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¿Nace el psicoterrorismo?
Análisis del atentado perpetrado en USA, de los escenarios que podrían nacer y los impactos a nivel mundial que tendrá como consecuencia


Por: Dr. Mathew O´Connor |



Un portentoso golpe psicológico de alcance mundial

El reciente ataque terrorista que costará, según los primeros cálculos, por lo menos 11.000 víctimas, cambiará el escenario internacional. Más allá de los comentarios de prensa a cargo de periodistas o analistas de rigor, que pueblan el cosmos informativo con frases cliché y lugares comunes, es urgente reflexionar por cuenta propia.

Y lo podemos hacer desde diferentes escenarios. En una primera esfera, estos atentados se pueden entender como un golpe de efecto en medio de una guerra psicológica. Hasta hoy la población norteamericana ha sido educada bajo la idea de una defensa segura. Sea esta real o imaginaria, el concepto trascendió las fronteras geográficas a través de las producciones de cine, televisión y literatura y se convirtió en una de las pocas seguridades postmodernas. Este atentado viene a demostrar la frágil seguridad norteamericana y la vulnerabilidad de sus parapetos.

Uno de los más clásicos chistes de cóctel en Washington era preguntarse dónde nos esconderíamos el día que el Distrito capital fuese atacado. Nadie podría imaginar un golpe en el corazón mismo de los Estados Unidos. Y este cruento golpe viene a caer en los tres puntos centrales de la imagen de Norteamérica en el mundo: el corazón político, militar y económico del mundo.


Primer impacto: pérdida de la seguridad y proyección a futuro

La primera consecuencia es, por lo tanto, que el mundo pierde como referencia la seguridad impenetrable de los Estados Unidos. La gente requiere parámetros fijos para evaluar y juzgar la realidad. Uno de estos parámetros es la sensación de respaldo norteamericano en cuanto “guardián del mundo libre”, concepto alimentado por diversos medios a lo largo del siglo XX y particularmente durante los años conocidos como la “Guerra Fría”, en que los Estados Unidos lideraron y simbolizaron el mundo libre contra una Unión Soviética encabezada por Rusia que lideró y simbolizado el mundo bajo la cortina de hierro y de bambú.

Hoy en día esa imagen se dibujaba con un perfil más coloreado de ribetes económicos y tecnológicos, representando una suerte de “centro de orden” en medio de un gran caos globalizado. Estados Unidos representaba, por ejemplo, un coloso financiero donde el dinero estaba seguro, o bien podía significar un polo de progreso en medio de un torbellino de inseguridad y crisis. Mención aparte de que esto no siempre reflejase la realidad, el hecho está en que para la gran opinión pública internacional Norteamérica representaba ese polo de orden y seguridad.

El reciente atentado ha golpeado en el centro mismo de la psicología popular derribando en parte una de las pocas seguridades con que contaban para continuar proyectando - con alguna base firme - su futuro y progreso. El impacto remece no sólo en lo evidente sino por sobretodo en esta capa más profunda de la conciencia. A partir de hoy ya no se puede mirar ni pensar el mundo de la misma forma. Sin seguridades mínimas en los puntos vitales de la realidad, como la seguridad o estabilidad, es imposible pensar a futuro o construir algún proyecto de largo aliento. La sensación general es que a partir del 11 de septiembre de 2001 se puede esperar cualquier cosa.


Segundo impacto: Inseguridad al interior de los Estados

Hasta el día 10 de septiembre, lo normal y evidente era esperar un ataque que pusiese en riesgo la estabilidad nacional proviniese de una acción formal extranjera. A modo de simplificación, siempre equivaldría a un ataque de tropas extranjeras bajo la forma de una invasión o una lluvia de misiles.

La cuestión de un golpe terrorista a gran escala estaba generalmente descartada por tres aspectos cruciales:

a) la magnitud de recursos que implicaría,

b) el sofisticado grado de especialización que requerirían los terroristas y

c) la alevosa cooperación de agentes de inteligencia y seguridad nacionales que aportasen información estratégica y confidencial, así como facilitasen medios de infiltración en puntos neurálgicos altamente resguardados.

La población norteamericana y - por extensión de la masividad de las comunicaciones - la población mundial ya estaban acostumbradas a una insistente producción de producciones hollywoodenses y de literatura fantástica en que escenificaban un Estados Unidos golpeado por un ataque terrorista o bien desarrollaban una intriga que inequívocamente culminaba con una catástrofe evitada gracias a los heroicos esfuerzos de sus protagonistas. Pero siempre y en toda oportunidad quedaba implícito que se trataba de una ficción, un juego hipotético. Siempre se jugaba con un pacto implícito entre el autor y el espectador en que se suponía que era un juego en que se planteaba un "cómo sería si" pero se contaba con el supuesto evidente de que "nunca será así". De esa forma surgieron películas, series de televisión y best sellers narrando situaciones extremas tras invasiones extraterrestres, desastres nucleares, atentados de extremistas (internos o externos), invasiones de potencias extranjeras y otros conflictos que ponían la alerta al máximo y luego se relajaba la tensión con una salida feliz. Y así el mundo se acostumbró a pensar que ese juego de tensión-relajación era real y eterno. Hoy se ha visto que esos límites imaginarios pueden desvanecerse y el horror puede ser real y tangible.

