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Padre Agustín Schouvaloff: apóstol de la Unidad Cristiana
Por primera vez comprendí que la verdad es una y no puede haber mas que una sola Iglesia


Por: www.dialogoreligioso.org | Fuente: www.dialogoreligioso.org



Con ocasión del octavario de oración por la unidad de los cristianos de este año 2004, queremos presentar la figura de otro gran Apóstol de la unidad, que fue P. Gregorio Agustín Schouvaloff, un conde ruso, capitán de los Usarios, que a través de un itinerario cultural y religioso extraordinario se convirtió al catolicismo, entró en la Congregación de los Barnabitas e instituyó la Asociación de oración a la Virgen Inmaculada por la Unidad de las Iglesias. Es una figura que encanta, una historia que entusiasma. Es uno de los espíritus más atormentados y fascinantes que desde Rusia se ponen en camino hacia Roma y llegan con empeño y convencimiento profundo. Su obra ha polarizado millares de almas entorno al único motivo de la plena comunión de la Iglesia Rusa con la Católica. Su libro "Mi Conversión y mi Vocación" es un eco de las Confesiones de San Agustín.

Veamos ahora quién fue el padre Agustín Schouvaloff:

Su nombre originario era Gregorio. Nació en San Petersburgo, el 25 de octubre de 1804 del conde Pedro y de la Princesa Sofía Cherbatoff, miembros de unas de las familias de la más alta aristocracia rusa. Será coetáneo de Nicolás Gogol y de Fjodar Dostojewsky.

Gregorio fue Educado en la fe cristiana ortodoxa y siendo aún niño queda huérfano de padre. Realiza sus estudios con los Jesuitas de San Petersburgo y, posteriormente, en el Colegio protestante de Hofwil (Berna). Finalmente, completará su formación académica con el estudio de la filosofía y de economía política en Pisa, donde aprende también la lengua italiana. Él mismo habla de este período como de un tiempo de frivolidad juvenil y de mundanidad. Su sed de cultura lo lleva también a Florencia, a Roma y a otras ciudades de Italia.

A la edad de 18 años el emperador Alejandro I lo nombra Capitán de los Usarios y en su corte conoce a la princesa Sofía Soltikoff con quien se casa a los 20 años. Del matrimonio nacen tres hijos. Sofía muere en Venecia el 10 de febrero del 1841.

Luego se sumerge en los estudios religiosos con una gran sed de la verdad. Lee y relee la Sagrada Escritura, por la cual siente un amor ardiente, y a los Padres de la Iglesia. Queda impresionado, sobretodo, por el capítulo 17 del Evangelio de San Juan: "Por primera vez comprendí que la verdad es una y no puede haber mas que una sola Iglesia".

"Leía incesantemente las Confesiones de San Agustín, copiaba páginas enteras... Con qué alegría encontraba en aquel gran hombre sentimientos y pensamientos que hasta entonces estaban dormidos en mi alma y que dicha lectura suscitaba... En él volví a encontrar mis locuras, mis dolores y mi esperanza. Deseaba, pedía, envidiaba su amor, su fervor, su fe”.

Después de un período de muchas pruebas familiares, a partir de la muerte de su esposa y la enfermedad de su hija; después de un período de busca incesante de la virtud, de la perfección, de la verdad, en fin, de la única Iglesia verdadera, con la ayuda de sinceros amigos ortodoxos y católicos (Galitzin, Gagarin, Swetchine, Almerici...), bajo la dirección espiritual del padre G.S. de Ravignan S.J., Gregorio recorre un camino intenso de conversión que en el día de la Epifanía del 1843, en París, lo lleva a la decisión de entrar en la Iglesia Católica.

“De aquel entonces -escribirá en su autobiografía en París de 1859- la idea del infinito, de la perfección de Dios ha sido mi compañera inseparable y constante de mi existencia”.

Se empezó a dedicar a una intensa vida de caridad entre los pobres, los enfermos, los huérfanos y los encarcelados, con una predilección especial por los jóvenes.

Durante unos Ejercicios Espirituales en París (1852) crece en él cada vez más el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa.

Continuó con el cuidado de su familia y la educación atenta de sus hijos Pedro y Helena, “mis dos felicidades”.

En el 1853, encontrándose en Milán, y habiendo cumplido sus deberes fundamentales como padre de familia, fue presentado por su amigo Emilio Dandolo al superior provincial de los Barnabitas, padre Alejandro Piantoni, con el cual estrechó una profunda amistad. El 17 de enero de 1856 entró en el Noviciado de Santa María en Carrobbiolo de Monza, donde el 26 de febrero recibe el hábito de los barnabitas y cambio su nombre Gregorio por el Agustín.

En la Orden, se distinguió por su humildad, su gran alegría, su generosidad. Se siente en su lugar y es modelo de oración y de vida regular. Lo devora una gran pasión por su patria y por su Iglesia de origen. Ofrece oraciones y sacrificios. Este anhelo fue acogido por su compañero de noviciado, el joven Cesare M. Tondini, que más tarde dedicará su vida a la noble causa de la Unidad.

Alimentaba un tiernísimo amor por la Madre de Dios. Son célebres sus palabras: “Sí, María será el lazo que unirá las dos Iglesias y que hará de todos aquellos que la aman un pueblo de hermanos”.

Hizo la profesión religiosa el 2 de marzo de 1857 y en aquel día repitió: “¡Qué locura no hacerse santo!”.

El 18 de setiembre de 1857 fue ordenado sacerdote en Milán por Mons. Angelo Ramazzotti, obispo de Pavía quien sería luego Patriarca de Venecia.

El 19 de setiembre celebró su primera Misa en la Capilla del Colegio Longone, asistido por el P. Alejandro Pinatoni y por el novicio Cesare M. Tondini.

Un mes después viajó a París, donde fundó la Asociación de Oración a la Virgen Inmaculada por el retorno de la Iglesia greco-rusa a la unidad católica.

Siguió un período impregnado de gran celo apostólico: dirección espiritual, confesiones, predicaciones, fundaciones de casas de su Orden en Francia. Pero su deseo más vivo permanecía la causa de la Unidad cristiana, por la cual tres veces al día ofrecía su vida a la Trinidad, llegando incluso a decir: “Yo espero que un día mi Congregación tenga delante de Dios y de la Iglesia este mérito”.

El Papa Pío IX durante una audiencia le dice: “Tu es vir desideriorum –Tú eres un varón de deseos-. Tu deseo se cumplirá”.

Murió en París el 2 de abril de 1859, volviendo de una predicación en Amiens, susurrando: “¡Rogad por Rusia!”

En toda París se susurró, entonces, el nombre de “santo”.

Decía el padre Agustín Schouvaloff:

“Yo amo a mi patria, amo a mis hermanos; pero el amor no es feliz si no cuando su felicidad es compartida. Haced entonces, oh mi Dios, que otras almas prueben ellas también aquella felicidad, de la cual yo estoy lleno –muchas otras almas- aquellas principalmente que me son queridas. Tú las conoces, están separadas de la Iglesia... Padre Santo, Tú puedes tocarlas con tu gracia; divino Pastor, Tú puedes llevarlas al rebaño; Amor, Tú puedes enardecerlas de tu fuego. Ábreles, mi Dios, tus brazos, ponlas sobre tu seno, y así puedan, consumidas de amor, en tu Santa Unidad, gozar de la felicidad que yo gozo y esperar aquella que yo espero. María, refugio de los pecadores, esperanza de los desesperados, rogad por ellos.”







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