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Algunos datos de la situación actual de las migraciones
Buena parte de los inmigrantes son católicos, aunque de distintas culturas y tradiciones, como son los latinoamericanos


Por: Conferencia Episcopal Española | Fuente: Conferencia Episcopal Española



Introducción

Los obispos de la Iglesia en España hemos creído oportuno volver a reflexionar y a concretar acciones pastorales ante los nuevos signos que acompañan al complejo fenómeno de las migraciones en nuestro país. Dos datos relevantes, uno de naturaleza sociológica y otro de carácter normativo y pastoral, han sido decisivos a la hora de elaborar y aprobar el presente documento.

El dato sociológico es la profunda transformación del fenómeno de las migraciones acaecida en España en las últimas décadas. Sin que haya terminado la presencia de españoles en otros países, sobre todo en América y en Europa, aunque su número haya disminuido sensiblemente, ha aumentado al mismo tiempo y muy rápidamente el número y la variedad de extranjeros entre nosotros.

El dato de carácter normativo y pastoral es la publicación de la Instrucción Erga migrantes caritas Christi por el Consejo Pontificio para la Pastoral de los emigrantes e itinerantes, el 3 de mayo de 2004. Pretendemos, a este respecto, dar un paso más en la aplicación de la referida Instrucción a nuestra realidad concreta.

Como precedente, hacemos referencia al paso similar que dio nuestra Asamblea Plenaria en el año 1994. Quisimos responder a la situación de las migraciones del último tercio del siglo pasado y adaptar las entonces vigentes enseñanzas de la Iglesia referidas a la Pastoral de las Migraciones. La oportunidad nos la ofreció la celebración del XXV Aniversario de la Instrucción De pastoralis migratorum cura. La Conferencia Episcopal Española aprobó en aquel año de 1994 el documento Pastoral de las Migraciones en España. Era la primera vez que nuestra Conferencia se pronunciaba y proporcionaba unas orientaciones pastorales para que «los católicos españoles puedan prestar un auténtico servicio a los migrantes»[1]. Siguió un nuevo documento, La Inmigración en España: desafío a la sociedad y a la Iglesia, publicado por la Comisión Episcopal de Migraciones en 1995. Comenzaban a apuntar los primeros síntomas de lo que constituiría años más tarde nuestra realidad, y que hoy es a todos perceptible, es decir, la presencia de varios millones de trabajadores extranjeros con sus familias en nuestro país.

En 1994 nos planteábamos dotar a los católicos españoles de un instrumento para poder prestar un servicio a los inmigrantes. Hoy, convencidos de que muchas de aquellas orientaciones siguen siendo válidas, queremos dar un nuevo impulso a la pastoral de migraciones con la presente reflexión teológico-pastoral: que nos ayude a afrontar el reto de una nueva evangelización, con todas las exigencias que plantea, y a hacer de la Iglesia signo e instrumento de la acción de Dios en nuestro tiempo para todos los hombres y mujeres que viven en nuestro país, sea cual sea su procedencia, cultura, religión o condición social. El documento tiene el doble carácter de reflexión teológica y acción pastoral, sin que pretenda ser todo un tratado sobre la pastoral de las migraciones o de la movilidad humana. Ofrece unas pistas para la acción pastoral, deducidas de la misma reflexión teológica, de la nueva normativa de la Iglesia y de las exigencias de la realidad actual. No pretendemos descender al detalle de confeccionar todo un plan pastoral, que quedaría para un posible futuro directorio y, desde luego, para la responsabilidad de cada Obispo en su diócesis.

En cuanto a los destinatarios, el documento va dirigido principalmente a todas las personas, instituciones y organizaciones de la Iglesia que se ocupan de la atención pastoral, en su sentido más amplio, de este sector de la población. Incluimos obviamente a nuestras comunidades cristianas. También incluimos a los propios inmigrantes en cuanto que están llamados a ser, junto con nosotros, agentes de transformación de nuestras comunidades y de nuestra sociedad. No excluimos como destinatarios de nuestra palabra, menos aún de nuestra acción, a la misma sociedad, al menos en lo que respecta a su sensibilización ante un fenómeno que a todos nos afecta e interpela.


1. Algunos datos de la situación actual de las migraciones

Analizando o simplemente observando la situación de los movimientos migratorios en el momento actual, tanto desde la perspectiva mundial, como desde la europea, como, sobre todo, de la de nuestro país, se constata lo acertado de la formulación del papa actual Benedicto XVI quien, en su Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado en el año 2006, calificaba la emigración como «uno de los signos de nuestro tiempo».

Con referencia, en primer lugar, a la situación de las migraciones en el mundo, los datos que nos ofrecía Naciones Unidas[2] en 2005 situaban el número de migrantes internacionales en los 191 millones, de los cuales 115 vivían en países desarrollados y 75 en países en desarrollo; cerca de 200 millones de inmigrantes esparcidos en distintas partes de la tierra, es decir, casi un 3% de la población mundial, con una cantidad casi igual entre hombres y mujeres (el 48,6% de todos los migrantes son mujeres).

Llama la atención, por otra parte, que el mayor número de emigrantes está en los países subdesarrollados. El movimiento migratorio, marcado ciertamente en parte por los desniveles en el desarrollo que provoca la corriente humana de Sur a Norte, es más fuerte y más numeroso aún de Sur a Sur.