Dentro de esta esfera podemos decir que este atentado ha roto el mito de la seguridad interna y la invulnerabilidad garantizada. El nuevo cambio en la mentalidad popular implica que todos, incluso y por sobretodo Estados Unidos son vulnerables desde dentro y desde afuera. Y como Norteamérica, cualquier gobierno del mundo, que incluso cuenta con un sistema de defensa más débil y menores medidas de seguridad.


Tercer impacto: la caída de los mitos y eslóganes populares

Dentro de la permanente guerra ideológica que libran los sistemas modernos, una de las armas más penetrantes y efectivas es la fabricación de eslóganes y frases cliché. Éstas basan su efectividad en que son afirmaciones rotundas que no requieren reflexión ni demostración. Además gozan de una credibilidad tal que nadie las desafía ni analiza. La repetición constante y masiva de esa afirmación crea la sensación de una verdad "por todos conocida y aceptada".

Bajo el nuevo escenario que se inaugura con estos atentados, muchos de estos eslóganes - ya vacíos de contenido en sí mismos - se desmoronan.

El primero de ellos tiene que ver con que "Estados Unidos necesita inventarse un enemigo para justificar su liderazgo y mantener su sistema de defensa" Estos sucesos que aún conmueven a la población mundial han demostrado la validez de las tesis contrarias, esto es, que Estados Unidos sí tiene enemigos y tantos como para que - fuera de un simplismo infantil - aún no sea posible identificar con certeza al autor del atentado.

El segundo se producía al interior de la nación, en cuanto se creía que "Estados Unidos tiene el mejor sistema de seguridad del mundo". Basados en este mito se obviaron medidas mínimas de seguridad y se agredieron constantemente las políticas armamentistas de la nueva administración que demostraba que otros países como Rusia, China, Corea del norte o potencias europeas y árabes, mantienen armamento más poderoso (aunque en algunos casos menos numeroso) que el norteamericano.

Este atentado ha logrado lo que ninguna ficción osó suponer como real: que el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, el Alto Mando y los políticos se hayan visto obligados a ser ocultados bajo tierra en los míticos refugios construidos para casos límite.

Ambos eslóganes contribuían a crear una imagen mental de fortaleza e impenetrabilidad, pero ha bastado un atentado con medios tan sencillos como los que caracterizaron este atentado para descubrir su realidad.

Como estos, muchos relacionados con campos similares vienen a combinarse con una larga serie de objeciones y rechazos a lo que Estados Unidos representa en aspectos negativos. Para este clima de opinión predominante en medios de comunicación internacionales, no resulta descabellado esperar prontas reacciones contrarias a las eventuales medidas norteamericanas tendientes a castigar a los culpables de estos crímenes. Estas objeciones no nacerán, probablemente, de lo que puedan tener de repudiables si acaso se procura una respuesta simplista e injusta, que castigue a inocentes por culpables. Pero es igualmente injusto consentir la impunidad considerando todo cuanto se pueda acusar a Estados Unidos en cuanto represente de repudiable.

Lo esperable será, por tanto, aunar los temores de eventuales injusticias con el cumplimiento de la misma justicia que se quiere defender por una y otra parte. Para esto se deberá esperar una acción internacional coordinada y armónica que permita la satisfacción de todos cuantos teme la injusticia y aman la justicia de verdad.


Cuarto impacto: renacimiento del terror atómico

Trás el impacto internacional que produjo el ataque atómico contra las aldeas japonesas de Hiroshima y Nagasaky, que habrían puesto fin a la Segunda Guerra mundial, el mundo quedo sumergido en un paralizante terror atómico. Por décadas los hombres modernos fueron educados en el peligro que representaban estas armas y la urgente necesidad de acabar con esas "fanatizaciones" que nos llevaron al conflicto mundial.

Se creaba así por primera vez en la historia una generación carente de principios y convicciones, salvo algunos nuevos dogmas universalmente impuestos y aceptados. Para la generación post-guerra lo urgente será no provocar divisiones y llegar a acuerdos con el enemigo a fin de no permitir conflictos.

Con la amenaza de un eventual desastre nuclear producido por el resurgimiento de fanatismos, se creo una masa amorfa en lo ideológico. Paradójicamente durante los años que siguieron a la Segunda Guerra se cometieron crímenes mucho más atroces, masivos y alevosos. Pero contaron con el manto de complicidad del pacifismo.

