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Roma y Jerusalem: Un Nuevo Hito
Un voto de confianza en la ley israelí de parte de la Santa Sede, cuya importancia en términos de los intereses regionales no puede negarse


Por: Rabino David Rosen | Fuente: www.mfa.gov.il



Roma y Jerusalem: Un Nuevo Hito
Artículo del rabino David Rosen,
director de la oficina en Israel de la Liga de Anti-Difamación
y co-oficial de enlace de la LAD en la Santa Sede)


La conclusión del más reciente acuerdo entre el Vaticano y el Estado de Israel constituye un nuevo hito en un viaje singular, no sólo hacia la normalización diplomática sino también hacia la reconciliación entre la Iglesia Católica y el pueblo judío.

La radical revisión de las enseñanzas oficiales de la Iglesia con respecto al judaísmo fue introducida por el papa Juan XXIII y el Concilio Ecuménico Vaticano Segundo, que él convino. El concilio emitió un documento histórico conocido por sus dos primeras palabras, "Nostra Aetate", que no sólo condenaba el antisemitismo y en particular la acusación de deicidio contra los judíos, sino que además afirmaba la eternidad del Pacto Divino con el pueblo judío. Esto allanó el camino para otros avances extraordinarios en la posición católica con respecto al judaísmo y los judíos y eliminó el fundamento de la oposición teológica al restablecimiento del estado judío. Sin embargo, factores políticos relacionados con las comunidades de la Iglesia y en particular sus intereses en el Medio Oriente retrasaron la normalización diplomática por casi treinta años. Luego de la Conferencia de Madrid y el comienzo del proceso de paz, el Vaticano e Israel establecieron una comisión conjunta para explorar y recomendar una fórmula para la normalización plena entre ambos. Esto condujo a la histórica firma del Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede y el Estado de Israel a finales de 1993, seguido unos meses más tarde con el intercambio de embajadores.

El texto del Acuerdo Fundamental comienza con un notable preámbulo que ubica al acuerdo dentro del contexto del "histórico proceso de reconciliación entre la Iglesia Católica y el pueblo judío". De hecho, así como la Santa Sede no sólo representa al Estado del Vaticano en este acuerdo y "habla" en nombre de la Iglesia Católica entera, también Israel no sólo representa al estado sino que "habla" en nombre de todo el pueblo judío. Por ende, el acuerdo tuvo un efecto profundamente positivo en las relaciones entre católicos y judíos en todo el mundo. También significó mucho más que una normalización diplomática, ya que sirvió como base para una relación especial entre la Santa Sede, la Iglesia Católica y el Estado de Israel, en la que este último se compromete a otorgar "plenos derechos jurídicos" - es decir, reconocimiento de jure - a la autoridad de la Iglesia Católica en la Tierra Santa.

A fin de comprender lo que esto significa, es necesario señalar que desde el período otomano las iglesias cristianas locales han gozado de cierto status y ciertos privilegios, gracias a la magnanimidad de la autoridad gobernante. En el Acuerdo Fundamental, Israel se compromete no sólo a confirmar de jure los derechos referentes a las instituciones educativas y filantrópicas de la Iglesia, sino también a normalizar la estructura de autoridad de la jerarquía eclesiástica y sus órdenes religiosas en el marco de la ley israelí. Con este fin, Israel debió formular un estatuto especial que, según comprendieron y acordaron ambas partes, tomaría varios años en completar.

La fórmula acordada fue ratificada recientmente y constituye un dramático paso que no tiene precedentes, puesto que en todos los países en que existen acuerdos con la Iglesia Católica, ésta fue otorgada la autorización para registrar sus diferentes entes como organizaciones seculares sin ánimo de lucro de acuerdo a las leyes del país; pero Israel fue mucho más lejos, otorgando un status legal especial a la Iglesia Católica y su estructura interna, dándole "plena aplicación" a la ley canónica. Por ende, bajo la ley israelí, la Santa Sede tiene jurisdicción legal sobre sus propias instituciones y bienes en la Tierra Santa. Esto, según se indicó, constituye un precedente histórico ya que ninguna autoridad gobernante en la Tierra Santa - y en especial ningún poder no cristiano - otorgó a la Iglesia tal status de jure. Es más, esto fue logrado en un país en que la cristiandad en general, y el catolicismo en particular, constituye una minoría muy pequeña.

De acuerdo con este reconocimiento legal de la estructura interna y la autoridad de la Iglesia Católica en la Tierra Santa, se elaboró un registro con unos 130 entes y organizaciones de la Iglesia. Cualquier disputa, transacción, etc., que le ataña, será juzgada y resuelta a plenitud de acuerdo a la ley israelí. Esto constituye un voto de confianza en la ley israelí de parte de la Santa Sede, cuya importancia en términos de los intereses regionales no puede negarse. También sirve como una especie de modelo para la Santa Sede, que sin duda desearía lograr acuerdos similares con otros estados y organizaciones nacionales en la región, a fin de poder salvaguardar también en ellos sus intereses.

Sin embargo, la Iglesia logró este acuerdo con Israel debido precisamente a que éste no es una teocracia, sino una democracia moderna dedicada a través de su Declaración de Independencia y de la ley al principio de la libertad de culto para todas las comunidades religiosas del país. Por cierto, este acuerdo, que será seguido de las legislaciones y regulaciones necesarias, constituye un elocuente testimonio a la madurez de la democracia israelí y a la dedicación del estado al desarrollo de una sociedad en la que todas las comunidades de la Tierra Santa puedan vivir en libertad y florecer.


 







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