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¿Atentan los dogmas a la libertad de pensamiento?
Verdades ciertas, innegables e invariables


Por: Dra. Lilia Pérez Ríos |



Hoy en día, la palabra dogma, ha adquirido una connotación negativa porque se piensa en ella como algo irracional o absurdo.

Pero... ¿sabemos en realidad qué es un dogma?

La palabra dogma se refiere a una verdad cierta, innegable, invariable.

Los dogmas no son un atentado contra la libertad de pensamiento del hombre. Son verdades para creer, como puntos fijos que nos sirven para orientarnos.

¿Qué haría un paracaidista que de noche es lanzado desde un avión para ir a tomar un cuartel enemigo? La confusión debida a la caída libre es tal, que se pierde todo punto de referencia; por ello el soldado, una vez en tierra, usaría la brújula para orientarse y cumplir su cometido.

Esta es precisamente la manera en que los dogmas nos ayudan: nos marcan el norte y nos dan puntos de referencia para orientar nuestra vida hacia Dios.

Las verdades dogmáticas, no son verdades porque sean proclamadas formalmente por un Concilio; ya son verdades en sí y lo eran desde antes de su proclamación.

Los dogmas simplemente elevan a la luz la verdad para ayudarnos a no errar en el camino y guardar la unidad de la doctrina que Dios nos ha revelado y que Jesucristo ha confiado a su Iglesia.

En la cultura de hoy se ha impregnado la idea de que no puede haber dogmas, ya que la ciencia ha logrado explicar muchas cosas que antes no se entendían. Esto es algo infundado, pues los dogmas nunca irán en contra de lo que dicta la razón humana. Los avances científicos, más que negar los dogmas, poco a poco irán descubriendo la verdad que hay en ellos y confirmándolos.

La ciencia tiene también sus "dogmas" de los que parte para sus avances posteriores. Por ejemplo, “todo número dividido entre cero es infinito”. Es algo que no es demostrable, pero es un punto fijo, un principio matemático inamovible y si alguien lo niega o saca una teoría que no vaya de acuerdo con esto, la ciencia lo rechaza.

De igual manera, la fe parte de los dogmas como principios inamovibles para fundamentar sus afirmaciones.

No debemos confundir campos y querer demostrar todo científicamente, porque hay otras verdades que no permiten un análisis químico o matemático, sin embargo, no por eso dejan de ser verdades. Por ejemplo, la ciencia no puede demostrar técnica o matemáticamente el amor de una madre hacia su hijo recién nacido y no por eso lo negamos.

Todos los ámbitos del saber tienen un campo específico y un método riguroso para descubrir la verdad. Hay que conocer hasta dónde puede llegar cada uno para pedirle la explicación adecuada dentro de su propio ámbito. El método de las ciencias empíricas es el de la experimentación y su criterio es la evidencia por medio de los sentidos.

Si la teología o la filosofía son también ciencias deberán tener su campo y método específico. Ciertamente el método que usa la Iglesia para llegar a sus dogmas no es el de la demostración científica, pero no por eso es menos riguroso. Su método es el análisis de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio, y podemos ver que sus resultados han resistido a la prueba de fuego de veinte siglos de unidad doctrinal, ¿qué mayor prueba queremos?

En definitiva, no se puede vivir sin dogmas, ni en la ciencia, ni en la teología, ni en la filosofía, porque necesitamos un punto fijo de donde partir para saber dónde estamos y a dónde queremos ir.



 







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