Las generaciones post-guerra continúan creyendo la fábula de que tras este conflicto armado hemos gozado de paz, cuando en realidad tras 1945 la humanidad ha gozado de tan sólo una semana de paz. Ciento de conflictos armados, genocidios, dictaduras y persecuciones han sobrevenido tras esto, pero el color gris-rosáceo-opaco del pacifismo niega esta visión. Tras la Segunda Guerra hubieron más conflictos armados que durante los últimos 5 siglos anteriores.

Insistimos que el terror atómico sólo produjo la muerte de las ideologías y el sometimiento colectivo - irreflexivo y enajenante - a la cultura de masas postmoderna, que sólo vela por alcanzar el bienestar individual material y emocional necesario para llevar una vida sin problemas. Muertos los ideales, la vida perdió horizontes y sentido, replegándose a vivir la inmediatez en el tiempo y el espacio, la satisfacción rápida, la experimentación permanente.

Esta muerte de las ideologías no significa, finalmente, el fin de estas, sino mas bien el olvido de muchas formas ideológicas que gobiernan grandes porciones de la tierra y bajo las cuales dependen - directa o indirectamente - miles de millones de personas. Lo que ha muerto es la posibilidad de reaccionar contra ellas o condenarlas.


Quinto impacto: el recelo a los integrismos

Consecuencia de los anteriores, se fortalece un fenómeno que venía creciendo a través de los medios de comunicación omnipresentes y formadores de opinión. Se trata del recelo aterrorizado para con la firmeza de convicciones. El mundo postmoderno puede aceptar valores, pero no tolera principios. El valor contiene en si mismo un esquema relativo e individual. El principio se sustenta en una verdad absoluta y no claudicable. La Iglesia enseña verdades y se sustenta en principios, que dan vida y sentido al católico. Por esa inclaudicabilidad los mártires prefirieron morir a renunciar o relativizar.

A partir de este golpe terrorista no resulta absurdo esperar un recrudecimiento en la persecución contra todo sospechoso de integrismo. Y hasta ahora ha sido fácil: ha bastado con producir imágenes impactantes de musulmanes fanáticos con armas en mano. Gracias a esto es muy fácil atemorizar a la población.

Pero, ¿quien podría negar que de ahora en adelante cualquier muestra de firmeza no sea sospechosa y repudiable? El integrismo en sí mismo no es malo, ya que vela por mantener íntegro el depósito de verdades que le dan vida. Los santos son integristas en grado perfecto. El fanatismo, a cambio, es la adhesión irreflexiva y violenta a lo aceptado como cierto.

A partir de este golpe la amenaza de una tercera guerra mundial hará reforzar toda medida tendiente a evitar eventuales surgimientos de fanatismos.

Por tanto y como la critica postmoderna no admite complejidad, el resultado que observaremos será un paulatino recelo hacia toda forma de convicción, consecuente con una persecución más o menos cruenta contra cualquier acción pública que la respalde.

El atentado en Estados Unidos golpea de esta forma de manera muy particular a la Iglesia, quien acusa recibo indirecto pero letal. ¿No resultarán "amenazantes", por decir lo menos, las luchas y protestas pro vida? ¿O acaso las protestas en repudio a las campañas de blasfemias anticristianas producidas en cine, televisión o publicidad? ¿Hasta qué punto el Santo Padre no representa una latente fuerza ´neo-talibán´ cada vez que muestra firmeza sobre una verdad amenazada? ¿El Sucesor de Pedro deberá callar so pena de ser considerado una amenaza punible? ¿Deberán callar los mil millones de católicos en el mundo entero cada vez que la vida es herida o la verdad aplastada? ¿Quiere decir esto que estaremos bajo mordaza aparente, permitiéndosenos tan sólo expresarnos en tanto y en cuanto no vayamos a contracorriente? ¿Deberemos renunciar a defender la enseñanza religiosa, denunciar la amenaza de las sectas o las sangrientas persecuciones?

Quedan excluidas, por cierto, las acciones violentas en favor de lo políticamente correcto. Siempre quedarán fuera de recelo las protestas ecologistas, antidiscriminatorias, o antiglobalistas, por más que hagan uso de la fuerza y produzcan daños.


Cuestiones sin respuesta

De las consideraciones anteriores y de las que minuto tras minuto van surgiendo tras el atentado, quedan algunas cuestiones de primera importancia sin resolver.

