables debates interpretativos, en bandos contrapuestos, en pujas reivindicativas de poder, en tensiones, sospechas y divisiones que ofuscan el testimonio de amistad y que inhiben la más decidida entusiasta promoción de los Cursillos y de la presencia fermental y vertebrante que están llamados a realizar en todos los ambientes.

¡Ultreya, amigos! ¡Ultreya! Parece que esta exclamación y saludo quiere decir "más allá". La gracia del Señor nos lleva más allá de todos nuestros límites, ilumina nuestra inteligencia con el más allá de la fe, nos conduce más allá de nuestros programas y esquemas, nos invita a ser sus testigos y misioneros siempre más allá de todos los confines y nos espera en el más allá de la historia, en su morada eterna. ¡Ultreya, amigos cursillistas!

Prof. Dr. Guzmán M. Carriquiry Lecour
Sub-Secretario del Consejo Pontificio para los Laicos

Los Angeles (California), 1 de agosto de 2009
 







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