Por lo que se refiere a Europa, se puede afirmar que hoy apenas queda un país que no esté fuertemente afectado por el fenómeno de las migraciones en todas las direcciones: De Sur a Norte, de Este a Oeste y viceversa y de otros continentes hacia el continente europeo. Así, por ejemplo, mientras los rumanos, hombres y mujeres, emigran hacia los países del Occidente de Europa, los puestos que dejan vacantes en las fábricas de Rumanía, sobre todo de trabajadoras, son ocupados por inmigrantes chinas.

De continuar las actuales tendencias, tanto la económica y del desarrollo de Europa, como la demográfica de envejecimiento y de bajísima tasa de nacimientos, el número de inmigrantes en Europa irá en aumento en las próximas décadas. La Organización de Naciones Unidas calcula que para el año 2050 Europa necesitará 159 millones de inmigrantes.

Centrándonos en la actual situación de nuestro país, la inmigración ha experimentado un claro cambio de signo en los últimos años. No solamente porque hemos pasado en dos décadas de ser un país de emigración a ser uno de los países de Europa con más elevado número de inmigrantes, sino porque, además, este cambio o inversión de tendencia se ha realizado en poco tiempo, es proporcionalmente muy elevado en el número y variado en la procedencia, lengua, cultura, religión, etc. de los inmigrantes.

Por otra parte, no podemos dejar de seguir teniendo en cuenta el número notable de españoles que residen aún en otros países de Europa, más los que, por razones de trabajo, intercambio o estudio, pasan largas temporadas fuera de nuestro país. A ellos se añade el elevado número de emigrantes de habla española repartidos por buena parte de los países europeos, que generalmente son acogidos y atendidos por los servicios pastorales creados para los españoles. Aunque se siguen manteniendo algunos de los servicios que se crearon en los años de fuerte emigración de españoles, resulta cada vez más difícil atenderlos debidamente, sobre todo por la falta de sacerdotes y demás agentes pastorales.

Centrándonos en el fenómeno de la inmigración en España en la actualidad, podemos contemplar el cambio originado desde los siguientes puntos de vista:

— Numérico: En diez años, el número de extranjeros, aunque no todos puedan ser considerados como inmigrantes, ha pasado de 542.314 (1,37% de población total) en 1996 a 923.879 (2,28%) en el año 2000, a 4.482.568 en el año 2007 (9,93%). (En 2001 fueron 1.370.657; en 2002: 1.977.948; en 2003, 2.664.168; en 2004, 3.034.326; en 2005: 3.730,610 y en 2006: 4.144.166). En los siete últimos años se ha dado una media de crecimiento de aproximadamente 500.000 emigrantes por año.

— Rápido y acelerado: Los números hablan por sí solos y expresan una magnitud y dificultad tal, que bien se puede entender que ni la sociedad, ni la Iglesia, a pesar de los esfuerzos realizados y que se siguen realizando, pueden estar en condiciones de responder adecuadamente con las personas, estructuras, servicios y recursos a las exigencias que la nueva y cambiante situación demanda.

— En razón de la procedencia: Los extranjeros empadronados en España proceden de los continentes siguientes: Europa (42,8%); América (36,2%); África (16,3%); Asia (4,6%) y Oceanía (0,1%).

Dentro del continente europeo los tres países con mayor número de inmigrantes en España en términos absolutos son Rumanía (506.711); Reino Unido (298.623) y Alemania (150.570).

Del continente americano: Ecuador (410.153); Colombia (258.354) y Argentina (184.613).

Del continente africano: Marruecos (519.811); Argelia (44.432); Senegal (34.415); Y del continente asiático: China (94.837); India (20.554) y Filipinas (18.243)[3].

— En razón de la religión o confesión religiosa: Buena parte de los inmigrantes son católicos, aunque de distintas culturas y tradiciones, como son los latinoamericanos, también muy distintos según sus países respectivos, o los procedentes de Filipinas o de África, o los católicos de países del Centro y Este de Europa, a los que no vale tratar de modo uniforme. Hay también un buen número de católicos de rito oriental, que exigen un trato diferenciado, en razón de su rito. Contamos con un número no muy elevado de la tradición protestante y de la anglicana, así como con numerosos ortodoxos griegos, rusos, rumanos, etc. Ello nos está obligando a introducir con fuerza y urgencia, en la pastoral con los inmigrantes, el componente ecuménico, de escasa actualidad y praxis hasta ahora en nuestro país.

Especial mención y atención requieren los fieles del Islam, numerosos, diversos entre sí, y con los que las relaciones, sobre todo en el nivel religioso, son muy difíciles. No desdeñable es el número de los practicantes de otras religiones o de los que no tienen religión. Estos grupos exigen una pastoral de carácter misionero y marcada por el diálogo interreligioso.

En definitiva, y como consecuencia de esta nueva realidad, se demanda a la Iglesia el planteamiento de una pastoral nueva, ágil, flexible, diferenciada, imaginativa… Una pastoral que no puede seguir siendo uniforme donde lo era, para comunidades, ya reales o «in fíeri», como son las actuales o las que se perfilan para el futuro.







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