1) Si el atentado es atribuido a integristas islámicos del tercer mundo, ¿cómo se explica semejante despliegue de recursos así la coordinación y entrenamiento altamente especializado? La opinión de los especialistas militares más serios concuerda en que este atentado requiere tecnología y conocimientos atribuibles a servicios de inteligencia de tan sólo algunas de las primeras potencias mundiales. El grado de profesionalismo requiere un entrenamiento excepcional y una cooperación externa de primer nivel. No resulta válida, por tanto, la hipótesis de cuidadores de cabras enloquecidos por la prédica de un "visionario" que les financió los pasajes de avión.

2) El alto grado de seguridad desplegado al menos en los puntos vitales para el funcionamiento del sistema norteamericano requiere la complicidad interna capaz de aportar información y facilidades estratégica para garantizar el cumplimiento y efectividad del atentado.

3) La magnitud de los recursos utilizados hace pensar mucho más que en un objetivo de daño material en si mismo, en un golpe psicológico capaz de producir un shock intelectual. Se ha utilizado aviones con pasajeros norteamericanos para estrellarlos contra objetivos norteamericanos. Se ha golpeado sobre símbolos del poder estadounidense, a modo de impacto simbólico con un daño colateral de miles de víctimas. Más allá del efecto inmediato, ¿cuál es el objetivo real y trascendente que persigue este atentado?


Reflexiones finales

Mientras escribimos estas líneas aún se aprecie el humo entre las ruinas. Montañas de escombros se levantan sobre lo que hasta hace un par de días era uno de los corazones financieros de Estados Unidos. No se quiso golpear ningún centro de corrupción moral, ni la industria de cine o televisión, ni sus centros informativos.

Un proverbio romano dice que "nemo summo fit repente", esto es, nada
extremadamente grande ocurre de repente. Este atentado es una expresión de algo más profundo y el resultado de una acción mucho más compleja de lo que a primera vista puede resultar.

La conquista de Constantinopla por los turcos en 1453 marcó el inicio de la era moderna. Las configuraciones previsibles tras este golpe bien podrían hacer de esta triste fecha el comienzo de una nueva era. Una era que no puede obviar un inicio marcado por el dolor y el sufrimiento. Tras cada una de las Guerras Mundiales pasadas sobrevino un escenario peor. Cada conflicto fue seguido por una serie de cambios terribles y dolorosos. A la Primera Guerra siguió la muerte de la mejor juventud europea y la violenta clausura de las monarquías. A la masacre de 40 millones de personas durante la Segunda Guerra siguió el advenimiento de la Unión Soviética y la caída de Asia bajo el régimen comunista, con más de 200 millones de víctimas y la hegemonía cultural del modelo norteamericano.


¿Qué tipo de cambios supondría el estallido de una tercera Guerra Mundial?

Mientras se despeja el humo y se rescatan las víctimas sepultadas en vida tras estos atentados, se aparece una nueva cuestión de interés mundial: ¿puede afirmarse que ha nacido una nueva forma de terrorismo? Se trataría de un terrorismo psicológico, capaz de demoler y golpear las bases del pensamiento moderno. Un terrorismo que por su osadía y efectividad pueda modificar el entorno cultural y político ya sea por sus consecuencias directas o preferentemente por las indirectas.

Un psicoterrorismo, en fin, capacitado para introducir por la fuerza lo que el terrorismo tradicional deseaba pero no obtenía. Que logra aquello que muchos movimientos culturales, políticos e ideológicos desearon pero nunca llegaron a implementar.

En este contexto, de lo que podemos sí podemos tener certeza es que este golpe introduce un elemento de caos en el panorama mundial, en tanta esferas como actividades humanas existen, que forzosamente deberemos comenza a hablar de una Geopolítica del Caos, una Economía del Caos o de una espiritualidad del Caos.

Triste hora para quienes aún tienen fe, mantienen ideales y creen en Quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Pero también de esperanza, ya que un día no muy lejano fue del caos y corrupción, de la caída de todos los parámetros de estabilidad del entonces Imperio del orden, economía y seguridad, el Imperio Romano, que surgió la Cristiandad, como fruto de las fuerzas siempre nuevas y revitalizantes que produce la Santa Iglesia. Hoy en día las amenazas de invasiones de neobárbaros procedentes de tras de las ex cortinas de hierro o de bambú, o bien las invasiones silenciosas de las tropas musulmanas que se han instalado en nuestras plazas y ciudades de forma pacífica no son ya más elucubraciones de ciencia ficción.

Unamos nuestras oraciones por las almas de esas criaturas que perecieron bajo estos atentados, por las de aquellos que perpetraron estos crímenes y por todos cuantos tienen bajo su responsabilidad procurar y hacer justicia, para que en ellos persevere el sentido de honor y búsqueda del bien común, garantizando así la armonía y paz en un mundo donde impere la ley de la Caridad y la Paz, que exigen tranquilidad en un verdadero Orden.

 

 

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Fotografía: uss-saratoga.com

 

 

 







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